El umbral CAPÍTULO DIECINUEVE
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CAPÍTULO DIECINUEVE

Esther

V eo la luz que distinguí antes y me precipito hacia la estancia sin pararme a pensar en dónde me hallo.

Cierro con llave y la guardo entre los pliegues de mi bata, pero demasiado tarde me doy cuenta de que he ido a parar al despacho de Marcos.

Su aspecto es acogedor, con su propio quinqué presidiendo la amplia mesa de roble, cubierta ordenadamente por numerosos papeles y carpetas.

Me apoyo en la superficie libre de documentos para limpiarme las lágrimas y decidir qué hacer a continuación, porque necesito asimilar que todo en Marcos, desde la ternura al tratarme pasando por sus miradas intensas, que hablaban por sí mismas, hasta ese beso impetuoso y breve en la mina, ha resultado ser falso.

Un espejismo envolvente del que debo despertar si quiero salir de allí ilesa.

Recorro la estancia con la vista en busca de algo que pueda servirme como defensa. Ni siquiera cuento con un simple atizador, así que abro los cajones de la mesa hasta toparme con lo último que espero encontrar.

Se me acaba el tiempo. Escucho los pasos pausados, seguros, que se acercan. Mi sangre se revuelve en las venas, pero mantengo la mirada fija en lo que, al final, logro tomar entre las manos.

La nota del güelu, la daga que portaba el asesino de Andrés, con su mango de intrincada forja que me corta la respiración, y debajo de ella una nota:

Gallinita ciega, ¿qué se te ha perdido?

Una aguja y un dedal.

¡Pues date la vuelta y lo encontrarás!

Querida Esther: Simón perdió la lengua; Andrés, los ojos. ¿Qué perderán el resto?

¡Si eres capaz de interpretar correctamente esta pista que te ofrezco, lo sabrás! [CR1]

La daga que tengo entre las manos se ha dejado aquí con el solo propósito de que yo la encuentre. Forma parte de un juego macabro que le resulta divertido de un modo retorcido.

Los pasos se detienen al otro lado de la puerta.

Debo reaccionar cuanto antes, así que guardo la nota del güelu y empuño la daga cuando escucho el sonido de una llave y veo aparecer a Marcos.

No parece herido, así que supongo que la sangre que me ha llevado hasta la alcoba de la claraboya no es suya. Pero sí está furioso, tanto como agotado. Sus ojos, surcados por profundas ojeras, se clavan primero en los míos, para pasar después a la daga.

Enarca una ceja. Avanza hacia mí hasta que la punta de la daga roza su pecho.

Retrocedo, él avanza. Escucho su respiración pesada un instante antes de que mi espalda choque contra la pared más cercana.

Sin dejar de mirarme, se acerca aún más a la daga.

Incluso se asegura de que no me tiemble el pulso y sus dedos aprietan los míos en esa dirección.

—Vamos —me reta—, hazlo de una vez. Así tu conciencia quedará tranquila. Habrás matado a un asesino, que es lo que llevas pensando de mí desde que pisaste la Casona, ¿verdad?

Su voz es un susurro ronco y contenido que parece encerrar toda la ira del mundo. Sus ojos son dos hogueras verdes llenas de ira que chocan con los míos. Por un momento, creo estar viendo la reencarnación de un monstruo, decidido a morir si yo así lo estimo.

—¡Adelante! —brama acercándose hasta que la punta rasga la tela de su camisa y toca la carne.

Contengo la respiración e intento retirarme, pero él no me lo permite.

Su cuerpo aprieta el mío, lo anula por completo.

Despierta en mí todo tipo de emociones contradictorias, que tejen una enmarañada tela a mi alrededor, y finalmente exhibe una sonrisa retorcida—.

No me moveré, Esther. Puedo asegurarte que lo que estoy pasando es mucho peor que la muerte que pareces querer ofrecerme.

—¡La misma muerte que ese hombre que tienes encerrado ahí arriba pensaba darme, maldito embustero!

—Lo empujo con todas mis fuerzas, pero tan solo logro arrancarle un jadeo contenido cuando toco cada protuberancia de su cuerpo y noto las que presionan el mío, insinuantes, firmes y rotundas.

Me niego a dejarme llevar por la atracción salvaje que me transmite cuando, desmintiendo su actitud, eleva una mano y acuna en ella mi mejilla—.

Me mentiste. ¡Conoces al hombre que intentó acabar conmigo!

¡Lo tienes aquí, en la Casona! ¡Lo proteges!

¡Tú fuiste el que me robó la nota de Andrés, tú lo mataste con esta daga, que has dejado sobre una nota tan podrida como tu alma, dispuesto a jugar a un juego horrible!

—¿Acaso tú no querías jugar conmigo también?

—¡No sé de qué me hablas!

—El gato y el ratón. El juego de la seducción. ¡Oh, vamos, no me creas tan estúpido! —Se aparta de pronto, entre dolido y desconcertado—. Y no te hagas la inocente. Ambos sabemos que no lo eres.

Yo aprovecho para poner distancia de por medio y le enseño ambas notas mientras muevo la daga delante de él. Me las arranca de las manos y las lee con detenimiento. Parece atónito, completamente descolocado, pero vuelve a su mirada oscura, llena de amenazas implícitas, cuando me las devuelve.

—Tu nombre aparece en las dos… —murmura, incrédulo.

—Exacto. No conozco al asesino, pero al parecer él sí me conoce a mí.

—No tenía noticia de que este trozo de papel estuviera en mi despacho, ni mucho menos de que alguien quiera implicarte en estos hechos tan abyectos.

¿En serio piensas que soy yo quien lo ha orquestado todo?

¿Con qué fin? ¡He creído lo que me has contado!

¿Te has parado a considerar que puedo pensar que no eres más que una farsante que, en realidad, ha tenido algo que ver con las muertes de dos pobres niños?

No. En ningún momento. Pero escuchándolo, comprendo que ambos nos encontramos en las mismas circunstancias. Equidistantes del otro y, al mismo tiempo, tan cerca que me asusta.

Enarbolo la daga como mi mejor bandera y le muestro la empuñadura.

—¡La vi en mi sueño con Andrés y ahora la veo aquí! —exclamo—. ¡Ten el valor de negar que es tuya! ¡Dime que la he encontrado por una estúpida coincidencia! ¡Que hay cientos, miles de dagas como esta, esparcidas por todo el país!

—No. Es única, porque fue forjada para mi bisabuelo según sus deseos. Pertenece a la familia desde tiempos inmemoriales, pero desapareció hace años. No la veía desde…

—¿La muerte de Simón? ¡Es posible que se perdiera justo después de que le cortaras la lengua!

Incluso yo me doy cuenta de que he traspasado ciertos límites. Marcos retrocede como si le hubiera herido. Su mueca de incredulidad me atraviesa el pecho, pero permanezco erguida, con la majestuosidad de una reina, mientras él se revuelve el cabello y me da la espalda.

—¿Sabes quién es Jack el Destripador? Un asesino despiadado que actuó hace años en Londres —responde por mí.

Vuelve a acercarse, y yo vuelvo a retroceder hasta terminar contra la misma pared.

No puedo desligarme del poder que su mirada ejerce sobre mí.

Los rasgos de su cara se han distorsionado hasta no parecer los de él; aun así, debería hacerme temblar de terror, pero los escalofríos que empiezo a sentir cuando coloca una mano a centímetros de mi cabeza nada tienen que ver con el miedo.

Acerca la boca a mi oído y continúa con su relato, en forma de inquietantes susurros que me hacen contener la respiración—: Se movía en los barrios más pobres de la ciudad y atacaba a las prostitutas.

No solo las mataba, ¿sabes? Les arrancaba diversos órganos de sus cuerpos, con una precisión escalofriante.

De ahí su apodo. Ahora, mírame, Esther. Mírame y dime, con total honestidad, si lo que te he mostrado de mí hasta el momento es digno de ser comparado con algo parecido a lo que acabo de contarte.

Se aparta lo justo para que pueda apreciar sus rasgos apuestos, consumidos por la incertidumbre.

Pese a que quiere aparentar seguridad, no está seguro de nada.

Ansía escuchar la misma respuesta que yo ansío darle.

Elevo la cabeza, deseosa de volver a sentir sus labios sobre los míos, aunque solo sea a través de un beso imprevisto.

—No podré responder hasta que no me muestres todo de ti —susurro.

Siento cómo respira sobre mis labios. El tacto suave de la yema de su dedo recorriéndolos con hambre. Percibo la mirada de anhelo, casi salvaje, que consigue hacerme sentir débil y pequeña. Sé que quiere besarme tanto como yo, pero aprieta los dientes y se aparta.

—¿Qué necesitas para confiar en mí? —pregunta a regañadientes al cabo de una eternidad.

—Ver la totalidad de tu alma. Y, para eso, debe pasar tiempo.

—Que es precisamente lo que no tengo.

Me sujeta por el brazo, me arrebata la daga y me arrastra hacia la salida, armado con el quinqué encendido de su despacho.

—¡¿A dónde demonios me llevas?! —chillo.

—A la alcoba de la claraboya —responde sin mirarme—. Voy a mostrarte lo que con tanto ahínco has tratado de averiguar por ti misma. Y, cuando lo hayas visto, no volverás a cuestionarme. Ni a mí ni a lo que yo represento.

—Si piensas que voy a…

—¡No volverás a dudar de mí! —Me zarandea con una mano firme, cruel, que me hace tener conciencia de todos los miedos aparcados en un rincón y que ahora, ante la mención de ese cuarto, salen a la luz—.

Aunque no deberías fiarte. Puede que solo pretenda cortejarte como es debido, sin las dudas que se interponen entre nosotros y que ruedan en ambas direcciones.

—¿Cortejarme?

Su sonrisa aviesa me traspasa el corazón y me llena de incertidumbre, aunque también de esperanza. La que llena el corazón de una joven normal ante una proposición frecuente, que llega de un hombre tan extraordinariamente hermoso como Marcos de Gondán.

—Más tarde —aclara tirando de mí en dirección ascendente, esta vez con mucho más cuidado—. Ahora, espantemos fantasmas. Aquí tienes a tu asesino, Esther.

Abre la puerta por la que hace un rato lo espiaba y se hace a un lado.