El umbral CAPÍTULO DIECIOCHO #2
42%

CAPÍTULO DIECIOCHO #2

—No conozco a Lucía lo suficiente como para poder ofrecerle datos que le sean de ayuda, sargento.

—De repente, la imagen del desconocido en la cama con Lucía cruza por mi mente.

¿Y si ese hombre tiene relación con la explosión en la mina?

—. Es probable que el señor de Gondán pueda informarle mucho mejor que yo.

—Lástima que aún no haya llegado y que su ausencia vaya para largo, a tenor de lo ocurrido en la mina.

Don Marcos es un patrón diligente —añade—.

No abandonará a los suyos hasta que los heridos no se encuentren convenientemente atendidos.

Por los muertos poco puede hacer, aparte de proporcionarles un entierro digno.

—En ese caso, deberá aguardar su regreso.

—No puedo. Una fanática loca me espera. La verdad es que no logro entender qué es lo que puede llevar a una persona a semejantes actos.

¡En fin! El deber me llama, pero antes, una última cosa.

Debería vigilar al servicio de don Marcos hasta que él esté en condiciones de hacerlo por sí mismo.

Últimamente, visito la Casona con una frecuencia nada deseable.

—Desde luego. Que tenga un buen día.

Lo despido sin que me preocupe el hecho de que se note que, en realidad, estoy deseando deshacerme de él para poder descansar.

Todo esto me supera. Paso por la cocina desierta y me preparo un vaso de leche.

Imagino que tanto Matilde como Lucía estarán en sus alcobas, así que no quiero molestarlas.

Más tarde, cuando Marcos regrese, intentaré que convenza al sargento para que ambas puedan visitar a Amelia. Es lo menos que puedo hacer por ellas.

Me tumbo sobre la cama sin molestarme en desvestirme, convencida de que solo descansaré un poco, pero me quedo dormida durante bastante tiempo, porque cuando despierto me encuentro con una manta cubriéndome, el quinqué de la mesilla encendido y la noche atravesando el espesor de la niebla que ha vuelto a cubrir el exterior y parece agarrarse al cristal de la ventana.

He dormido toda la tarde, pero alguien ha velado mi sueño.

Cuando me incorporo, con la cabeza todavía demasiado embotada, pienso que no he probado bocado desde esta mañana, pero al recordar los últimos acontecimientos las ganas de comer desaparecen.

No voy a meter nada en el estómago hasta que no sepa cómo se han desarrollado las cosas.

Con el quinqué en la mano, salgo de la alcoba en busca de Marcos.

Veo luz en la planta baja y me imagino que estará en el salón, pero, cuando me encamino hacia las escaleras, algo en el suelo llama mi atención.

Acerco la luz a las manchas oscuras que parecen seguir un reguero en sentido ascendente con el ceño fruncido, hasta que el corazón se me paraliza en el pecho al reconocerlas.

Es sangre. No muy fresca, pero tampoco lo bastante reseca como para no distinguirla.

Pequeños círculos que aparecen como señales que se pierden por la escalera que aparece al fondo de ese corredor y que no dudo en seguir.

Marcos. Está herido. Es lo primero que me viene a la cabeza para hacer que un temor hasta ahora desconocido se adueñe de mí.

Sigo el rastro hasta toparme con una puerta y ningún pasillo o descansillo que la preceda. Miro a mi alrededor intentando ubicarme. Creo que nadie me ha llevado a esta parte de la casa, porque no reconozco nada de lo que me rodea…

—La alcoba de la claraboya.

La conclusión brota de mis labios al mismo tiempo que oigo voces al otro lado. Demasiado intrigada como para pararme a pensar, dejo el quinqué a mi lado y miro por el ojo de la cerradura, abandonando mi idea inicial de llamar para comprobar que Marcos se encuentra bien.

No es necesario. A juzgar por el tono de su voz, no solo está bien, sino bastante enfadado.

A través de la cerradura distingo una luz al fondo de la alcoba, eclipsada parcialmente por la espalda de Marcos.

Su corpulencia hace que tampoco vea a su interlocutor.

No puedo apreciar nada de él, salvo que se trata de un hombre al menos tan alto como el propio Marcos.

—¡Sí, ha descubierto la tumba y se lo he contado! —grita—. ¿Vas a matarme como has intentado hacer con ella?

El sarcasmo con el que hace la última pregunta me eriza la piel. Contengo la respiración esperando escuchar la réplica, pero solo consigo distinguir un susurro macabro que no entiendo, porque mi mente está llena de lo que acabo de oír.

Marcos tiene en su casa al hombre que intentó asesinarme. Sabe quién es.

Las piernas me tiemblan, llamándome a huir, pero reúno fuerzas y permanezco donde estoy, rezando para contener las náuseas hasta haber terminado de escuchar.

—¡Me vas a obligar a encerrarte si vuelves a salir sin mi permiso! —continúa Marcos—. ¡¿No has tenido bastante con la cuchillada, que también te has ensañado con la gente de la mina?!

Como única respuesta, recibe una serie de siseos tan bajos que me resulta imposible comprender.

—¿De verdad pretendes que crea que no has tenido nada que ver con el atentado?

¡Amelia no es tan inteligente como para haberlo planeado, por el amor de Dios!

—Otro siseo rasgado—. Sí, claro que tú sí.

Y me odias lo suficiente como para intentarlo.

¡Nadie ha pasado más que yo! ¡Nadie ha sufrido durante estos años nada ni remotamente parecido a lo que he tenido que padecer, y todo por tu culpa!

¡Por tu culpa, maldición! —Lo oigo respirar entrecortadamente mientras enreda los dedos en su pelo y se aparta un tanto, intentando calmarse—.

Está bien. Voy a considerar tu estado para no echarte de aquí a patadas ahora mismo.

Te he ofrecido ayuda cuando saliste ahí fuera.

—El otro lo interrumpe con una nueva andanada de susurros roncos que Marcos escucha.

Después, prosigue—: ¡Esa no es excusa! ¡Yo decido quién vive y quién muere en los dominios de la Casona!

¡Y ella no morirá! ¿Lo has entendido? ¡Lo ocurrido con Andrés no debe volver a repetirse!

¡Ella ha estado a punto de perecer por la explosión!

¡No pienso consentir que decidas por mí, porque es mía!

¡Mía! ¡Si vuelves a intentarlo, te mataré con mis propias manos!

No me hace falta seguir. Ya he escuchado suficiente, ya he contemplado suficiente.

Me incorporo sin ningún cuidado. El quinqué termina rodando escaleras abajo por culpa de mi pie. Agarrada a la balaustrada, desciendo las escaleras lo más rápido que puedo. Solo me detengo en la primera planta, para escuchar los apresurados pasos a mi espalda que indican que alguien me sigue.

—¡Esther, espera!

Es Marcos. Acelero el paso, pisando con fuerza el escalón defectuoso. El pulso se me dispara cuando escucho el chirrido característico, pero sigo corriendo mientras las palabras que acabo de escuchar suenan atropelladas en mi mente.

Ahora ya sé por qué Marcos no quiere que me aventure hasta la alcoba de la claraboya. Ya sé que lo que vi tras esas cortinas no era Lucía, sino alguien que a punto estuvo de matarme.

Alguien que no me quiere aquí, pero que ha aceptado las condiciones de Marcos con respecto a mí.

«¡Ella no morirá!».

Me estremezco con la sensación de que soy un pequeño ratón atrapado en una trampa demasiado grande para mí. Una marioneta cuyos hilos manejan otros, incapaz de cambiar su destino.

Debo marcharme de allí, pero antes tengo que encontrar la forma de regresar a la planta del servicio a por Matilde. Es probable que así salve esa vida que parece depender de otros.

Aunque también es probable que haya más muertes, como ha predicho el güelu. Que otros niños necesiten mi ayuda, como ha gritado Simón en mi sueño.

Tengo que tomar una decisión, sin vuelta atrás. Y la tomo.