El umbral CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO

Esther

— ¿Q ué hay detrás de esa puerta?

Nos hallamos en la cocina, pero ninguno de los presentes parece incómodo. La pregunta, hecha en un tono tan categórico como desagradable, proviene del sargento y va dirigida a Matilde y a Lucía, que, sobresaltadas, miran hacia donde él señala.

—No lo sé —responde Matilde—. Llevo aquí apenas unos días y siempre permanece cerrada.

—La llave la tiene don Marcos —apostilla Lucía, con los ojos irritados por las lágrimas—. Tendrá que preguntarle a él. Yo nunca he tenido necesidad de abrirla. Ignoro a dónde va a parar o qué hay al otro lado, pero ¿importa eso algo ahora mismo? ¿Podría ayudar a mi madre?

El guardia civil la ignora y dirige su atención hacia mí.

—¿No tiene nada más que contarme? —pregunta.

—Llevo al menos una hora dándole detalles de lo que he presenciado, sargento. Concédame al menos un minuto para asimilarlo.

Lo que en realidad necesito es valentía para afrontar la imagen de Matilde, que me ha curado el brazo antes de que el sargento aparezca, y Lucía, llorando con desconsuelo, abrazadas mientras escuchan mi relato.

Postigo se dirige a mí con la hoja que se empeña en que analice.

—No creo que muchas mujeres tengan el cuajo de llevar esto con ellas —afirma, más irritado por mi pasividad que otra cosa—.

De hecho, y antes de que ninguna de ustedes diga nada, les informaré de que la tal Amelia vociferó una a una sus razones para poner en marcha la bomba que los anarquistas colocaron en la mina.

—Escucho un jadeo ahogado de Matilde. Aprieta más contra su generoso pecho a Lucía, como si así consiguiera que esta no oyera lo que el guardia civil tiene que decir—.

Siento ser portador de tan malas noticias, pero esa mujer demostró haber perdido el juicio por completo cuando mis hombres lograron detenerla, con la inestimable ayuda de don Marcos y sus hombres de confianza, dicho sea de paso.

—¿Él… está…?

—Ayudando, señorita. ¿Por qué cree que me encuentro hablando con usted en su casa en lugar de hacerlo con él?

—Parece molesto de tener que intercambiar impresiones con alguien que, seguramente, para él no es más que un ser de mente limitada.

A mi lengua acuden multitud de respuestas mordaces, pero me las trago por el bien de las dos mujeres que siguen con la mirada perdida, sin saber muy bien aún qué ha ocurrido o con quién—.

La muy desgraciada se atrevió a dar un discurso acerca de las condiciones de trabajo de los mineros, de la explotación de su patrón, que ostenta un poder capaz de comprar cualquier voluntad en su favor…

¡Será posible! ¡Si don Marcos lleva horas haciéndose cargo de los muertos y heridos como si fuera un familiar más!

—¡Pero no lo es, señor! —Todos nos quedamos helados ante el estallido de furia de Lucía, que se aparta de su tía para enfrentar al sargento sin ningún miedo ni reticencia—. ¡Solo siéndolo podría entender lo que se siente! ¡Lo que mi tía y yo estamos sintiendo ahora mismo!

El sargento se queda lívido por lo que a sus ojos es un atrevimiento, así que me apresuro en mediar antes de que Lucía termine en el mismo lugar que su madre.

—Matilde es hermana de Amelia y Lucía es su única hija. Debería entender su dolor —afirmo.

—No mientras no se demuestre su inocencia, señorita. La relación que las une no hace más que confirmar que pueden ser tan sospechosas como la propia autora.

—Ambas son de mi total confianza. Las aprecio lo suficiente como para sentir su pérdida tanto como ellas. ¿Es posible que usted lo entienda?

—¿Entiende usted que ahí arriba han muerto muchos hombres por culpa de personas que dicen defender sus intereses, pero a las que no les tiembla la mano a la hora de hacer explotar bombas?

«Mal necesario», lo llaman. Yo tengo otros nombres para definirlo, pero ninguno aparecerá en esa hoja que todavía no ha leído, igual que la identidad de los verdaderos artífices.

Son tan cobardes que se aprovechan de la desesperación de gente como Amelia, que se niegan a delatarlos aun a costa de su vida.

Para usted, estas mujeres pueden ser dignas de la mejor de sus confianzas; para mí, son potenciales encubridoras de una enajenada que ha encendido una mecha sabiendo que muchos compañeros de su marido morirían en ese momento. Si se tomara la molestia…

Vuelve a sacudir el papel, así que no tengo más remedio que sentarme y leer.

Bajo el título de «La Mano Negra» aparece la ilustración de un guardia civil a caballo.

A continuación, una retahíla de arengas destinadas a animar a los trabajadores a la rebelión, además de unas directrices acerca de la formación de tribunales, aparentemente clandestinos, para juzgar lo que ellos denominan «actos de justicia social».

—Apenas he conocido a Amelia. Imaginar que ha podido formar parte de lo que he presenciado hace un momento me parece abominable, pero suponer que estas dos mujeres han ayudado en algo, sencillamente, me resulta imposible de creer —murmuro cuando se la devuelvo.

Las abrazo a ambas para demostrarles mi apoyo. Distingo miedo en sus ojos, pero también honestidad. O eso quiero ver. Porque pondría la mano en el fuego por Matilde, pero Lucía… Esa reserva que siempre parece acompañarla no la abandona ni siquiera cuando me mira, suplicándome mi ayuda en silencio.

—Se sorprendería de saber cuánta gente que aparenta nobleza tiene una vil piedra por corazón —apostilla el sargento—.

Muchos de los aldeanos morirían antes de desvelar la identidad de aquellos cuyas directrices siguen, según ellos, en aras de una libertad absoluta.

No son más que corderos que irán directos al matadero, más temprano que tarde.

—Deduzco que el problema no es un caso aislado que se circunscriba a la pobre Amelia y su familia, entonces. No veo la necesidad de seguir torturando a estas pobres mujeres que, a todas luces, son tan inocentes como yo.

—Ya me ha contado lo que ha visto. Ahora, permítame hacer mi trabajo sin interferencias.

No me ofendo por su manera soez de echarme de la cocina, porque sé que debo dejarlas solas con el sargento, así que arrastro los pies hasta la sala donde fui recibida la primera vez que pisé la Casona.

Me detengo frente al retrato de don Fernando con una copa de vino que previamente me he servido.

Bernardo aún sigue con Marcos, y el escaso servicio de la casa ahora mismo está poniéndose en tela de juicio por la tenacidad de un guardia civil dispuesto a llegar al fondo del asunto, sea el que sea.

Cada vez estoy más segura de que el asunto en cuestión tiene que ver con la mina, con la Casona y con su dueño.

De alguna manera, yo también guardo relación con los acontecimientos.

¿Por qué si no voy a soñar con niños que no conozco?

¿Por qué la persona más anciana del pueblo actúa como si me conociera, depositando en mí esa pequeña parcela de confianza que aún permanece libre de su enajenación?

Creo a pies juntillas cada palabra dicha por el güelu, de igual modo que creo en cada mensaje enviado por Simón o en lo poco que he podido ver de su asesino.

Pienso en todo lo ocurrido mientras me acaricio la mejilla golpeada por un fantasma, pero tan real como el beso que poco antes me ha dado Marcos.

Mis ojos siguen fijos en la imagen de don Fernando.

No me atrevo a girarme por miedo a que los malditos rombos de las cortinas me transporten a otro lugar, lejos de las sensaciones que me embargan al pensar en Marco, y muy cerca de otras que no deseo explorar, pero el color de esas pupilas ambarinas me atrapa sin que pueda evitarlo.

Empiezo a sentir que el suelo se mueve bajo mis pies.

Un escalofrío precede al sudor que se escurre por mi espalda y me humedece las palmas de las manos.

Me las miro. Tiemblan demasiado, pero ya no sostienen una frágil copa de cristal, sino una corona hecha con melisa que arrojo a las llamas de la chimenea encendida con rabia.

Se me nubla la visión por culpa de las lágrimas, de la pena que me embarga y que se mezcla con mi cólera hasta formar algo monstruoso que me domina, pero no me arrepiento.

Mientras miro cómo el fuego consume la corona, del mismo modo que todas mis buenas intenciones se van con ella, tengo la impresión de que otro ser toma posesión de mi cuerpo.

Incluso puedo imaginarme sus manos, introduciéndose por cada uno de mis órganos hasta hacerme perder mi personalidad para sustituirla por la suya.

De pronto me siento otra persona, invadida por pensamientos tan negros como el carbón que tiñe la montaña.

No son míos, pero disfruto con ellos. Me recreo en mis planes de futuro, donde solo hay muerte y sufrimiento.

Una muerte y un sufrimiento surgido de la justicia más elemental.

—Ojo por ojo y diente por diente. Está en la Biblia, Esther. No te sientas mal por desearlo.

Escucho una risa aguda, llena de desprecio, casi animal, y me tapo los oídos en mitad de mi propio grito de espanto.

—Señorita, ¿se encuentra bien? Se le ha caído la copa de las manos…

Escucho la voz del sargento y doy un salto hacia atrás. Tengo todos los músculos en tensión, como si me preparara para huir del mal en estado puro; me cubro la boca con la mano y fijo mi atención en los cristales a mis pies antes de echarle un último vistazo al cuadro.

—Sí, es solo cansancio. ¿Ya puedo hacer uso de los servicios de mis criadas o va a encarcelarlas?

—Está claro que la más mayor no sabe nada al respecto.

Solo lleva aquí unos días y todo parece indicar que, en su correspondencia con su hermana, esta no le informó acerca de sus actividades ilícitas.

Respecto a la más joven… Sinceramente, me resulta muy difícil creer que una hija desconozca lo que hace su madre.

Sobre todo, cuando ambas han trabajado aquí durante tanto tiempo.