CAPÍTULO DIECISIETE
Esther
N unca he sentido los efectos de la preocupación con tanta intensidad como cuando sus ojos se clavan en mí, brillantes, atentos al más mínimo cambio en mi estado.
—¿Seguimos? —pregunta solo para asegurarse de que no trato de ocultar mi malestar.
Su mano atrapa la mía con total familiaridad.
Ningún asesino sin escrúpulos conseguiría que yo compartiera con él un espacio tan reducido con la tranquilidad que ahora mismo me embarga, ¿verdad?
Si soy capaz de tener sueños premonitorios, debería poseer la sensibilidad suficiente como para intuir ese tipo de maldad en los demás.
Cierro los ojos y dejo que mis pulmones se vacíen.
¿A quién pretendo engañar? Lo que estoy intentando con todas mis fuerzas es convencerme de que Marcos de Gondán está libre de toda culpa.
De lo contrario, la atracción irremediable que siento hacia él, junto con otras emociones más profundas que van aumentando, hará que mi propia culpa se haga inconmensurable.
—Seguimos —afirmo, consiguiendo por su parte una nueva sonrisa de dientes blancos, que me empeño en ver como siniestra para no pensar en lo irresistible que resulta.
La berlina se detiene en la base de la montaña y Marcos me ayuda a descender.
Nos alejamos un poco hasta detenernos frente a la entrada principal de la mina, apuntalada por numerosos tablones que aseguran que no se derrumbe al paso de los mineros.
Un vagón aparece en mitad de los raíles que se adentran en la oscuridad por un extremo y que desembocan en un pequeño edificio de dos plantas en el exterior por el otro.
Es justo allí donde un minero descarga otro vagón antes de devolverlo de nuevo al interior de la mina por, deduzco, otra de sus entradas, ayudado por unos cuantos compañeros que desaparecen por el otro lado del edificio.
Dos hombres, de más altura incluso que Marcos, permanecen junto al primer minero, vestidos con sendos abrigos y armados cada uno con una escopeta que no se molestan en esconder.
Me detengo cuando aprecio las armas, pero Marcos me anima a seguir.
—Son Gaspar y Beltrán, tranquila —me dice, levemente inclinado junto a mi oído—. Antes se dedicaban a vigilar las lindes de la Casona, pero, en vista de las amenazas anarquistas, he decidido que serán más útiles aquí.
—¿Sigues pensando lo mismo después de la muerte de Andrés?
—No me queda más remedio, Esther. Tengo muchos más trabajadores en peligro en la mina que en los terrenos de la Casona. Debo priorizar.
Y prioriza a sus empleados por encima de su propia seguridad.
No puedo evitar sorprenderme gratamente mientras continúo.
La actividad no se interrumpe con nuestra llegada.
Es un trabajo en cadena, coreado por el sonido machacón de las máquinas, el repiqueteo de los picos incrustándose en las entrañas de la montaña, el siseo de las palas recogiendo el carbón y las respiraciones fatigosas que llenan los pulmones de ese polvillo letal que yo también noto.
—Hacemos todo lo posible por evitarlo. Incluso he invertido en máquinas que les hagan más fácil y rápida la extracción, pero, si introduzco más, se quedarán sin trabajo.
Será su fin. —Me vuelvo hacia Marcos con el ceño fruncido antes de comprender que mi gesto ha debido ser tan evidente que no es necesaria aclaración alguna acerca de lo que estoy pensando—.
Es un dilema que, me temo, se me presentará cada vez más a menudo.
—Comprendo. Mi padre se ha encontrado en la misma situación. Es complicado.
—Sobre todo, si conoces personalmente la situación de cada uno de tus trabajadores e incluso te unen antiguos lazos de amistad con más de uno.
—Me señala al minero que sigue junto a los dos hombres de seguridad que he visto antes y me toma del codo con delicadeza para conducirme hasta ellos—.
Te presento a Cosme, el padre de Andrés.
Y ellos son Gaspar y Beltrán. Ella es la señorita Esther Llamazares.
Su aya, Matilde, es la cuñada de Benito.
—Encantados de conocerla, señorita.
El saludo se va repitiendo hasta tres veces, pero soy incapaz de reaccionar como se debe.
Si miro a Cosme, veo los ojos de Andrés vivos en él, junto con la pena incrustada en su alma, que jamás la abandonará.
Si miro a los otros dos hombres, los latidos de mi corazón aumentan a tal ritmo que me producen un sudor frío que me recorre entera, aunque ignoro el motivo.
Son aguijonazos de advertencia, campanas que tañen en mi cabeza un código que solo yo reconozco.
Huye, me dicen. Aléjate de ellos.
Doy un paso hacia atrás, pero la mano de Marcos me detiene y me hace ver lo demencial de mi reacción.
No conozco a ninguno de estos hombres. Por muy amenazante que sea su aspecto, no puedo correr como un cervatillo asustado.
Recuerdo lo solo que Marcos está ahora mismo después de la muerte de Andrés y pienso que quizá pueda aprovechar ese interés disimulado que parecen mostrar hacia mí en su beneficio.
—Cosme, siento mucho lo de tu hijo —respondo tomando su mano sucia entre las mías.
—¡Por Dios, señorita, se va a manchar!
—No me importa. —Le lanzo una mirada de comprensión que logra tranquilizarlo cuando intenta sacar sus dedos tiznados de negro y le sonrío—.
Me enteré de lo ocurrido apenas llegué al pueblo.
No estoy casada ni tengo hijos, pero puedo imaginarme perfectamente tu dolor ante la pérdida.
Si puedo ser de alguna utilidad mientras permanezca aquí, házmelo saber, por favor.
—¿Es usted Esther? —me pregunta Beltrán, un hombre corpulento con unos penetrantes ojos oscuros que me producen escalofríos—. ¿Esther… Llamazares?
—La misma. ¿Conoce acaso a mi padre?
—Al único padre que este conoce es al suyo, y de oídas.
El que responde es Gaspar, tan rubio como su patrón, de aspecto desgarbado y aparentemente fiero, cuyos ojos castaños me observan con atención, pese a sonreírme con una cortesía que, evidentemente, no ha demostrado con su comentario.
Ni tampoco con su disimulado codazo dirigido a Beltrán y que es interceptado por Marcos.
—Los comentarios jocosos en privado, Gaspar. A ser posible, cuando no haya damas delante que puedan ofenderse —le increpa.
Aprieta la mandíbula y dibuja una fina línea con los labios que es perfectamente interpretada por los tres hombres, aunque de diferente manera.
Mientras Cosme inclina la cabeza en mi dirección con humildad, los otros dos lo hacen a regañadientes, pese a que parece que siguen intimidados, aún no sé si por Marcos o por mí.
—No se preocupe, don Marcos, que no soy tan delicada —digo esperando limar asperezas y tranquilizarme de paso—.
Puedo escuchar todo tipo de bromas sin que mis oídos sufran daño alguno.
Sobre todo, si vienen de boca de hombres que son padres.
Porque seguro que ustedes lo son. He escuchado en el pueblo que el pobre Andrés tenía a sus pequeños como amigos.
—Señorita Llamazares, quizá no sea este el momento más adecuado para esta conversación.
—Al contrario. —La mano de Marcos presiona la mía a modo de advertencia, pero lo ignoro—.
Me parece un momento idóneo. Más sabiendo que usted, por el desgraciado final del pequeño Andrés, se ha quedado sin nadie que lo sustituya.
Disculpen mi atrevimiento, señores, pero después de comprobar la extensión de la Casona y todo lo que la rodea, me veo en la obligación de afearles su conducta.
Hasta donde yo sé, que es más bien poco, don Marcos mantiene una relación de amistad con ustedes, pese a las evidentes diferencias sociales, que le ha llevado siempre a preocuparse por su bienestar.
No termino de comprender la razón por la que buena parte del pueblo lo ha dejado solo.
—Bueno… —Beltrán elude mi mirada con un carraspeo incómodo—. Solo puedo decir, en mi defensa y en la de estos dos, que siempre hemos estado a su lado. Cuando necesitó protección en su casa, Gaspar y yo nos ofrecimos gustosos. No creo que esté de queja.
—No lo estoy —responde Marcos con solemnidad.
Tira de mí en dirección al edificio en el que entran los vagones cargados de carbón, pero no me muevo del sitio—.
Tampoco es necesario que aturullemos a la señorita Llamazares con detalles sin importancia que no la atañen lo más mínimo, puesto que nunca ha estado aquí y no conoce nuestras particularidades.
Es mejor que sigamos con nuestra visita a las instalaciones de la mina.
Mucho más seguras y menos incómodas que lo que ha visto hasta ahora.
Le garantizo que ahí dentro no tendrá que tragar más polvo de carbón ni su preciosa nariz se arrugará al percibir este olor tan desagradable.
Mi boca se abre hasta lo indecible. ¡Está nervioso! Lo percibo en su tono de voz, en su empeño en alejarme de allí e incluso en ese comentario precipitado.
—No tan deprisa —siseo—. Cierto es que no conozco sus particularidades, pero, dado que al parecer ambos hombres tienen hijos de la misma edad de Andrés, quizá podría ayudarlo a…
—No necesito que me ayudes, Esther. Ni ellos tampoco. —Definitivamente, ha perdido la paciencia. Me tutea mientras los señala con un brusco movimiento de cabeza—. Pelayo trabaja con el herrero y Esteban está enfermo. Creo que una pulmonía, ¿verdad, Gaspar?
—Sí, patrón. Pero ya se encuentra mejor.
¿Por qué me da la impresión de que responde con resentimiento mal disimulado?
No me da tiempo a averiguarlo. A nuestra espalda, en la entrada principal de la mina, uno de los mineros sale a trompicones, en medio de un ataque de tos que lo lleva al suelo.
—¡Grisú! —logra exclamar, antes de que una explosión lo lance hacia delante y, con él, a todo el que está alrededor.
El ruido es ensordecedor. La tierra parece temblar bajo nuestros pies.
En la distancia, distingo a Bernardo, metiéndose en la berlina para protegerse mientras un vagón salta por los aires, haciéndose añicos.
Los trozos de metal salen disparados en todas direcciones.
También hacia nosotros, pero antes de que nos alcancen, Cosme, Beltrán y Gaspar forman una especie de escudo para proteger a Marcos, que a su vez se lanza sobre mí con la misma intención, pero es demasiado tarde.
Algo impacta contra mi brazo. Siento un dolor lacerante y veo la sangre manar a través de la gruesa tela de terciopelo.
Grito, pero nadie parece oírme entre tal pandemónium.
Los mineros corren a cubrirse, y después a ayudar a los que están heridos y gimen arrastrándose lejos de la entrada de la mina, que en estos momentos parece la entrada al infierno.
—¡Esther! ¿Te encuentras bien?
Marcos tira de mí para incorporarme. Empalidece al ver la herida de mi brazo.
Sin permitirse ni un segundo de indecisión, arranca una tira de tela de la parte baja de su camisa y la ata alrededor.
Él está tan sucio como los hombres que se apartan para dejarle capacidad de maniobrar.
Asisto, incapaz de reaccionar en ningún sentido, al espectáculo de sangre y muerte que de repente me rodea.
Hay hombres corriendo en todas direcciones.
Gritos pidiendo auxilio mezclados con alaridos de terror e incluso lloros desesperados.
En un segundo, lo que parecía un ejemplo de coordinación y trabajo en equipo se convierte en un auténtico infierno de sangre, fuego y muerte.
—Tenemos que ayudar… —digo de pronto, sobreponiéndome al dolor de mi brazo—. ¡Debemos llamar a un médico!
Doy unos pasos en dirección a los heridos entre el humo negro que me hace lagrimear los ojos, pero entonces vislumbro una figura oscura cerca de donde se ha producido la explosión.
Alguien a quien reconozco de inmediato y que no debería estar ahí.
—Amelia… —susurro—. ¡Amelia!
Marcos mira en la misma dirección que yo y ordena a sus hombres que vayan tras ella.
Después, mientras la lluvia empieza a caer con furia, me arrastra hasta la berlina y cubre mis hombros con su chaqueta.
En algún momento se ha hecho con una escopeta igual a las de sus hombres, que empuña sin que le tiemble el pulso.
Me deja una mirada llena de angustia y señala a su sirviente, que, por primera vez desde que lo conozco, ha perdido la compostura.
—Bernardo, llévala a la Casona y que Matilde le cure esa herida. Después ve a buscar al doctor Herrero y avisa al sargento Postigo. —No espera respuesta por mi parte y tapa mi boca con la suya en un beso tan fugaz como rudo que me deja noqueada—. Volveré en cuanto pueda, te lo prometo.
Sale corriendo, como todos los demás. Excepto Cosme. Él permanece inmóvil, con sus ojos clavados en los míos mientras la berlina se aleja.
No puedo evitar quedarme paralizada ante esa mirada penetrante que me produce un escalofrío, aunque ignoro la razón.