CAPÍTULO DIECISÉIS #2
Me giro hacia él, con una sonrisa que ni yo misma sé de dónde procede, y elevo mi mano hacia su cara, aunque no llego a tocarla.
—No creo que sea un encierro, sino un refugio —afirmo con total seguridad—. Tu refugio.
—Y el de otras personas. —Sus ojos se entristecen cuando se fijan en mi mano inmóvil, como si el hecho de que permanezca inmóvil lo decepcionara—. En el pasado. Aunque aspiro a que también lo siga siendo en el futuro.
—¿Tan seguro estás de ese futuro?
—A veces, ambos están tan estrechamente ligados que es imposible separarlos.
Estoy a punto de replicar acerca de una afirmación tan contundente, pero, cuando mis ojos vuelven a posarse sobre la superficie de la laguna, siento que la garganta se me cierra y la cicatriz me avisa con una ráfaga de dolor al vislumbrar las gotas que caen del cielo y la agujerean.
Está lloviendo, pero yo no siento nada. Ni la lluvia ni la humedad ni la mano de Marcos posada sobre uno de mis hombros, como si percibiera mi estado de ánimo.
Solo atino a preguntarme cómo demonios pude dar una descripción tan detallada de un lugar que jamás he visitado, cómo puedo conocerlo hasta el punto de pretender llevar allí a Andrés.
Y solo recibo como respuesta una serie de escalofríos que me sacuden por fuera, pero también por dentro, con la sensación de que tengo la respuesta demasiado cerca de mí, pero que es demasiado peligrosa como para aceptarla.
—La laguna…
Mi murmullo es lo único que me acompaña a la orilla. El resto de mis sentidos quedan neutralizados cuando detecto el sutil aroma a melisa y me arrodillo para ver mi reflejo en el agua.
¿Soy yo esa niña que me sonríe desde el fondo de la laguna, con unas manos desconocidas trenzándole el cabello? ¿Es mía esa sonrisa presumida que se ensancha cuando esas mismas manos colocan pequeñas flores de melisa en el intrincado peinado que acaban de hacer?
—Nunca nos separaremos.
El repentino destello de un sello de oro en uno de aquellos dedos me deslumbra, con tanta fuerza que la especie de sortilegio en el que he caído se rompe y, con él, el poder de sugestión que esas palabras han podido tener sobre mí.
Su tono amable, casi melodioso, se rompe con todo un coro de chillidos estridentes que parecen llenar cada rincón de aquel paraje idílico y, al mismo tiempo, algo tenebroso.
Me tapo los oídos, pero su volumen aguijonea mi cabeza, la llena de infinidad de agujeros por los que se cuelan los gritos de horror, millones, trillones, que abarrotan cada uno de mis sentidos hasta saturarlos por completo.
—¡No, no, nooo!
Sacudo la cabeza y retrocedo. Caigo de espaldas, pero me arrastro lejos. Aún no he terminado de comprender qué es lo que ha sucedido, qué acabo de ver, cuando las manos fuertes de Marcos me ponen en pie y me giran hacia él.
—¡Esther!
—Era yo. He reconocido mis ojos, mis rasgos infantiles. Era yo, de niña. Y luego los gritos… ¿No los has oído? ¡Eran auténticos chillidos de pánico! De niños, pero también de personas adultas. Como si… Como si salieran del fondo de la laguna…
No me importa su cara de extrañeza ni los esfuerzos de Bernardo por hacer como que no me ha oído y mantenerse en su estirado puesto. De pronto, me siento furiosa, frustrada, encerrada en un montón de visiones que me acosan sin descanso y para las que no tengo explicación ni mucho menos control.
Solo cuento con este hombre que me mantiene anclada al suelo gracias a su sujeción y a su suave zarandeo. Solo esos ojos que me producen escalofríos. Solo un montón de preguntas para las que, de pronto, se me ocurre una respuesta escalofriante.
Noto que estoy llorando cuando la vista se me nubla. Aunque lo necesito para refugiarme en su presencia, entre sus brazos, en mitad de sus susurros llenos de seguridad, también sé que debo alejarlo si quiero proferir en voz alta lo que me ronda por la cabeza.
—¿Sabes que hay personas que caminan dormidas? —pregunto.
—Sí.
—¿Y si yo soy de esas personas?
—Esther, ¿a dónde quieres llegar?
—No lo sé. Solo trato de buscar una respuesta…
Me encierra entre sus brazos. Deja que le empape la camisa con mis lágrimas y me acaricia la espalda hasta que los espasmos de la desesperación me abandonan.
Y solo entonces me aparta lo justo para limpiar mi cara mojada con las yemas de los dedos.
No pronuncia una palabra hasta que no termina, y lo único que se mueve entre nosotros es mi corazón aporreándome el pecho.
—Si insinúas que has podido tener algo que ver en las muertes de los niños sin ser consciente de ello, es imposible —afirma con esa voz grave y queda que tiene un efecto relajante en mí.
—Podría haberlos conocido en otro lugar y no recordarlo. Podría…
—Esa hipótesis solo puede servirte hasta que te des cuenta de que no tiene sentido.
Hace dos años no estabas aquí. Hace un par de semanas tampoco.
No sé qué acaba de ocurrirte en la orilla de la laguna, pero debo sacarte de aquí cuanto antes.
—Aprovecha que mi cuerpo todavía parece el de una muñeca de trapo para colocar una mano en la parte baja de mi espalda y llevarme hacia la berlina—.
¿Te encuentras con fuerzas para proseguir o volvemos?
Algo me dice que debo atesorar esa fuerza, que no habrá otra oportunidad de acercarme tanto al mensaje de Simón, al de Andrés. Suspiro y asiento.
—Quiero ver la montaña Negra —afirmo.
—Bien. —Él me dedica una sonrisa de auténtica admiración y golpea el techo de la berlina—. Bernardo, vamos a la montaña Negra.