CAPÍTULO DIECISÉIS
Esther
— E stás muy callada. ¿Te encuentras mal? ¿Quieres volver? ¿O es que tu visita a Amelia y tu conversación con el güelu no han transcurrido como pensabas?
En cuanto lo escucho hacer referencia a mi viaje al pueblo, dejo de fijarme en la espesa vegetación que parece escoltarnos y clavo mis ojos en los suyos.
Él me devuelve la mirada con descaro. No se molesta en disimular que sabe con quién me he encontrado, lo cual me hace revolverme incómoda en mi asiento, situado frente al suyo.
—Las buenas noticias corren deprisa —le suelto sin contenerme.
—No te haces una idea de cuánto, aunque en este caso han corrido delante de tus narices y tú ni te has enterado.
—Su sonrisa se amplía por momentos—. Mientras estabas en esa especie de trance extraño, escuchando una música que solo tú escuchaste, Lucía me puso al día acerca de vuestra mañana de visitas.
Me dijo que el doctor Herrero salía de casa de su madre en el momento en que vosotras llegabais.
Le pedí que la examinara y le recetara lo que considerara conveniente.
—Tienes un buen amigo, sin duda. Tus deseos son órdenes para él, porque los ha cumplido a rajatabla. Sí, me encuentro bien. Y no quiero volver, a no ser que tu respuesta no sea satisfactoria.
—Antes debería conocer la pregunta.
—Me parece justo. ¿Cómo sabes que las notas que escuché son de una nana y provienen de una cajita de música?
Marcos frunce las cejas, en absoluto sorprendido.
—Tarareaste la letra de una canción asturiana. Una nana que, en algún momento, he escuchado en una cajita de música.
—Eso es imposible. Yo nunca he estado aquí. Y Matilde jamás me ha cantado ninguna nana en su lengua natal. Lo recordaría.
—¿Estás segura? Tú misma me dijiste que los recuerdos de tu infancia son difusos.
¿Sabías que hay sucesos que quedan almacenados en nuestra mente hasta hacernos creer que los hemos olvidado cuando en realidad solo están dormidos?
A veces, salen espontáneamente; otras, surgen a raíz de acontecimientos que los sacan a la luz.
En ocasiones, esos recuerdos son tan problemáticos que hay personas que necesitan ayuda para comprender qué es lo que les ocurre.
—Ya. ¿Hablas de la hipnosis, que tu padre tan bien domina?
—Por ejemplo. Aunque en tu caso no parece necesario, ¿verdad?
—Yo no he dicho eso. —Me limito a encogerme de hombros y mirar por la ventanilla el cielo cada vez más encapotado—. La verdad es que no sé cuándo ingresé en el orfanato, ni nadie me lo contó nunca.
—¿Preguntaste?
—Digamos que tenía cosas más importantes de las que preocuparme.
—Como las consecuencias provocadas por tus sueños. —Me vuelvo hacia él con la boca formando una O perfecta, pero Marcos sonríe—. Vamos, ¿de verdad piensas que voy a creerme a pies juntillas que has visto cómo moría mi hijo en un sueño sin imaginarme lo que eso implica?
—Y, según tú, ¿qué implica?
—Que estoy ante una mujer muy poco común.
Y no hablo de su belleza ni de su inteligencia.
Tampoco de ese espíritu independiente que me tiene completamente embelesado.
Hablo de sensibilidad. Una tan especial que llega al mundo de los sueños.
Solo alguien así puede percibir con tanta claridad la muerte de un niño, conocer su nombre y quién sabe cuántos detalles más, sin conocer anteriormente su existencia. ¿Me equivoco?
—Sueño con sucesos que luego ocurren —confieso girando la cabeza para que no pueda ver la vergüenza que me enciende las mejillas.
Oculto la parte en la que interactúo con los personajes hasta el punto de despertar con la marca de un sello en mi cara, producto de una bofetada, o esas voces que irrumpen en mi mente, cada vez más quebradiza.
Deseo evitar una reacción desmedida, pero él me sorprende ocupando el asiento a mi lado y tomando mi barbilla con los dedos para obligarme a mirarlo.
—¿Hasta qué punto, Esther?
—Ignoro los detalles que me ayudarían a no verte como un asesino. Lo siento, pero si hago caso a mis percepciones…
—¿Te dicen que huyas de mí? ¿Que te quedes a mi lado para averiguar todo lo que puedas antes de darme el tiro de gracia?
¿O ambas cosas? —Su expresión denota una decepción infinita cuando solo obtiene mi silencio—.
Está bien. Supongo que tus suspicacias son un mal necesario, de momento.
Pero deberías saber que no me doy por vencido con facilidad. ¿Tienes preguntas? Hazlas.
—Yo…
—Hazlas, maldita sea.
Lo he ofendido, pero es algo que no puedo cambiar, así que intento centrarme en lo que me dijo el güelu para aceptar su tirante ofrecimiento.
—Tu hijo acostumbraba a ir a la mina en compañía de sus amigos. ¿Quiénes son?
—Andrés, Esteban, el hijo de Beltrán, y Pelayo, hijo de Gaspar.
Simón se relacionaba con niños de cualquier clase, como su padre, y el pueblo es lo suficientemente pequeño como para conocer a todas las familias.
Tú mejor que nadie deberías saberlo. Has tenido el privilegio de ver a Andrés y a Simón en sus últimas horas.
Doble privilegio, si consideramos el hecho de que no me cuestiono ni una sola de tus palabras al respecto, incluidas las que me acusan solo por el color de mis ojos.
—Fueron esos ojos los que vi cuando soñé con Andrés y su muerte. Pude comunicarme con él, igual que con Simón, pero ni siquiera pude distinguir la silueta de su asesino ni escuchar lo que se decían.
—¿Mi niño te vio? ¿Te habló? —pregunta con ansiedad—. ¿Qué te dijo?
—Que… Que… —No puedo decirle que me ha dado la impresión de que el pequeño esperaba mi presencia.
Que, de algún modo, parecía conocerme, aunque sea imposible.
Me reclino hacia atrás ante su insistencia llena de esperanza, sabiendo de antemano que solo puedo enfrentarme a él con la verdad—.
Que no podía ayudarlo porque ya estaba muerto, pero que aún podía ayudar al resto.
Él creía que el mismísimo Patarico lo perseguía. Igual que el güelu Antonio.
—Así que el Patarico. —Salta a la vista que no me cree—.
Las leyendas son solo la forma en la que la gente se explica las cosas que realmente no puede explicarse, no creo que sean más que la expresión de los miedos y la ignorancia del pueblo.
O una forma de contarte que realmente conoce la identidad que se esconde tras un ser mágico como ese.
—¿Insinúas que el güelu sabe quién mató a Simón y Andrés?
El verde de sus ojos se intensifica cuando, sin pedirme permiso, coge una de mis manos y la cubre con las suyas.
Siento su tacto áspero, impropio de un caballero como él, pero también el calor envolvente que se va extendiendo por cada una de mis terminaciones nerviosas a una velocidad vertiginosa.
Acerca su rostro al mío, tanto que puedo sentir su aliento cálido envolviendo mi nariz, mi boca, hasta mis pensamientos.
Sus pupilas se dilatan cuando se quedan prendidas en mis labios con una expresión hambrienta que no me asusta.
Está intentando seducirme, lo sé con la misma certeza con la que sé que ha entrado en el juego que yo misma he comenzado.
Deseo que me bese. Necesito sentirlo así para dar rienda suelta a mis instintos más básicos. Me atrae, igual que siempre me ha atraído el peligro. Pero se detiene a un suspiro de distancia y sonríe.
—¿Qué más necesitas para convencerte de que nunca te haré daño? —Una de sus manos se desplaza hacia mi mejilla. La acuna mientras la punta de esos dedos largos, de pianista, se enredan en mi cabello—. ¿Qué quieres de mí para confiar?
—Honestidad.
—La tendrás. —Su cuerpo cubre el mío sin más contacto que los dedos describiendo lentos círculos en mi nuca.
Parece pedirme permiso sin pronunciar palabra, y comprende la respuesta, porque al fin roza mi boca con la suya.
Solo eso, un leve roce que despierta en mí una montaña de sensaciones que me explotan en la mente, en el centro del pecho, en pleno vientre.
Él parece conocer al dedillo cada una de mis reacciones, porque, cuando me reclino aún más en mi asiento, sonríe contra mis dientes—.
Te prometo que tendrás todo aquello que me pidas, Esther. Al fin lo tendrás.
—Señor, ya hemos llegado.
La voz de Bernardo hace que nos apartemos, pero estoy a punto de protestar. No sé por qué siento esa especie de vacío en mi interior ni por qué trato de compensarlo con el fondo que veo en sus ojos. Sé que oculta algo, y estoy dispuesta a averiguar el qué.
Como si no hubiera ocurrido nada entre nosotros, Marcos se incorpora y sale de la berlina con una mano tendida hacia mí para que lo acompañe.
—¿Escandalizada? —pregunta cuando me ve dudar—. Si es así, deberías avisarme para defenderme de otra bofetada, aunque esta vez tendrías tus razones.
—Desconcertada —respondo con una sonrisa de auténtico desafío.
—He luchado contra peores dragones que las inseguridades lógicas de una dama de bien, pero empezaremos por esto. Aquí está mi mayor tesoro. El lugar que alberga mis mejores recuerdos, y también los peores.
En cuanto veo la arcada de verde vegetación ante nosotros, reconozco el lugar. Las hojas que se hunden a nuestro paso, los árboles milenarios que, en esa época del año, están desnudos, tal y como se lo describí a Matilde antes de hacer este viaje.
—Es un paraíso… —murmuro, encantada.
—Suele surtir ese efecto en los visitantes que se adentran en este paraje.
—La voz queda de Marcos tan cerca de mi oído me produce un ligero estremecimiento que no logra apartarme de él.
Mientras mis ojos registran todo lo que son capaces de abarcar, él continúa hablando—: Cuando Carmen, mi primera esposa, lo vio por primera vez, se quedó sin habla.
Pensé que sería por el miedo, ya que la vegetación es tan densa que da sensación de encierro, pero no. Estaba emocionada.
—Se sintió en su hogar —murmuro ensimismada.
—Exacto. Fue su hogar, Esther. ¿Y tú? ¿Qué piensas de todo lo que nos rodea?