CAPÍTULO QUINCE #2
Casi puedo ver su forma rectangular, de madera finamente labrada, con un pequeño espejo en el interior de su tapa en el que se ve reflejada la pequeña bailarina que gira al son de la tonadilla.
Me dejo llevar cuando me veo en el cuarto que contiene el mueble sobre el que está la cajita.
Es una cómoda de madera oscura. A su izquierda, una ventana cubierta con unas finas cortinas deja penetrar la luz mortecina de la tarde, que llena la estancia de partículas plateadas que parecen volar.
Intento cogerlas con la mano. Oigo risas procedentes de algún rincón que me indican que mi empresa es imposible, así que dejo de hacerlo cuando la música me atrae y teje una fina tela de araña a mi alrededor con la única intención de aislarme de la maldad del mundo.
Porque soy una niña débil, una niña enfermiza que necesita taparse los ojos para no ver, taparse los oídos para no escuchar…
—Duérmete, fíu del alma que velo’l to sueñu, palombina de blancu que non tien aleru [5] …
Me tambaleo, como si las palabras cantadas por una voz melodiosa, tan suave como el terciopelo que cubre mi cuerpo, me hubieran abierto en canal para dejar que me desangre lentamente.
Así me siento en un primer momento. Débil, desorientada, con las notas de la nana aún resonando en los entresijos de mi memoria, intentando encontrar conexiones que son imposibles.
¿O no? Después de todo, mis recuerdos hasta los ocho años son un compendio de oscuridad y sombras sin definir que no he podido ordenar nunca. ¿Y si…?
—La música. —Estudio la expresión de sus ojos, pero estos no muestran más que desconcierto mientras frunce las cejas, como si se esforzara por escuchar algo que en realidad no ha sonado—. Me gustaría comprobar de dónde procede.
—Yo no oigo nada, y ya hemos perdido un tiempo precioso.
—Cierra la puerta tras de sí con precipitación y me toma del brazo para llevarme, gentilmente pero con aplomo, hacia la berlina, de donde Bernardo no se ha movido ni un palmo.
Lucía, por el contrario, hace un rato que se ha ido—.
Deberíamos aprovechar que la niebla parece darnos una tregua.
—Atrapa mi mano entre las suyas y la acerca a su boca—.
Discúlpame, por favor. Siento mi ausencia.
No se repetirá —murmura antes de besármela con una devoción tal que un escalofrío me sube por el brazo hasta instalarse en pleno centro de mi pecho.
Mis ojos se quedan clavados en los suyos, dentro de los suyos, justo antes de soltar el aire que he estado reteniendo; es entonces cuando consigo desplazarlos hacia la boca que todavía está en contacto con mi mano.
Intento imaginar lo que sentiría si esos labios generosos, jugosos y con el brillo de la humedad impregnándolos colisionaran con los míos.
Me descubro deseando besarlo como hace tiempo que no deseo nada, pero no me siento mal, sino dulcemente atraída hacia esta tela de araña que él muestra ante mí a través de una mirada intensa, como si conociera cada uno de mis pensamientos y se limitara a esperar mi reacción.
Sí, soy demasiado audaz y desinhibida, porque sé que el mero hecho de imaginar semejantes cosas está mal, muy mal.
Pero, con mi mano entre las suyas, necesito refugiarme en esa certeza para que mi vida vuelva a su cauce natural.
Tengo la sensación de que he vivido antes una situación parecida, con una persona parecida, pero eso es imposible.
—No tienes nada de lo que disculparte, faltaría más —afirmo, retirando la mano. Marcos alza una ceja, pero no dice nada—. Imagino que el asunto que te ha entretenido era importante.
—Lo era. Y lo seguirá siendo —farfulla.
—De modo que volverás a ausentarte.
Pretendo aligerar el peso de la conversación, pero la mirada que él me dirige me hace olvidar mi propósito.
Es insondable, dura, llena de abismos peores que los que a mí me asedian, tan profundos que dudo que él vea el final por mucho que lo intente.
Despliega su acostumbrada aura de peligro, pero, en lugar de ahuyentarme, logra que la acepte sin reservas.
—Ten cuidado —me advierte mostrándome un atisbo de una sonrisa que debía ser espléndida al completo—.
No es bueno dejar que un desconocido como yo vea lo inteligente que eres.
La inteligencia, en determinadas ocasiones, debería estar reñida con el valor.
Y en tu caso, me temo que ahora mismo gana lo segundo.
—¿Es que el valor no es una cualidad?
—No cuando se convierte en aliado de la temeridad, pero dejaré que saques tus propias conclusiones mientras ejerzo de perfecto anfitrión. ¿Me acompañas antes de que la nana de esa cajita de música vuelva a atraer tu atención hasta el punto de no hacerme el menor caso?
Cuando me doy cuenta de que en ningún momento le he hablado de que la música que he escuchado sea una nana, ni de que mane de una cajita de música, la Casona ya está lejos, me encuentro a solas con él y Bernardo nos lleva hacia un destino que solo Marcos conoce.