CAPÍTULO QUINCE
Esther
— ¿P uedo acompañarlo?
—Debes. —Sin dejar de mirar al frente, el güelu me hace un sitio en el poyo de la entrada—. Aprovecha que mi Clara está muy ocupada ahí dentro. No tenemos mucho tiempo.
—¿Para qué?
—Para responder algunas de tus dudas.
—Tengo muchas, güelu. Y también miedo. —Decido sincerarme con él, porque todo lo que me rodea me empuja a hacerlo—. No conozco al dueño de la Casona. No sé si he tomado la decisión correcta al quedarme allí. Él…
—Ha sufrido. Y todavía le queda mucho por padecer.
Mi espalda se envara al escucharlo, aunque no lo demuestro. Creo firmemente que debo mantener mi pose de serenidad y aprovechar ese destello de lucidez que parece acercarlo a mí.
—Güelu, usted sabe muchas cosas. Conoce a mucha gente. Quizá pueda decirme qué hacer para que deje de soñar con las muertes de esos niños.
—Debes detener al Patarico. —Con un gesto de cabeza, señala el lugar por donde ya hace rato que ha desaparecido la figura envuelta en una capa negra—.
Está ganando poder. Si no le pones remedio, pronto podrá acceder a ti por completo.
Estás empezando a escuchar las voces en tu cabeza.
Cada vez que suenen ahí dentro, cada vez que veas algo que no tiene explicación, pero que sientes ahí dentro —repite tocando primero mi frente y luego el lugar donde está mi corazón—, hazles caso.
Deja que te lleven hacia las puertas abiertas. Solo así podrás ayudar a los demás.
Procuro sobreponerme al impacto que para mí supone que ese anciano, en apariencia inofensivo, hable de mis más oscuros secretos con tanta naturalidad, y me centro en su última frase.
—¿Habrá más? ¿Cómo lo sabe?
—No pudiste salvar a mi Andrés, pero puedes salvar al resto. Mira más allá de ellos, tiéndeles la mano. ¡Ayúdalos! El Patarico ya se ha cobrado dos víctimas. ¡No dejes que siga!
—Es un ser de leyendas y cuentos, güelu. No existe.
—Simón lo nombró, ¿verdad? —Incapaz de hacer otra cosa, asiento, completamente atónita—.
Cuando un niño percibe algo sobrenatural, lo mete en su vida y busca soluciones para combatirlo: llama a sus padres, se esconde, huye…
Pero, cuando crecen, algunos pierden su magia y también la manera de protegerse.
Busca en tu cabeza la manera de entender lo que no se puede entender.
—Satisfecho con su galimatías particular, esboza una sonrisa fugaz antes de fruncir el ceño—.
El Patarico mató a Simón para que no hablara.
Por eso le cortó la lengua. No soy yo el culpable, guaja, aunque lo sé todo, del mismo modo que lo sabía de Andrés, pero no me sirvió de nada guardar silencio.
—¡No lo haga! Don Marcos es poderoso. ¡Cuénteselo a él!
—Nadie creería a un loco cuyo nieto está bajo tierra.
El monstruo los tuvo a su servicio y ahora quiere matarlos.
De cada uno de ellos se llevará una parte.
Los ojos de Andrés, la lengua de Simón… —La mano que permanece en mi hombro se desplaza hacia mi regazo y se une a la otra para tomar las mías.
Se inclina como si temiera que alguien lo oyera y tira de mí hacia él—.
Don Marcos ha pagado con la muerte de su hijo.
Cosme también. Quedan dos. ¡No lo permitas!
La riqueza a menudo trae desgracias… Los amigos están unidos por los lazos del cariño, pero también por los de la muerte…
El alma podrida está buscando su salida a través de un alma pura…
A veces, el mejor espejo es el que uno mismo ofrece…
—Don Antonio, ¡dígame sus nombres! Si no, no podré ayudarlos. ¡Deje de…!
Me detengo de golpe. No quiero aceptar que su rato de lucidez ha pasado y que ya no voy a poder conseguir más información de él.
Respiro hondo, intentando controlar mis nervios, y escruto en el fondo de aquellos ojos que se mueven a un lado y otro, febriles.
Este hombre sabe que el asesino de Andrés y Simón no es ningún ser mitológico.
Sabe que volverá a actuar y quiénes serán sus víctimas.
Sabe por qué, pero esa información permanece en un lugar demasiado recóndito de su mente, protegido por una enajenación cada vez más profunda.
—No cometas ese error, guaja —me advierte, como si me leyera el pensamiento cuando el ruido de ruedas acercándose hace que se ponga en pie, y yo con él—. El bosque habla, como la laguna y la montaña Negra. Ahí empezó todo…
Siento que la garganta se me cierra cuando escucho de su boca las mismas palabras proferidas por Simón un instante antes de su muerte.
Eso, unido al hecho inexplicable de que conozca la existencia de las voces que aparecen en mi cabeza cuando menos se las espera y los efectos de esa especie de visiones que me acechan desde el momento en que abandoné la seguridad de mi hogar, debería ser suficiente para hacer que me aleje de él como de un apestado.
Sin embargo, hay algo que me mantiene a su lado, incluso cuando siento que el chirrido de ruedas se detiene justo detrás de nosotros.
Es un compendio de sensaciones: el olor a melisa, los rombos de las cortinas de la sala de la Casona, el sabor de los frixuelos untados con mermelada de frambuesa.
Incluso el mareo en el traqueteo del tren que me ha llevado donde estoy ahora mismo, demasiado parecido a otro que me despertó las mismas náuseas, aunque no consiga recordar dónde ni cuándo ni con quién.
—Señorita Llamazares, ya estoy aquí.
—¡Señorita, ya estoy aquí!
El ambiente creado por las palabras del güelu a nuestro alrededor es tan denso que me cuesta distinguir las voces de Bernardo y Lucía, que oigo al unísono.
Intento retrasar el momento de separarme del anciano. Necesito que me asegure que Marcos no tiene nada que ver con ese monstruo de leyendas ancestrales, pero Clara sale de la posada.
—¡Güelu! —susurro en un arranque incomprensible de desesperación—. ¡No suelte mi mano!
Según pronuncio la frase, un escalofrío me recorre entera. El anciano menea la cabeza con tristeza y no se resiste cuando su hija lo lleva con suavidad del brazo hacia el interior de la posada.
—¿Ya está otra vez molestando con sus cuentos?
Perdónelo, señorita. La cabeza se le va de vez en cuando.
Espero que no la haya entretenido ni asustado demasiado, pero no puedo tenerlo dentro de la posada mucho tiempo.
Es feliz aquí sentado, inmerso en sus pensamientos.
Al menos, así parece sufrir menos por la pérdida de mi Andrés…
—No se preocupe, Clara. Don Antonio nunca podría molestarme. —Le brindo una sonrisa cómplice, a la que él responde con un asentimiento de cabeza—. Ha sido un placer hablar con usted, güelu.
—Lo mismo digo, guaja.
Son las últimas palabras que nos dirigimos antes de que entre en la berlina, acompañada de Lucía, que me hace un resumen detallado del estado de salud de Amelia que yo ni siquiera escucho.
Mis pensamientos vagan por terreno peligroso.
Don Antonio confía en mí, pero me siento impotente.
¿Qué utilidad tiene que vea todas esas atrocidades si no puedo hacer nada para evitarlas?
¿De qué sirve que crea en mis palabras, si no ha despejado mis dudas con respecto a Marcos?
Solo se me ocurre una cosa para parar toda esta locura antes de marcharme, y es no dormirme. De ese modo, no seré testigo de ninguna muerte más. Estaré a salvo de un asesino que me conoce, capaz de establecer contacto conmigo a través de mis sueños. Que me odia hasta el punto de agredirme.
El güelu no me ha desvelado su identidad, pero aún queda Marcos.
No desconfío del primero, pero no logro tener el mismo sentimiento con respecto al segundo.
Cuando desciendo de la berlina y me acerco a la entrada, miro hacia la claraboya y descubro que la cortina se ha movido, como si alguien acabara de apartarse de la ventana, poco antes de que Marcos aparezca en la puerta de la entrada.
Observo su expresión desencajada y el brillo casi salvaje de sus ojos verdes.
Parece que acaba de salir de una auténtica pelea, a juzgar por su pelo revuelto, la respiración agitada que trata de dominar sin conseguirlo, el chaleco completamente desabrochado y la camisa blanca arremangada.
En un primer momento, parece tan sorprendido como yo de verme. Ocupa todo el espacio de la puerta con su corpulencia y echa la mano hacia atrás para coger una chaqueta, que se cuelga al hombro mientras logra componer una sonrisa que pretende ser cordial, pero que no pasa de su boca.
—¡Por Dios! —exclamo llevándome una mano al pecho—. ¡Menudo susto me has dado!
—Yo, esto… —Echa una breve mirada sobre su hombro, con evidente nerviosismo—. No sabía dónde estabas y pensé que, después de todo, habías decidido regresar al pueblo a pesar de tu tobillo.
Aunque quiere dar a entender otra cosa con sus palabras, para mí está claro que cree lo evidente: mi tobillo está prácticamente curado, aunque no lo afirmo ni lo desmiento.
—¿Eras tú el que estaba detrás de las cortinas de la claraboya? —pregunto en cambio.
—Sí. Vi llegar la berlina mientras buscaba algo que…
Unas notas de música, provenientes de la parte más alejada de la casa, llegan hasta nosotros. Abro la boca, sorprendida, cuando reconozco su cadencia relajante compuesta de sonidos agudos. Es una nana brotando del interior de una cajita de música. Y entonces vuelve a suceder.