CAPÍTULO CATORCE #2
Lucía y yo vamos seguras en la berlina, conducida por Bernardo.
Durante el trayecto, me siento tentada a hacerle multitud de preguntas acerca del hombre que se cuela en su cama sin su consentimiento solo para que sepa que no está sola, pero temo que se lo tome como una incursión en su vida privada.
Lucía es una muchacha hermética. Tan solo logré sorprenderla el día en que insinué que temía a su patrón, y su respuesta fue tan evasiva que no he vuelto a intentarlo.
Aun así, ese temor parece profundamente arraigado en cada rasgo de su cara.
Me inspira pena, pero también desconfianza.
—Ya hemos llegado, Bernardo —le indico cuando la puerta destartalada de la casa de Amelia aparece en nuestro campo de visión—. Puedes dejarnos aquí.
—Señorita, tengo órdenes estrictas de no dejarla sola en según qué ambientes —casi escupe sin poder ocultar su contrariedad.
—Veo que no estás acostumbrado a recibir órdenes de una mujer.
—Depende de la mujer, señorita.
—Veo que no estás acostumbrado a recibir órdenes de esta mujer en particular que, vete tú a saber por qué, te provoca tanto rechazo como tú a ella, todo sea dicho.
No he podido evitarlo; este hombre me produce un cosquilleo de inquietud que no se mitiga.
No me fío de él del mismo modo que él no se fía de mí, pero mi posición, en ocasiones, me otorga ventajas como esta.
Disfruto por un instante de su expresión desencajada antes de escuchar una risilla disimulada que procede de Lucía.
Sonrío más relajada cuando él frunce el ceño sin comprender.
—No entiendo lo que insinúa, señorita —insiste.
—Ya te lo explicaré… si persistes en tu actitud.
O, mejor aún, podría explicárselo a don Marcos.
Tal vez, si lo escuchas de su boca, lo comprendas mejor.
—Me levanto las faldas para no mancharlas demasiado con el barro de la calle, puesto que me niego a ponerme de nuevo en los pies esos artefactos del diablo que han estado a punto de costarme un tobillo, y camino por delante de Lucía—.
Soy su invitada, así que más te vale aceptarlo.
Lucía, vamos. Si quieres, puedes quedarte con tu madre mientras yo hago otras visitas.
—¿Y a dónde va la señorita, si puede saberse? No me crea impertinente, pero he de saber en qué lugar puedo recogerla y a qué hora.
Sonrío por los intentos inútiles de Bernardo para tapar la ironía y señalo la otra punta del pueblo.
—En la posada de Clara, dentro de media hora —ordeno sin ningún remordimiento.
Sin más, me dispongo a llamar a la puerta, pero antes de hacerlo esta se abre y la cara del doctor Herrero aparece por ella.
Sus ojos se abren de modo desorbitado por la sorpresa cuando se hace a un lado en el acto.
Carraspea un par de veces y echa un vistazo al interior de la casa.
Está claro que la última visita que espera es la mía, pero se recompone rápido y aprecia mi aspecto sano con una sonrisa demasiado deslumbrante para ser espontánea.
—Vaya, la señorita Llamazares en persona. Y, por lo que veo, en mejores circunstancias que la última vez que nos vimos. Me alegro —añade—. ¿Viene con intención de quedarse?
—La verdad es que don Marcos y yo no hemos hablado aún de ese tema. Pero, como la última vez que pisé esta casa dejé a Amelia en cama, he decidido hacerle una visita acompañada de su hija —respondo—. No sabía que necesitara de sus servicios.
—Solo accedo a la petición de Marcos. La mujer se recupera de su debilidad, que es lo que importa.
—Detecto un brillo extraño en sus ojillos cuando los fija en Lucía antes de consultar su reloj de bolsillo y abrir la boca con sorpresa—.
¡Válgame Dios, qué tarde es! ¿Le dirá que he realizado la visita a Amelia y que le he recetado un revitalizante?
—Claro. ¿Amelia se lo ha pagado?
—Marcos lo hará, no se preocupe. Señorita Llamazares, Lucía, un placer. Ahora, si me disculpan…
—Un hombre extraño, el doctor —aprecio cuando está lo suficientemente lejos como para no oírnos—. Amable, pero extraño.
—Él y el padre de don Marcos son amigos desde la infancia, señorita. Don Ismael ayudó a nacer a don Marcos y desde entonces ha sido el médico de la familia.
—Sí, ya lo sé. El patrón me contó que siguió su consejo cuando se planteó recluir a su esposa en un sanatorio mental.
—Me doy cuenta de mi error en cuanto Lucía clava sus ojos en el suelo, como si fuera una niña atemorizada por las consecuencias de la peor de sus fechorías—.
Tranquila, nunca te ha culpado por lo ocurrido con su esposa.
No tienes nada que temer, al menos en ese aspecto.
A pesar de su orden y limpieza impolutos, la penumbra que nos rodea cuando entramos en la casa resulta un poco asfixiante, y no desaparece ni siquiera cuando penetramos en el cuarto de Amelia y nos la encontramos hecha un ovillo en su cama, aparentemente dormida.
Le hago una señal a Lucía y ambas salimos sin hacer ruido.
—Escucha, puedes quedarte aquí la media hora que le he dado de plazo a Bernardo —susurro para no despertarla—. Después, dirígete a la posada de Clara. Te estaré esperando.
—Pero señorita, no es decente que ande sola por ahí…
—Solo voy en busca del güelu. No creo que nadie le vaya con el cuento a Matilde.
—El problema no sería Matilde, sino don Marcos.
Me extraña el modo en que lo dice. Seria, como si no estuviera hablando del mismo hombre permisivo que ha puesto los recursos de la Casona a mi servicio para que pueda gozar de total libertad mientras él no está.
Sonrío tranquilizadora, aunque algo me dice que Lucía puede tener razón.
—Él sabe que no voy a quedarme de brazos cruzados esperando su regreso y ha decidido dotarme de medios para ello, no te preocupes. De ese modo, ambas tendremos lo que hemos venido a buscar.
Su expresión de gratitud hace que me vaya mucho más satisfecha con mi decisión, aunque me plantee la posibilidad de que las habladurías perjudiquen a Amelia, o incluso a Matilde, mientras me alejo de su casa.
Pensándolo mejor, acelero el paso para evitar la posibilidad de ser vista por alguna mirada indiscreta hasta que me detengo.
Allí está el güelu.
Le sonrío y avanzo. Su mirada afectuosa me devuelve la sonrisa, pero de pronto vuelve los ojos al frente y frunce el ceño hacia una figura oscura que se aleja apresurada, envuelta en una capa negra de la cabeza a los pies.
Por un momento, la sangre se me congela en las venas.
Creo reconocer aquella complexión, la forma de andar, el tamaño de ese cuerpo…
¿Es él? Matilde me dijo que había tenido que salir precipitadamente, y si hago caso de la dirección de su marcha y de la expresión del anciano, es muy probable que acabe de hacerle una visita que lo ha dejado muy enfadado, a juzgar por cómo sigue mirando la silueta.