El umbral CAPÍTULO CATORCE
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CAPÍTULO CATORCE

Esther

L levo varios días en la Casona, con sus noches, y no he vuelto a tener sueños premonitorios.

Es como si esta casa tuviera un poder narcótico sobre mí y mi voluntad. O tal vez haya ayudado en algo la visita del sargento de la guardia civil Germán Postigo.

A la mañana siguiente de mi conversación con Marcos, recibí las acaloradas disculpas de Matilde justo antes de atender las demandas del sargento, un hombre bajito y algo entrado en carnes, pero con una expresión de constante perspicacia en sus ojos oscuros, inquietos y observadores, y bajo su poblado bigote negro.

Acompañada por Marcos, relaté que había oído ruidos extraños para justificar mi paseo nocturno, pero me sorprendió gratamente escuchar a Marcos afirmando que la dichosa fosa ya estaba cubierta de nuevo de tierra, que había sido un descuido imperdonable producido por la falta de personal y que, por fortuna, el desenlace había sido satisfactorio.

Saberlo me hizo sentir más segura de mi decisión acerca de quedarme.

Desde ese momento, Marcos ejerció como un perfecto anfitrión pendiente de todas mis necesidades, hasta el punto de que me he planteado si realmente ha tenido algo que ver en la muerte de Andrés o solo es la respuesta a todas las preguntas que siempre me han surgido.

Es ahí cuando siento un cosquilleo imaginario abriéndose paso en algún lugar de mi mente, como si unos dedos débiles intentaran apartar una cortina demasiado fina como para ocultar lo que hay al otro lado.

Me concentro en la imagen, no la rehúyo cuando aparece, pero antes de que consiga averiguar qué es lo que pretende mostrarme, esta desaparece, dejándome solo con lo que veo día a día, con lo que Marcos me ofrece.

Ese conato de amistad en la que él marca las distancias, que después de nuestra última conversación trascendente, se me antojan demasiado grandes.

Él se ha dado cuenta. Se da cuenta de todo, incluido el hecho de que, a estas alturas, ya podría trasladarme a casa de Amelia cuando lo cierto es que me aprovecho de las circunstancias para averiguar más. Para avanzar hacia las crípticas palabras que me dirigió Simón antes de morir.

«Todo empezó aquí».

Espero a que Marcos insinúe la posibilidad de hacerme regresar al pueblo, pero sé al mismo tiempo que esa insinuación jamás se producirá.

Lo noto en su manera de mirarme, de agasajarme sin agobiarme, con esos ojos verdes tan intensos que a veces parecen introducirse dentro de mí y vagar por mis pensamientos más oscuros, como si los conociera al dedillo.

Me produce una sensación inquietante, pero excitante al mismo tiempo.

No me hace huir, sino aceptar cada una de sus invitaciones para conocer la casa y las instalaciones de los alrededores.

Gracias a eso, y a la abnegada Lucía, que permanece cabizbaja en mi presencia, conozco los establos, el pajar y el aprisco donde se guardan las vacas que posee Marcos, al menos una docena de ejemplares adultos y cuatro terneros, entre ellos, el que vino al mundo el día que pisé la Casona por primera vez.

—Andrés se encargaba de ellas —me explicó, sin ir más lejos, la tarde anterior.

Con un gesto de añoranza tan marcado que entonces empecé a pensar que culparlo a él de la muerte del pequeño vaquero podría ser, como mínimo, injusto—.

Ahora he tenido que prescindir de un par de hombres en la mina para que se turnen en su cuidado mientras encuentro un sustituto que quiera jugarse la vida trabajando para mí.

—Imagino que si trabajan en tu mina serán de tu confianza.

—Eso no quita que haya tenido que reordenar varias cosas. Como, por ejemplo, Beltrán y Gaspar, amigos de Cosme, el padre de Andrés, y los tres amigos míos desde la infancia. Ambos están ahora en la mina, cuando antes se encargaban de la seguridad de la Casona.

—¿Y no tienen hijos? Si Andrés, con ocho años, podía hacerse cargo de tus vacas, imagino que también podrán hacerlo otros.

—Una cosa es poner en riesgo tu vida y otra muy diferente la de tus propios hijos.

Por mucha confianza que yo les tenga, no son inmunes a las habladurías, Esther.

Les debe de costar un mundo conservar la objetividad cuando escuchan las habladurías que corren sobre mí.

Imagino que como a ti, aunque aspiro a disipar esa desconfianza que todavía veo destellar en tus ojos.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

—¿Además de con una dosis extra de esa sinceridad que tanto te gusta? Enseñándote todo lo que quieras ver. Sin secretos.

—¿Incluida la claraboya?

—Sí, cuando yo lo crea conveniente.

Ahora, mientras Matilde me peina frente al tocador, pienso que si esa es la única condición puedo intentar derrumbarla.

—¿Qué está maquinando esa preciosa cabecita tuya, niña? —me pregunta cuando ve mi expresión maquiavélica a través del espejo.

—Nada, Mati. Cosas mías.

Lo cual es sinónimo de todo lo contrario. Ella asiente, resignada, y se dedica con brío a terminar lo que sea que ha empezado con mi cabello, sabedora de que tarde o temprano hablaré.

—Debes de ser la única que oye ruidos en esa parte de la casa —me recrimina cuando persisto en mi silencio, para darme a entender que sabe perfectamente en qué estoy pensando—. Ni Lucía ni Bernardo ni yo escuchamos ni vemos nada fuera de lo común, y somos los que más cerca estamos.

—Y, si los oyeras o vieras algo inusual, tampoco me dirías nada. Desde que hemos llegado, te has aliado con él.

—¿Te refieres al hombre cuya paciencia es comparable a la del santo Job?

¿El que espera a que despiertes para desayunar contigo, a pesar de que se levanta cuando despunta el alba para trabajar como un mulo?

¿El mismo que, por muy ocupado que esté, cumple con los horarios de las comidas escrupulosamente solo para hacerlas coincidir contigo?

¿El que llega un poco antes para asearse y presentarse ante ti con ese aspecto de perfecto caballero, limpio y atractivo a rabiar?

—Sí. El mismo que me prohíbe visitar una pequeñísima parte de la casa que, según él, solo contiene trastos viejos y que, salta a la vista, contiene algo más si se empeña en guardarlo con tanto celo —contraataco—. Eso sin contar con la figura que vi en la claraboya el primer día que llegamos aquí.

Matilde resopla, me hace ponerme de pie y alisa mi falda de terciopelo color vino burdeos.

—No te empeñes en ver hechos inexplicables donde no los hay. Don Marcos parece encandilado con tu presencia, hazme caso. Soy lo bastante vieja como para ver ese tipo de actitudes en un hombre. Sobre todo, si ese hombre es tan sincero como él.

—¿Y en qué te basas? —pregunto, aunque siento el calor del rubor en las mejillas ante tal afirmación y otro muy diferente en el pecho, junto con las palpitaciones de mi corazón—. Hasta donde yo sé, sigue siendo un misterio para todo el mundo.

—No para ti. A mí no me engañas. No me vengas con que te quedas para restablecerte del todo o porque el niño que viste en tus sueños te lo pidió.

—Sería la verdad. Simón me lo pidió. Y el hombre que me atacó hace dos días gritó que yo no debería estar aquí antes de empujarme a la fosa. Así se lo dije al sargento Postigo.

El rostro de Mati palidece un instante, pero la fuerza de su mirada consigue devolverle la luz que ha perdido de repente.

—Don Marcos ya ha arreglado el problema. Incluso creo que tiene previsto llevarte a la laguna. Lo sorprendí esta mañana comentándolo con Bernardo, antes de marcharse a toda prisa.

—¿A dónde iba?

—Niña, no seas tan ansiosa. O, al menos, no lo demuestres.

Él también te gusta, y no me extraña. Por eso sigues cojeando, a pesar de que el ungüento del doctor Herrero ha hecho milagros con tu tobillo.

Bah, cariño, no te disculpes. Yo también he tenido tu edad, aunque no un hombre tan apuesto como don Marcos delante —añade la muy desvergonzada—.

Solo ten en cuenta la decencia debida para una muchacha de tu condición.

Por lo demás, disfruta de cada una de sus atenciones.

Parece un hombre de bien, sincero, de altos valores y con una posición económica más que holgada.

Si finalmente llegáis a algo serio, sé de buena tinta que tus padres lo aprobarán.

—¡Matilde!

—No finjas escandalizarte, que sé que no lo lograría ni aunque me lo propusiera. Y baja a desayunar, que se enfría.

—Es demasiado tarde, incluso para don Marcos.

—El señor no está, pero dejó claras instrucciones al respecto. Nos ha dicho que tienes a tu disposición a toda la servidumbre de la Casona.

—De acuerdo —digo con aire casual, como si no me sorprendiera la oferta—. ¿Por qué no le dices a Bernardo que prepare la calesa? Me gustaría ir al pueblo. Si quieres y puedes arreglártelas sin ella, me llevaré a Lucía para que vea a su madre.

Una sombra de tristeza y desconcierto cruza el semblante de Matilde, pero es tan fugaz que me pregunto si me lo he imaginado. Al final, fuerza una sonrisa y asiente.

—La chica lleva su trabajo muy adelantado, así que no tengo problema —responde—. Claro que sí, niña. No puedes ir sola al pueblo. Lucía será una buena compañía y me traerá noticias de Amelia.

—Gracias, Mati.

Doy un paso adelante, pero su mano me impide seguir avanzando. Cuando me vuelvo hacia ella, veo una extraña expresión emocionada en su cara a la que no le encuentro explicación.

—Estás obrando bien, cariño —me alaba con voz temblorosa—. Y sé que seguirás haciéndolo.

Hoy la niebla parece que ha desaparecido al fin, pero, en su lugar, el cielo encapotado augura lluvias de un momento a otro.