El umbral CAPÍTULO TRECE
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CAPÍTULO TRECE

Patarico

E sther lleva días en la Casona.

Y este es el primer momento que tiene para visitar el pueblo.

La primera vez que deja de vigilarla, aunque sea por un corto espacio de tiempo, para encargarse de los asuntos que ha dejado aparcados con su repentina aparición.

La verdad es que no esperaba que fuera tan rápida ni tan contundente, pero el destino ha actuado en su favor con aquella providencial torcedura de tobillo que la ha dejado en la Casona para guardar reposo.

Sonríe al pensarlo. Si la conoce como cree, y todas las fuerzas humanas y divinas indican que así es, lo utilizará como pretexto para seguir allí en busca de más información, aunque ello signifique el mayor riesgo que haya corrido en su vida.

Esther fingiría un empeoramiento, si fuera necesario, ahora que ha presenciado la muerte de Simón.

Lástima que hubiera intentado rescatar a Andrés, sin conseguirlo.

Aunque es una suerte que, con cada uno de sus sueños, su conexión en ese plano sea cada vez más intensa, más carnal y menos onírica.

Dentro de muy poco podrán verse las caras. Se mira la mano donde anida su sello de oro y sonríe al pensar en la sensación de tocarla a través de la mente de Esther.

Su carne, su cara, su mejilla. Después de tanto tiempo.

Paladea el momento de satisfacción. Se recrea en él, consciente de que se esfumará en cuanto traspase la puerta de la casa frente a la que se encuentra.

Antes de llamar, se asegura de que se halla en completa soledad.

No debe dejarse ver, y menos ahora, por personas ajenas a su misión.

Amelia no tarda en abrir, pero, en cuanto ve quién la visita, su ya de por sí mal aspecto se acentúa.

Palidece todavía más, si es que eso es posible, con los ojos desorbitados.

Durante unos momentos nadie dice nada. Se limitan a observarse en silencio hasta que Amelia coge aire, cambia su expresión atónita por otra resignada y se hace a un lado.

—Adelante —dice.

—No pareces muy contenta de verme, a pesar de que sabías que vendría a visitarte en cuanto me enterase de tu estado de… debilidad. ¿Podemos llamarlo así?

—Es solo que no esperaba esta visita tan pronto. Y sí, me siento débil. Las pérdidas de seres queridos suelen producir ese efecto, aunque, ¿qué va a saber usted de eso?

No se contiene. Sabiendo que su poder sobre ella es casi absoluto, le rodea el cuello con la mano para mantenerla sujeta de ese modo. Sin presionar, solo haciendo patente el alcance de ese poder.

—No creo que tenga que explicarte hasta qué punto tu última apreciación es errónea, Amelia.

Me conoces desde hace mucho tiempo, y mejor que mucha gente —murmura antes de soltarla con desprecio—.

No me hagas objeto de tus excusas baratas, ¿quieres?

Yo también te conozco a ti. Muy bien, dicho sea de paso.

No me engañas. La muerte de Benito te ha afectado, pero no lo suficiente como para que tus ansias de justicia hayan desaparecido, ¿me equivoco?

Amelia permanece con aquellos dos ojos, aparentemente muertos, fijos en los suyos, como si intentara hacerle frente sin conseguirlo. Al final, opta por bajarlos al suelo, consciente de la persona que tiene delante de ella. De a quién pretende engañar, provocar o ambas cosas.

—Buena chica —la felicita—. Sabes lo que te conviene. Así me gusta.

Pasa por delante de ella hasta la sala común de esa choza maloliente como si fuera su propia casa.

Se quita la capa que hasta ese momento le ha proporcionado cierto grado de anonimato, se sienta junto al fuego y coloca las manos sobre las llamas para calentarse.

Ni siquiera se vuelve cuando Amelia le ofrece un cuenco con caldo, pero lo acepta y comienza a beberlo a pequeños sorbos.

—Después de tu ausencia de la Casona tenía que venir. Con tu marcha, has dejado sin vigilancia un punto muy importante de nuestro objetivo. —Le hace un rápido y humillante examen visual que termina con una sonrisa—. Yo no te veo tan desmejorada después de la muerte de tu marido…

El gesto de dolor de Amelia se borra para ser sustituido por uno de odio casi tan grande como el suyo propio al mirarla. Se acerca al fuego y, prácticamente, le arrebata el cueco de las manos.

—Mi marido murió en la mina. ¿Le parece suficiente motivo para que esté desmejorada? —sisea entre dientes.

—Trabajando en condiciones pésimas, no es ningún secreto. Hasta el momento te has mantenido al margen porque Benito ha dado la cara mientras tú hacías tu labor en las sombras, pero ahora él no está y debes pasar a primera línea. La organización te necesita.

—¿Para qué? ¿Les hacen falta más niños?

La pregunta le provoca tal ataque de risa que tiene que esperar un poco para reponerse y poder responder de forma conveniente.

—Los niños son pequeños, rápidos, fácilmente reemplazables en caso de muerte.

En este maldito pueblo parís como conejas, pero no, no es eso lo que me ha traído aquí —murmura amenazante, una vez las carcajadas cesan.

No hace caso del gesto atónito de Amelia ni de la repugnancia que refleja—.

A mí no me engañas, estúpida. No son los niños los que te preocupan, sino la presencia de la señorita Llamazares de la mano de tu hermana.

Ahora están en la Casona, y es probable que allí permanezcan hasta que tengan que volver… Si es que vuelven.

Los ojos de Amelia se abren desmesuradamente por el pánico. Casi le provoca otra carcajada al compararla con un conejo asustado, incapaz de encontrar un lugar seguro donde esconderse.

—¡No les haga daño! —le suplica—. Ya tiene allí a Lucía, ¡sirviendo mejor de lo que yo lo haría! ¿Qué más quiere?

—¿Antepones el bienestar de tu hija al tuyo y todavía pretendes que me trague esos remordimientos que pareces a punto de vomitar por unos niños que ya están perdidos?

Me das asco, pero te quiero a ti, querida Amelia.

Tu disponibilidad total, porque de ti depende en gran parte que nuestro plan tenga éxito.

Y ahora, presta mucha atención a lo que voy a decirte, porque un error te costará la vida.

Todo en Amelia se rebela ante su cercanía, pero no puede escapar.

No sirve de nada resistirse, y para esconderse hubiera debido escapar mucho antes, cuando Matilde y la señorita Esther se desplazaron a la Casona para quedarse en ella.

La imagen que tiene ante ella es la de la maldad en estado puro, una presencia demoníaca cuyos ojos centellean con un macabro gusto mientras le narra los planes de la organización y su participación en ellos.

Ella escucha sin pronunciar una sola palabra.

Asiente con mansedumbre a cada una de las propuestas, consciente de que puede estar cavando su propia tumba.

Se dice que lo hace por la memoria de su esposo.

Por su alma, que descansará para siempre en el interior de aquella montaña, pero aun así no puede evitarlo.

Cuando se queda nuevamente sola, vomita el contenido de su estómago y su conciencia, y después llora hasta que gasta las pocas fuerzas que ha conseguido reunir.

La niebla ha remitido un tanto cuando inicia el camino de vuelta.

Por eso, no tiene problemas en divisar al güelu Antonio, con su cigarrillo de siempre entre los labios, su boina y esa mirada que pierde la locura en cuanto se fija en su cuerpo, en su cara. En sus ojos.

En un principio piensa en rehuirlo para continuar su camino, pero el viejo no parece ser de la misma opinión. Con una agilidad impropia de su edad, se apoya en el bastón y le corta el paso.

Tiene los ojos clavados en su cara. Los pocos dientes amarillentos que aún conserva parecen sobresalir de unos labios agrietados.

Tiene el débil aspecto de un pajarillo. Podría quitárselo de en medio tan solo con un movimiento de su dedo índice en ese pecho huesudo, pero algo en su expresión se lo impide.

Es la valentía que años de penurias y supervivencia en condiciones extremas otorgan. La ausencia total del miedo a la muerte. La seguridad de que, de algún modo, su alma vieja y arrugada está a salvo de cualquier clase de maldad, por mucho que la tenga delante.

—Patarico —suelta el güelu un instante antes de escupir en el suelo, demasiado cerca de sus impolutos zapatos.

Su primera reacción es reír ante semejante mención carente de toda base, pero no lo hace. Solo gira varias veces, con los brazos extendidos para que el güelu pueda apreciar bien su complexión, antes de detenerse delante de él.

—¿Estás seguro? —casi canturrea—. ¿En serio me parezco a un ser deforme con un solo ojo en mitad de la frente?

—Tu alma es negra, está podrida. Has sembrado el terror en esos pobres niños, y te has llevado a más de uno. Mi Andrés era inocente.

—No más que el resto, te lo aseguro.

El viejo frunce el ceño. Con una mirada fría de determinación, se acerca y golpea su pecho.

—Tus maldades tienen los días contados —afirma con una voz enronquecida que le provoca un escalofrío de inseguridad—. Tu final está cerca. Ella ha llegado para destruirte. Está aquí.

No tiene más que mirar en la dirección que le indica para ver la figura de Esther, acompañada de Lucía, aproximándose al hogar de la segunda.

Se envuelve aún más en su capa, inclina la cara para que nadie pueda reconocer sus facciones y gruñe con fastidio. No esperaba verla allí, así que tendrá que apresurarse en desaparecer. Aunque eso suponga ignorar el semblante de satisfacción con el que el viejo observa a Esther.

Se inclina sobre él como si pretendiera comerse hasta su misma alma.

Sus ojos atrapan los del güelu con la intención de acobardarlo.

Quiere encontrar tan solo una reminiscencia del pánico sin reservas del que tanto disfruta, y que Amelia le ha mostrado durante su escueta visita, pero ese hombre es mucho más duro que una pobre viuda con miedo al futuro.

Ese hombre le devuelve la mirada con el mismo descaro y desprecio por la vida del que suele presumir a menudo.

Le provoca desconcierto, pero también furia.

—Escúchame bien… Yo me iré, y tú mantendrás esa boca desdentada cerrada a cal y canto, ¿me has entendido?

—No tiene más que mirar por encima de ese hombro escuálido para distinguir la silueta de Clara, su hija, trajinando aquí y allá—.

Si hablas, lo ocurrido a Andrés será un cuento de niños en comparación con lo que sufrirás.

—No tengo miedo a la muerte. No te tengo miedo.

—Quizá tengas más miedo al destino de tu familia.

Qué triste que un viejo inservible sobreviva a su nieto, a su yerno e incluso a su única hija.

Qué pena que sea testigo de su sufrimiento, que desee que Dios lo lleve con ellos y que ni siquiera ese pequeño deseo le sea concedido.

Ah, qué gran pena y qué injusticia de vida…

No necesita añadir más. El rostro ajado se descompone lo suficiente como para darle a entender que ha comprendido el mensaje.

Lo empuja sin llegar a tumbarlo, pero no lo pierde de vista mientras continua su camino hacia la Casona.

Hay algo en las palabras del güelu que desestabiliza su mente.

Algo que amenaza sus planes, cuidadosamente trazados desde hace años, y que empiezan a cumplirse.

Una furia descomunal se adueña de su ser cuando abandona el pueblo, destinada hacia la mujer de voluntad quebradiza que ha dejado atrás, hacia el viejo imperturbable al que ha logrado amedrentar con amenazas, pero no someter, e incluso hacia su persona por temer cada una de sus profecías ridículas, aunque poco a poco va relajándose al recordarlas.

A medida que divisa las torretas de la Casona y su majestuosa fachada, incluso es capaz de sonreír.

—Tienes razón, Antonio —susurra una vez traspasa la verja de entrada y se dirige al despacho—. Esther ha llegado, pero no será mi fin, sino nuestro comienzo. Solo necesita tiempo, y una pequeña ayuda, para darse cuenta.

A continuación, se sienta en la espléndida silla situada frente al amplio ventanal, desde el que puede disfrutar del paisaje entrecortado por los hilos de niebla, y se recuesta en el respaldo, permitiéndose unos segundos de paz.

Ese es el escenario que siempre le ha gustado.

Las manos pálidas de la niebla, extendiéndose como un manto de blanca pureza para salvar todo lo que tocan, podrido por la conciencia de los hombres.

Si algo se acerca a la santidad, es la niebla, piensa.

Si algo puede ayudar a que la justicia haga su trabajo, en connivencia con Dios, es la niebla.

Esa pantalla traslúcida que le permite mantenerse a salvo de los sentidos agudos de Esther en el mundo de los sueños.

El único mundo en el que puede mostrarse y mostrarle su verdadera alma, en la esperanza de que termine por comprender su composición exacta, antes de descorrer la cortina.

—Pero para eso aún falta mucho. —Tamborilea con los dedos sobre la superficie de la mesa mientras su tranquilidad de espíritu empieza a resquebrajarse—. La venganza de Dios debe continuar. Y tú, mi querida Esther, tendrás que seguir sus pasos.

A continuación, con el total convencimiento de que hace lo correcto, saca papel de uno de los cajones, moja la pluma en el tintero y se dispone a escribir.