El umbral CAPÍTULO DOCE #2
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CAPÍTULO DOCE #2

—Mis padres me rescataron de un orfanato con nueve años.

Le aseguro que, hasta ese momento, vi y oí de todo.

No me acobardo tan fácilmente, salvo cuando presencio muertes o termino en una fosa excavada al lado de la tumba de un pobre niño que resulta ser su hijo, enterrado junto a su primera esposa y a su hermano, cuyas muertes son para mí un misterio mayor que la de Simón.

—Me detengo al comprobar cómo el rostro de Marcos se transforma en una máscara de frialdad—. Lo… Lo siento. No quise expresarme así.

—Mi hermano murió para mí en todos los sentidos —afirma entre dientes, claramente contrariado por tener que dar esa explicación—. Espero haber calmado su curiosidad.

—Lo entiendo, de verdad. No quise expresarme…

—Nunca lo entenderá, a no ser que lo padezca.

Y claro que quiso expresarse así. No me la imagino de otro modo.

—Sin previo aviso, enreda un dedo en un mechón suelto de mi cabello con una mirada de añoranza.

No me muevo. Contengo la respiración, incapaz de apartarlo.

Pero es él quien se aleja de mí con un lento suspiro—.

Me pregunto por qué nos parece todo más real cuando lo perdemos.

Si algo tiene consecuencias reales, es real.

No se avergüence de reconocerlo. Todavía creo escucharlo a veces, pidiéndome que lo lleve a cabalgar conmigo o a bañarse a la laguna.

Señalándome su boca, para que recupere la lengua que aquel hijo de perra se llevó como un trofeo.

Marcó a mi niño como si fuera una res con esos rombos en la nuca.

¡Solo tenía seis años y le arrancó la vida de cuajo!

Los ojos de Andrés. La lengua de Simón.

La angustia se instala en mi pecho, robándome el aire, cuando me fijo en el aspecto consternado de Marcos, en sus dedos crispados y sus palmas vacías.

Me lleno del sonido desgarrador de su voz y lo veo por primera vez como un hombre castigado por la vida al que el destino le ha arrebatado todo lo que poseía: un hermano, una esposa y un hijo en las peores circunstancias.

¿Será así? Trato de que sus palabras sean solo palabras, de no sentir el dolor que me transmite su voz, de no ponerme en su piel, y consigo retroceder.

—¿No se da cuenta? Los dos niños murieron en sus tierras, de los dos se ha llevado una parte de su cuerpo…

—Lo sé. —Sus pupilas brillan por lágrimas contenidas que no derramará.

Toda su cara parece marcada por una clase de sufrimiento que me resulta desconocido, espeluznante solo de imaginarlo.

Y, sin embargo, la duda sigue corroyéndome las entrañas al pensar en los indicios que apuntan hacia él.

Puede ser el hombre más sincero con el que me he topado o el mayor farsante del mundo—.

Simón gozaba de mucha libertad pese a su corta edad.

Le gustaba andar trotando por ahí con sus amigos, que eran igual de libres.

Y la mina era uno de sus lugares de juegos preferidos.

»De su muerte hace ya dos años, pero nunca lograron atrapar al culpable.

Ni siquiera tuvieron un sospechoso. Pudo ser cualquiera de esos anarquistas locos o un trabajador insatisfecho.

No lo sé, y no puedo evitar sufrir por no saberlo, Esther.

—Endereza los hombros, se sirve otro vaso de vino y regresa a su asiento.

Veo que la mano que sostiene el vaso tiembla, pero se la sujeta con la otra en cuanto sigue el curso de mi mirada hasta que logra recomponerse—.

Simón solía jugar en la mina sin nuestro permiso.

Cuando recibimos su cadáver, mi esposa terminó muriendo de pena poco después.

—Carmen Guillén.

—Carmen era la madre de Simón. Murió cuando nació el niño, pero yo me refiero a mi segunda mujer, Mariana.

Su relación con Simón fue muy estrecha. Mi hijo la quería como si fuera su verdadera madre, y el sentimiento era recíproco —aclara con un deje de tristeza en la voz—.

Lamentablemente, no pudimos enterrarla en la fosa en la que cayó usted, preparada para tal efecto.

Se marchó de casa dos veces cuando Simón falleció.

La primera logramos encontrarla, pero había perdido el juicio.

Me negué a encerrarla en uno de esos manicomios que presumen de tratar a este tipo de enfermos, pero que, en realidad, solo experimentan con ellos.

El propio doctor Herrero me lo desaconsejó, así que nombré a Lucía encargada de su cuidado.

Hasta que una noche, en un descuido, mi esposa huyó.

—Dios mío…

—Mariana hubiera engañado al mismísimo Lucifer de habérselo propuesto.

Poco después, encontraron su cuerpo con una nota de suicidio.

Y ya sabe lo que ocurre con las personas que se suicidan.

No son dignas de ser enterradas en suelo sagrado.

Mi pequeño cementerio se considera como tal, así que se encuentra junto al mar, en el panteón familiar donde mi padre quiere ser enterrado también.

De allí procedemos, Esther. Y allí regresaremos.

—Una sonrisa desgarradoramente triste se instala en su boca.

Siento admiración por él; tuvo que ser terrible encontrar el cadáver de su esposa, saber que se había suicidado al poco tiempo de perder a su único hijo.

Y, a pesar de todo, mantiene la capacidad para sonreír e incluso bromear de vez en cuando.

Como si me leyera el pensamiento, apoya la espalda en el borde del tocador con aire derrotado—.

No se preocupe, estoy acostumbrado a despertar compasión.

—No es eso lo que siento por usted.

—Lo sé. Usted y yo nos comprendemos. Sabe lo que puedo llegar a sentir, porque es parecido al terror que ha experimentado al ver a Simón caer por ese maldito pozo que terminé cerrando. Por eso no he cuestionado ni una sola de sus explicaciones ni las cuestionaré. Solo necesito… liberarme.

—Esa es la palabra clave. No recuerdo haber pertenecido a nadie hasta los nueve años.

—¿No recuerda nada anterior a entonces?

—Imágenes difusas, inconexas, que me asaltan de vez en cuando, pero a las que no doy importancia.

—¿Por qué le estoy contando esto? No es algo en lo que haya reparado hasta ahora, cuando me transmite su extrañeza—.

Si se la diera, me sentiría prisionera, y me gusta pensar que soy independiente.

Quizá usted debería pensar lo mismo para, de alguna manera, trazar un camino diferente a ellos en su vida, sin olvidarlos ni dejarlos atrás.

—¿Eso quiere decir que me cree, aunque solo sea un poco? Estoy poniendo todo de mi parte para conseguirlo, se lo aseguro. No recuerdo cuándo fue la última vez que mantuve una conversación de semejante profundidad. La gente no suele interesarme demasiado, sin importar su sexo.

—A mí también me asfixian las personas. Quizá por mi modo de aparecer como la hija adoptiva del señor Llamazares he sido objeto de mucha curiosidad.

—Por llamarlo de alguna manera. Entiendo. Yo también me he sentido asfixiado. Demasiado tiempo.

—Desde lo de Simón.

Se queda mirándome fijamente, como si esperara que yo averiguase la respuesta con ese silencio, hasta que termina removiéndose incómodo en el asiento.

—En realidad, mucho antes, Esther. ¿Puedo tutearte? Después de nuestra conversación, me da la impresión de que han transcurrido años desde la última vez que nos vimos.

Yo también tengo esa impresión, pero no se lo digo. Ni siquiera puedo asimilarlo sin pensar a continuación que puede tratarse del peor ser humano con el que me haya topado en mi vida.

—Supongo que un simple trato no empeorará las cosas —reflexiono en voz alta.

—Por algo has decidido permanecer en la Casona después de descubrir mi secreto más doloroso —dice con una sonrisa.

—Doloroso, no lo dudo. Secreto en un pueblo como este y con su notoriedad…

Marcos asiente, pero rehúye mi mirada cuando deja el vaso sobre la mesita. Al hacerlo la tela de la bata se le ajusta a sus caderas estrechas y a sus nalgas firmes con tanta precisión que tengo que contener el aire para no lanzar un suspiro de anhelo.

Me descubro queriendo creerle. Lo necesito para asimilar las consecuencias de mi decisión de quedarme, para poder seguir actuando con frialdad cada vez que él esté dispuesto a abrirse a mí.

La vida de otros niños puede depender de ello.

—Ya que me has dado permiso para tutearte, considero justo que yo haga lo mismo —me dice, volviendo a su pose controladora y satisfecha—.

Si no te hace sentir incómoda, por supuesto.

Siempre cierro los ojos ante ese tipo de situaciones, sobre todo, después de este nuevo grado de… familiaridad mutua.

—A mí, en cambio, me gusta tenerlos siempre abiertos.

Se acerca con pasos pausados y medidos. Mi pulso se descontrola cuando vuelve a retirarme un mechón de pelo de la cara.

Todo en mí es un caos lleno de emociones contradictorias.

Tengo miedo cuando su boca se acerca a la mía.

Y expectación. Y también anhelo de algo que me resulta desconocido.

Me va a besar, mi corazón brinca en el pecho ante semejante perspectiva.

Sin embargo, todas mis estúpidas ilusiones se desvanecen cuando lleva los labios a mi oído.

—¿Estás segura? —susurra en un tono juguetón, casi cruel, que me hace apartarme de golpe.

—¿De tenerlos abiertos? Por supuesto.

—No… De ver con ellos lo que realmente debes ver. De apreciar cada detalle, cada matiz. De sacar todo el jugo a cada cosa que miras para encontrar su sitio.

—Si te marchas, nunca podrás volver.

La frase categórica llena toda mi mente y me provoca un escalofrío.

Me estremezco cuando el ambiente parece haberse enfriado de repente y una ráfaga de viento me azota la nuca y la cicatriz que llevo en ella.

Miro hacia atrás, esperando que alguien me haya tocado con unos dedos helados, pero allí solo estamos Marcos, yo y la sensación de que, cada vez más, esas frases inesperadas y sin sentido forman parte de la llave que me conduce a una puerta desconocida.

Que nada de lo que me ocurre ha sido por culpa del azar.

Que tengo que ver lo que realmente debo ver.

—¿Quién te ha dicho que no tengo mi sitio? —replico.

Marcos me acaricia la mejilla con los nudillos y sacude la cabeza.

—Tú —responde—. Eres un libro abierto. ¿Me permitirás seguir ojeando tus páginas cuando tu tobillo esté mejor y puedas acompañarme a enseñarte mis dominios de ogro?

—¿Incluye ese ofrecimiento la claraboya del último piso?

Sus ojos se apagan por un instante. Parece hundido en un tipo de pena que solo le permite emerger de vez en cuando, como ahora, cuando termina por guiñarme un ojo, como un auténtico pilluelo en lugar de un caballero, y niega con la cabeza.

—Eres lo bastante inteligente y te has metido en suficientes problemas por un día como para tener en cuenta mi recomendación, ¿verdad?

No espera respuesta y me deja a solas con mis pensamientos. Cuando me acuesto, no puedo dormir, a pesar de que estoy agotada, y la cabeza aún me duele como consecuencia del golpe. Me palpo el lugar para descubrir un chichón que, imagino, se irá con el paso del tiempo.

Compruebo que sigue siendo de noche cuando unos pasos se van acercando rítmicamente hasta detenerse al otro lado de mi puerta.

Descarto que sea Matilde. Ella entraría, armada con una infusión para serenar mis nervios.

Además, aunque no hayamos discutido, su reacción desmedida ante mis suposiciones todavía tiene que provocarle vergüenza. No aparecerá hasta mañana.

Pero Marcos… Gracias a la luz del quinqué, veo las sombras de unos pies por debajo de la puerta.

No sé por qué, pero finjo que estoy dormida un segundo antes de que el pomo gire y esta se abra con un leve chirrido.

Escucho los pasos amortiguados a mi espalda, sigilosos, esperando probablemente no despertarme, hasta que noto el calor corporal muy cerca de mí cuando unos dedos largos apartan la sábana de mi cara y unos labios depositan un tierno beso en mi mejilla.

—Que pases buena noche, Esther. Cuando despiertes…

—… yo seguiré estando aquí .

Esta vez no me estremezco de miedo ante el final de una frase que solo suena en mi cabeza, sino que me relajo, confiada, con una sonrisa.