CAPÍTULO DOCE
Esther
— N o puedo —digo sin retroceder ni un ápice cuando Marcos se inclina hacia mí, presionándome un poco más—. Nunca hablaría de cosas tan íntimas con un hombre.
—¿Y si ese hombre es capaz de ver más allá de las apariencias?
—¿Y si ese hombre me ha mentido con respecto a su padre y me ha quitado la nota que yo dejé debajo de mi almohada anoche?
Parece confundido cuando parpadea y se echa hacia atrás. Yo aprovecho y me pongo de pie. Necesito estar en igualdad de condiciones.
—Mi padre no ha muerto, si se refiere a eso.
Ya se lo dije. Tenemos una propiedad cerca del mar.
Su edad le ha pasado factura y los huesos le duelen, así que se ha retirado allí, donde puede dedicarse a sus excéntricas aficiones mientras yo me hago cargo de todo.
Como ve, no hay herencias en juego ni muertes presupuestas.
Solo un hombre mayor que desea delegar responsabilidades.
Veo que la he sorprendido —añade al ver mi cara de pasmo y el calor de la vergüenza que enciende mis mejillas—.
No se preocupe, tampoco se lo tendré en cuenta.
—Como la bofetada.
—Y el supuesto beso —añade con una media sonrisa que me cohíbe aún más—. ¿Se siente mejor si lo admito?
—Me sentiría mejor si retomáramos el tema de nuestra conversación.
—De acuerdo. ¿Sabe lo que es la hipnosis? —Yo niego con la cabeza—. Es una técnica empleada desde tiempos inmemoriales, aunque ahora comienza a estar más extendida por España y por el mundo, que consiste en un conjunto de actuaciones dirigidas a la sugestión mental.
—No suena muy esperanzador.
—Al contrario. Es emocionante. ¿Se imagina el poder que puede atesorar una sola persona si es capaz de entrar en la mente de otra para controlar su voluntad?
—¿Puede hacer tal cosa?
—Hay hipnotizadores muy buenos. Yo los he visto, aunque no puedo certificar la veracidad de lo que acabo de decir.
Como tampoco puedo atestiguar que ese control sobre el hipnotizado persista a lo largo del tiempo.
Al menos de momento, no conozco a nadie que lo haya experimentado, aunque he visitado a personajes muy versados en el tema en compañía de mi padre.
—Tiene usted un padre poco común, desde luego.
—No se imagina cuánto. —Se hace el silencio mientras me observa con una intensidad arrolladora—. Ya ve que sus teorías acerca de posibles muertos escondidos en el armario son del todo erróneas.
—Para creerle a pies juntillas debería tener…
—Mucha más confianza en mí, sí, ya lo sé. Espero conseguirla.
—La desaparición de la nota que había debajo de mi almohada no es un buen comienzo.
No se muestra sorprendido ni ofendido de que lo acuse de ladrón.
—Me parece una reacción desmedida por una simple nota, la verdad —apunta con indolencia.
—Es el papel que encontraron en el cadáver de Andrés. El güelu Antonio me lo cedió.
—El güelu Antonio —repite, intrigado—. Ignoraba que tuviera tanta confianza con él, pero debo advertirla acerca de su salud mental. Desde la muerte de Andrés, se ha deteriorado bastante.
—¡No necesito de su salud mental para leer por mí misma! Era una cita bíblica acerca de la venganza de Dios, seguida de mi nombre. Escrita en un papel de muy buena calidad, con una caligrafía muy cuidada. ¿No le dice nada eso?
Él ladea la cabeza, con una expresión de gravedad que parece oscurecer su apuesto semblante.
—El asunto es lo que parece decirle a usted —considera—.
Pasando por alto el hecho de que un pobre viejo no debería tener en su poder algo que resulta ser la prueba de un asesinato, y mucho menos entregársela a una desconocida, el caso es que, por alguna carambola mental de la que solo usted es consciente, parece que me acusa de querer ocultarlo. ¿Me equivoco?
—En absoluto. No es ningún secreto lo que opino de usted.
—Pues ha demostrado un índice aún mayor de valentía permaneciendo en mi casa a pesar de todo.
Podría colarme en su alcoba en plena noche y terminar con una presencia más bien molesta después de escuchar lo que su lengua rápida es capaz de fabricar en tan poco tiempo —concluye con satisfacción—.
No pienso ofenderme por sus deducciones, pero sí voy a completarlas.
Aquí hay más personas en situación de llevársela, sobre todo si conocen su existencia y su aparente importancia.
—Si se refiere a Matilde, ¡ella nunca haría algo así! Ha podido ser Bernardo siguiendo sus órdenes. Es el único, junto con usted, que se me ocurre. Lucía estaba con…
Me muerdo la lengua demasiado tarde. Marcos entrecierra los párpados y se cruza de brazos.
—¿Con quién? Vamos, Esther. Debo saber si las personas que trabajan para mí se dedican a otros menesteres durante la noche en lugar de aquello para lo que se las ha contratado.
—¡Con usted! ¡No finja más! —exclamo sin contenerme—. ¡Bastante bochornoso me resultó sorprenderlos mientras buscaba a Matilde como para además ignorarlo! ¡Yo lo vi!
—¿Qué vio exactamente?
—A un hombre rubio. Desnudo, haciendo… —Casi me atraganto. Noto que las mejillas me arden y respiro hondo para relajarme. Las imágenes todavía me turban demasiado—. Con su misma complexión, antes de descubrir una tumba al lado de la cual alguien intentó enterrarme viva.
Frunce los labios. Por un momento, deja de fijar sus ojos en mí para hacerlo en algún punto de la alcoba con un frío brillo de odio.
—Maldición… —masculla antes de recomponerse con rapidez—. ¿Y Lucía…?
—No parecía muy contenta, ¡aunque usted mejor que nadie debería saberlo, depravado!
No me arrepiento de haberlo insultado a la cara, en su propia casa. Espero que él se muestre tan ofendido como debe, pero solo levanta una ceja y suspira.
—Veo que está convencida de lo que dice —afirma—. Y yo tengo un camino muy difícil para lograr lo contrario. Ahora mismo necesito su confianza, así que imagino que debo empezar a deshacer entuertos. ¿Serviría de algo que defendiera mi inocencia sin más?
—No, claro que no.
—De acuerdo. Entonces, ¿me dejará al menos empezar por atar otro cabo en su lista interminable de sospechas, Esther?
Aprieto los dientes. Con ese gesto, parece tan inocente como un niño recién nacido, aunque mucho más letal y peligroso para mí y mi integridad moral. Aun así, algo dentro de mí despierta para darle al menos esa oportunidad.
—Empiece —exijo.
—El Fernando de Gondán que usted vio en la tumba es mi hermano. Murió hace doce años. Carmen fue mi primera esposa. Y Simón… Simón era mi único hijo.
Aparte del hecho de que veo poco probable que él haya matado a su propio hijo, si es cierto que él no era el compañero de Lucía, implica no solo que pudo atacarme, sino que Matilde podría estar diciendo la verdad cuando afirmó que se hallaba en su compañía.
Aunque si es así, Marcos habría permanecido con ella y no junto a la fosa.
Las contradicciones comienzan a ahogarme, pero decido mostrarme humilde ante la duda.
—Creo que le debo una disculpa. Siento haber pensado que era un mentiroso.
—Al lado de pensar que soy un asesino, un ladrón o un salvaje violador, parece un juego de niños, pero las acepto.
—De cualquier modo, había un hombre rubio con Lucía —insisto—. Si no era usted…
—Información a cambio de información, Esther.
Otra en su lugar habría huido de aquí hace tiempo, escoltada por su carabina.
Pero usted es diferente. No se molesta en guardar las formas más de lo estrictamente necesario, y no se arrepiente.
Por eso veo con claridad su interés en todo lo que yo pueda ofrecerle.
—El modo en que pronuncia ese «todo» hace que el pulso se me dispare—.
¿Cómo y cuándo vio a Simón? ¿Tiene algo que ver con los sueños?
El corazón se me paraliza en el pecho.
—¿Qué sabe de eso?
—Distinguí la palabra en mitad de su discusión con Matilde. No debería alterarse. ¿O sí?
Mi mente se pone a trabajar a toda velocidad. No tengo por qué desvelar lo que ocurre con mis premoniciones, pero debo hablarle de cómo se ha fraguado mi relación con Simón.
—Soñé con su muerte. Vi cómo caía por uno de los pozos de la mina.
—¿Nada más?
—Suficiente para aterrorizarme.
Marcos se dirige a la ventana para darme la espalda con aire reflexivo.
—¿Por eso huía?
—Sí. Decidí marcharme con Matilde, pero no la encontré. Pensé que estaría rezando y decidí buscarla en la capilla.
—¿Sigue pensando en marcharse?
—¿Esa es la única pregunta que se le ocurre después de escucharme?
—Me interesa la respuesta, aunque tengo muchas más, naturalmente.
Por ejemplo, por qué no ha pensado que fue el hombre que, a tenor de su relato, forzaba a Lucía quien pudo ir tras de usted para evitar que lo delatara.
No soy el único hombre rubio que hay por la zona, se lo garantizo, y en cuanto a mi complexión física…
No me ha visto desnudo para poder opinar al respecto, Esther.
Aún, tengo ganas de añadir antes de que el sentido común acuda en mi rescate.
—Usted estaba en la casa —me defiendo.
—Él también según sus palabras, aunque tengo que admirar el tesón con el que se empeña en culparme de todos los males del mundo.
—No de todos. Solo de los que suceden en la Casona.
Él levanta una ceja. No se siente intimidado por mi actitud temeraria, sino más bien divertido.
—Cada minuto que paso en su compañía me interesa, me atrae y me intriga más —afirma—. Parece una mujer versada en las artes amatorias.
Nada más lejos de la realidad, pero no lo saco de su error.
—¿Le parece mal?
—Todo lo contrario.
Curva la boca en una mueca tan insinuante que tengo que apartar la mirada, dispuesta a excusarme cuando no parece que tenga razones para hacerlo.