El umbral CAPÍTULO ONCE
25%

CAPÍTULO ONCE

Esther

S imón. Andrés.

Sus nombres repiquetean dentro de mi cabeza al mismo tiempo que un dolor horrible parece traspasarla. Las punzadas se reproducen en mi nuca, allí donde tengo esa molesta cicatriz, que parece hacerse notar en los peores momentos.

Hasta que noto el aroma a melisa, que me empuja a abrir los ojos con mucho esfuerzo.

Me encuentro tumbada en la cama que horas antes he abandonado, en el dormitorio al que juré no volver.

Estoy cómoda, salvo por el tobillo y la cabeza, pero mi malestar parece disminuir cuando noto el frescor fugaz de unos labios rozando los míos.

Por un breve instante, lo disfruto. Incluso creo que soy capaz de sonreír, hasta que la caricia se va haciendo más compacta y reacciono.

Cuando consigo ser completamente consciente de todo lo que me rodea, ya he estampado mi mano en la cara rasurada de Marcos.

—Ha sido efectivo, Matilde —aprecia con una mirada dura y una media sonrisa sesgada—. No he tenido más que limpiarle la tierra con mis dedos mojados para que vuelva en sí. ¿Me ve, señorita?

—Demasiado bien. ¿En serio he notado sus yemas y no sus labios?

—Tome, beba un poco de agua. La ayudará a mejorar. No se preocupe. Ni le tendré en cuenta el golpe ni ese delirio en el que soñaba que yo la besaba —añade con las cejas alzadas ante mi más que notable rubor—. ¿Cómo se encuentra?

—Cansada. Débil y confusa.

—Mi niña, todo se arreglará. ¡Don Marcos voló hasta ti en cuanto oyó tus gritos y te descubrió en esa tumba!

Poco a poco, mi mente va recuperando su actividad habitual y, con ella, el recuerdo de los últimos acontecimientos. Me estremezco de terror. Miro mis manos embarradas, pero vacías.

—El cuchillo… —musito para mí más que para ellos hasta que aprecio uno de los costados de Marcos, teñido de rojo, y el corazón se me detiene—. Está herido.

—No es mía. Alguien la atacó cuando deambulaba sola por mis propiedades, armada con un quinqué y un cuchillo con el que pudo defenderse, aunque no lo suficiente.

—Y, para corroborarlo, separa la tela de la carne.

Mi rubor regresa—. Gracias a Dios que no es muy discreta a la hora de bajar una escalera con la que no está familiarizada.

Oí el chirrido del escalón a tiempo. Tiene cierta tendencia a sufrir accidentes, pero ahora que está despierta y es perfectamente capaz de salvarse sola, hágame un par de favores, ¿quiere?

Cumpla las indicaciones médicas para que no tenga que vérmelas con desgraciados que husmean en tierras ajenas con intenciones aviesas, como mínimo.

—Alguien ha intentado asesinarme mientras me echaba en cara mi presencia en esta casa.

—¿Cómo ha dicho?

—Que me gritó que no debía estar aquí justo antes de empujarme. Creo que su expresión para referirse al hecho en sí es poco afortunada, como mínimo. —Repito sus últimas palabras, desafiante—. ¿Debo agradecerle su intervención?

—No estaría de más.

—Entonces, gracias. El tobillo me molesta lo suficiente como para no intentar una nueva excursión nocturna, no pene por ello.

—Dejaré de penar cuando sepa el motivo de esa excursión.

—He visto a Simón —digo sin más.

De repente se queda pálido, desencajado, antes de mirarme como si quisiera matarme él mismo.

—Matilde, creo que tu señora necesita un baño para quitarse la mugre de encima.

—Ni se me ocurriría cargar a la pobre Matilde, a Bernardo o, ya puestos, a usted con el trabajo de vaciar calderos de agua caliente a esta hora de la noche.

—No piense que por encontrarse en un lugar tan apartado el dueño de esta casa se encuentra en las mismas condiciones. Soy un hombre de mundo, señorita. He viajado tanto que tendría para llenar varios libros. ¿Ha oído hablar de los calentadores de agua?

—No.

—Pues enseguida comprobará su funcionamiento. Matilde, ya sabes hacia qué lado hay que girar el grifo para que salga agua caliente. He de atender unos asuntos urgentes ahora mismo, pero cuando tu señorita esté lista avísame. Tengo pendiente una larga conversación con ella.

—Yo no…

—Usted va a dejar de comportarse como una niña arisca y va a atenerse a las consecuencias de sus actos.

Nuestra conversación es una de esas consecuencias, por si se lo pregunta.

—No ha levantado la voz, pero sí un dedo admonitorio en mi dirección cuando acerca su cara a la mía, con los labios apretados en una seria advertencia—. No quiero más muertos en la Casona.

—¿Y cree que yo sí?

—A tenor de los últimos acontecimientos, puedo creer muchas cosas.

—Sin más, se dirige a la puerta, pero a medio camino se detiene—.

El otro favor que le pido es que no dé un solo paso sin advertírmelo antes.

Como ha podido comprobar, tengo bastantes enemigos y las noticias corren muy rápido.

No logré atrapar a su atacante, pero daré parte a los Civiles.

Si le hirió con tanta gravedad como parece, no andará muy lejos.

Inclina la cabeza y desaparece, para dejarme con el gesto severo de Matilde, que me lleva hasta una puerta situada al final del estrecho pasillo.

Es una estancia diferente por completo a todas las anteriores, con paredes de azulejos oscuros y suelos de mármol frío, que ejerce un efecto relajante sobre mi pie herido.

En mitad del cuarto, una bañera de estaño me espera.

Matilde acciona el grifo y por él comienza a salir agua caliente, al mismo tiempo que ella me desnuda.

Cuando termina, la bañera está casi llena y me meto en ella.

—Es impresionante. Me encantaría ver ese artilugio que lo hace posible. Parece que el señor de Gondán sabe tanto como parece.

—Inconsciente. Eso es lo que eres, niña —me suelta como si no hubiera oído mi comentario—. Una inconsciente por aventurarte así en un lugar que no conoces. ¿Qué pretendías?

—Encontrarte a ti.

—¿A mí? ¿Y qué te hizo pensar que estaba rondando la capilla?

—Creí que estarías rezando.

—¿A las cuatro de la madrugada? ¡Válgame Dios, mi devoción no llega a tanto! Me encontraba con don Marcos. Necesitaba ayuda con unos asuntos domésticos y acudió a mí.

¡Miente descaradamente! ¡Yo sé dónde estaba ese hombre y con quién! Me incorporo, dispuesta a desenmascararla, pero me doy cuenta de que entonces descubriré a Lucía, así que vuelvo a mi sitio.

—¿Por eso ha dado por hecho que sabes cómo funcionan estos artilugios?

—Claro. ¿De qué voy a saber si él no me ha enseñado antes?

Me mira con tanta inocencia en la cara que estoy a punto de creerla. Tengo incluso que cerrar los ojos para no echarle toda su falsedad en cara y me centro en el tema que nos ocupa.

—He soñado con Simón. Salvo coincidencia de nombres, está enterrado en esa tumba, junto con Fernando de Gondán —informo—.

¡Vi cómo moría tragado por uno de los pozos de la mina!

Intenté impedirlo, pero su asesino me golpeó en la mejilla con un sello igual al que tiene don Marcos.

Cuando me desperté, todavía tenía la marca.

¿Recuerdas lo que dijo el güelu Antonio acerca de la muerte de su nieto?

—Refréscame la memoria, por favor.

Ahora permanece frente a mí de pie, con una mirada de incredulidad absoluta y una toalla extendida en los brazos.

Me pongo en pie y dejo que me envuelva en ella, mientras pienso en la mejor manera de persuadirla sin que piense que he perdido la razón.

Permanezco en un empecinado silencio hasta que regresamos a la alcoba y, al calor del suave fuego, me siento de cara al espejo del tocador y dejo que me cepille el cabello húmedo.

—Dijo que antes había muerto otro. Pienso que ese otro puede ser Simón.

Y pienso que está aquí enterrado porque forma parte de la familia de don Marcos.

Además de una tal Carmen y Fernando de Gondán.

¡Mintió cuando afirmó que su padre no había muerto!

¿Y si él mató a Simón además de a Andrés?

Desde luego, no esperaría que yo descubriera la tumba de sus familiares antes de que nos marcháramos de aquí.

—¿Por eso me buscabas? ¿Para irnos cuando un momento antes habías aceptado quedarte aquí?

—Simón me pidió que me quedara para ayudar a los demás.

—Oh, Señor, afirmas hablar con los muertos…

—¡Es cierto! ¡Lo he sentido en mis propias carnes!

¿Cómo explicas si no la bofetada que me despertó si estaba sola?

¡Estoy segura de que el cadáver de Simón también tenía una nota como la de Andrés!

—Caigo en la nota que escondí bajo la almohada y la señalo—.

Por favor, ¿puedes acercármela? No recuerdo lo que ponía…

Matilde se dirige a la cama, pero bajo la almohada no hay nada.

—Has debido equivocarte, niña. No está aquí.

—Pero estaba. ¿No la has cogido tú?

—¿Y para qué voy a querer yo un trozo de papel que no sé leer?

—Para destruirlo. Para disuadirme de algo que no te estás creyendo ni por asomo.

—Me ofende que pienses eso de mí cuando yo he sido la primera que te he apoyado en todo momento, niña —me recrimina con una mueca de desagrado.

—Entonces, ha tenido que ser él.

Algo va tomando forma en mi cabeza conforme pienso en quedarme allí el tiempo necesario para resolver ese acertijo en el que Simón quiere que participe a toda costa. Necesito aclarar la culpabilidad o inocencia de Marcos, pero entrar en ese juego sería peligroso.

—Bueno, si quiere hablar, hablaremos —murmuro, dispuesta a correr el riesgo—. Yo no tengo nada que ocultar. Veremos si es capaz de reconocer sus manos manchadas de sangre.

—¡Has perdido el juicio! ¡Oh, mi niña, mi niña!

—Comienza a llorar al mismo tiempo que se persigna.

Yo le hago una señal para intentar que baje la voz, pero es imposible.

Matilde retrocede hacia la puerta y sigue gritando—: ¡Ya sabía yo que este asunto no te llevaría a nada bueno!

¡Necesitas ayuda antes de que pierdas la cabeza por completo!

—¡No, escucha! ¡No me has entendido!

Intento ir tras ella cuando la puerta se abre y aparece Marcos.

Se ha aseado, pero no ha podido vestirse convenientemente al escuchar a Matilde, o no se ha molestado en hacerlo. El caso es que una bata oscura, atada a la cintura y abierta en la base del pecho, para dejar a la vista una pequeña cantidad de vello rubio ensortijado, es lo único que lo cubre.

A pesar de estar envuelta en la toalla, no puedo evitar estremecerme cuando los ojos verdes se quedan clavados en mi cuerpo con un brillo intenso y oscuro que desaparece cuando fija su atención en Matilde.

—¿Qué ocurre aquí? —pregunta—. Parece que has visto un fantasma. Estás temblando, llorando… Señorita Llamazares, dígame que no ha tratado mal a su sirvienta.

—¡Yo nunca la he tratado mal! —exclamo, indignada—. Solo ha pensado cosas que no son.

Marcos vuelve a recorrer con una lentitud exasperante mi cuerpo en sentido ascendente. Cuando sus ojos se topan con los míos, no han perdido el brillo severo.

—Ya me encargo yo, Matilde —afirma de forma incuestionable.

—Pero, don Marcos, no es decente que…

—La señorita podrá vestirse adecuadamente detrás del biombo, no te preocupes. No la miraré hasta que ella no me diga que puedo hacerlo. ¿Te quedas así más tranquila?

Ella termina por asentir y marcharse.

Me ha dejado sola con él y cada paso que da en mi dirección es más seguro, como si mi situación no lo acobardara lo más mínimo y supiera que a mí tampoco.

—Agradezca mis orígenes inciertos. De lo contrario, hubiera hecho hasta lo imposible para sacarlo de aquí a patadas —le escupo antes de esconderme tras el biombo para que la toalla no refleje los apresurados latidos de mi corazón.

No puedo evitar que mi pulso se descontrole cada vez que él aparece en mi campo de visión.

Va contra toda lógica, pero no puedo evitarlo.

Por lo tanto, si he de enfrentarlo con algo de frialdad, que sea al menos vestida—.

Está usted muy lejos de parecer un caballero solícito.

—Tanto como usted de comportarse como una damisela asustadiza.

—¿Está seguro de eso?

—¿Y usted?

Doy la cara con un inmaculado camisón blanco hasta los pies cubierto por una bata del mismo color e igual de recatada y me siento en el borde de la cama, pero él se dirige a la pequeña mesita, donde llena dos vasos para ofrecerme uno.

—Es vino, no veneno —aclara cuando ve mi expresión desconfiada—. Tómelo a pequeños sorbos. Le hará bien, recuperará las fuerzas y podrá atacarme como seguro que está deseando hacer.

A continuación, se apoya en el dintel de la chimenea sin dejar de observarme.

—De acuerdo —dice al cabo de un tiempo indeterminado en el que persistimos en nuestro duelo visual—. ¿Qué necesita para confiar en mí?

—Explicaciones.

—Yo también.

—¿Para qué?

—Para que pueda conocerme —afirma.

—¿Para qué?

—Para comprender. ¿Está dispuesta a complacerme?

—¿Y usted?

—Siempre respondiendo con otra pregunta…

—Frunce el ceño, pero al final suspira—.

Está bien. Espero que lo que voy a decir la tranquilice, porque no tengo tiempo ni fuerzas para ir detrás de usted como si fuera su perrillo faldero.

Bernardo estará a su disposición para lo que necesite.

No es necesario que escape de mí como si yo la mantuviera prisionera.

—¿Quiere decir que me llevará a donde yo quiera?

—Y cuando usted quiera. Soy un hombre de mentalidad abierta.

A la vista está —dice señalándonos a ambos y nuestros inusuales atuendos—.

Veo que recela, y tal vez sea porque piensa que no voy a comprender lo que me diga, pero no tiene otra opción.

Después de haber mencionado a Simón, ninguna opción que no sea la sinceridad es válida, Esther.

—¿Por ambas partes?

—Por supuesto. Nunca pido más de lo que soy capaz de dar. Ha hablado de Simón. No, aguarde —añade cuando me ve abrir la boca—. No mencione la tumba como si pudiera utilizarla en mi contra. Se ha topado con ella de noche mientras intentaba huir de algo o de alguien.

—¿Cómo lo sabe?

Una lenta sonrisa se instala en su rostro surcado por el cansancio.

—No lo sabía, pero me lo acaba de confirmar —asegura con petulancia—. Si me dice que huía de un fantasma, le concederé el beneficio de la duda. Porque acaba de afirmar que ha visto a mi hijo.