El umbral CAPÍTULO DIEZ
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CAPÍTULO DIEZ

Esther

— ¡S imón!

Me incorporo con la mejilla ardiéndome por la agresión que, en contra de todas las leyes humanas y divinas, ha traspasado el mundo de los sueños para ser real.

Muevo la lengua. Quiero asegurarme de que sigue ahí porque tengo la sensación de que alguien me la ha arrancado de cuajo.

«Yo ya estoy muerto. Todo empezó aquí. Es usted…».

Recuerdo los fragmentos de las palabras de Simón antes de aceptar su destino a manos de un ser que él ha comparado con el Patarico, la criatura a la que el güelu acusó de tener cautivos a los niños para después matarlos.

Mi razón me advierte de que solo son supersticiones de gente ignorante, pero mi intuición reproduce los ojos verdes que han vuelto a presentarse, esta vez, acompañados por el fuerte aroma a melisa. El mismo aroma que parecía rodear a Marcos tan solo unas horas antes.

Con cada sueño, mis percepciones son más reales, más contundentes. Igual que las voces que resuenan en mi cabeza con frases a las que no encuentro sentido.

Podría pensar que estoy perdiendo el juicio si no fuera porque el dolor en mi mejilla es real.

La impresión de que me arrancaban los ojos o la lengua, igual que al pequeño Andrés y a Simón, también.

Y las frases no son tan aleatorias, sino que surgen a raíz de algo que antes he percibido con los sentidos. Aun así…

Noto cómo mi cara empalidece. No sé de dónde, pero encuentro fuerzas para moverme de la cama y me aproximo al tocador.

Me miro en el espejo, horrorizada al comprobar que mis labios han adquirido una enfermiza tonalidad morada y que mi pómulo está marcado por el impacto de un objeto contundente sobre él.

Un sello de oro.

Mi sangre se espesa como si la sintiera fluir con dificultad cuando pienso en el dedo que lo lleva.

Percibo un hormigueo en ambas manos, pero me controlo a tiempo.

Por un momento, me apoyo en la superficie del tocador.

Necesito aire para asimilar que mi principal sospechoso demuestra interés en mí con cada una de sus expresiones.

No sé de qué clase o intensidad, pero existe.

Cojeo hasta la ventana y aprecio desde ahí el tejado de la capilla, casi fantasmagórico por efecto de la niebla perenne y espesa que me hace sentir deseos de huir.

—Debes quedarte, Esther —me digo a mí misma—. Simón te lo ha pedido. No puedes irte ahora.

Aunque cada poro de mi piel clama por lo contrario.

Invadida por una sensación de vértigo como nunca antes he experimentado, miro a mi alrededor.

Me siento asfixiada, perdida, débil. No he podido escuchar al monstruo, ponerle cara ni distinguir alguna parte de su figura que logre convertir mis sospechas en certezas.

—Me voy —decido—. Nos marchamos.

El temor funciona a veces como la conciencia del desesperado, y yo estoy desesperada.

Por un momento, me paro a pensar en si sería posible usar ese mismo sentimiento para reprimir de forma permanente ciertas ambiciones violentas.

Ambiciones como las que, estoy cada vez más segura, emponzoñan el alma de Marcos, pero no llego a ninguna conclusión.

En cuanto tomo el quinqué, bajo los escalones sujetándome a la balaustrada y eludo el resto de las puertas cerradas que conforman el corredor de la primera planta, pero he olvidado la recomendación de Marcos.

Siento el temblor del tablón bajo mis pies, como si estuviera a punto de ceder con un chirrido.

Contengo la respiración mirando en todas direcciones, pero no hay nada que me haga pensar que he sido descubierta, así que busco las cocinas para localizar a Matilde.

Encuentro un habitáculo lo suficientemente amplio como para albergar tres fogones de carbón, y varias sartenes y ollas colgadas en la pared por medio de ganchos, además de una pequeña puerta escondida en una falsa esquina.

Intento abrirla, pero permanece cerrada con llave.

—Matilde —susurro llamando con toda la discreción de la que soy capaz—. Matilde, ¿estás ahí?

Un crujido a lo lejos me hace contener la respiración.

Me giro con un cuchillo en la mano, dispuesta a defenderme de un ataque, pero no hay nadie a mi espalda.

Sé que estoy sola, pero no me siento así.

Me siento… observada. Y no puedo permitírmelo.

El miedo es poder, yo lo sé mejor que nadie, puesto que he convivido con él desde que puedo recordar.

Esa es la razón de que no esté dispuesta a otorgárselo a nadie, ni siquiera al señor de esta casa.

Por lo tanto, debo recuperar el control.

Abro la cortina que está junto a la puerta cerrada con llave y descubro una pequeña despensa vacía.

Solo me queda una alternativa: buscarla en su alcoba.

Recorro la escalera de servicio cojeando, pero el pasillo contiene varias puertas cerradas.

—¿Y ahora qué?

Sé cuál es el dormitorio de Bernardo porque escucho sus ronquidos desde el otro lado, así que paso de largo.

El tobillo comienza a arderme cuando lo arrastro hacia la siguiente.

Me inclino, esperando ver oscuridad. Sin embargo, la cerradura me ofrece todo un espectáculo.

Gracias al haz de luz que desprende mi quinqué, veo un bulto demasiado grande para ser de una sola persona, que se mueve sobre el colchón, aunque enseguida lo comprendo.

No es una persona, sino dos. Pego tanto el ojo a la cerradura que temo que esta última se me quede marcada en el párpado. No distingo al hombre que emite graves y contenidos jadeos, pero imagino que su acompañante es Lucía. No puede tratarse de otra.

Parece resistirse, pero él mitiga un intento de grito con su propia boca. Es entonces cuando la sábana se desliza por su espalda, hasta sus caderas.

Esa cabellera rubia, para mí, es inconfundible. Por un momento, ignoro la situación y me detengo en apreciar los músculos dibujados en su espalda, producto de la tensión con la que se mueve entre las piernas de Lucía.

Es Marcos. No puede tratarse de otro.

Me resulta repulsivo. Indignante. Doy un paso atrás pensando que Lucía se merece una defensa: la mía.

No permitiré que una cara atractiva, un cuerpo atrayente y una sonrisa arrebatadora me hagan retroceder.

Acabo de ver una de sus facetas más carnales, débiles y oscuras.

El estómago se me contrae, pero no de repugnancia, sino de algo desconocido que me hace esforzarme para recordar el propósito que me ha llevado allí.

Matilde. Debo encontrarla. Entro en otra alcoba y veo su baúl. Sin embargo, la cama está perfectamente hecha.

¿Dónde está?

Trato de serenarme para pensar con frialdad. Matilde es una persona muy religiosa. Todos los días asiste a misa. Hoy también lo ha hecho en el entierro de su cuñado, pero tiene un sueño muy ligero e intermitente que le cuesta conciliar.

¿Y si ha ido a rezar?

Estoy dispuesta a marcharme de esa guisa: en camisón, descalza, incluso desnuda.

Quiero volver a la tranquilidad de mi hogar con mis padres, a nuestro cortijo, y tener el sol calentando mis huesos en lugar de esa niebla que me pone nerviosa, pero me doy tiempo para inspeccionar la capilla.

Una pequeña valla de piedra que apenas me llega a la cintura la rodea.

Gracias al quinqué, no tengo dificultad en encontrar la puerta y entrar, pero un chasquido a mi espalda me interrumpe y hace que empuñe el cuchillo con más fuerza, pegado a mi cadera.

Cuando me giro, la luz capta mi propia sombra.

La puerta de la capilla sigue abierta, pero algo ha cambiado en el ambiente.

No es un olor, un sabor o un sonido concreto.

Es mi instinto en tensión, que me hace volver sobre mis pasos.

—Matilde, ¿eres tú?

Nadie me responde, pero se me hiela la sangre al percibir otra presencia cerca de mí.

Recorro con la mirada las sombras de los árboles que me rodean, intentando distinguir a alguien de carne y hueso.

No veo a nadie y, aun así, estoy casi segura de que no me hallo sola.

Doy un paso atrás y siento cómo algo me roza el pelo.

Por un instante, regreso mentalmente al salón con las cortinas de rombos y percibo el aliento de un extraño asfixiándome…

Hasta que me vuelvo.

No se trata del aliento de nadie, sino de una rama cuyas hojas me han provocado ese cosquilleo que a punto ha estado de conseguir que caiga de nuevo.

Respiro bastante más tranquila y avanzo a trompicones hacia la casa, resuelta a encontrar a Matilde antes de toparme con Marcos, pero suelto una exclamación de dolor cuando mi pie sano se topa con algo duro y frío que se alza hasta la altura de mis rodillas y que se extiende unos pocos metros hasta desembocar en una cruz de forja, sencilla, pero que me provoca un golpe casi mortal en el pecho.

Es una tumba. Reconozco su estructura en cuanto palpo la lápida, el tacto frío de la piedra.

Percibo el olor a muerte como si no me hubiera abandonado todavía y sé, sin ningún género de duda, que mi cuerpo rechazará y mi mente no asimilará lo que estoy a punto de descubrir.

Pero voy hacia ello con la seguridad de que, por muy amargo que me resulte, lo tragaré y soportaré el ardor que dejará en mi garganta su naturaleza vomitiva.

Mi mano tiembla cuando acerco el quinqué para observar el mármol negro y las inscripciones doradas que aparecen grabadas en él.

—Fernando de Gondán, Carmen Guillén, Simón de Gondán…

—Contengo el aliento. Me digo que puede ser una coincidencia, pero algo dentro de mí me advierte de que acabo de dar con el destino de ese pobre niño.

Con su estirpe, con su familia y apellido.

Noto cómo la sangre corre más lenta por mis venas.

Siento el frío que me produce. Me estremezco, pero sigo leyendo hasta que el siguiente nombre se asemeja a un par de manos invisibles que me empujan en dirección contraria, que me hacen trastabillar.

Casi puedo sentirlas, alejándome de este lugar lleno de tristeza y luto, cuando logro articular—: «Siempre estaréis conmigo».

—¡Esther, no te vayas! ¡No me dejes aquí, por favor! ¡Ayúdame o me moriré sin ti!

Esta vez la voz suena tan estridente que suelto el cuchillo y el quinqué sobre la lápida y me tapo los oídos.

No me pregunto de dónde ha surgido ni por qué cada vez lo hace con más fuerza, como si se nutriera de cada uno de mis padecimientos, de mis descubrimientos.

Retrocedo, pero, al hacerlo, arrastro el pie herido y resbalo con algo que está a punto de hacerme caer.

Tierra húmeda, pero lo bastante removida como para hundir mis pies en ella. No necesito recuperar el quinqué para que su luz me descubra mi segundo hallazgo.

Es una fosa excavada al lado de la primera.

Tan solo un agujero oscuro y vacío, esperando posiblemente a alguien de la casa que esté cercano a morir, pero ¿quién?

Marcos es joven y parece gozar de muy buena salud.

Amelia sigue en su cama, recuperándose. Bernardo, aunque más entrado en años, no ha dado muestras de enfermedad y, en cuanto a Lucía, todavía le quedan muchos años.

Cierto es que no conozco al resto de los empleados, pero veo muy poco probable que sean enterrados junto a la familia dueña de la Casona. Porque está claro que aquellos son los familiares de Marcos.

Él me habló de su padre, don Fernando. Aunque me dijo que no había muerto, parece que ha mentido. Ninguno de los nombres tiene fecha de nacimiento y defunción, pero están todos enterrados.

«Antes ha habido otro».

Las palabras del güelu llegan prestas a mi cabeza, inusualmente despejada, cuando alguien me empuja. Lanzo mi cuchillo hacia atrás, en un movimiento de defensa, y se hunde en alguna parte del cuerpo de mi atacante, aunque termino por precipitarme al fondo de la fosa.

—No debes estar aquí. ¡No debes!

Es el susurro de un hombre. Escupo la tierra que me ha llenado la boca y me doy la vuelta. En un momento, y pese a que mis uñas se rompen al intentar escalar por la pared de la fosa, me encuentro debajo de una pequeña montaña de tierra que tapa mis gritos de socorro.

Intento respirar, pero la boca y la nariz se me taponan.

Elevo una mano en dirección al cielo, que cada vez aprecio menos, hasta que empiezo a toser.

Cuando hago un esfuerzo para incorporarme, una nueva palada me cae encima.

Aun así, logro ponerme de pie, pero un golpe en mi cabeza con un objeto contundente hace que todo a mi alrededor se vuelva oscuro.