El umbral CAPÍTULO NUEVE
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CAPÍTULO NUEVE

Simón

S imón tenía frío.

Y miedo, mucho miedo, después de presenciar aquello de lo que había conseguido huir desafiando la niebla que le restaba visibilidad, el campo resbaladizo que lo llevó al suelo en unas cuantas ocasiones e incluso las inconveniencias del terreno que había comenzado a ascender.

De haber visto lo mismo que él, el güelu de su amigo Andrés le diría que el Patarico había aparecido para raptar a los niños, convertirlos en criados y después comérselos.

Que sus amigos estaban pagando por sus travesuras.

Su padre, por otra parte, acostumbraba a explicarle que todo el mundo llevaba su propio monstruo consigo, se llamara Patarico o no.

Simón pensaba que era su propio monstruo quien le pisaba los talones desde que había abandonado aquella casucha de mala muerte situada en medio de la nada.

Sabía que lo perseguían. Dudaba que fuera de carne y hueso, pero temía como nada la reacción de su padre cuando se atreviera a confesarlo todo.

Seguro que no le creería. Que lo castigaría después de tacharlo de mentiroso, de fantasioso.

Sabía que siempre andaba inventando historias, acicateado por las leyendas que había oído desde la cuna, y que todavía escuchaba sin cesar, provenientes de los mayores.

—Pero no soy un mentiroso. ¡Lo que he visto es real!

Todavía temblaba si se paraba a pensarlo. Todavía le daban ganas de gritar de puro horror ante lo que había presenciado, antes de ser descubierto y lograr escapar.

Solo tenía que ir un poco más rápido hasta alcanzar la entrada de la mina.

Descendería las empinadas escaleras que daban paso al criadero, del cual salían los rieles que transportaban los vagones llenos de carbón.

Allí habitaba el ogro de muchos mineros que habían dejado su vida y su alma, sepultados entre los escombros, en mitad de galerías demasiado estrechas incluso para un niño como él.

Aunque las conocía, no cometería el error de entrar en ellas.

En cuanto a los pozos en los que los mineros se adentraban, y de los que no todos salían, también conocía su ubicación exacta.

Esperaba poder esquivarlos incluso a través de la luz mortecina del atardecer, opacada por aquella niebla que no se iba, sino que se acrecentaba conforme él avanzaba hacia su objetivo.

Sí, desde luego allí arrancaban el corazón de la gente para convertirlo en un trozo de carbón.

Aunque no era el momento de pensar lo que le aguardaba allí delante, porque sin duda no sería tan malo como aquello que llevaba tras de sí.

Solo se detuvo dos veces. Una, para recobrar el aliento necesario y limpiarse el sudor de su frente con la mano, negra por el carbón que ya tocaba.

Otra, cuando advirtió que quien lo perseguía rompía las ramas de los últimos árboles que los separaban antes de que él consiguiera tocar la entrada de la mina, apuntalada con tablas de aspecto firme.

Junto a ella, Simón distinguió uno de los picos utilizados por los mineros para desprender el carbón de las paredes de la mina, hasta convertirlos en trozos más pequeños, pero más fáciles de transportar.

Miró por encima del hombro y distinguió una sombra indefinida que avanzaba hacia él a buen paso, lo suficientemente grande como para engullirlo. Intentó cargar con el pico como medio de defensa, pero solo pudo arrastrarlo por el suelo, provocando un chirrido que delataría su presencia.

Debía actuar con rapidez y sigilo; nada de respiración pesada, de agonía en forma de jadeos angustiosos. Nada de vislumbrar, como si lo estuviera viendo por el ojo de una cerradura, su inminente final.

Era un niño. Un niño muy despierto, muy rápido. Y sabía el terreno que pisaba.

—No voy a morir. ¡No voy a morir!

Dejó el pico y se adentró en la boca oscura, pero tropezó con el mango de una pala y cayó al suelo, golpeándose la mandíbula con el borde de lo que le pareció uno de los vagones abiertos que servían para sacar el carbón de las galerías y los túneles horizontales al exterior.

Durante un momento todo se le volvió borroso como consecuencia del golpe.

El dolor lo atontó, pero consiguió colarse en el interior del vagón.

Una vez lograra escapar llegando al otro lado, su atacante no podría seguirlo.

Estaría a salvo y correría a su casa, a avisar a su padre para que diera cuenta a la Guardia Civil de todas las tropelías que se estaban cometiendo.

Sí, los civiles le harían caso; siempre lo hacían, más aún con todo lo que él tenía que revelarles.

—Eso es, pequeño. Quita el freno y escapa. ¡Escapa o te alcanzará!

Simón miró hacia atrás, extrañado al escuchar esa voz proveniente de ningún sitio y de todos al mismo tiempo.

Enfocó la mirada a la salida, aparentemente bloqueada por una niebla tan compacta que le extrañó distinguir unos dedos extendidos en su dirección.

¿Quería atraparlo? No. Su mente aterrada le indicó que la conocía, que podía confiar en ella.

Lo supo al mismo tiempo que la mujer le ofrecía el único camino posible.

—Es usted… —musitó, con una pequeña esperanza aleteando en su pecho, cuando una ráfaga de viento llevó a su nariz un reconfortante aroma a melisa que lo afianzó en su decisión.

Tiró de la palanca del freno y dejó que el vagón lo llevara hasta su destino: el otro lado de la mina, el otro lado de la montaña.

Desde allí, solo tendría que ascender por las escaleras verticales que recorrían el agujero angosto de un pozo profundo para alcanzar la salida.

Lo había hecho millones de veces, a espaldas de sus padres, de los mineros e incluso de algunos de sus amigos.

Esos cuyos gritos de agonía resonaron en la cabeza de Simón mientras ascendía peldaño a peldaño, con cuidado de no resbalar y caer al vacío.

No consiguió hacerlos callar. Se reprodujeron en sus oídos, aumentando su volumen como si al acercarse a la salida en realidad estuviera acercándose a ellos, aunque era imposible.

Había tenido que abandonarlos, pero en cuanto llegara a su casa volvería a por ellos.

—Los culpables pagarán —murmuró cuando alcanzó el último peldaño y un golpe frío y húmedo le dio la bienvenida al exterior.

Respiró hondo para espantar de sus pulmones el polvo negro que se habría adherido a ellos y de su garganta el sabor amargo de la muerte que había esquivado—. ¡Voy a salvaros a todos, ya lo veréis!

—¿Estás seguro de eso?

Si le sorprendió escuchar aquella voz, más le sorprendió comprobar que no era obra de su imaginación ni del pánico que acababa de regresar de golpe.

El Patarico se hallaba lo suficientemente cerca como para que la neblina no le impidiera distinguir cada uno de sus rasgos, con dos ojos llenos de una rabia irracional mientras avanzaba hacia él.

No parecía importarle que Simón apreciara sus garras mortales ni sus dientes apretados asomando por unos labios demasiado finos como para pertenecer a un ser humano.

Parecía un animal enloquecido a punto de soltar espumarajos por la boca, pero se había transformado en la misma persona que lo había descubierto justo antes de que lograra huir.

La misma que había intentado impedírselo y la misma que lo había perseguido hasta la saciedad.

Miró hacia atrás y procuró no echarse a llorar. No tenía escapatoria, puesto que la única salida se hallaba bloqueada y a su espalda se encontraba el agujero negro del pozo que acababa de ascender. Retrocedió. Resbaló con la gravilla y a punto estuvo de caer.

—¡Mira más allá, Simón! ¿Ves mi mano? ¡Agárrate a ella, porque puedo ayudarte!

El suave viento que siguió a aquellas palabras pareció envolverlo con su aliento frío y espeso.

La niebla se intensificó, como si quisiera ocultar los dedos que se agitaban en su dirección.

Se fijó en ellos un instante, para pasar después a la persona que lo amenazaba.

Aparentemente, no había escuchado aquella voz.

Seguía inclinándose hacia él, avanzando.

Los ojos se le llenaron de lágrimas de impotencia, pero inspiró hondo y se las tragó.

La sombra era mucho más grande que él, pero él aspiraba a ser más rápido.

Debía sobreponerse al miedo que lo paralizaba para actuar.

No importaba si la voz provenía de algún ser mágico o era bien real.

No importaba nada, excepto que le ofrecía una salida.

—Si estás pensando en escapar, ve resignándote, Simón —le dijo el monstruo de garras afiladas y fulgurantes ojos con una sonrisa siniestra que le heló la sangre y lo llenó del dolor amargo del desengaño—. No esperaba que presenciaras lo que ha ocurrido.

—¿Por qué? ¡Son mis amigos!

—¡Cállate! ¡No vuelvas a decir eso! —La bofetada hizo que Simón saliera despedido y aterrizara junto al agujero del pozo.

Se cubrió la cara con el brazo cuando vio cómo la sombra se cernía sobre él, pero, en lugar de un segundo golpe, escuchó un lamento grave—.

¡Mírame, guaje! ¿Ves mi dolor? ¿Mi sufrimiento al tener que hacer lo que me has obligado con tus travesuras?

—¡No volveré a meterme donde no me llaman, se lo juro!

—No jures en vano. ¡Es un pecado mortal! ¡Por tu culpa, siempre caminaré en la oscuridad! ¡Me condenaré en el infierno!

—Entonces, no lo haga, por favor…

Lloraba desconsolado cuando volvió a vislumbrar los dedos largos que rompieron la espesura de la niebla hasta transformarse en algo real, nítido.

Eran de carne y hueso. Por eso empujaron a su atacante.

—¡Es ahora o nunca! ¡Huye antes de que te alcance!

Pero estaba todavía demasiado paralizado por el terror como para reaccionar con la rapidez necesaria.

Apreció el desconcierto en aquel rostro deformado por la ira más irracional y retorcida, un instante antes de que se volviera.

A continuación, lanzó hacia delante la mano que portaba el sello, atravesando la niebla.

Simón escuchó el sonido seco de un golpe y los dedos que pretendían ayudarlo desaparecieron.

Se arrastró en la dirección opuesta, pero fue demasiado tarde.

La humedad de los pantalones le resultaba incómoda, humillante.

El pómulo le dolía a rabiar, tenía la vista nublada por el llanto y la niebla, y las piernas no le respondían.

Logró ponerse de pie justo antes de que el monstruo lo agarrara de la pechera de su camisa, dejándolo en vilo justo sobre el agujero del pozo.

—¡Suéltalo! ¡Déjalo vivir o te arrepentirás!

—¡Déjeme! ¡No me haga daño! —suplicó.

—Vaya… ¿Te has unido a ella? —Simón contuvo la respiración al comprender que ambos habían oído la voz.

Ambos habían visto la mano que intentaba ayudarlo sin conseguirlo.

Estaba perdido—. Nunca me recuperaré de lo que voy a hacer.

Jamás. Y tú tienes la culpa. Eres un pecador, como todos los demás. Irás directo al infierno.

La mirada del niño vagó hasta donde momentos antes había aparecido aquella mano dispuesta a ayudarlo. Negó con la cabeza, como si todavía pudiera verla. Dejó que todos sus músculos se relajaran progresivamente y lanzó un gemido.

—Yo ya estoy muerto —exclamó a la espesura de la niebla—. No puede salvarme. Pero quédese, ¡por favor! ¡Salve a los otros! ¡No se vaya!

—Para ayudaros necesito información. ¡Cuéntame más!

Simón miró hacia atrás. Aunque ya no veía nada, todavía podía escuchar aquella extraña y reconfortante voz.

—Todo empezó aquí —dijo esperando que le sirviera de ayuda.

El Patarico bajó los ojos apesadumbrado cuando lo oyó.

A continuación, dejó que el niño cayera al vacío con indiferencia, como si hubiera superado la cota máxima de dolor y ya no le afectara nada más.

Contempló cómo aquel pequeño cuerpo desaparecía tragado por la oscuridad y escuchó sus huesos estampándose contra el suelo al mismo tiempo que sus gritos se extinguían con la presencia ineludible de la muerte.

Después, miró a su espalda para asegurarse de que ella ya no estaba allí.

La niebla había vuelto a cerrarse, como si la hubiera engullido, así que se dispuso a terminar su trabajo.

No se escuchaba a Simón mientras descendía por los peldaños del pozo.

Ya nunca lo escucharía, se dijo, y sintió cómo parte de su alma se desgarraba con cada pensamiento.

Sollozó con angustia cuando sus pies dieron con el cadáver del niño.

Por un instante, quiso acabar con su propia vida solo por ser capaz de hacer lo que había hecho.

Pasó un tiempo indeterminado en cuclillas junto a su cabecita.

La acarició para comprobar si de ese modo sus terribles remordimientos remitían, pero solo la certeza de que había hecho lo correcto, para sí y para el futuro de la organización, consiguió el milagro.

Al cabo del tiempo, su respiración se había acompasado y su mente logró pensar con más lucidez.

No había tenido alternativa. Le habían exigido que eligiera entre un determinado colectivo, una determinada edad, y eligió bien. Todos tenían algo por lo que pagar. Sus pecados y los de sus padres debían expiarse de alguna manera. Su propia historia debía ser vengada.

Miró el rostro infantil. Aquella carita que permanecía pegada al suelo negro, como si formara parte de él, pareció moverse un poco, lo justo para indicar que aún quedaba un hálito de vida en él.

Maldición, tendría que infligirle sufrimiento, hacer algo que nunca había querido solo para comenzar su venganza de la manera más cruel e inesperada.

Chilló, gritó, lloró. Llenó el agujero de sonidos espeluznantes. Y, cuando logró vaciarse de cualquier sentimiento, sacó la daga, le abrió la boca y se dispuso a terminar lo que le había tocado comenzar aquel día aciago en el que todo cambiaría. Para siempre.