El umbral CAPÍTULO OCHO #2
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CAPÍTULO OCHO #2

—De acuerdo. Después de todo, no tengo nada mejor que hacer hasta que mi tobillo se haya recuperado —comento en tono despreocupado. No quiero que sepa que la idea me atrae mucho más de lo que me intimida—. ¿Alguna recomendación más para esta noche?

—No salga de la alcoba hasta que el sol no despunte. Y cierre con llave. Puedo transformarme en un ogro que no tenga en cuenta la aparente fragilidad de la dama que se aloja en estas dependencias.

Bromea. Eso creo cuando escucho la risilla de Matilde al verlo marchar.

—Traidora —escupo.

—No, mi niña. Solo poseo la experiencia que dan los años y que tú no tienes.

—¿Por eso le ríes las gracias? ¿O es que temes perder el trabajo? Porque, si es así, te recuerdo que solo estás sustituyendo a tu hermana. A no ser que te guste tanto que decidas abandonarme y quedarte con él para siempre.

—¿Quién sabe? Todo puede suceder. ¿Te duele el tobillo?

—No. Ese ungüento del doctor es efectivo.

—Don Marcos compró el frasco. Si durante la noche tienes molestias, no tienes más que llamarme y te lo aplicaré.

—¡Líbreme Dios! El amo del castillo ha dicho que debo permanecer encerrada en la torre, so pena de sufrir los fuegos del infierno.

Esta vez Matilde ríe, pero no continúa con una conversación destinada a recriminarle una conducta que yo sé adecuada y se limita a esperar. Cuando Bernardo regresa con nuestro equipaje, mi aya me ayuda con el camisón, pero desaparece cuando Lucía entra con un plato de sopa que huele a gloria.

—El señor ha dado órdenes expresas de que debe seguir los consejos del doctor —me informa.

Con la mirada baja, se sienta a mi lado y comienza a darme la sopa como si yo fuera una impedida—.

No es conveniente que llene demasiado el estómago, aunque, si no tiene bastante con el caldo, puedo traerle un trozo de…

—No es necesario, gracias. —Le arrebato la cuchara y como sola. Lucía permanece a mi lado, con las manos enlazadas sobre el regazo y una extraña expresión de culpa—. Dime una cosa: ¿por qué sigues aquí si le tienes tanto miedo?

—¡Oh, no, señorita! Pero todo el mundo tiene un miedo del que huir. Como usted, antes de hacerse daño en el tobillo —murmura con mirada huidiza—. Si ha terminado, he de ir a servir a don Marcos. Debe cenar pronto para acostarse y levantarse temprano.

—¿Cómo de temprano?

—Antes de que salga el sol.

Dudo mucho que con esta niebla sepan con exactitud cuándo sale, pero ni siquiera puedo expresar el pensamiento en voz alta. Ligera como un pajarillo, Lucía se escabulle de la alcoba y de mis preguntas incómodas y es sustituida casi de inmediato por Matilde y su sonrisa maternal.

—¿Te ha sentado bien el caldo? —pregunta mientras me cepilla el pelo antes de depositar un beso en mi frente—. Sé lo que te acongoja. Pero creo que nos encontramos en un lugar seguro.

—¿Aunque ese lugar albergue unas manos manchadas con la sangre de un niño?

—A veces los sueños son solo eso, sueños, Esther.

—Este no es el caso. Sabes que la muerte de Andrés es real. Igual que el lugar donde se produjo o su modo de morir. ¡Sabes que la implicación de este hombre también puede ser real! Y, sin embargo, has permitido que pasemos una noche aquí. ¡Es como si me ofrecieras en sacrificio!

Matilde se aparta, horrorizada, pero enseguida vuelve su expresión serena.

—No vamos a volver sobre esto, por favor. Un color de ojos no es incriminación suficiente para nadie. Ni siquiera para ti, que posees la misma tonalidad que él.

—Te has puesto de su parte —replico, todavía molesta.

—Solo hay una parte para mí, Esther: aquella en la que tú estés. Y ahora, pasa buena noche y descansa. Lo necesitas.

—No apagues el quinqué —pido cuando veo que va a hacerlo—. Déjalo así, sobre la mesilla. No es gran cosa, pero ahuyentará las sombras de la noche.

—Como quieras.

Coloca mi cepillo del pelo y mis enseres sobre el tocador situado junto a la chimenea, corre las cortinas y cierra la puerta con cuidado.

Pero no con llave.

Recuerdo la advertencia de Marcos acerca del particular, aunque no me la tomo en serio. Me siento perfectamente capaz de llegar hasta la puerta y mucho más allá a pesar de mi lesión.

En una hipotética huida, una llave sería una traba más que me obligaría a permanecer aquí, en la Casona, a poca distancia de Marcos de Gondán y con…

Reparo en la nota que me dio el güelu. Aun ahora, después de todas las calamidades que he pasado en un mismo día, la conservo encerrada en mi puño.

Lo miro, pensando que así estoy yo: encerrada en el puño enorme de un hombre capaz de dominar incluso las carambolas cuya explicación se me escapa.

Siempre he sido diferente, lo sé y lo asumo.

Pero nunca he tenido que recurrir al coraje para seguir siéndolo.

Y desde el momento en el que Marcos ha irrumpido en mi vida, he sabido que debo hacerlo si quiero descubrir una pequeña parte de todo lo que parece rodearlo.

La cuestión es hasta dónde estoy dispuesta a llegar.

Me siento un poco mejor cuando dejo la nota del güelu bajo la almohada, pero sigo pensando en Marcos. En su aspecto distinguido, atractivo a rabiar. En sus ojos crípticos.

En todas y cada una de sus palabras ambiguas.

En algún momento me dormiré y seré vulnerable.

Y, entonces, nada le impedirá deshacerse de una mujer demasiado curiosa para él.

Quiero permanecer alerta, pero poco a poco mi mente divaga.

Aunque no quiero, el agotamiento me desliza hacia el umbral del sueño.

Mis pensamientos se emborronan y se van alejando.

Me abandona toda tensión para dejar en su lugar una sensación apacible de calma meditativa.

Hasta que todas las imágenes se hacen más nítidas.