CAPÍTULO OCHO
Esther
E l doctor Herrero, un hombre entrado en años, alto y desgarbado, con un rostro adusto que no invita a la confianza, se inclina sobre mi tobillo para examinarlo con atención, provocándome otra oleada de dolor que soporto en silencio porque estoy concentrada en formarme una opinión acerca de Marcos.
Me da la impresión de que es un hombre acostumbrado a tomar las riendas de cualquier situación, pero consigue con sutileza que los demás seamos conscientes de su presencia en todo momento.
Parece un hombre vehemente, no solo por su aspecto, sino también por su manera de afrontar las cosas, con esa perspicacia con la que ha adivinado la verdadera razón de mi visita.
Sus muestras de buena voluntad, unidas a esa conversación extraña que hemos compartido, hace que me debata entre seguir el rumbo de mis sospechas o ir desechándolas poco a poco, pero el dictamen del doctor parece allanarme el camino.
—Tendrá que guardar reposo durante unos días y untar el tobillo con este ungüento antes de vendarlo, como voy a hacer yo ahora mismo. No se preocupe, por favor. No tiene nada roto, y se encuentra en las mejores manos y en el mejor lugar posible para cumplir mis indicaciones.
—Yo solo he venido a la Casona de visita.
—Pues entonces, querido Marcos, tendrás que ir pensando en preparar una alcoba para la señorita, si es que prefieres que se quede aquí —responde el doctor, dirigiéndose al dueño de la casa con la familiaridad con la que momentos antes se han saludado—.
Otra opción sería llevarla a su alojamiento.
No me resulta conocida, así que supongo que no será de por aquí…
—No —concluyo con ímpetu.
—Sí —dice Marcos al mismo tiempo. Le dirijo una mirada letal, y él termina por encogerse de hombros—. Quiero decir que no es de aquí, pero que desde luego aceptaría su compañía encantado.
—No —repito de manera categórica—. Don Marcos, no pretendo que se sienta ofendido, pero ya tengo un lugar al que ir.
—La casa de la pobre Amelia, que, según tengo entendido, también necesita atenciones. ¿Se las va a proporcionar usted, tal y como se encuentra? ¿O será Matilde, quien, siguiendo su recomendación, permanecerá aquí para ayudar a Lucía en su trabajo?
—Puedo quedarme en una de las habitaciones que ofrece la posada.
—Sin nadie que cuide de usted, y junto a una familia tanto o más destrozada que Amelia. —Detecto el brillo de victoria en sus ojos. Con disimulo, se inclina hacia mí y me susurra—: Tranquila. Mi especialidad son los niños de ocho años, ¿recuerda? Nada de mujeres hechas y derechas.
Se incorpora con expresión inocente, como si no hubiera lanzado ninguna provocación, cuando Matilde decide intervenir.
—Mi niña, tanto Lucía como yo estaremos aquí. Cada una ocupará su lugar, como debe ser, don Marcos, pero seguro que puede hacer algo para que mi señorita duerma tranquila.
—Por supuesto. Procuraré que su alcoba esté lo más cerca posible de la mía.
—El problema radicaría en el tiempo —interviene el doctor—. Si se queda, tendrá que permanecer aquí hasta su total recuperación. Y eso solo depende de usted y de su prudencia, señorita.
—Si se me permite intervenir de nuevo, don Marcos…
—Adelante, Matilde.
—Nuestro equipaje está en la casa de mi hermana Amelia. Deberíamos ir a recogerlo.
—Bernardo lo hará cuando haya dejado al doctor Herrero en su destino. —Marcos, solícito, estrecha la mano del susodicho y rodea sus hombros con un brazo—. Imagino que no habrá inconveniente en llamarte si la señorita empeora, Ismael.
—Por supuesto, Marcos. Señorita, encantado de haberla servido.
No puedo escuchar el resto de la conversación que mantienen, porque lo hacen mientras Marcos lo acompaña hasta la puerta. Al cabo de un rato, regresa con expresión preocupada.
—Bueno, por su cara deduzco que no está muy contenta con el resultado de la exploración del doctor —dice—. Pero me temo que somos mayoría a la hora de aconsejarla.
—Soy lo suficientemente adulta como para saber lo que me conviene sin que nadie se me adelante.
Él responde a mi indignación con las cejas alzadas y las manos sobre esas caderas estrechas que solo contribuyen a que mi confusión crezca, antes de lanzar a Matilde una mirada de entendimiento que me enfada todavía más.
¿En qué momento estos dos se han convertido en aliados?
—Lucía, ¿qué te parece si la señorita ocupa la alcoba que tiene la chimenea más grande?
—Perfecto, señor —responde la muchacha. Es en este momento cuando caigo en que ha permanecido aquí todo el tiempo, callada como una muerta—. La he limpiado hoy mismo.
—Pues no se hable más. —Me coge en brazos con la facilidad de un coloso cargando con una pluma, sin darme opción a protestar, y camina detrás de las dos mujeres—.
Puede usted agarrarse a mí, Esther —susurra junto a mi sien.
Desliza mi nombre como si se tratara de una caricia.
Siento el calor que exhala su aliento y contengo un escalofrío.
Este hombre sería capaz de disipar la niebla que nos rodea con solo mover el dedo meñique si no se esmerara en resultar irritantemente sarcástico.
O demasiado sincero, si tengo en cuenta lo que me ha llevado hasta donde me encuentro—.
No suelo cenar carne cruda antes de las nueve.
—Me parece que no es momento para bromas.
—¿Y quién dice que esté bromeando?
Emite una risilla queda que solo yo escucho y me aprieta contra él con más fuerza, como si temiera que un movimiento brusco por mi parte me hiciera caer.
Hace bien, porque es algo que considero antes de pararme a pensar en mi situación de desventaja.
Siseo algo entre dientes y me sujeto a su cuello, pero vuelvo la cabeza para que no vea mi contrariedad.
No quiero montar una escena ni comportarme como una niña caprichosa que no atiende a razones cuando lo cierto es que disfruto con el calor que emana de su pecho y que parece ralentizar el frío que me acompaña desde que bajamos de aquel maldito tren.
Tiene un cuello robusto, pero su piel en esa zona es suave hasta lo absurdo.
No debería atesorar esa clase de atributos ni comportarse de un modo tan caballeroso, como si realmente le interesara mi bienestar.
Debería ser lo más parecido a alguna de esas criaturas de leyenda que parecen atemorizar a estas gentes.
—El tercer escalón tiene uno de los tablones un poco suelto y chirría a nuestro paso. —Su voz me sobresalta—. En cuanto tenga un poco de tiempo lo repararé. Mientras tanto, le aconsejo que lo recuerde si no quiere agravar su estado.
Me mantengo en mi postura hasta que entramos en un dormitorio lo bastante grande como para colocar a los pies de la cama uno de los baúles que contienen mis vestidos.
Marcos me deposita sobre la cama con dosel de un modo tan cuidadoso que tengo que contenerme para no agradecérselo con demasiada efusividad.
En lugar de comportarme como una damisela en apuros, me incorporo cuando Matilde ahueca las almohadas para que pueda apoyarme en ellas y observo lo que me rodea.
Junto a la chimenea apagada, un tocador lo suficientemente antiguo como para infundirme respeto parece llamarme.
Al otro lado de la chimenea, una pequeña mesita auxiliar ocupa un rincón, copada por unos cuantos vasos y una botella de cristal que contiene vino tinto.
—Esta es la alcoba principal de esta casa, señorita. Podría añadir algún comentario más acerca de la cama que ahora mismo la acoge, pero me temo que sería desagradable y fuera de lugar, teniendo en cuenta los oídos que lo escucharían.
Tuerce la boca, dando a entender que piensa justo lo contrario de lo que dice. Espero la reprimenda de Matilde ante tamaño atrevimiento, como sería lo habitual en ella, pero en su lugar solo encuentro un silencio cómplice y un amago de sonrisa que no contiene a tiempo de que yo no me dé cuenta.
Vaya… Así que tengo que defenderme sola.
—Le sorprendería saber lo que estos oídos han escuchado —escupo con aspereza, satisfecha al comprobar que Matilde sí reacciona a mi comentario con expresión escandalizada.
—En otro momento lo comprobaremos. Ahora encargaré a Lucía que le prepare una cena liviana mientras su aya la atiende como es debido.
—No desearía ser una molestia.
Él se acerca a la chimenea y prende los leños como si no me hubiera escuchado, pero a continuación se inclina levemente en mi dirección.
—Usted nunca será una molestia. En ningún sentido. He pensado que esta noche le gustaría cenar en compañía de Matilde. A partir de mañana, me gustaría compartir con usted mi mesa, además del poco tiempo libre que poseo.
—Debe ser muy poco si se hace cargo de todo lo que me ha enumerado hace un rato.
—Soy joven, fuerte y vigoroso —afirma con una mirada intensa que me hace enrojecer.
No sé por qué, pero interpreto esos atributos con una intención que dista mucho de ser inocente.
Él sonríe, en apariencia satisfecho con la reacción que ha obtenido de mí—.
Puedo trabajar como una mula y enseñarle la casa para que compruebe que está libre de fantasmas.
Incluso podemos aventurarnos más allá de estas paredes.
No voy a permitir que esa curiosidad suya quede insatisfecha, ¿no te parece, Matilde?
—Sería una buena manera de que a mi niña se le haga el tiempo más llevadero, don Marcos.
¡Esto es el colmo! No solo no parece contrariada, sino que afirma lo que acabo de oír con toda la convicción del mundo.
Aprieto los dientes para contener mi ataque de ira y trato de pensar con frialdad. Y, cuando lo consigo, aparece un lugar en mi mente, tan claro como si lo estuviera viendo ahora a través de la ventana de la alcoba.
La laguna. Es lo primero que me viene a la cabeza con esa especie de invitación que parece divertirlo tanto como para abandonar su expresión preocupada y sustituirla por otra mucho más traviesa.