CAPÍTULO SIETE
Esther
P uedo comportarme como una dama ofendida por el atrevimiento de un caballero que ha ido demasiado lejos o puedo aceptar su desafío e intentar estar a la altura de su perspicacia.
—No me crea tan estúpida como para emitir juicios de valor por adelantado —acuso para salvar mi dignidad—. Por mucho que las circunstancias le apunten.
—¿Todas las circunstancias?
—Al menos, las que yo conozco.
—Vaya, veo que ha recogido el guante, señorita. No puedo negar que me alegra. Desde el principio he sabido que usted era diferente. Más enérgica, fuerte y decidida.
—Es poco probable que distinga esos rasgos cruzando unas cuantas palabras conmigo.
—Pero no imposible. Concédame al menos eso, ya que ha recabado información acerca de mí antes de pisar mis tierras.
—Da la impresión de estar aliviado cuando se sienta en el sillón que hay frente a mí, con la mesa de por medio—.
Nada más lejos de mi intención tacharla de estúpida.
Todo en usted parece proclamar una inteligencia poco usual.
Por eso pensé que no sucumbiría a las habladurías que me han dejado prácticamente solo en la inmensidad de tareas que me aguardan.
Esa es la razón por la que Bernardo y yo tuvimos que atender el parto de mi vaca.
—¿No cuenta con un trabajador para esos menesteres?
—Contaba. Soy de la opinión de que no se puede forzar la lealtad o terminará por explotarte en la cara. Sobre todo, cuando se ve afectada por las sospechas de un asesinato.
—¿Me está diciendo que se ha quedado sin trabajadores a raíz de la muerte de Andrés?
—Básicamente. Y, si los ataques anarquistas continúan en la mina, también me quedaré sin mineros.
—La montaña Negra… —susurro recordando las palabras del güelu.
—La llaman así por el color del carbón que aparece en las faldas del norte y del sur, todo lo que abarca la mina en su interior. Le puedo asegurar que, por muy pomposo que resulte el nombre, es tan vulnerable a los anarquistas como puedo serlo yo.
—¿Y su padre? ¿También lo fue?
—Por desgracia, sí. De hecho, llegó a enfermar de preocupación, aunque no ha muerto. —Una vez más, se adelanta a mis suposiciones con un talante tan gallardo que no puedo sino admirarlo—. No se escandalice, se lo ruego. No es la primera que lo supone al verme a mí en su lugar.
—Imagino que esos ataques anarquistas ya se han puesto en conocimiento de las autoridades pertinentes, que harán lo posible para que no se repitan, dada la posición de la persona que denuncia —añado con la esperanza de no perturbarlo hasta el punto de conseguir su silencio en lugar de la buena disposición que me está brindando.
—Por supuesto. Del mismo modo que la muerte de Andrés.
No lo dude nunca, Esther —responde con los labios estirados.
Ha recuperado esa serena seriedad que consigue intimidarme —.
Sí, acabo de utilizar su nombre. Porque si es usted capaz de insinuar mi desidia ante la muerte de Andrés, deduzco que hemos llegado a ese punto de confianza en el que ambos podemos prescindir de nuestros apellidos. ¿Me equivoco?
—Supongo que no… Marcos.
—Bien. Muy bien. Quizá así podamos continuar con nuestros respectivos arranques de franqueza sin que a ninguno le reconcoma la conciencia —apostilla, con las manos apoyadas sobre el regazo—. Apostaría lo que fuera a que en el pueblo han afirmado lo contrario. ¿Quién? ¿La familia de Andrés?
—Bueno, en realidad…
Lucía. Estoy a punto de confesarlo cuando caigo en la cuenta del perjuicio que le puedo ocasionar si soy indiscreta, así que cierro la boca de golpe, provocando en él una sonrisa condescendiente.
—No se preocupe, entiendo su reticencia. Además, siempre hay alguien para recordármelo.
—Un momento. Si está insinuando que ese alguien soy yo, mi visita ha terminado.
Intento ponerme de pie, ofendida, pero el dolor regresa para recordarme mi situación. Chillo sin poder contenerme y me balanceo hasta que choco contra el pecho de Marcos, que me sujeta con firmeza y me ayuda a volver a mi asiento.
—Yo nunca insinúo —murmura con voz queda sobre mi coronilla antes de apartarse—. No maté a Andrés ni a mi perra Linda. Ambos me resultaban más útiles vivos.
—Qué curioso que mida su inocencia en función de sus intereses.
—No soy un santo, pero tampoco un asesino de niños sin escrúpulos.
Andrés apareció muerto en mis tierras porque trabajaba para mí.
El asesino lo sabía. Y es posible que quisiera perjudicarme aprovechándose de la situación.
Pero no se paró a pensar en lo ridículo que hubiera resultado por mi parte dejar un cadáver aquí.
Habría sido como reconocer ante el mundo entero mi autoría, ¿no le parece?
Demasiado evidente. Soy un hombre muy conocido en la zona.
Para mucha gente, tanto amigos como enemigos.
Y de los dos voy bien servido, se lo aseguro.
Fue lo primero que le dije a la Guardia Civil antes de que comenzaran a interrogar a los vecinos del pueblo.
—Entonces, hicieron sus pesquisas.
—Por supuesto. La vida de un pequeño vaquero de ocho años es tan importante como la de cualquier otro, sea de la clase que sea.
Le puedo asegurar que me dolió mucho su pérdida.
Era un chiquillo encantador, muy trabajador y despierto.
Muy responsable. Lo que hicieron con él va mucho más allá de la posible intención de perjudicarme con el hallazgo de su cadáver en mis tierras.
Es obra de un ser abyecto y maligno, o de un loco sin remedio.
Pero créame si le digo que yo no me encuentro en ninguna de las dos categorías.
Me atrapa con la fuerza de sus palabras, con el sentimiento que destila de cada una de ellas. Tiene el rostro deformado por un dolor que parece verdadero. Ostenta poder y sabe cómo utilizarlo. Siento que el pecho se me abre por el dolor compartido, pero enseguida recupero mi frialdad.
Él no me conocía hasta este momento. No ha podido escribir la nota, al menos, la segunda parte.
Es posible que sea sincero. O puede que esté interpretando un papel a la perfección.
¿Un buen embaucador? ¿Un inocente?
Me inclino en su dirección y me apoyo en la mesa, molesta por esa dualidad que no consigo descifrar, aunque esté en disposición de hacerlo.
—Entonces, explíqueme por qué el asesino tenía sus mismos ojos —acuso sin pensar.
—Ya me dirá de dónde demonios ha sacado semejante información.
—Con un hondo suspiro, se apoya también en la mesa, a medio palmo de mi cara.
Yo no me muevo, pero no puedo evitar caer en la fuerza de su mirada hasta meterme dentro, casi en sus propios pensamientos—: ¿Por qué sus ojos son tan parecidos a los míos?
Ningún parentesco, ni siquiera lejano, nos une.
Usted y yo somos dos personas desconocidas que acaban de encontrarse.
Entonces, ¿por qué compartimos el color de ojos?
¿Quizá porque también lo compartimos con otras personas?
Me acaba de desarmar con una ofensiva que no admite réplica. Y lo que es peor, espera una respuesta. Es perseverante, perspicaz, y no se va a dar por vencido hasta que la obtenga.
—Escuché en el pueblo algo acerca del color de los ojos del asesino de Andrés —miento luchando para que él no lo note—.
Supongo que lo relacioné con usted en cuanto lo vi.
Discúlpeme si me he extralimitado, pero no puede echármelo en cara cuando, antes incluso de pisar su casa, veo una sombra paseándose al otro lado de esa preciosa claraboya suya, llamamos a la puerta sin que nadie nos abra y, a continuación, se presenta ante mí con sangre en las manos.
—Lucía no puede llegar a todos los lugares con celeridad. Está sola ahora mismo, a no ser que yo decida aceptar su recomendación acerca de Matilde.
—¿Lo hará?
—Es más que probable, dadas las circunstancias. Comprenderá que esta es una casa demasiado grande para ella. Puede que no esperara lo suficiente como para que la atendiera —me recrimina.
—Pero usted ha afirmado que estaba en las cocinas. ¿Es que ocupan la parte más alta de la casa?
—Se encuentran al otro lado de la puerta que hay bajo la escalera principal, junto a la escalera de servicio, que conecta directamente con el piso destinado a los criados.
Tras esa claraboya que ha llamado tanto su atención hay un cuarto donde guardo algunos juguetes que aún conservo de cuando era niño.
De vez en cuando pido al servicio que haga una limpieza a fondo.
Ahora mismo no lo recuerdo, pero es posible que se la haya encargado hoy a Lucía.
O también es posible que sea una tarea que tenía pendiente y que haya decidido llevar a cabo esta tarde.
—Se pinza el puente de la nariz, como estuviera harto de dar tantas explicaciones.
—¿Dónde tiene su sello?
—Pregunta audaz donde las haya. —Se mira los dedos, desconcertado, pero termina por sonreír—.
No suelo llevarlo cuando atiendo partos de vacas.
—Claro. Debería haberlo supuesto. Intento verlo bajo el prisma de la objetividad, pero no lo consigo—.
¿Considera que he defendido mi inocencia con suficiente vehemencia?
—Sí, si supiera por qué se ha tomado tantas molestias con alguien que acaba de conocer.
—Porque es usted una dama cuya visión crítica es mucho más profunda que la de cualquier otra que haya conocido hasta ahora.
Me han bastado unos minutos de conversación para averiguarlo.
Porque me siento obligado a causar buena impresión a la primera mujer de alta alcurnia que me visita en demasiado tiempo, aunque sus razones no tengan nada que ver con la etiqueta y las buenas costumbres.
Y porque, le guste o no, la considero tan inteligente como hermosa.
Ambas son cualidades que me obligan a sacar lo mejor de mí.
—Se ha acercado sobre la mesa lo suficiente como para que note el calor que emana de su aliento conforme va enumerando sus razones que, ahora sí, considero que son completamente verdaderas.
No pienso que ese ardor que me transmite con una de sus miradas pueda fingirse, ni tampoco el ímpetu con el que afirma que me considera hermosa.
Noto cómo mis mejillas se incendian y la saliva se me espesa en la garganta.
No estoy segura de qué actitud debo tomar, pero mi cuerpo responde como haría ante un pretendiente apuesto, agradable y envolvente en lugar de ante un posible depredador a punto de atacar; no despierta en mí el terror que espero, sino que me atrae como si yo fuera una pobre polilla y él, un haz de luz incandescente.
Hasta que se aparta de nuevo y deja espacio para mi escepticismo—.
De cualquier manera, opino que ha llevado su curiosidad demasiado lejos, ¿no cree?
—Fue usted quien pidió sinceridad. Solo me planteo ciertas preguntas.
—Que me he esmerado considerablemente en responder.
¡Ah, ya estás aquí! —exclama haciendo que me vuelva hacia la puerta.
Matilde lleva una bandeja con el vaso de sidra y la tisana mientras que Lucía la sigue con el paño envolviendo el hielo de la fresquera y una expresión asustadiza que no se va cuando contempla mi tobillo—.
La sidra está hecha con mis manzanas y tiene fama de ser de las mejores de la zona.
—Es Matilde quien me coloca el hielo en el tobillo mientras él se asoma a los ventanales, con los pulgares colgados de los bolsillos de su chaleco y un ceño fruncido que se despeja de pronto—.
Bueno, parece que estamos de suerte. Bernardo viene con el doctor.
Esperemos que todo haya quedado en uno de esos sustos que, al parecer, tiene usted a bien darnos, señorita.
No puedo evitar sonreír ante su mordacidad, aunque algo dentro de mí no deja de temblar.