CAPÍTULO SEIS #2
—No era para menos. Nos dio a todos un buen susto, pero, ahora que se ha repuesto, déjeme brindarle una bienvenida acorde con su clase.
No me queda más remedio que aceptar su ofrecimiento si no quiero parecer descortés, así que mis dedos abarcan su brazo firme mientras aprecio el paraje con disimulo.
—Veo que tiene curiosidad acerca de todo lo que rodea a la Casona.
Tanta como yo por saber qué más la ha traído hacia mí.
—Subimos los escalones de la entrada—. Me asearé y enseguida estaré con usted.
Bernardo, condúcelas al saloncito y dile a Lucía que prepare una de sus meriendas.
Le gustarán las vistas desde allí, señorita.
—No lo dudo, pero me temo que ya he merendado en casa de Amelia —objeto cuando lo veo afrontar la escalera central, que divide el enorme recibidor en dos partes casi iguales.
El tono oscuro de sus paredes se ve interrumpido por varias puertas cerradas.
Una de ellas, cuya madera es de menor calidad y que tiene el pomo más ajado, supongo que es la que da a las cocinas.
Aprecio con un simple vistazo los suelos de madera, en perfecta consonancia con los escalones, y la balaustrada de hierro forjado antes de que don Marcos me responda.
—He de suponer que, dado que Amelia todavía no se ha incorporado, no está en las mejores circunstancias físicas para hacerse cargo de nada —dice lanzando una mirada a Matilde.
—Amelia no se encuentra en condiciones de realizar sus tareas. Pero, dada su situación, Matilde y yo hemos venido a ofrecerle un arreglo. Mati es competente como la que más y puede ocupar el lugar de su hermana mientras…
No puedo seguir. Marcos desanda lo andado y coloca el dedo índice a un suspiro de mi boca. El verde de sus ojos se oscurece y su media sonrisa desaparece.
—Después, se lo ruego —pide—. No me siento cómodo hablando con usted en mitad de la entrada de mi casa, oliendo a vacas y sucio como un pordiosero. Me halagaría si, mientras me aguarda, disfruta de alguno de los dulces con los que, sin duda, Lucía la obsequiará.
—Señor, no me gusta interrumpir, pero me temo que su presencia es necesaria en otro lugar.
—Iré, Bernardo, iré.
No me pasa desapercibido su tono de fastidio, como si lo que acaba de pedirle constituyera un sacrificio, antes de desaparecer escaleras arriba. Bernardo lo observa un instante; a continuación, señala una de las puertas cerradas.
—Por favor, acompáñenme —ofrece con fría cortesía.
Lo seguimos en silencio hasta una estancia en penumbras, pequeña pero acogedora.
Sus paredes, empapeladas en tonos oscuros, dan una sensación de calidez que se acentúa con la chimenea colocada en una de ellas, que permanece apagada.
Al otro extremo, una mesa ovalada de madera maciza y aspecto robusto permanece rodeada por cuatro sillas tapizadas en los mismos tonos que el papel de las paredes.
Admiro el imponente retrato de un hombre muy parecido a don Marcos presidiendo la estancia con un atuendo de caza, apoyado en el cañón de una escopeta y con un mastín leonés tumbado a sus pies.
Me fijo en sus ojos, esperando que también sean verdes, pero me equivoco. Son de un color tan dorado como su cabello, pero desprenden frío, incluso crueldad. Parecen clavárseme en el pecho como una flecha lanzada con destreza cuando la mano de Matilde se enlaza con la mía.
—Es don Fernando, el padre de don Marcos —explica Bernardo.
—¿Es? Pensé que había muerto.
—Todo el mundo tiende a pensarlo. Suponen que don Marcos ha heredado todo lo que posee por la muerte de su padre.
—¿Y no es así?
—Disculpen el olor a cerrado. —Con esa frase, contundente y desagradable, elude deliberadamente la respuesta, demostrándome una vez más lo que opina de nuestra presencia. La animadversión es mutua al instante—. El señor la reserva para meriendas y atenciones a visitas ilustres.
Aguardamos a que descorra las cortinas por completo para que la claridad mortecina me dé directamente en los ojos. Y, con ella, el fogonazo que no puedo detener cuando distingo el dibujo de las cenefas que aparecen en la parte superior y posterior de la tela.
Son rombos.
Como los que el asesino de Andrés plasmó en su nuca.
Me quedo paralizada, incapaz de apartar la vista de ellos.
Tengo la sutil sensación de que sigo un reguero de pistas dejadas por el pequeño con la intención de terminar la ayuda que no pude prestarle.
Me da la impresión de que, pese a esa sensación, me acerco a un peligro cada vez más palpable.
Lo sé con la misma exactitud con la que dejo de percibir las voces de Matilde y Bernardo.
Solo capto un ligero aroma a flores mientras sigo mentalmente la serie de colores de los rombos.
Rojo, naranja, amarillo, color crudo y blanco. Rojo, naranja, amarillo…
Algo me sacude por dentro, pero no puedo resistirme.
Me veo a mí misma deslizando los dedos por una superficie muy parecida a esa.
Cierro los ojos y percibo su textura suave, tupida.
Podría servir para protegerme de la vista de cualquiera, pero no lo hace.
Hay alguien que me observa. Escucho su respiración agitada.
Noto su calor en mi nuca hasta conseguir que mi propia respiración quede congelada.
—Esther, no debes moverte o lo echarás todo a perder.
Grito tanto que siento cómo la garganta me arde.
Una mano se cierra en torno a mi brazo y me obliga a girarme, pero solo veo una silueta que soy incapaz de definir.
Me deshago de ese agarre y camino hacia atrás agitando las manos.
Los oídos empiezan a pitarme al mismo tiempo que la conocida sensación de vértigo me contrae el estómago.
Retrocedo cuando las sombras se acercan.
Siento los latidos de mi pulso reproduciéndose en cada rincón de mi cuerpo, como si fueran ecos del miedo que me impide pensar, que erige un muro entre la razón y el instinto más crudo y primario.
Gana el segundo. Tengo que marcharme de aquí, hacer justo lo contrario de lo que la voz que escuché a mi espalda me recomienda. Sé que procede de un ser maligno, lleno de podredumbre, con un alma negra. Y debo escapar de él si quiero sobrevivir.
Doy la espalda a las sombras y echo a correr, pero tropiezo con una de las robustas patas de la mesa.
Caigo de bruces en mitad de un dolor en el tobillo tan agudo que la visión, o lo que quiera que haya sido eso que me ha transportado a un escenario totalmente diferente y, al mismo tiempo, demasiado parecido al que me rodea, desaparece de golpe.
Ahora veo con claridad a Matilde, inclinada sobre mí.
Y a Bernardo, que sale en busca de don Marcos.
Oigo sus gritos de alarma. Siento los temblores que me hacen muy difícil agarrarme a Matilde para ponerme en pie.
Cuando lo consigo, una cuña de dolor me atraviesa desde el talón a la rodilla con tanta rapidez que tengo que apoyarme en sus hombros para no volver a caer.
Me provoca lágrimas, pero no las derramo, sino que sonrío.
Incluso me río, feliz de sentir el sudor empapando mi espalda, alborozada por apreciar el desconcierto en la cara de Mati.
De nuevo, estoy en mi presente.
—¡Por Dios santo, criatura! ¿Qué ha pasado?
En un momento estabas encantada con lo que Bernardo nos estaba enseñando y al siguiente ¡parecías enajenada!
¡No reaccionabas a nuestra voz! Ni siquiera parecías vernos.
¿Y ahora te ríes? —Sacude la cabeza y me ayuda a llegar a uno de los sillones, sobre el que me dejo caer.
Pasadas las primeras punzadas de dolor, empiezo a marearme, no sé si por mi tobillo o por lo que acabo de padecer sin razón aparente.
Me atrevo a mirar de nuevo los dibujos de las cortinas.
Nada. No percibo más que el olor que procede de las cocinas, imagino, y las voces de Bernardo y de don Marcos, que se presenta con una camisa limpia, un chaleco oscuro como sus pantalones y el pelo húmedo—.
Las albarcas son muy duras para un movimiento tan brusco como el que has hecho.
Matilde me las quita, pero es Marcos quien se arrodilla a mis pies.
—Déjame ver —le ordena con suavidad. Palpa el tobillo con cuidado, pero aun así tengo que morderme el labio para ahogar un grito de dolor.
Observo su cabellera rubia, sus manos elegantes.
Recuerdo las imágenes que me han acosado hace un momento y quiero, necesito, relacionarlas con él para apartarme sin que mi conciencia me lo recrimine, pero no lo consigo.
Solo me pregunto si ese cabello será tan suave como parece—. ¿Cómo ha ocurrido?
—Retrocedí sin mirar y tropecé con la mesa. Lo… Lo siento.
—No. Yo soy el que lo siente. Ha tenido un accidente en mi casa.
Me siento responsable. Bernardo, ve a buscar al doctor Herrero.
Si llevas la berlina, podrás traerlo antes.
Matilde, me gustaría que ayudaras a Lucía a preparar a la señorita una tisana, junto con un vaso de sidra y un poco de hielo envuelto en un paño.
La sidra, al igual que la infusión, calmará sus nervios.
Está tan pálida que temo que las consecuencias de la caída sean peores que lo que tengo entre manos.
Esperemos que el hielo baje la inflamación antes de que el doctor llegue.
—No creo que sea necesario. Estoy segura de que con sus remedios podré caminar en poco tiempo.
—Yo no lo estoy tanto. —La presión de sus manos aumenta ligeramente, como si quisiera enviarme el mensaje de que permanezca donde estoy.
Al pensarlo, un escalofrío me sacude. Es lo mismo que pretendía la voz que me obligó a huir—.
Mejor contar con la opinión de un profesional. Matilde, ¿me harías el favor?
—Por supuesto, señor.
En cuanto estamos solos, la actitud del dueño de la casa cambia. El verde de sus ojos adquiere ese matiz escalofriante que distinguí en mi sueño con Andrés mientras sus rasgos se endurecen hasta casi transformarse.
Intento apartarme, pero él pasa a sujetarme ambos tobillos.
—Ahora puede ser sincera conmigo. ¿Por qué no me cuenta la verdadera razón que la ha traído aquí?
—Ya se lo he dicho. Dado que Amelia no se encuentra en condiciones de regresar a su trabajo de forma inmediata, he decidido ofrecerle los servicios de Matilde por el tiempo que estemos aquí y hasta que Amelia se reponga.
—Respuesta equivocada. —Se va incorporando poco a poco, con las manos sobre los brazos del sillón y su cara tan cerca que puedo apreciar el sutil aroma a melisa que emana de su pelo.
Entrecierra los párpados. Se acerca un poco más.
Por un momento, tengo la absurda idea de que va a besarme, pero solo golpea la punta de mi nariz con el dedo antes de apartarse un poco—.
Adelante. Pídame que le hable del asesinato del pequeño Andrés.
¡Atrévase a averiguar si de verdad he tenido algo que ver!
Vamos, ¡acúseme como ha hecho el resto del pueblo!
¡Proclame que el señor Marcos de Gondán es un vil asesino de niños!