El umbral CAPÍTULO SEIS
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CAPÍTULO SEIS

Esther

E n cuanto cruzamos las enormes verjas metálicas que se pierden en la profundidad de la vegetación, entiendo la admiración que suscita.

Todavía nos queda un trecho hasta alcanzar la casa, pero los picos de dos de sus torres delanteras ya se vislumbran mientras avanzamos por el camino que se ensancha, cubierto por pequeñas piedras que hacen más fácil su tránsito.

Miro a derecha e izquierda, inhalando el suave aroma a tierra mojada y a humedad que va con la niebla que sigue bajando.

Aun así, distingo la multitud de tejos y robles que, combinados con diversos arbustos, componen una especie de escolta tan tupida que no se ve lo que hay al otro lado.

— Hay que tener mucho cuidado con el fruto del tejo. Podemos morirnos si nos lo comemos. Pero sabemos distinguirlo, ¿verdad? Y nadie nos puede engañar. Nadie.

No recuerdo haber tenido nunca una planta como aquella tan cerca.

Y, sin embargo, la voz que resuena en mis oídos me dice lo contrario.

¿Por qué cada vez aparece más a menudo, más nítida?

¿Por qué me deja detalles aparentemente absurdos, pero que llegan después de que alguno de mis sentidos los aprecie?

—Oscuridad y nobleza mezclados. Muy propio de don Marcos, sin duda —masculla Matilde.

—¿Cómo sabes lo que es propio de él?

—No lo sé, chiquilla. Solo miro lo que tengo delante y, unido a lo poco que vi de su persona, me compongo una idea. La necesitaremos para saber capear cualquier temporal que se nos presente.

Y tanto. Cuando al fin nos detenemos delante de la fachada de la Casona, contengo la respiración ante tanta magnificencia.

La inmensa fachada de piedra se ve interrumpida en su centro por varios escalones, del mismo material, que dan a una robusta puerta de madera y a un llamador dorado.

Toco los trozos de piedra que sobresalen entre los fragmentos de una enredadera que parece infinita, pero que respeta los huecos donde aparecen las ventanas.

Cuento tres pisos de ellas, cubiertas en su interior por tupidas cortinas que están descorridas.

Las situadas en la planta baja quedan unidas por un balcón enorme de forja, provocando un extraño contraste con esa alfombra verde que tiene su continuidad en los dominios del señor de Gondán.

No obstante, los balcones son más exiguos en la segunda planta, reduciéndose a dos.

En la tercera, tan solo aparecen tres ventanales, nada más.

Sus tejados son de pizarra oscura, como los de las casas humildes que conforman el pueblo, al igual que la piedra que rodea toda la enorme estructura, pero ahí termina el parecido.

Distingo dos grandes chimeneas que sobresalen por encima del tejado y cuyos picos cubre la niebla al igual que los de las cuatro torres hexagonales, que parecen poner el punto final a cada una de las esquinas de la colosal claraboya, que también admiro muy a mi pesar.

Doy un paso adelante en dirección al llamador dorado, pero algo llama mi atención en un lado de la claraboya. Una sombra cruza los cristales con la lentitud suficiente como para captar mi interés. La silueta se detiene en el centro y gira la cabeza en nuestra dirección, para después desvanecerse.

Posiblemente, sea el propio don Marcos, que acaba de vernos y se dirige a la puerta para recibirnos.

Llamo, pero nadie nos abre.

—Es extraño —afirmo bajando los escalones para echar un vistazo un poco más allá hasta distinguir otra construcción más pequeña, similar a una capilla, que precede a otros edificios de aspecto más desangelado—. Juraría que he visto a alguien pasar por la claraboya.

El sonido de un mugido parte el silencio que nos envuelve.

Miro hacia mi derecha para distinguir las paredes de lo que parece una nave para ganado y de donde, sin duda, ha surgido aquel sonido casi sobrenatural; pero, antes de que Matilde y yo nos dirijamos hacia allí, dos hombres nos salen al paso.

El primero de ellos, más joven, sostiene un paño que se pasa por los brazos.

Conforme avanza, distingo su envergadura.

Yo siempre me he considerado alta para ser una mujer, pero me saca al menos una cabeza.

Lleva una camisa arremangada, unos pantalones viejos que se ajustan a la perfección a un par de piernas robustas y unas botas altas, igual de sucias que el resto.

Me fijo en lo que se limpia con el paño y el pulso se me congela.

Es sangre, que salpica sus manos, desprovistas, eso sí, de sellos, y sus antebrazos.

Trago saliva para desviar los ojos de esas manchas y me las ingenio para ascender por la camisa de don Marcos hasta apreciar su mata de cabello, espeso y trigueño, que llega hasta la base del cuello y se riza justo ahí, otorgando a sus rasgos un aire mucho más atractivo y menos amenazante.

Siento un latigazo en pleno pecho que identifico como atracción.

No puedo sentir eso por un hombre que lleva escrita la palabra peligro en su frente arrugada mientras me mira, pero debo reconocer que así es.

Atracción nacida de una curiosidad malsana que me ha llevado allí.

Sostengo su mirada brillante de interés y me permito disfrutar del extraño efecto relajante que me provoca cuando nos sonríe.

—Buenas tardes nos dé Dios, señoras —saluda entregando el paño sucio al segundo hombre—. Disculpen mi aspecto, pero una de mis vacas acaba de parir. Dadas las circunstancias, Bernardo, mi ayudante de cámara, y yo, hemos tenido que ocuparnos; de ahí nuestro aspecto.

Su sonrisa abierta se transforma en otra ladeada, dirigida a mí, al igual que sus cejas alzadas, cuando comprendo que se refiere a las manchas de su camisa.

—Buenas tardes —saludo después de llenarme los pulmones todo lo que mi corsé me permite—. ¿Un ayudante de cámara atendiendo el parto de una vaca? ¿Y tan mayor?

—Alguien con su experiencia es oro en paño cuando andas tan escaso de personal como yo lo estoy ahora mismo. ¿Verdad, Bernardo?

—Como usted diga, señor —advierte el hombre igual de tieso que hace un rato, aunque con un brillo desdeñoso en su mirada.

No le gustamos. No aprueba nuestra presencia, aunque se cuidará mucho de decirlo en voz alta.

—Vaya. Me halaga recibir tantas explicaciones, don Marcos —comento.

—Y a mí, su sinceridad. Algo que aprecio en todos, y más cuando es una mujer quien la exhibe con tanta naturalidad, señora…

—Esther Llamazares —me presento, incapaz de escapar a ese influjo de simpatía y tranquilidad que parece transmitirme con cada uno de sus gestos y un tono de voz tan envolvente como sereno.

Realmente, es un hombre muy guapo, con un cuerpo firme de anchas espaldas y estrechas caderas, producto de un trabajo que no le importa realizar—. Y soy señorita, si no le importa.

—Señorita Esther, entonces. Veo que no ha acudido sola a mi casa, como debe ser. Lo cual me indica que ya se encuentra mejor después de lo ocurrido esta mañana.

—Solo fue producto de la situación en la que me hallaba.

—Es comprensible, aunque no entiendo muy bien su presencia en el entierro de Benito. No sabía que tuviera familiares tan desahogados económicamente.

—Y no los tiene. Decidí acompañar a mi aya Matilde, aquí presente, que es su cuñada, en el trance.

—Algo que la honra, sin duda. —Como si tuviera delante a otra dama, Marcos se inclina hacia ella, toma su mano y se la lleva a los labios sin llegar a tocarla—. Encantado de conocerla, señora. La acompaño en el sentimiento. Benito era un gran hombre.

Entonces comprendo la razón por la que nos vemos afectadas por ese magnetismo que despliega sin ningún pudor.

Parece saber exactamente cómo actuar en cada ocasión.

El rostro apuesto, que ha brillado con luz propia gracias a una sonrisa y a un par de ojos verdes que parecen sacados de mi propia cara, se transforma en un ejemplo de seriedad cuando se dirige a Mati.

La trata con la consideración debida a una dama, y ese respeto obra milagros.

Veo cómo su expresión reservada se suaviza cuando asiente, como respuesta, antes de bajar la mirada, azorada como una chiquilla.

—Es usted muy amable, don Marcos —murmura sin atragantarse.

—He de serlo cuando tengo el honor de recibir la visita de toda una señorita de alta alcurnia. Hija de don Arturo Llamazares, según tengo entendido.

—¿Lo conoce usted?

—He oído hablar de él y de la calidad de sus olivas.

Solo comparable a la calidad de mi carbón, por supuesto —añade con un punto bromista—.

No estoy vestido para la ocasión y dudo mucho que Lucía haya podido preparar algo después de lo ocurrido, pero le prometo que, una vez en mi casa, me adecentaré y usted recibirá la atención merecida, señorita.

Por cierto, ¿no han pasado por allí antes?

—Sí, pero nadie nos abrió cuando llamamos —señala Matilde.

—Esa muchacha… La dejé en las cocinas hace demasiado tiempo. Bernardo, adelántate y avísala de que tenemos visita.

—Sí, don Marcos.

El hombre desaparece, dejándonos solas con su patrón.

—Parece que la señorita está más agotada de lo que aparenta, lo que no es de extrañar si han venido a pie y con ese calzado —apostilla señalando mis pies—. He de reconocer que es muy práctico pero poco cómodo, sobre todo, para alguien que no está acostumbrado a llevarlo.

—De donde yo vengo, esto no es necesario. La lluvia es tan escasa como aquí parece serlo el sol.

—Ah, pero le aseguro que aquí el sol también sale.

Siempre es posible verlo en los lugares más insospechados y en las personas más inesperadas con solo desearlo.

—Parece paladear la última palabra, o tal vez me lo parece, cuando agita mínimamente su brazo para que yo me apoye en él—.

Vamos, no irá a rechazar mi ofrecimiento, ¿verdad?

A no ser que haya venido a eso en concreto.

—He venido a agradecerle sus atenciones. Me dijeron que cargó conmigo hasta la casa de Amelia.