El umbral CAPÍTULO CINCO
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CAPÍTULO CINCO

Esther

— A y, doña Esther, Matilde tenía razón: es usted un ángel caído del cielo. No merece un alojamiento como el que yo puedo ofrecerle. Mejor haría en quedarse en la Casona cuando don Marcos acepte a mi hermana como mi sustituta.

Me tomo mi tiempo en responder. Amelia se encuentra acostada en una cama tan estrecha como la que me ha cobijado a mí hace un momento. Su trenza, de un gris mucho más claro que el de Matilde, se balancea sobre su pecho a medida que ella habla apoyada en un par de almohadas.

Ese cuarto es tan pequeño y humilde como el que acabo de abandonar. Al otro lado de la puerta, una estancia igual de lúgubre, presidida por una pequeña chimenea, hace las veces de cocina y comedor, puesto que no hay más habitaciones en la casa.

Está claro que, si Matilde y yo nos quedáramos allí, provocaríamos un pequeño gran desastre a esa familia, pero lo que acaba de sugerir Amelia es poco menos que un pecado mortal para mí.

Abro la boca, dispuesta a desmentir lo que acabo de oír, cuando Matilde se me adelanta.

—También está la posada de Clara. Seguro que tienen una alcoba para la señorita Esther —dice apretándome la mano para que no la interrumpa—. Si don Marcos acepta mi propuesta, yo podría quedarme en la Casona.

—Pero ¿sabes lo que estás diciendo? —Los ojos de Amelia se abren desmesuradamente, como si acabara de ver un fantasma—.

La pobre Clara apenas atina a poner un pie delante de otro después de la muerte de su pequeño Andrés y de la salud de su Rosita.

Además, debe hacerse cargo del güelu Antonio.

Desde lo de Andresito, anda por ahí recitando pasajes de la Biblia y entonando cánticos para espantar esta niebla que de buenas a primeras parece que no quiere irse del pueblo…

—Cierra un momento los ojos. Cuando los abre, se fija en mí—.

Señorita, en contra de lo que se dice desde hace un tiempo, la Casona es el mejor lugar del pueblo, se lo aseguro.

Andrés murió en las tierras de don Marcos, pero me apostaría la cabeza a que él no tuvo nada que ver.

—Es su patrón, Amelia. Hasta cierto punto, es lógico que hable así de él.

—Es posible. —Con un suspiro, me palmea la mano antes de dejarse caer sobre las almohadas—. Gracias por permitirme descansar. Necesito pensar qué voy a hacer ahora sin mi Benito…

La dejamos y emprendemos el camino a la Casona. Ha dejado de llover, pero, en su lugar, las nubes parecen haber descendido de los picos de las montañas para bañar el pueblo de gotitas casi invisibles que conforman hilos de una neblina que amenaza con ser más espesa.

Matilde se cubre la cabeza con su toquilla oscura y me insta a mí a hacer lo mismo.

—¿La Casona, el mejor lugar del pueblo? —pienso en voz alta—. No quiero imaginar cómo será el resto. Y todo desde que Andrés murió. Me parece un juicio precipitado.

—La muerte de un niño siempre es algo devastador, no solo para su familia. Si, además, se produce en circunstancias violentas y, aparentemente, el culpable está claro a ojos de todos…

Deja la frase en suspenso. Yo la termino en mi mente. Marcos de Gondán lo es para la mayor parte del pueblo. La diferencia estriba en el poder que la riqueza le proporciona y que deriva en una inmunidad casi absoluta basada en el miedo.

Si supieran lo mismo que yo… Debo encontrar la manera de contarlo de forma que suene creíble y me exima de una culpa que no tengo, porque, si pienso en él, tengo la sensación de estar a punto de caer en algo importante que de momento se me escapa.

Claro que no se me ocurre nada más importante que el asesinato de un niño, pero, mientras una parte de mí intenta convencerse de que lo que acabo de experimentar forma parte de un pensamiento absurdo, o de una coincidencia estúpida, otra parte se asusta al sentir que el más creciente y profundo de mis miedos puede estar justificado.

Hasta que nos encontramos con el güelu y mi idea de sufrimiento se diluye.

Es un hombre demasiado viejo como para saber cuánto, vestido con ropas medio raídas, una boina mal colocada sobre la cabeza y un cigarrillo de los de liar colgado de los labios.

Está sentado sobre el poyo de una de las casas de piedra un poco más grande que las que le preceden y le suceden, con un cartel de metal que chirría cuando el ligero viento lo mueve, colgado de una barra, y que reza: «Posada Clara Bella».

Así que ese es el alojamiento al que pretendía ir Matilde.

Sinceramente, no parece tener movimiento alguno de clientes.

El silencio que sale de su puerta entreabierta es casi tan sobrecogedor como el aspecto del güelu, con su bastón de avellano a medio palmo de su mano mientras permanece impertérrito, como si la humedad de la neblina no lo afectara en absoluto, con la mirada perdida en sus propios pensamientos, hasta que me ve.

—Buenas tardes, señor Antonio —saluda Matilde, ajena al cambio que se produce en él.

De repente, sus ojos adquieren toda la vida que perdieron en su momento, el cigarrillo se le cae al suelo cuando abre la boca con asombro, y la mano apenas le tiembla al coger su bastón para ponerse en pie y caminar renqueante hacia nosotras—.

¿No me conoce? Soy Matilde, la hermana pequeña de Amelia.

Me he enterado de lo que ocurrió con su nieto, el pequeño Andrés. Lo acompaño en el sentimiento…

—Gracias. —Toma una de las manos de Matilde y la besa. Me doy cuenta de que su gratitud no es por el pésame, sino por algo mucho más importante para él—. La has traído. A ella —añade con la voz rota señalándome.

Me invade una sensación de ingravidez que no he conocido hasta el momento.

Estudiando con más detenimiento los rasgos de su cara, el mensaje oculto de cada una de sus arrugas, me doy cuenta de que esa sensación emana de él.

De hecho, me alegro de conocerlo y de que él pase su palma callosa por mi mejilla, por mi frente, como si necesitara asegurarse.

—La señorita es la hija de mis patrones y me ha acompañado en el viaje, güelu —asegura Matilde.

—Nos conocemos. —Asiente con lentitud—. Tú sabes lo que ocurrió con mi Andrés, guaja. Está enterrado ahí arriba —añade al mismo tiempo que se da la vuelta y señala el cementerio—. Le quitaron los ojos, para que no viera.

—¿Qué era lo que no debía ver?

—Los pecados. —Sus manos huesudas se aferran de repente a mis brazos con tanta fuerza que me hace daño—. Las faltas de otros. La rabia y el odio que van a rodear este pueblo. El dolor. Pero le dejaron su impronta grabada en la nuca. Los rombos…

Matilde decide intervenir. Con todo el disimulo posible, tira de mí hasta que me veo libre de las manos del güelu.

—Don Antonio, está usted muy afectado por lo de su nieto, es comprensible, pero…

—«Oh, señor, Dios de la venganza, oh, Dios de la venganza, ¡resplandece!» —entona de pronto, con los brazos elevados hacia el cielo y las pupilas clavadas en las mías, como instándome a que continúe con lo que ha empezado a recitar.

—Salmos 99:8 —añado de forma mecánica.

El güelu me sonríe muy lentamente, aprobador.

—Eso decía la nota que encontraron en el bolsillo de los pantalones de mi nieto, guaja. El sargento me la leyó.

Como si toda su lucidez no hubiera sido más que un espejismo, mira alrededor y entra en la posada. Al rato, sale de forma precipitada con algo en la mano, seguido de una mujer vestida de riguroso luto que, supongo, es la madre de Andrés.

—¡Padre, vuelva aquí ahora mismo! —vocifera intentando atraparlo por la espalda de su chaleco viejo antes de que él tome mi mano y deposite en ella el trozo de papel, justo cuando su hija logra controlarlo—. Señorita, perdónelo. Desde lo de mi pequeño, no sabe lo que hace ni con quién.

—¡Ten un poco de respeto por tu padre! —escupe el güelu, molesto ante la alusión a su aparente demencia. La mujer, medio encorvada sobre él y que aparenta muchos más años de los que en realidad tendrá, se dirige a Matilde y le palmea las manos.

—Matilde, cuánto tiempo —dice con la tristeza impregnando cada una de sus palabras, tan carentes de vida como su propio gesto. Vacías, como si el sufrimiento ya le hubiera sacado todo lo bueno—. Perdóname. No te he dado el pésame por la muerte de tu cuñado, pero las circunstancias…

—Son las que son, Clara, no te preocupes. ¿Y Cosme? ¿Qué tal está?

—Mejor que el pobre Benito, eso sí. Pero la mina terminará por comérselos a todos.

Hoy ha sido el primer día de trabajo desde que mi niño…

—Sus ojos se llenan de lágrimas antes de terminar la frase—.

Bueno, el patrón le brindó el tiempo que necesitara, pero a Cosme no le gusta perder el tiempo y faltar al trabajo, por mucho que esos anarquistas del demonio intenten sabotear la mina.

Está allá arriba mientras yo me encargo de mi Rosita, que nunca está bien del todo, y ¡de este hombre cabezota que no atiende a razones!

—concluye señalando a su padre, que la ignora por completo.

Parece completamente concentrado en mí y en el papel que ya empieza a quemarme la mano. Cubre mi puño con sus dedos y me susurra:

—La desgracia va a cebarse con este pueblo maldito.

Andrés es el segundo. Antes hubo otro. Vendrán dos más.

La hora de la venganza ha llegado, pero tú puedes impedirlo.

Puedes hacer que la montaña Negra no albergue más muertes.

Que el Nuberu se vaya y que el Patarico regrese al mar y deje de comerse a los niños que ha tenido cautivos…

Se agacha con sumo esfuerzo y recoge el cigarrillo que se le cayó de la boca hace un rato.

De sus labios se suelta un hilillo de baba que no impide que quede atrapado de nuevo entre ellos cuando él, mucho más renqueante que antes, se aleja de nosotras en compañía de su hija, con la mirada de nuevo perdida, como si ese breve y desconcertante encuentro no hubiera tenido lugar, para volver a ocupar su sitio en el poyo de la puerta.

Matilde ni siquiera se despide de él. Le da un beso a Clara y me insta a seguir nuestro camino.

—No le hagas caso, mi niña. Tiene la cabeza ida, pobre hombre. No ha soltado más que insensateces.

—¿Y este papel que me ha dado a escondidas?

—Me detengo y lo abro mientras las palabras del güelu resuenan en mi cabeza.

Andrés habría sido el segundo, luego hay un primero.

Y detrás de él asegura que vendrán tres más.

Cuando leo lo que reza el papel y aprecio su calidad y la caligrafía impresa en él, el nudo de mi estómago me comprime de tal manera que no soy capaz de respirar con soltura—. ¡Oh, señor!

—¿Qué ocurre?

—Aquí está la cita bíblica. —«Bienvenida a mi mundo, Esther.

Aquí tienes la primera pista. Vendrán más».

Eso es lo que acompaña a la cita, y provoca en mí una sucesión de escalofríos que me impiden comprender por qué mi nombre aparece ahí—.

¡El asesino me ha nombrado, Matilde! ¡Y el güelu sabía que era yo la Esther que aparece aquí!

Dudo mucho que él o alguien de su familia sepa escribir.

Y, aunque supieran, no creo que sus ingresos les permitan comprar papel de cualquier calidad, buena o mala.

¿Sabes lo que quiere decir esto? ¿Intuyes quién puede permitirse este papel?

—No digas tonterías, Esther —murmura sin demasiada convicción—. Nos dirigimos a la casa de un hombre poderoso, a prestar mis servicios en lugar de mi hermana. ¡No voy a dejar que lo eches todo a perder por perseguir una sospecha sin fundamento!

—¿Sin fundamento? ¡Explícame entonces qué hace mi nombre aquí escrito!

—Hay muchas muchachas con tu nombre. Sin ir más lejos, aquí conozco un par. —Pero su semblante está cada vez más pálido y sus ojos, más huidizos—. La mente de ese hombre confundiría una manzana con un limón. No puedes tenérselo en cuenta.

—Pero sí debo tener en cuenta el respeto que el poder de don Marcos inspira en este lugar.

—Me planto delante de ella con las manos en las caderas y sonrío—.

Si tiene algo que ver con la muerte de Andrés, nadie se atreverá a acusarlo.

Si no hacemos nada, la memoria de Andrés quedará en el olvido, igual que el mensaje que quiso enviarme y que su abuelo acaba de repetirme.

Cojo aire después de mi acalorada exposición, dispuesta a pelear hasta el final por lo que creo de justicia divina, pero no veo en ella la oposición que esperaba encontrar. Solo los primeros signos de un enfado que, como siempre, se quedará en mucho menos de lo que aparenta.

—Te estás obsesionando con ese asunto de los sueños —dice al cabo de un rato, reanudando la marcha, segura de que voy a seguirla—. Las obsesiones no son buenas, niña.

—¿Me quieres dar a entender que lo que hemos escuchado son divagaciones de loco? ¿Que este papel es una invención suya? —Antes de que me responda, añado—: Entonces, ¿puedes decirme qué es el Nuberu o el Patarico?

—El Nuberu provoca esta molesta niebla que parece que no se irá nunca, y el Patarico es un ser enorme, peludo y con una gran fuerza, que se alimenta de náufragos y niños a los que con anterioridad ha acogido como criados y ha engordado convenientemente.

Pero tú, una muchacha inteligente y moderna, no creerás en nada de eso, ¿verdad?

No respondo, aunque intuyo que las palabras del güelu no tienen que ver con supersticiones, sino con algo tan inexplicable como mis sueños, pero igual de real.