El umbral CAPÍTULO CUATRO
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CAPÍTULO CUATRO

Esther

D os ojos terriblemente parecidos a los míos tienen la culpa de mi desmayo.

Y pertenecen a Marcos de Gondán.

La deducción me hace desfallecer. Todavía me encuentro aturdida y con el estómago revuelto cuando parpadeo y respiro hondo, libre del corsé y la chaquetilla, pero tumbada sobre un catre cuyas sábanas ásperas me raspan la piel.

Me recibe la penumbra de un cuarto con un ventanuco demasiado pequeño, un arcón medio roído a los pies de la cama y una mesilla de noche a mi derecha, con un quinqué apagado sobre ella.

Matilde se encuentra sentada en el borde de la cama, con una bandeja de algo que huele deliciosamente acompañado por un enorme vaso de leche tibia.

—¡Menudo susto nos has dado, criatura! ¿Ya te encuentras mejor?

—Sí, Mati —respondo con aplomo, hasta que recuerdo el breve relato de Lucía acerca del destino de Andrés y la garganta se me cierra. Me aferro a sus manos con tanto ímpetu que a punto está de volcar la bandeja—. ¡Era él! ¡El hombre de mi sueño! ¡Marcos de Gondán!

—Pues sí que te causó impresión. Reconozco que es guapo, qué caray, pero de ahí a desmayarte…

—¡No entiendes! ¡Sus ojos son los mismos que vi en mi sueño, a través de la niebla!

Matilde frunce el ceño.

—Suponiendo que lo que soñaste fuera real, das por hecho que la persona que estaba con el niño cuando estableciste contacto con él es la misma que acabó con su vida.

—Lucía me lo contó sin saber que yo conocía la historia de Andrés. De acuerdo, he dado por hecho que ese hombre es el mismo que lo atacó, ¡aunque reconoce que tengo mis razones!

—Puede ser que estés en lo cierto o puede que no, pero no creo que tengas intención de dar explicaciones al respecto, ¿verdad? —Cuando asiento, ella me pone la bandeja sobre las piernas—. Anda, tómate esta merienda, que Lucía se ha esmerado con los frixuelos, aunque no sea la época.

— ¡Qué bien huele! ¡Y qué hambre tengo! ¡Gracias por hacerme mi desayuno preferido!

Me encojo cuando escucho esa voz de nuevo.

Soy incapaz de identificar si pertenece a un hombre, a una mujer o a un niño, pero sus ecos me golpean en el vientre como si fueran un puño con la intención de dejarme sin respiración.

De pronto, visualizo ese dulce cubierto con mermelada de mora.

Sé que me gusta, porque noto el aumento de saliva en mi boca, como si en realidad estuviera deseando algo que no tengo.

—Ay, me he olvidado de ellas por completo —digo, empeñada en aparentar que sigo recuperándome de ese estúpido desmayo—. ¿Cómo están? ¿Y dónde?

—Mi hermana está en el otro cuarto, recuperándose, la pobre. Pero Lucía ha tenido que ir a atender sus quehaceres en la Casona, como si no acabara de enterrar a su padre.

—Ese hombre es cruel.

—Es un patrón. Y los patrones pueden requerir los servicios de sus criados sea el momento que sea.

—Yo no soy así. Ni espero serlo. Por lo menos, que mis años en el orfanato sirvan para algo.

—Tú tienes una posición ventajosa gracias a tus padres, mi niña. No la desaproveches. Ni juzgues en general por los actos de unos pocos.

—¿Unos pocos? Seguro que también has oído lo que ocurre con algunos terratenientes en los pueblos pequeños como el nuestro, o como este. Se aprovechan de su poder para influir en determinadas decisiones e inclinar la balanza a su favor en aquello que les interesa.

—Eso es apuntar muy alto, me parece a mí, en lo que a ese caballero se refiere. Se ha mostrado muy preocupado por tu estado, Esther. Incluso se ofreció a traerte aquí, en vista de que no reaccionabas.

—¿Me ha…?

—¿Y qué querías? Entre las tres no podíamos contigo. Él se mostró muy solícito. De hecho, nos pidió encarecidamente que le informáramos acerca de tu estado.

Claro. Necesita saber cómo está la única persona que puede delatarlo.

En el caso de que todo ocurriera como me imagino.

Doy un mordisco a uno de los frixuelos mientras pienso que, a lo mejor, él estaba allí porque Andrés cuidaba de sus vacas dentro de sus tierras.

Que, a lo mejor, ni siquiera me vio en mi sueño, sino que solamente miró en mi dirección.

Que puede ser que no me conozca de nada y solo se haya fijado en mí en el cementerio porque le resultó curiosa la presencia de alguien extraño en el entierro de un parroquiano.

Tengo que hacer un esfuerzo para tragar el frixuelo, porque siento cada miga atravesar mi garganta encogida, como si dos grandes manos intentaran estrangularla.

Pero nadie me está tocando. Ni siquiera Marcos de Gondán.

Lo último que recuerdo de él es un rostro atractivo, de rasgos fuertes, pómulos altos, nariz recta y mandíbula cuadrada, perfectamente rasurada, con unos labios generosos que se abrieron en el instante en el que me desmayé.

Llevo demasiado tiempo sufriendo mis sueños premonitorios y sus consecuencias como para no saber que siempre han tenido un propósito. Ahora está claro que lo hay y que guarda relación con Marcos de Gondán, alguien que existe.

¿Y si Andrés quería enviarme un mensaje?

Podría darse la circunstancia de que, de alguna forma, haya intentado llevarme a donde estoy ahora mismo para que pueda desentrañar el misterio de su asesinato.

No existen las carambolas ni la casualidad, pero ahora empiezo a dudar al mismo tiempo que contemplo la posibilidad de acercarme al hombre cuyo nombre pronunció Andrés con el único objetivo de descubrir su grado de implicación.

Aparto la bandeja y me incorporo.

—¿Ya te encuentras con fuerzas? —inquiere Matilde—. Porque Amelia me necesitará.

—No te preocupes. Ve con ella, que yo prefiero salir a dar un paseo por el pueblo, si es que ha dejado de llover por fin.

—No es correcto que pasees por ahí tú sola como si fueras la hija de un minero en lugar de la heredera de un cortijo.

—Tú serías una compañía la mar de adecuada, pero tu hermana te necesita.

—Y me seguirá necesitando. —Echando mano de su gesto característico, arruga un pliegue de su falda y me mira contrita—.

Está demasiado débil como para acudir a su trabajo durante una temporada.

Si no descansa, enfermará como su marido.

Había pensado en relevarla para que no se vea perjudicada y pueda reponerse, pero dudo mucho que don Marcos acceda así, por las buenas.

—Tal vez no por las buenas, pero sí con la persuasión adecuada.

—¿A qué te refieres? ¿Y a qué viene esa sonrisilla que me pone los pelos de punta?

La sonrisilla en cuestión se amplía porque, sin ella saberlo, me ha dado el instrumento para acercarme al señor de Gondán. Es algo inexplicable, pero cada poro de mi piel me exige encontrar la explicación que busco. Él no me conoce. Nunca sospecharía de mí ni de mis intenciones.

—Tú misma lo has dicho, Mati. Me parece de buena educación presentarle nuestros respetos.

De paso, le ofreceré los servicios provisionales de mi aya, que es única en cualquier clase de trabajo doméstico.

Ya viste que me reconoció en el entierro, a pesar de que no conseguí decirle mi nombre antes de quedar en evidencia.

Se fiará de mi palabra, aunque solo sea por mi alta alcurnia.

—Yo puedo ser única en los menesteres que tengan que ver con los niños, pero no creo que ese hombre me necesite en ese aspecto. Si tiene hijos, también tendrá institutriz.

—Podemos comprobarlo de cerca. Vamos, ayúdame a vestirme —casi ordeno justo antes de lanzarle el corsé para que me lo anude—. Supongo que tendremos que abrigarnos un poco antes de salir. Esta humedad que se te mete en los huesos…

—Sí. —Con una mueca de resignación y poco convencimiento, saca del arcón un par de zapatos de madera y me los da—. Se llaman albarcas, son muy prácticas. Así al menos salvaremos los bajos de tu vestido mientras hacemos esa visita en la que estás tan interesada.

—Estamos, Mati. Estamos. Recuerda que tu familia saldrá beneficiada.

Qué menos después de su hospitalidad y de ver la humildad en la que viven.

Se lo merecen. Quiero ayudar en la medida de lo posible mientras esté aquí.

—Una vez que tengo puestos el corsé y la chaquetilla de terciopelo de mi traje color vino, la atrapo por los hombros y le doy un sonoro beso que hace brillar sus ojos de emoción.

Tanta que necesito ser sincera con ella—.

Aunque te parezca descabellado, estoy casi segura de que la laguna hacia la que quería llevar a Andrés en mi sueño se encuentra dentro de los terrenos de ese hombre.

—¿Cómo estás tan segura?

Paso por alto el hecho de que no se haya mostrado tan sorprendida como yo esperaba y me encojo de hombros mientras busco las palabras adecuadas, sin encontrarlas.

—No lo sé —digo al final—. Solo sé que debo seguir mis instintos.

Una vez más, en contra de lo que su cara dice, Matilde aprieta los labios, como si se contuviera antes de decir una inconveniencia, tensa su cuerpo rollizo y asiente.