El umbral CAPÍTULO TRES #2
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CAPÍTULO TRES #2

—Madre no estará en condiciones por una larga temporada.

Se ha pasado demasiados días sin apartarse de la cama de padre, cuidándolo mientras yo atendía las obligaciones de ambas en la Casona.

Sé que no se ha alimentado bien, y que la pena la ha ido royendo por dentro hasta dejarla demasiado débil.

Después de hoy, necesitará tiempo para reponerse.

No creo que el patrón sea tan benevolente como para concedérselo, y eso que generoso es un rato.

—Inclina la cabeza cuando nos detenemos frente a la fosa y los enterradores comienzan a echar tierra sobre el ataúd mientras los gritos de Amelia apenas son mitigados por Matilde—.

No sé cómo vamos a sobrevivir ahora que padre se ha ido.

—No te preocupes. Os ayudaremos. Si nuestra presencia es más una carga que un alivio, yo…

Me quedo callada cuando levanto la cabeza y mis ojos registran movimiento varias tumbas más allá.

Lo suficientemente lejos para no distinguir detalles, pero lo bastante cerca para apreciar la figura oscura que, de espaldas a todos nosotros, permanece a los pies de otra tumba, con las piernas abiertas, como si le costara mantener el equilibrio, las manos anudadas hacia delante y la cabeza baja, imagino, en señal de respeto.

Es un hombre alto cuyo elegante sombrero se está arruinando por la lluvia, de la que no se guarece con un paraguas.

De buenas a primeras, el responso del señor cura suena lejano en mi cabeza, como si formara parte de un eco cada vez menos audible, igual que la respuesta del resto del pueblo.

Y todo por la sencilla razón de que él se gira, como si sintiera mi curiosidad y decidiera satisfacerla.

La inquietud que me ha incomodado desde que llegamos aquí se diluye.

También el hormigueo de incertidumbre que parece instalado en las palmas de mis manos.

Un aura de oscuridad lo rodea, envolviéndolo como un tétrico sudario que debería hacerme desviar la mirada de la suya, si no por decoro, sí por temor.

Pero es que no siento temor. Solo una curiosidad insana cuando compruebo que una pareja, un hombre demasiado mayor como para andar sin la ayuda de un bastón y una niña pequeña se acercan a él.

La cicatriz de mi nuca vuelve a molestarme. Me la toco esperando aliviar las punzadas, pero, cuando me fijo mejor en las personas con las que el desconocido interactúa, me olvido.

Los conozco. Podría distinguirlos entre una multitud de gente.

Son el güelu Antonio, los padres de Andrés y Rosita, su hermana pequeña.

Tengo los ojos fijos en ellos y el corazón repiqueteándome en el pecho como campanas de iglesia ante la visión del desconocido cuando Lucía me sujeta por el brazo.

—¡Señorita Esther! ¿Se encuentra bien?

—No. —Señalo con el dedo al hombre que acaricia la cabeza de Rosita y palmea el hombro de su padre—. ¿Cómo se llama?

—Es el patrón. Don Marcos de Gondán. El dueño de la Casona, además de la mina en la que trabajaba padre.

También trabaja allí Cosme, el padre del pobrecito Andrés.

—Siento que la sangre abandona mi cara, que huye por mis venas y se esconde en un lugar donde ni siquiera yo puedo encontrarla.

Soy incapaz de pronunciar palabra, pero logro asentir—.

El pueblo todavía está consternado por su muerte.

Era vaquero, pero alguien lo asesinó en las tierras de don Marcos después de arrancarle los ojos.

Además, le dibujó unos rombos en la nuca…

Seguro que el güelu puede ponerla en antecedentes en cualquier momento, si es lo que desea.

Ese hombre ha sufrido lo suyo, pero aún conserva parte de su cordura.

—¿Nadie lo ha investigado?

—El señor de Gondán instó a la Guardia Civil a que removieran cielo y tierra para encontrar al culpable, aparentemente.

—¿Aparentemente?

—Nadie va a inculparlo en su propia casa y con el poder que ostenta. Mueren niños todos los días y de todas las formas. Aquí nadie se fía demasiado después de tantas desgracias seguidas. Andrés fue encontrado en las tierras del patrón, pero ahí lo tiene, tan inocente como un bebé recién nacido.

Mis ojos se quedan clavados en la figura oscura que, ahora sí, se ha vuelto por completo y me mira a su vez.

Abro la boca, a punto de desvelar a Lucía el motivo de mis dudas, pero me detengo a tiempo.

Imagino lo que pensaría la pobre si le confieso que Andrés se me presentó en un sueño antes de perder la vida y que el último nombre que pronunció fue el del hombre que avanza hacia nosotras.

—Si piensas que puede tener algo que ver con la muerte de ese chiquillo, ¿por qué seguís yendo a trabajar a su casa? —consigo preguntar.

—La necesidad obliga, señorita. Además, sus tierras son lo bastante extensas como para que el crimen se hubiera cometido en otro lugar y para que el asesino hubiera colocado el cadáver allí con la intención de inculparlo.

Tengo su rostro aterradoramente cerca de mí. Sus ojos, tan fríos como los míos. Unos ojos que me han mirado a través de la niebla y que ahora parecen sorprendidos.

—A pesar de lo pálida que está, me fío del resto de su aspecto para imaginar que es usted la joven de la que Matilde, la cuñada del pobre Benito, se ha encargado desde que era una niña.

Me llamo Marcos de Gondán —añade con una voz suave y profunda al mismo tiempo, sin matices que desentonen ni que lo delaten—. ¿Se encuentra usted bien?

Extiende la mano en mi dirección. Una mano con un grueso sello de oro cuyas iniciales M y G aparecen grabadas.

Consigo dar un paso atrás, con la vista fija en esos dedos largos, como de pianista.

Dedos perfectamente capaces de ocultar un cuchillo a su espalda antes de arrancarle los ojos a un pobre niño.

El corazón parece a punto de estallarme. Intento mantener el tipo, pero no puedo soportar la tensión y termino derrumbándome a los pies de Lucía antes de que la mano consiga alcanzarme.