El umbral CAPÍTULO TRES
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CAPÍTULO TRES

Esther

N os vamos por unas cuantas semanas, pero tardamos al menos una en preparar un equipaje diferente, con ropa de abrigo y trajes de tela más gruesa que la que estoy acostumbrada a llevar.

Siete noches en las que no he vuelto a tener noticias de Andrés ni del dueño de esos ojos verdes que tanto temo. Que tanto me atraen.

Matilde tiene una sonrisa perenne en la cara cuando tomamos el tren de madrugada, pero yo contengo mi desazón. Sé que no me gusta viajar, aunque no consigo averiguar de dónde lo he sacado cuando nunca he ido más lejos de la ciudad.

Suspiro, pero no bajo la guardia. Siempre alerta, aunque me encuentre sentada en uno de esos trenes cuyo traqueteo me marea, con la nariz pegada al cristal mientras veo cómo el paisaje soleado de mi tierra va cambiando hasta un gris casi perenne. A mi lado, Matilde dormita.

Llevo días con la sensación de que una extraña puerta se ha abierto con el pequeño Andrés y que alguien me invita a pasar por ella.

No me siento así desde que era una niña, en aquel repugnante orfanato donde todo olía a podredumbre.

Al principio, mucho antes de intentar comprender qué me ocurría, opté por permanecer despierta el mayor tiempo posible, pero comprobé que era absurdo en cuanto mis padres me llevaron con ellos.

En esa época llegué a desconfiar de mí misma cuando dormía, pero, después de lo ocurrido en casa de doña Engracia, he descubierto que también debo hacerlo cuando estoy despierta.

Mis premoniciones han cruzado una vez esa fina línea.

Ignoro si volverán a hacerlo, pero debo mantener la guardia.

Cierro los ojos en la esperanza de poder descansar cuando la cicatriz de mi nuca comienza a palpitarme. Apoyo la cabeza en el respaldo del asiento, pero tras mis párpados se forma una imagen muy diferente de la que tengo a mi alrededor.

Otro viaje, con una vaga sensación de angustia que me cierra la garganta.

Árboles que se ven ocultos por la niebla.

Humedad, frío. Un mareo persistente, las náuseas que me hacen vomitar en el regazo de alguien sin poder avisarlo antes.

Tengo todos los músculos en tensión, a punto de romperse, cuando me parece escuchar los gruñidos disgustados de un hombre mayor que yo, que, sentado en el lugar de Matilde, se levanta para limpiar mi vómito.

No me gusta, me asusta. Sudo. Siento el aire espeso en torno a mí.

Me cuesta respirar e incluso no ceder a un nuevo ataque de pánico, pero claudico.

Parpadeo con furia. Me trago un gemido y me fuerzo a no perder el contacto con mi realidad.

Abro los ojos, me los froto con insistencia y una pequeña esperanza de que no haya sido más que la antesala de un sueño sin sentido hasta que, a mi lado, vuelve a aparecer la silueta relajada de Matilde.

Ahogo un sollozo de impotencia y angustia.

Me llevo la mano al pecho solo para notar que mi corazón late tan fuerte que podría traspasar el corsé y el corpiño del vestido que llevo puesto.

—Serénate —me ordeno entre dientes mientras un hilillo de sudor corre entre mis pechos y las piernas me tiemblan ante lo que acabo de experimentar.

Algo que no tiene ninguna conexión conmigo, igual que Andrés.

O ese tal Marcos. No son más que imágenes sueltas, sin sentido—.

No puedes consentir que se repita. Debes ser fuerte.

—Esther, ¿qué dices?

—Nada, Mati. Cosas mías. ¿Cuándo llegaremos?

Matilde se incorpora para mirar por la ventanilla.

Solo ve las nubes bajas tragándose la copa de los árboles, que parecen formar un túnel por cuyo centro pasa el tren.

Me estremezco al pensar en lo que me espera al otro lado de la espesura de un bosque que parece infinito hasta que siento la mano de Matilde en mi hombro tranquilizándome.

—Si mis cálculos no fallan, un par de horas a lo sumo, cariño —me anima—. No te inquietes. Mi hermana Amelia y su hija Lucía son muy amables. A Lucía ya ni la conoceré. Cuando me fui del pueblo, apenas era una niña pequeña.

—¿Y no los has visto desde entonces?

—El sueldo de una mujer dedicada a cuidar hijos de otras no da para viajar tan a menudo como desearía. He tenido mucha suerte al entrar a trabajar con tus padres. Al tenerte a ti.

Me cubre la mejilla con la mano y me transmite toda la ternura a la que me tiene acostumbrada antes de acomodarse en su asiento y seguir dormitando.

Sus cálculos no fallan. En poco menos de dos horas el tren se detiene en una pequeña estación por la que pululan personas de toda clase.

Una fina llovizna empapa el arcén cuando Matilde despierta en cuanto deja de notar movimiento.

Mira por la ventanilla y saluda a alguien con una sonrisa, aunque no consigo averiguar a quién.

Repleta de energía, tira de mí y bajamos del tren.

Al fin.

—¡Mira, allí está Lucía!

—¿No me dijiste que no la reconocerías?

—Es la viva imagen de su madre. Tendría que estar ciega para no reconocerla.

La alegría ha desaparecido del rostro de Matilde.

En su lugar, su ceño fruncido es lo único que muestra a la muchacha larguirucha y delgada, vestida de negro, que la espera bajo un enorme paraguas que nos cobija parcialmente en cuanto nos acercamos.

Si tiene mi edad, desde luego, aparenta menos.

Sus enormes ojos negros parecen contener mucha más agua que la que sueltan las nubes sobre nosotras cuando se acerca a mi aya y la abraza con fuerza.

—¡Tía Matilde, qué pena que haya llegado tarde! —exclama entre sollozos—. ¡Padre murió ayer!

—Oh, pobrecita mía. Que Dios lo tenga en su gloria. ¿Cómo está tu madre?

—Mal, muy mal. Apenas ha podido velarlo y adecentarse para acudir al entierro. Está en la iglesia, con el resto del pueblo. Pero parece tan débil que no creo que mañana pueda acudir a la casa del patrón, ni siquiera a darle los buenos días.

—Para eso estoy yo aquí, guaja. Lucía, ella es la señorita Esther Llamazares. La niña de la que llevo cuidando los últimos once años.

—Lamento conocerte en estas circunstancias, Lucía. Te acompaño en el sentimiento. —Le cojo las manos y se las palmeo para demostrarle la verdad de mis palabras. En medio de su evidente dolor, ella curva los labios en una sonrisa tan lúgubre como su aspecto.

—Gracias, señorita.

—Esther decidió acompañarme cuando supo del estado de tu padre, pero ahora… Llévame con tu madre, criatura. Tiene que estar sufriendo mucho.

La iglesia está atestada de gente humilde que arropa a la familia.

Matilde se coloca junto a su hermana después de fundirse con ella en un abrazo lleno de tanta emoción que termina por arrancarme lágrimas de pena.

Amelia, que así se llama, no se parece en nada a Matilde.

Es alta, como Lucía, con el mismo color de ojos y la misma expresión adusta, agravada por la pena de perder a su esposo.

Lleva un pañuelo negro, del mismo color que el resto de su indumentaria, cubriéndole la cabeza, pero me coge de las manos con efusividad cuando Matilde me presenta y me brinda una sonrisa que, a buen seguro, es todo un exceso dado el momento que está atravesando.

—Me alegra verla, doña Esther —me dice antes de que comience la misa—. Además de hermosura, tiene un corazón de oro si ha decidido acompañar a mi hermana.

—Mati es como una madre para mí, señora Amelia.

—Amelia a secas para usted. Lamento que deba esperar a instalarse. Mi pobre Benito…

—No se preocupe, Amelia. —Siguiendo uno de mis impulsos, la tomo de los brazos y se los froto para insuflarle consuelo—. Asistiremos al entierro. Después, veremos.

Son las únicas palabras que intercambio con ella.

Durante la misa, compruebo que muchas personas me lanzan miradas de sorpresa, expectación e incluso indignación velada, todo junto, pero las ignoro porque supongo que son debidas a que soy la única dama de alta alcurnia presente en el entierro de un minero.

Cuando termina la misa, seguimos el féretro por un camino embarrado que ensucia mis zapatos y el bajo de mi vestido.

Me fijo en el calzado que lleva el resto del pueblo, de madera con tacos, muy feo, pero, al parecer, bastante más efectivo que el mío.

Me levanto las faldas y procuro que se manche lo menos posible mientras observo el paisaje lúgubre que me rodea.

Si el sol lo hubiera adornado, el verde de la vegetación que cubre las montañas se habría visto más luminoso, más alegre.

Con esas nubes que parecen tragarse buena parte de los picos desnudos mientras descargan poco a poco sobre nosotros, la sensación opresiva es mayor.

El silencio, roto por los llantos desgarradores de la familia del muerto, unido al aspecto desolador de las fachadas de piedra y los tejados de pizarra gris, mojados por la lluvia, es sobrecogedor.

Amelia se agarra a Matilde del mismo modo que Lucía desea hacer conmigo, lo percibo en sus miradas huidizas, así que decido facilitarle las cosas y tomo su mano para llevármela al brazo cuando subimos a una pequeña loma entre cuya vegetación tupida se encuentra el camposanto.

—Ya éramos pobres cuando padre trabajaba en la mina —oigo susurrar a Lucía entre hipidos que delatan su llanto—. Aunque madre y yo íbamos a la Casona todos los días y nos encargábamos de las necesidades del patrón, seguíamos pasando necesidades.

—¿Ibais? ¿Es que ya no seguiréis trabajando allí?