El umbral CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

Esther

N o hay nada que logre distraerme de la decisión que voy a llevar a cabo en breve.

Ni los ojillos vivarachos de doña Engracia clavados en mí mientras halaga mi atuendo, ni su alegre conversación coreada por las risas de madre, ni sus mantecados únicos, acompañados de una copita de vino dulce que, en otras circunstancias, me habría hecho tocar el cielo.

Mi cuerpo está ralentizado, adormecido. Me cuesta responder cuando se dirige a mí. Intento montar en mi cabeza un discurso que suene coherente, pero es imposible darle un revestimiento de realidad a algo que carece por completo de razonamientos lógicos. ¡Si lo sabré yo!

Debo dar el paso. Hoy es un día tan bueno como cualquier otro.

Se lo he prometido a Matilde, y mi intuición me dice que los episodios han aparecido con la intención de permanecer conmigo.

El terror de la expresión de Andrés se refleja con total claridad en mi mente hasta provocarme un pinchazo agudo en las sienes.

Cierro los ojos, trago saliva y me las masajeo con disimulo.

No sé qué me ocurre, pero intento aparentar normalidad y pararlo al mismo tiempo.

Sin embargo, no lo consigo. En mi mente aparecen los nombres de las personas importantes para Andrés.

Su hermana Rosita, sus padres, el güelu Antonio, con su mente desvariada por la edad.

Él solo quería regresar a casa, pero alguien le arrancó la vida de cuajo, y algo más.

Empiezo a temblar. Me abrazo con la esperanza de contenerme y fuerzo una sonrisa cuando doña Engracia me pregunta algo que no logro entender, pero el dolor de Andrés sufriendo su agonía me atraviesa con la fuerza de un rayo en mitad de una tormenta y me obliga a doblarme en dos.

—¡Esther!

No puedo responder al grito de madre, porque, sencillamente, no estoy con ella, sino en mitad de la espesura de un bosque, yaciendo bocarriba exhausta, incapaz de escapar de la presión que otro cuerpo, más grande que el mío, ejerce contra el suelo.

Y ocurre.

La quemazón que rodea mis ojos hace que chille como si acabaran de arrancármelos de las cuencas.

Me sacudo entre las manos que intentan sujetarme y me llevo las mías a mis párpados, tan apretados que, en cuanto noto su textura bajo los dedos, aquella especie de visión extraña desaparece y, con ella, todas las sensaciones.

Estoy llorando cuando logro mirar a mi alrededor, para comprobar que tanto madre como doña Engracia me han tumbado en el pequeño sofá de su salita de estar y me abanican con energía, sin saber qué hacer para aliviarme.

—¿Te encuentras mejor, hija?

—S-sí —miento. Respiro hondo hasta que tomo plena conciencia de dónde estoy, pero sigo temblando cuando intento incorporarme sola, sin éxito. Doña Engracia termina por ayudarme y, cuando estoy sentada, trato de sonreír con mi habitual desparpajo—. No se preocupen. Creo que ha sido un desmayo.

—Ay, niña, te sacudías como si tuvieras el demonio en el cuerpo y gritabas el nombre de Andrés con tanta desesperación que pensamos que realmente había un Andrés por aquí.

Sacudo la cabeza ante las palabras de doña Engracia, pero algo extraño me golpea por dentro.

¿He presenciado el final de aquel pobre niño? ¿He viajado de nuevo allí estando despierta?

No, me respondo. Lo he padecido. Algo aterradoramente nuevo e imposible de controlar.

—Son cosas de mujeres —decido pretextar, aunque sé que mi expresión no acompaña a mis palabras—. Este mes me está dando más guerra de la habitual. Por favor, madre, ¿podemos irnos? Doña Engracia, lo siento de verdad. Si quiere, repetiremos la visita en cuanto me encuentre mejor.

—¡No te disculpes, muchacha! Estos inconvenientes los hemos pasado todas, ¿verdad, Ana?

—Ya lo creo.

—Una infusión de laurel obra milagros. Dile a tu aya que te la prepare y verás como mañana te encuentras mucho mejor.

Le doy las gracias por la recomendación y me dejo llevar a la calesa por madre.

Solo cuando estamos de camino a casa me permito el lujo de derrumbarme sobre el hombro de madre.

Dejo que su mano enguantada me acune la mejilla y disfruto de ese silencio, consciente de que dentro de poco yo misma lo romperé y que quizá no vuelva a recuperarlo nunca.

—Esther, cariño, ya puedes contarme lo que te pasa. Ahora estamos solas. ¿Qué es eso que acabo de presenciar? ¿Quién es Andrés? ¿Y Marcos de Gondán?

—Ojalá lo supiera, madre. Pero no se preocupe, ¿de acuerdo? En cuanto lleguemos a casa y estemos con padre, intentaré explicárselo.

—¿Intentarás? —De pronto, abre mucho los ojos, como si hubiera llegado ella sola a algún tipo de pavorosa conclusión—. ¡Dios santo! ¡¿No estarás…?! ¡¿No habrás cometido el desliz de… con…?!

Me hace gracia su balbuceo, dando a entender algo que ni se me ha pasado por la cabeza hasta que yo misma ato cabos. Claro. El desmayo, el nombre de dos varones desconocidos, mi edad…

Tengo que contener la risa por respeto a ella y por la situación en la que me encuentro.

—No se preocupe, madre. El tema no va por ahí —la calmo cuando llegamos a casa y veo a Matilde esperándonos en la puerta, con una expresión de ansiedad mal disimulada—. Aunque empiezo a pensar que sería mil veces mejor.

—¡No me asustes todavía más, niña!

—Me encantaría no hacerlo. —Respiro hondo y señalo a mi aya—. Por favor, Matilde, avisa a padre de que quiero hablar con él en el saloncito. Madre, ¿puede quedarse ella también? Lo que tengo que decir es demasiado importante y quiero que esté presente.

Madre no pone ni una sola objeción.

—Veamos si lo he entendido bien. Sueñas con personas desconocidas a las que les ocurren cosas que, poco después, se cumplen.

—Esta es la primera vez que ha sido con desconocidos, padre.

—Incluso soñaste que el marido de doña Engracia y la tendera tenían un romance a espaldas de la profesora.

—Padre sigue con su razonamiento después de que yo lo haya soltado todo con precipitación, de espaldas a mí y de cara a la ventana.

Cuando guarda silencio, miro alternativamente a madre y a Matilde.

La primera me observa entre incrédula y horrorizada, pero la segunda me sonríe para insuflarme valor—. Y esto te ocurre desde…

—Siempre. En el orfanato me castigaban cuando comprobaban que mis palabras siempre eran ciertas, así que aprendí a callar. Por eso nunca os hablé de esto. Ni siquiera cuando soñé con el marido de doña Engracia y su canita al aire. O cuando…

—El marido de la maestra me importa un bledo. —Padre se gira de una forma tan repentina que las tres damos un respingo al mismo tiempo. Tiene los labios fruncidos. Se resiste a creerme—. Lo único que me importa es que, para empezar, nadie nos advirtió de tu… particularidad.

—Por definirlo de alguna manera —apoya madre con acritud—. Ni siquiera tú, Esther. ¿Cómo pudiste mentirnos de esa manera?

—No les mentí. Solo oculté algunos detalles…

—¿Algunos detalles, dices? ¿Lo que ha ocurrido esta tarde en casa de doña Engracia tiene que ver con todo lo que nos estás contando?

—No lo sé. Nunca hasta ahora me había ocurrido. Me desperté de la siesta tan débil y confusa como siempre que padezco alguno de esos sueños, así que imagino que mi desmayo fue consecuencia de esa debilidad mezclada con el calor.

Me abanico para dar más peso a mis palabras, pero no engaño a madre. Se pone en pie y se agarra al brazo de padre como si fuera su tabla de salvación.

—¡Esto puede ser obra del Maligno! ¡Por Dios, Arturo, debemos ponerle remedio cuanto antes! —exclama en un susurro que consigue ponerme los pelos de punta—. ¿Y si la niña está poseída? ¡Tendremos que avisar al señor cura inmediatamente!

—¿Para qué?

—¡Pues para qué va a ser! ¡Rezaremos hasta que venga! ¡Y después…!

Padre coloca una mano sobre su hombro para tranquilizarla, pero no lo consigue del todo.

—El carácter de Esther siempre ha sido demasiado excéntrico, en ocasiones incluso para nosotros, dos personas mayores con las energías justas para criar a una niña, pero ella es el resultado de nuestros esfuerzos. Es íntegra, de buen corazón. Enérgica, eso sí, pero con las ideas muy claras.

—Demasiado para ser una mujer.

—De ahí a hablar de posesiones va un trecho, querida.

—Suelto el aire que he estado reteniendo cuando lo escucho, aunque no deja de evaluarme como si fuera un doctor y yo, su paciente más extraña.

No puedo decir que me guste esa actitud distante, pero no deja de ser esperanzadora—.

Yo prefiero pensar que puede tratarse de algún tipo de trastorno…

femenino, por decirlo así. La niña ya tiene veinte años.

—La niña está presente. Puede usted dirigirse a mí sin miedo. —Soy consciente de mi impertinencia cuando el semblante de mi padre se oscurece por el enfado—. ¡Por Dios, no estoy enferma! ¡Mi cabeza funciona perfectamente!

—Esther, permítenos encontrar una explicación lógica a lo que acabas de contarnos, porque de lo contrario nuestra vida terminará aquí.

—Madre tiene los ojos brillantes de lágrimas de tristeza.

Los dos me miran con compasión hasta que asienten después de cruzar una mirada de entendimiento entre ellos.

—No es normal que las personas perciban esas cosas —empieza padre—. Y mucho menos que lo confiesen en voz alta y sin la iglesia de por medio.

—Matilde me convenció para que lo hiciera.

—¿Matilde lo sabía? —pregunta madre con el ceño fruncido.

—Desde que estoy aquí, los episodios apenas se habían repetido. Llegué a creer que solo se trataban de pesadillas. Necesitaba contárselo a alguien y ella estaba cerca. Le exigí silencio y obedeció, como buena sirvienta. Ella no es el problema.

—No. Lo eres tú. Porque está claro que no conocemos a ningún Andrés de ocho años que se haya perdido por los alrededores, no ha habido niebla, los bosques frondosos están lejos de aquí y, por descontado, tampoco sabemos de ningún Marcos de Gondán, al igual que tú.

—Padre resopla, agotado por una situación que lo supera, y se sienta en el sillón que más cerca se encuentra de la chimenea, pese a que esta no está encendida—. Esther, necesitas ayuda.

—¿Por qué?

—Porque no estás bien. Y, cuando un hijo no está bien, los padres deben socorrerlo.

—¿Usted ve que me encuentre mal? —Contengo mi estallido de furia porque no puedo evitar compadecerme de aquellas dos personas que intentan comprenderme sin conseguirlo, pero algo dentro de mí se rompe en ese instante, hasta el punto de pasar por alto el respeto que les debo—.

¡Nunca he podido librarme de esto que me ocurre, ni explicarlo, pero he aprendido a tolerarlo!

¡No estoy enferma, ni mucho menos poseída!

—Nunca nos hablaste de esto, Esther. Nunca.

—Lo siento. Pero díganme: ¿por qué no pueden pensar que es un rasgo más de mi carácter, igual que puede serlo la generosidad, la inteligencia o la simpatía? ¡Yo no voy a salir ahí fuera a pregonarlo a los cuatro vientos! ¡Los quiero demasiado para arruinarles la vida de esa manera!

—Y nosotros a ti. —Ambos se contienen para no abrazarme ante mi declaración. Cuando siento que las lágrimas me abrasan la cara, padre se adelanta—. Por eso te brindaremos toda nuestra ayuda.

—¿Qué… clase de ayuda?

—La que puede proporcionarte un profesional. No, Ana, no me refiero al señor cura —añade cuando ve a madre abrir la boca—. Me refiero a un médico. Conozco a uno que vive en la ciudad y…

—¿Puedo decir algo, don Arturo?

Matilde acude en mi ayuda cuando ni una sola palabra sale por mi boca, y padre asiente.

—Mi cuñado está muy grave. Me gustaría tener su permiso para marcharme a casa de mi hermana por unos días.

Hasta que sane o hasta que muera —dice—.

Sé que cuento con el tiempo que necesite, pero me gustaría que la niña me acompañara.

Si es algún tipo de trastorno pasajero, le vendrá bien encontrarse en un lugar distinto del cortijo.

Y si no lo es —añade, cogiendo mi mano con la suya—, se la devolveré en las mismas condiciones en las que se encuentra ahora, para que prueben la eficacia de sus métodos.

Todos nos quedamos en silencio. Si mis padres acceden, diré adiós al sol casi perenne, a los cielos despejados, al calor que te anima a salir al aire libre, a las paredes encaladas e incluso a los mantecados de doña Engracia por un tiempo indeterminado.

Pero con Matilde.

—No veo nada de malo en la propuesta —sentencia padre al cabo de lo que me parece una eternidad—. ¿Tú qué opinas, Ana?

—No creo que sea muy apropiado que una señorita de su rango viaje hasta el hogar de una criada para pasar allí un tiempo indefinido —objeta con cansancio.

Se lleva una mano a la frente y se apoya en el hombro de padre, como si se esforzara para no desmayarse.

Cuando se recupera, clava los ojos en mí con algo muy parecido a la derrota—.

Pero tengo que reconocer que estamos desesperados, Matilde.

No sabemos qué camino tomar, así que el que tú nos muestras es tan bueno como cualquier otro. Tienes mi bendición.

—¿Y la mía? Padre, madre, ¿por qué no me preguntáis a mí? ¡Miradme, soy yo! ¡No he cambiado por revelarles eso que me ocurre y para lo que nadie hasta el momento tiene respuesta!

—Bueno, hemos supuesto que querrías…

—Suponer no es lo mismo que saber. Tienen razón, me encantará ir con Matilde, más aún sabiendo el estado de su cuñado. No quiero dejarla sola en ese trance, pero tengo la impresión de que es una vía de escape que ustedes escogen para deshacerse del problema que yo supongo ahora mismo.

El estado desmayado de madre y el derrotado de padre desaparecen por completo.

Ambos se acercan a mí con una tristeza demasiado palpable para ser fingida y me envuelven en sus brazos.

Siento su cansancio. Su dolor ante mis palabras, su amor por mí.

Y algo más que les hace temblar casi imperceptiblemente y que no sé identificar antes de que me suelten.

—Te quisimos desde el primer momento en el que te vimos, no lo olvides nunca —sentencia padre con el ceño fruncido y los labios estirados bajo el cuidado bigote.

—Y ninguna enfermedad, de este mundo o del otro, logrará que cambiemos de opinión con respecto a eso —secunda madre mientras acaricia mi mejilla—. No olvides nunca quién eres, Esther. Quiénes somos. Pase lo que pase.

—Soy lo que ustedes me han brindado —respondo—. Y siempre estaré orgullosa de ello.

Vuelvo a abrazarlos, agradecida de que la solución a mi mal sea un viaje y no un exorcismo o una consulta médica que nada arreglaría. Esperanzada al suponer que lo que he sufrido en casa de doña Engracia no se repetirá si permanezco día y noche en compañía de Matilde.