El umbral CAPÍTULO UNO #2
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CAPÍTULO UNO #2

Que no se soltara de mi mano, eso le dije.

La frase me provoca una sacudida tan intensa que termino abrazándome el torso.

Un pinchazo en la nuca me recuerda la cicatriz que tapa mi espeso cabello negro y cuyo origen ya ni recuerdo, pero que me molesta después de cada episodio.

Me la toco con disimulo para librarme de esa sensación tan opresiva.

Matilde no ha dejado de mirarme, atenta a cada una de mis reacciones.

Creo detectar un destello de tristeza en sus ojos, pero quizá se deba a mi estado.

Cuando me abraza, yo vuelvo a parecer un pajarillo indefenso.

—Tengo que ayudarte para ir a casa de doña Engracia.

—¿No puedo pretextar una de esas jaquecas que aquejan a madre cada poco?

—¡Tu madre no las pretexta! ¡Son reales! Su salud es muy frágil, ya lo sabes.

—La mía también. Ahora mismo estoy extenuada.

—Me miro las piernas, enfundadas en los pantaloncitos interiores que uso debajo de las enaguas.

Parecen tan débiles como el resto de mi cuerpo—.

Tengo la sensación de haber hecho un viaje larguísimo en muy poco tiempo.

Me encuentro agotada, física y mentalmente.

No sé si tendré paciencia para doña Engracia y sus penas.

—Pues deberás tenerla si quieres que todo esto siga siendo un secreto entre nosotras.

—Matilde se dirige hacia la ventana. Descorre las cortinas con tanta fuerza que la luz impacta en mis ojos.

Me los cubro con la mano, pero la aparto cuando recuerdo los de Andrés—.

A no ser que decidas ser sincera con tus padres, al menos.

—¿Bromeas? Bastante miedo tengo si pienso en lo que podría perjudicarte a ti como para además añadirlos a ellos.

—Ser huérfana hasta los doce años tiene sus ventajas.

Entre ellas, la intuición que me permite adivinar que, si demuestro un mínimo de vacilación, Matilde irá corriendo a buscar a mis padres—.

Esto no es ninguna de mis travesuras de niña.

Los metería en un lío mucho mayor que el que podría derivarse de cortar el pelo a la tonta de María Antonia mientras dormía por haberme manchado el vestido de los domingos o…

—No todo el mundo puede ver parte del futuro de otros a través de los sueños.

—Afortunadamente para ellos. ¿Qué supondría que se corriera la voz de que tengo sueños premonitorios?

Como poco, las fábricas que recogen sus olivas dejarían de trabajar con ellos.

Eso sin contar con que, al final, no podrían salir de casa a causa de la vergüenza de contar con una hija que terminaría ingresada en uno de esos manicomios para personas que no están bien de la cabeza.

—¿Quién te ha dicho que lo que te ocurre sea de locos?

—¿El haber convivido con ello desde que tengo uso de razón y que nadie más lo comprenda?

—Yo lo hago —puntualiza Matilde con dureza—.

Esther, mi vida, seguro que esto no es más que una…

alteración. Ya sabes. Hay mujeres que, si no están casadas a determinadas edades, sufren estos trastornos.

Si se lo cuentas a tus padres, te buscarán un pretendiente adecuado y seguro que todos estos problemillas desaparecen.

Contengo la respiración, entre horrorizada por lo que me está proponiendo y divertida por la explicación que da a algo que lleva conmigo tanto tiempo que ya forma parte de mi existencia. De la mía, claro está. No de la de los demás, por mucho que lo desee.

—No voy a casarme —afirmo con rotundidad—. Dudo que haya algún hombre en el mundo capaz de soportar mis… desvaríos con la cabeza alta.

—Eres mujer. No puedes encargarte de todo.

—¿Por qué no? Estamos en 1899. El año que viene cumpliré veintiún años. Seré mayor de edad.

—Seguirás bajo la tutela de tu padre, niña. Sin un marido, nada cambiará.

—Solo espero que sepan apreciar mi cerebro, nada más. Tengo suficiente para hacerme cargo de las cuentas e incluso para elegir un marido. O para no tenerlo, llegado el caso.

—¿Y qué harías tú sola?

—Pues, por ejemplo, estudiar. Me encantaría labrarme un futuro sin la sombra de un hombre. O…

«No tener miedo. No dañarme con los remordimientos de unos hechos que solo florecen en mi mente cuando estoy dormida para martirizarme cuando estoy despierta».

—No tienes la fuerza de un hombre. —La voz de Matilde me trae de nuevo a la realidad.

—Para eso están los trabajadores. Que, por cierto, me respetan como si fuera un varón.

—Nos estamos desviando del tema.

—¿Alguna vez has sufrido esas premoniciones? ¿En algún momento has sentido tanto miedo de quedarte dormida que hubieras hecho todo lo posible por mantenerte despierta?

—Tu don te convierte en especial, Esther. Siempre lo has sido.

—Debo seguir guardando el secreto.

—Te equivocas. Tus padres son tan especiales como tú. Por eso volvieron de aquel orfanato con una niña de doce años en lugar de un bebé varón, que era lo que iban a buscar.

—Lo hicieron porque, desde el momento en el que los vi, me pegué a ellos sin dejar de hablar hasta lograr su atención. Les parecí simpática. Según ellos, llena de vida y muy necesitada de una familia.

—Han volcado toda su capacidad de amar en ti. Te lo han dado todo. Han confiado y te han educado sabiendo que, en realidad, no conocían a la niña que habían traído con ellos.

—Tú también.

—Precisamente, mi niña —afirma con satisfacción—. Si yo lo he comprendido, lo he ocultado y te he ayudado, ellos también te ayudarán. Y, si tienen que sufrir alguna consecuencia, lo harán con gusto. Es la única manera de que tu carga se haga más liviana en algún momento.

—Pero, Matilde, no puedo…

—Ahora eres adulta. Estás preparada para afrontar su reacción, sea la que sea.

—¿De qué reacción hablas? ¿Qué ha ocurrido esta vez, Esther? Deberías ponerme al corriente antes de que ponga un pie en casa de doña Engracia.

Las dos nos damos la vuelta para encontrarnos con madre, que ha irrumpido en la alcoba justo antes de que Matilde logre convencerme.

Aparece con el pelo recogido en un moño oculto en parte por un sombrero, un vestido de chaqueta y falda gris perla a juego con sus ojos y una sombrilla en su mano enguantada.

Me observa evidentemente disgustada por mi aspecto, pero no dice nada más.

Mi primera idea es permanecer callada como una muerta, pero la mirada de Matilde, conminándome a que hable, ahonda en mis dudas.

—Señora, la niña tiene algo que contarle —empieza, ignorando mi mirada de advertencia—. Pero imagino que podrá esperar a la visita en casa de la maestra.

—¿Seguro? Esther, te lo suplico, después del grito que hemos escuchado, quítame de la cabeza todas las ideas que se me están ocurriendo al respecto.

—Madre, estoy bien. En compañía de Matilde, como puedes ver.

—Y en paños menores todavía. ¿Por qué no me extraña?

Abro la boca dispuesta a responder que, en realidad, no me conocen a pesar de los años.

Que solo aprecian la parte de mí que les he dejado ver: mi espontaneidad, mi cruda sinceridad, tan poco recomendable para alguien de mi posición, mis ansias de vivir e incluso esa temeridad que me ha metido en más de un lío siendo niña.

También mis ansias de independencia al reclamar parcelas de mi vida que, en su día, a madre ni siquiera se le hubiera ocurrido pedir para sí.

Pero hacerlo supondrá abrir las puertas de mi negrura, tal y como quiere Matilde.

Me muerdo el labio. Deseo contárselo como nunca antes, del mismo modo que nunca antes he sentido ese miedo a su reacción si llega a saberlo. Rechazo, incredulidad, furia, enfado, desilusión. Todo junto o por separado, da igual.

Miro a Matilde. Me sonríe y me siento fuerte. Resuelta.

—Madre, he tenido una pesadilla —empiezo después de un carraspeo incómodo mientras busco otras alternativas—. Son sueños que se repiten de vez en cuando y que… Bueno… El caso es que tienen mucho de realidad.

Inclino la cabeza, avergonzada. ¡Bonita manera de calificar lo que acabo de vivir con el pequeño Andrés! Pero es un comienzo, sobre todo, porque madre me mira con extrañeza en lugar del enfado que yo esperaba.

—Tienes razón, Matilde. La conversación puede esperar —dice—. ¿Crees que estás de ánimos para ayudar a Esther a adecentarse?

—¿Estar de ánimos? —De repente comprendo su tristeza cuando irrumpió en mi alcoba, pese a que ahora intenta disimularlo estrujando con saña el borde de su delantal—. Mati, ¿qué te pasa?

—He recibido un telegrama de mi hermana Amelia. Su marido está muy enfermo de silicosis y el doctor no le da muchas esperanzas de vida.

Me dejo caer en la cama y me froto la cara.

¿Por qué mis sueños no se centran en ayudar a las personas a las que quiero? ¿Por qué me muestran el peligro que corre un niño al que no conozco y, sin embargo, guardan silencio acerca de la enfermedad de un familiar de Matilde?

¿Por qué no puedo controlarlos para ayudar a quien de verdad me importa?

Abrazo a Matilde sin importarme que esa muestra de espontaneidad disguste a madre.

—Tenías que habérmelo dicho —la recrimino—. No te preocupes, puedo vestirme sola.

—Ah, no. ¡De eso nada! Doña Ana, pierda cuidado. Su hija estará lista antes de que cante el gallo.

—Eso espero. Para cuando cante el gallo, doña Engracia se habrá cansado de esperar.

Madre me dirige una sonrisa liviana que acompaña a su intento de broma y nos deja solas.

—Prométeme que vas a contárselo —ataca Matilde en cuanto me tiene a su merced, apretándome el corsé de un modo casi cruel—. Ellos merecen saberlo, mi niña.

—Tengo miedo a perder su cariño.

—No lo perderás. Y no estarás sola. Me tienes a mí.

—¿Me lo prometes?

—¡Pues claro! ¿Cuándo he fallado a alguna de mis promesas?

Los ecos de una pregunta muy parecida a aquella resuenan en mi mente afectada aún por el sueño, como si intentaran hacerse un hueco.

No lo sé con certeza, pero intuyo que me la han hecho tantas veces como veces han incumplido esas promesas.

Matilde no lo hará. Ella es diferente, única en cierto modo.

Con esa seguridad que me transfiere a través de una simple sonrisa, como si la conexión existente entre ambas solo hubiera permanecido dormida, esperando el momento en que el destino nos uniera para hacer su aparición.

Ya estamos juntas. Ya no me siento sola. Y, aunque persiste la sensación de no saber a qué lugar pertenezco en realidad, sé que debo seguir sus pasos para encontrarlo.

—De acuerdo —cedo sin hacer caso del estremecimiento que me atraviesa entera—. Cuando volvamos de casa de doña Engracia.