CAPÍTULO UNO
Esther
— ¡M arcos de Gondán!
Me siento en la cama de golpe, con los ojos arrasados en lágrimas y la respiración completamente descontrolada.
El corazón sigue golpeando mi pecho y un hilillo de sudor frío me baja por la columna, provocándome un escalofrío.
Aprieto en el puño la sábana que permanece enredada alrededor de mis piernas y cierro los párpados con fuerza.
Respiro hondo. Inhalo, exhalo. Inhalo, exhalo. Pero sigo aterrada, desconcertada.
¿Qué ha sido eso?
Mucho más que un sueño. Todavía noto la desolación cuando trato de escapar de la imagen del sello dorado con las mismas iniciales del nombre que acabo de gritar grabadas en él.
El instinto que, después de ver la extraña daga, me empuja a advertir a Andrés de un destino que sé que se producirá.
Las sensaciones han sido tan vívidas que todavía pululan a mi alrededor, como si en realidad no estuviera en mi alcoba durmiendo la siesta, sino rodeada de niebla espesa e imposible de romper por mucho que lo intento, vegetación a raudales y una amenaza oscura en forma de figura difuminada de la que no he podido distinguir más que el aura de negrura que la rodeaba y aquellos ojos verdes que han traspasado la fina línea que siempre ha separado la realidad del mundo onírico.
Nunca hasta ahora he interactuado con los protagonistas de mis sueños hasta el punto de tomar contacto físico con ellos.
Conservo el calor de aquella manita aferrada a la mía como prueba de que mi maldición acaba de repetirse.
Por tercera vez desde que mis padres adoptivos me rescataron del orfanato en el que vivía para llevarme al que sería mi nuevo hogar, el enorme cortijo que presidía aquel pequeño pueblo del sur.
Desde entonces, solo he padecido los sueños premonitorios en dos ocasiones más, y en ambas mi querida Matilde, el aya que mis padres contrataron para mí, ha sido la única testigo de mi sufrimiento.
Pero debo callar. Reponerme cuanto antes de la debilidad en la que acabo de sumirme para poder aparentar normalidad cuanto antes y no dañar a nadie.
Esa ha sido mi impronta desde que comprendí, en el orfanato, que ser sincera no siempre es conveniente ni bueno para la integridad física y moral.
Esa especie de maldición que me persigue solo contribuyó en su día a volverme más débil.
Cada vez que la noche llegaba, también lo hacían mis sueños poblados de personas que conocía y cuyas premoniciones siempre se cumplían.
Mi inocencia infantil me impulsó a hablar, pero las represalias sustituyeron esa honestidad por sensatez, miedo y remordimientos.
Miedo a lo desconocido, que acaba de volver con fuerza, sin dejar que me prepare para hacerle frente.
Remordimientos por no poder intervenir en unos sucesos tan macabros, a pesar de que mis emociones están ligadas a ellos como si de verdad me incumbieran.
Ahora tengo que controlar el vértigo que me marea. Hacer como si no hubiera pasado nada. Esconderme detrás de la niña pizpireta, espontánea, alegre y extrovertida que una vez fui, por el bien de Ana y Arturo Llamazares, mis padres adoptivos y los artífices de mi felicidad.
Hasta que el destino me unió a ellos, siempre me había sentido fuera de lugar por mucho que fingiera lo contrario.
Siempre me había parecido que era invisible, desesperada como estaba por abandonar un mundo que, a menudo, se mostraba frío e inhóspito.
También solitario. Porque guardar determinados secretos como el que cargaba suponía soledad.
Lo que me ocurre cuando duermo escapa a mi control, pero los sucesos siempre están ligados a personas que conozco. Hasta ahora.
Nunca he visto a Andrés, a pesar de que él pareció reconocerme, como si me hubiera visto antes cuando casi puedo afirmar con total seguridad que no es así.
Tampoco sé quién es ese tal Marcos, pero sé que la muerte rondaba al niño, aunque no distinguí ni una sola palabra de la sombra que lo acompañaba.
Y no dudé ni un segundo en tomarle de la mano para llevarlo a un lugar seguro, porque también conozco ese lugar.
Siento el estómago encogido al recordar cómo lo dejé solo. Si miro mi mano, todavía puedo sentir el tibio tacto de la suya aferrada a mis dedos, llena de vida…
Sacudo la cabeza y me recojo un mechón de pelo, húmedo por el sudor, detrás de la oreja. Tengo que recuperar el control cuanto antes.
—¡Válgame el señor, niña! ¿Te encuentras bien?
Sonrío. Ahí está Matilde con las faldas arremangadas y estrujándose el delantal, sin resuello después de la carrera que a buen seguro habrá echado. Unos mechones grisáceos de cincuentona se le han soltado del moño bajo y los ojos parecen fuera de sus órbitas.
—Sí, Mati. —Palmeo un lado de mi cama cuando me incorporo para que ella lo ocupe y recompenso su preocupación con un sonoro beso en la mejilla—. Tengo veinte años. Hace tiempo que dejé de comportarme como un pequeño salvaje.
—Como una pequeña salvaje, que no es lo mismo —bufa ella—. Suerte que permaneces donde te dejé hace una hora y no te has colgado ventana abajo para escaparte en el caballo del señor ni has decidido meter un ratón en el pequeño bolso de la pobre Ambrosia…
—Ambrosia tiene de pobre lo mismo que yo. Va por ahí diciendo maldades de madre porque, desde que me adoptó, ha dejado de visitarla a diario. ¡Y mira si hace de eso! Pero estate tranquila, que el caballo de padre permanece en las cuadras y yo, en la cama.
—¿Tranquila? Después de lo que me acabas de decir, no sé qué será peor.
¡Has gritado tan alto que incluso tus padres se han asustado!
Menos mal que he podido convencerlos de que yo vendría a ver qué pasaba, porque en cuanto tu padre ha escuchado ese nombre con total claridad, ha empezado a imaginar cosas.
¡Le ha faltado poco para acudir con una escopeta!
—Pues ya ves que estoy completamente sola. —Y bastante desconcertada, aunque logro disimularlo levantándome para refrescarme la cara con el agua de la jofaina—. Padre puede seguir con sus asuntos en el despacho.
—Yo no estaría tan segura. —Ante el repentino silencio de Matilde, levanto la cabeza hasta verme en el espejo.
La imagen que me devuelve es la de una mujer demacrada con unos ojos de un verde centelleante que me obliga a tragarme un gemido de angustia.
Doy un paso atrás, con el pulso palpitándome en las sienes.
Por un momento, tengo la fugaz sensación de que esos ojos no son los míos y necesito desligarme de ellos.
Cuando me giro, Matilde asiente con una seguridad aplastante—.
Ha vuelto a pasar, ¿verdad? Y eso que hacía tanto tiempo que llegué a pensar que tu don te había abandonado.
—Dudo muchísimo que sea un don. Y, desde luego, sería la mujer más feliz de la tierra si de verdad me hubiera abandonado.
—Ven conmigo, mi niña. —Dejo que tome mis manos entre las suyas y acepto la comprensión que me ofrece. Siempre actúa como yo necesito, en cada momento. Sin dudas ni titubeos—. Cuéntame de quién se trata esta vez. Has mencionado a un tal Marcos. ¿Quién es?
—Ojalá lo supiera.
—¿Quieres decir que no lo conoces?
—Ni a él ni al niño que me gritó su nombre antes de desaparecer arrastrado por un ser maligno que le hablaba, pero del que yo no podía escuchar absolutamente nada.
—Omito los detalles del sello y la daga, pero conforme voy detallando mi relato, soy consciente de lo absurdo que parece.
Cuando termino, solo puedo encogerme de hombros, llena de amarga impotencia—.
Tengo la impresión de que podría haberlo llevado hasta la laguna si no lo hubieran arrancado de mi mano con tanta rapidez.
Si yo no me hubiera volatilizado sin quererlo.
—¿La laguna?
—Un lugar de cuento, cobijado en medio de una vegetación tan espesa que parece que nadie ha pisado por allí en años —comienzo sin saber muy bien lo que digo, pero con la seguridad de que describo con total exactitud un lugar al que no he ido en mi vida.
Allí, la longitud de la hierba podría cubrir a un niño como Andrés—.
Las ramas de los arbustos se entrelazan con las de los árboles.
Hay algunos que apenas tienen hojas, porque son caducas. Y siempre huele a melisa…
— ¡Me encantan estas flores! Destacan tanto en tu pelo negro que un día te haré una corona con ellas. Una corona de princesa.
Contengo la respiración al escuchar esa voz en mi cabeza, pero deshecho la punzada que provoca en mitad de mi pecho.
Son ecos que aparecen a veces en mi mente, como cabos sueltos de una red con demasiados agujeros que parecen rellenarse con un olor, un sabor, el tacto de algo que, al parecer, ya he olido, saboreado o tocado.
Siempre lo he achacado a las lagunas que tengo cuando intento ahondar en mi infancia, aunque desconozco su significado.
Esos años son oscuros, llenos de lamentos lanzados a la nada, de personas sin corazón, insensibles, de niños crueles forjados a base de esas mismas crueldades, pero también fuertes.
Como yo.
—Era un sueño —dice Matilde con una sonrisa tranquilizadora—. No puedes sentirte culpable de algo que no ha pasado más que en tu imaginación.
—Pero ¡es que ha pasado! ¡O pasará! ¡Él me veía con total claridad! ¡Me oía, aunque yo no hablaba! ¡Y me siguió! Pero ¡se lo llevaron y solo pudo gritarme ese nombre! Como si… me advirtiera.
—¿Quieres decir que ese Marcos fue quien lo alejó de ti?
—No lo sé. Solo sé que, cuando le pedí que no soltara mi mano, se lo llevaron.