PRÓLOGO #2
Sabía que la persona que tenía delante no era trigo limpio por muy amable que quisiera parecer, pero ¿quién era la que se encontraba a su espalda? ¿Habría conjurado su presencia cuando recitó las palabras que debían traer a Xuan?
Podría ser una guaxa, una xana. O una mujer de carne y hueso.
Una mujer cuyo nombre sonó lejano en su mente, como en un susurro temeroso, para dotarla de la confianza que necesitaba.
Había oído hablar de ella a algunos adultos.
Era una mujer de buen corazón, noble, que lo ayudaría.
Lo supo con la misma certeza que sabía que lo que estaba viendo no era una jugarreta de su imaginación ni producto de la niebla ni tampoco un ser mágico que anidara en el bosque.
—Es usted… —musitó con una sonrisa tranquilizadora para después añadir—: Gracias.
—¿Qué dices ahora?
—Hablaba con esa mujer de ahí. ¿No la ve?
Su acompañante achicó los ojos. Por un segundo, sus labios se curvaron en un amago de sonrisa que podría calificarse como victoriosa antes de fruncir el ceño y sacudir la cabeza.
—¡Ahí no hay nadie! Solo estamos tú y yo, así que déjate de cuentos y vámonos ya.
— No lo hagas. Mira en tu interior. Confía en tu instinto.
—No sé qué me dice mi instinto —respondió desolado, cada vez más confundido.
—¿Qué te va a decir? ¡Que vengas conmigo! ¿Es que no me crees?
— No le hagas caso, te lo ruego. ¡No quiero que te hagan daño! ¡Y te lo harán si no me sigues!
Solo él la veía; solo él la oía. Y, sin embargo, algo le decía que debía escucharla.
Andrés sintió un viento helado recorriéndole la espalda cuando apreció con más claridad la silueta por el rabillo del ojo, al mismo tiempo que la contrariedad estiraba los rasgos del rostro que tenía delante hasta cambiar sus facciones amables por otras más duras, llenas de sombras.
—Tenemos que esperar a la perra —se excusó con la intención de ganar tiempo—. Ella me ayudará a reunir las vacas para llevarlas con nosotros.
—No necesitamos las puñeteras vacas. Esperaba que me acompañaras de buen grado. Nos ahorraría sufrimiento a ambos, pero ya que no es así…
Sus buenas maneras se habían terminado, al igual que su paciencia. Intentó arrastrarlo, pero la voz logró que él se resistiera.
— Sigue tu intuición…
—No voy —soltó de pronto.
—Ya lo creo que vendrás.
El corazón le galopó en el pecho cuando el rostro se acercó al suyo lo suficiente como para ver sus facciones completamente distorsionadas por la maldad sin disimulo.
Con rapidez, Andrés le propinó un puntapié en la espinilla.
Escuchó un grito de dolor y rabia, pero salió corriendo como una flecha en dirección a la mano de la desconocida, que todavía permanecía extendida.
No se extrañó de encontrar su tacto frío, tan húmedo como las gotas de la neblina que los envolvía, ni de dejarse llevar por ella.
El aroma a melisa que parecía acompañarla le indicó que no debía desconfiar.
Que estaba a salvo con ella.
—¿A dónde vamos? —preguntó entre jadeos.
— A la laguna. ¡No te sueltes por mucho que te cueste seguirme!
Conocía el lugar; era su punto de encuentro con sus amigos. No debía temer.
Corrió a través del bosque amarrado a aquella mano desconocida.
Las ramas le arañaban las pantorrillas y la cara cuando no podía apartarlas a tiempo, pero no se detuvo, ni siquiera para coger aliento cuando los pulmones comenzaron a arderle o para recobrar la fuerza cuando las piernas empezaron a temblarle.
Siguió entre gemidos de angustia cuando percibió la cercanía inexorable de su perseguidor, a pesar de que sentía el temblor de los dedos fantasmagóricos sujetando los suyos con firmeza.
Solo gritó cuando tropezó con algo corpulento que lo hizo caer de bruces y soltarse, para descubrir que acababa de toparse con el cuerpo sin vida de Linda, todavía caliente.
Lo comprobó cuando tocó el pelo suave y se empapó las palmas con la sangre del animal. Distinguió su textura cubriéndolas al completo. El olor metálico característico le revolvió el estómago y lo dejó débil, indefenso, cuando levantó la vista.
Frente a él, la silueta de su eventual salvadora se desdibujaba. Solo permanecía nítida aquella mano extendida, esperando.
Y la luz del atardecer desaparecía tras la espesura del bosque.
— ¡Vamos! ¡Es por aquí! ¡Agárrate a mí!
La voz volvió a sonar vívida, contundente en su cerebro.
Andrés se abalanzó sobre aquellos dedos que se movían y se dejó llevar a través de los arbustos, que formaron un túnel por el que se arrastró sin importarle que sus ropas se rasgaran.
Siguió serpenteando a pesar de que el túnel de vegetación se estrechaba cada vez más, pero sintió la garra fría cerrada alrededor de uno de sus tobillos.
Soltó a la mujer cuando se vio arrastrado hacia atrás. Hundió las uñas en el terreno fangoso hasta que las astillas se le clavaron en las uñas. Dejó surcos en el barro cuando siguió gritando, pataleando, mientras la mujer desaparecía de su vista.
—¡Socorro! ¡Por favor, no te vayas! ¡Ayúdame!
— ¡Quiero ayudarte, pero te estás alejando! ¡Vuelve! ¡No sueltes mi mano!
Lo intentó con todas sus fuerzas, pero el contorno de la figura se fue diluyendo cada vez más hasta mezclarse con la niebla.
Como si en realidad nunca hubiera existido.
—¡Marcos de Gondán! —chilló con la desesperación de quien veía la muerte demasiado cerca.
Le resultó imposible explicar más. A pesar de su resistencia, fue llevado a rastras por los tobillos entre el silencio espeso, que solo se rompió por una risilla burlona y sus propios sollozos desesperados.
Sentía el pecho ardiendo por la angustia, la respiración acelerada por el miedo y los temblores atacando todo su cuerpo, pero no pudo parar de llorar, ni siquiera cuando, ignorando sus gritos de auxilio, aquel ser inmundo se detuvo y, con un sonoro suspiro, al parecer satisfecho con el resultado de su persecución, se inclinó sobre él para inmovilizarlo y le mostró la hoja del cuchillo.
—Ahora sabrás para qué es —susurró dejando el frío aliento tan cerca de su oreja que un nuevo escalofrío lo sacudió.
Andrés ya no se molestó en aparentar valentía.
Sabía que se hallaba ante el mejor exponente del mal cuando vio la locura reflejada en unos ojos que, instantes antes, le habían ofrecido falsa confianza.
Gritó, suplicó entre lágrimas, pero nada de eso pareció conmover a la persona que tenía encima de él, cortándole la respiración.
Solo consiguió una nueva carcajada queda, escalofriante, demente, cuando señaló sus ojos con la punta del cuchillo—.
Muy bien, guaje. Llora. Será lo último que harás con ellos.
Ella no podrá ayudarte. Cuando vuelva, será demasiado tarde.
—¡La conoce! ¡La ha visto igual que yo!
No recibió respuesta. Cuando el acero hurgó en sus ojos, escuchó una risa espeluznante y sus propios alaridos de dolor, que se perdieron en la espesura del bosque tragados por la niebla.