El umbral
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PRÓLOGO
Andrés
A ndrés se despertó asustado.
Con el aullar del lobo, el pequeño vaquero de ocho años dio un bote sobre la hierba hasta despegar su espalda del tronco en el que estaba apoyado mientras miraba a su alrededor.
Poco a poco su mente fue abandonando el sueño en el que había caído, producto del agotamiento del día, para tomar conciencia de dónde se encontraba y por qué.
Sus ojos captaron enseguida el conjunto de las vacas que cuidaba, pastando a unos metros de él, ladera abajo, en un pequeño claro cubierto por pastos frescos y húmedos, y el discreto gruñido de Linda, la hembra de mastín leonés que permanecía tumbada a su lado, casi tan dormida como unos instantes antes lo había estado él.
Apenas movió su cabezota cuando lo sintió incorporarse para poder otear mejor el paraje y abarcar con la vista el conjunto del rebaño.
A continuación, se percató de todo lo que había cambiado desde que se había quedado dormido.
El cielo se hallaba cubierto de nubes de un tono gris plomizo que se unía a la niebla que, a esas horas, comenzaba a avanzar en forma de hilos livianos, de un blanco casi traslúcido, hasta formar una alfombra de aspecto aparentemente endeble que dejaba libres las puntas de los arbustos y buena parte de los árboles que iniciaban la entrada del bosque.
Andrés se sacudió los pantalones húmedos.
La neblina todavía le permitía ver esa amalgama frondosa de plantas que formaban una arcada natural por la que iniciaría en breve el camino de regreso.
Mucho antes de que la humedad compacta le tocara siquiera la punta de los pies, estaría seguro junto al fuego, en compañía de sus padres, su hermana Rosita y el güelu Antonio.
De todos era sabido que a esas horas, y en aquellas condiciones, cualquier bosque era el caldo de cultivo ideal para xanas, trasgos, guaxas y demás seres mágicos. Nada seguro para él, por mucho que fuera avispado para su edad, rápido de reflejos y muy muy valiente.
Con un simple chasquido de dedos, Andrés conminó a Linda para que lo siguiera en su descenso hasta la explanada.
Se permitió un instante para aspirar el suave aroma a tierra mojada mezclado con el de la hierba arrancada por las mandíbulas de las vacas, para sentir el calor que sus cuerpos emanaban y para escuchar el sonido de…
Nada. No se oían los grillos, el croar de las ranas de la laguna próxima ni el canto de ningún pájaro.
Inspiró hondo y achicó los ojos, intentando escrutar un poco más allá de donde se encontraba en busca del motivo.
Hasta que el aullido del lobo se repitió, mucho más cerca.
Linda salió disparada en dirección al corazón del bosque. Andrés intentó detenerla agarrándola por el pellejo, pero el animal era demasiado grande y fuerte para él, y se desligó de sus manos hasta desaparecer tragada por la niebla y la oscuridad que la espesura de la vegetación le ofrecía.
—¡Linda, ven! —llamó, más enfadado de lo que quería reconocer.
Se dirigía a la pequeña laguna propiedad del patrón, del mismo modo que también lo eran el rebaño, los pastos, el bosque e incluso él mismo.
No tenía más que apurar el paso y llevar el rebaño hasta allí, pero el persistente avance de la niebla lo acobardó y lo llenó de temores infundados—. ¡Linda!
Silbó varias veces, pero el animal no acudió.
Y él tomó plena conciencia de lo solo que estaba cuando escuchó un tercer y escalofriante aullido que logró que su respiración se acelerara y que el miedo empezase a ganar terreno.
No quería, pero no pudo evitarlo. El recuerdo perenne de las historias del güelu tomó forma en su cabeza a medida que la luz del atardecer desaparecía tras la neblina húmeda que le caló hasta los huesos para hacerlo temblar de miedo, de incertidumbre.
El silencio fue envolviéndolo todo hasta lograr que cerrara los ojos, pero las enseñanzas del güelu acudieron en su ayuda.
Pudiera ser que no se tratara de algo lógico, pero pertenecía a todo un elenco de supersticiones que lo habían acompañado desde la cuna, y aquel era el mejor momento para ponerlo en práctica.
La niebla. Debía luchar contra ella. Si la vencía, vencería sus temores más atávicos. Lograría que las piernas y la cabeza le respondieran, y su familia no se preocuparía por su tardanza.
—¡Que fatu yes [1] , Andrés! —se recriminó a sí mismo, sacudiendo la cabeza.
Intentaba infundirse seguridad para recitar en voz alta aquello que traería al único ser capaz de terminar con aquellos repugnantes hilos blancuzcos que parecían comérselo todo, pero no pudo evitar sacudirse por un escalofrío involuntario cuando, con los ojos clavados en el pequeño haz de luz que suponía la esfera solar detrás de todas aquellas nubes, empezó su recital para conjurar a Xuan Blancu.
Él acudiría a su llamada para ahuyentar la niebla y, con ella, aquel pánico ridículo a ese silencio que persistía y que comenzaba a ahogarlo sin motivo aparente.
Cerró los ojos, inspiró hondo, llenó el pecho de valor, además de aire húmedo, y recitó:
—Escampa, nublina de valle en vallina, regueiros abaxo, canales enriba. ¡Que’ehi bien Xuan Blancu xurando votando que t’ha de correr, cola sua muyer barbuda y la sua perra llanuda! [2]
Casi empezó a llorar cuando, en lugar de la bendita aparición de Xuan, una carcajada pareció sacudir cada rincón de aquellas tierras.
Abrió los ojos al mismo tiempo que un jadeo lleno de temor se le escapó de la garganta al ver una figura oscura que se abría paso entre la cortina blanca en su dirección.
Trastabilló hacia atrás, temeroso, e instintivamente agarró el extremo del cayado que portaba por si necesitaba defenderse.
—¿Quién anda ahí? —preguntó justo cuando, a poca distancia, distinguió el fulgor fugaz de un sello dorado.
Andrés frunció el ceño. Los entes mágicos no llevaban sellos de ese calibre, ¿verdad? Y menos uno con las letras M y G grabadas. Uno que conocía muy bien.
—Escampa neblina, valle vallina, comieron los llobos la cabra comina [3] —le respondió la sombra andante.
Él siguió retrocediendo, pero lo atrapó del brazo—.
Comieron los huesos, dexaron la cecina. Ehi va Xuan Blancu col perru blancu, la muyer desnuda, la perra cozcorruda.
Ehi va Riaño xurando y votando que te va a cortar un calcaño [4] . ¿Ves? ¡Yo también me sé el conjuro!
A pesar del tono jovial, no lo engañó.
—Es usted —dijo inspirando hondo para infundirse valor, a pesar de que cada parte de su cuerpo pugnaba por tirar en el sentido contrario al que se encontraba.
—¡Pues claro! ¿Quién creías que iba a ser?
¿Xuan? —Un resoplido le hizo avergonzarse de haber considerado siquiera la posibilidad.
Desvió la mirada, cohibido—. Venga, Andresito, no me digas que te he asustado.
No querrás que la gente se entere de que casi te has orinado en los pantalones.
—Más mortificado si cabía, sacudió la cabeza—. Entonces, guardaremos el secreto.
—¿Como el otro… secreto? —Su vergüenza aumentó al recordarlo. Le había prometido silencio, pero ¿y si decidía asegurárselo de otra manera?—. ¿No habrá venido a buscarme para…?
—El señor cura me ha enviado a buscarte. Tu hermana Rosita ha caído enferma.
—No sé…
—¿Qué pasa? ¿No te fías de mí después de lo que hemos compartido juntos?
—Es que me parece raro que me haya encontrado —murmuró.
—Eres un guaje muy listo. Sabes que la salud de tu hermanita es endeble, igual que yo sé dónde y para quién trabajas. —Tenía razón. Rosita enfermaba cada poco, así que no sería extraño que su madre lo necesitara, puesto que el güelu estaba mayor y su padre aún se encontraría en la mina.
No respondió. Esperaba que eso lo disuadiera, pero no fue así. Su acompañante solo dio un paso atrás. Con el movimiento, dejó parcialmente a la vista aquello que hasta el momento había ocultado.
El filo brillante de una daga y su empuñadura, labrada con hilos de hierro simulando rombos entrelazados, le hicieron olvidarse de la suerte de su hermana, de la extraña desaparición de Linda e incluso de la posibilidad de acceder a su requerimiento de buen grado.
También conocía esa arma.
—¿Y para qué es eso? —preguntó señalándolo—. ¿Para despiezar algún ternero?
—¡Puaj, qué asco! ¡Yo no sirvo para esas cosas! Pero en algo tienes razón: es para despiezar.
El tono había pasado de despreocupado a grave, con los párpados ligeramente entrecerrados y aquellos labios estirados en una sonrisa que pasó de ser amable a otra cosa muy diferente.
Andrés captó todo eso al mismo tiempo que otra voz, apremiante y desconocida, resonaba a su espalda:
— ¡Vete, pequeño! ¡Huye ahora que todavía estás a tiempo!
Algo cambió en el ambiente. Se hizo más opresivo, como si la niebla se arremolinara en torno a él para disiparse un poco a unos metros.
Un inesperado aroma a melisa silvestre llegó hasta él, mezclado con un frío mucho más seco que el que llevaba consigo la neblina.
No era solo una sensación, estaba seguro.
Ni se debía a su desconfianza creciente.
Notó que el vello se le erizaba y que de su garganta reseca salían volutas de vaho cuando se atrevió a girar la cabeza hasta distinguir otra silueta a su espalda, esta mucho menos nítida, entremezclada con la niebla.
Era una mujer que extendía una mano de dedos finos, que se curvaban apremiantes, y unos ojos de un verde que brilló en mitad de la niebla como un faro en medio de una tormenta.
Fue lo único que pudo distinguir de ella, pero fue suficiente para dejarlo clavado en el sitio. Inspiró hondo, ya que se había olvidado de respirar, y se giró en dirección a su acompañante. Esperaba que también la hubiera visto, pero no hubo nada en su gesto que lo indicara.
—Ven conmigo, Andresito —le conminó tirando de él.
—¿A dónde vamos?
—Pues a tu casa. ¿A dónde si no?
— ¡La daga es para ti, no para ningún animal!
Un escalofrío lo sacudió entero cuando escuchó las palabras.