El umbral EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

—Mariana destruyó la Casona y asesinó a Matilde antes de que tu hermano acabara con ella.

No pude conseguirte ayuda antes, pero el sargento Postigo llegó con sus hombres.

Atravesamos el pasadizo cuando los cimientos de tu casa aún humeaban.

Pero, en tu lugar, solo había una cama vacía con una enorme mancha de sangre.

Tú no estabas. Me dijiste que me esperarías, pero no estabas.

¡Y me destrozaste! ¡No puedes aparecer de la nada, hablando del Paraíso, como si nada hubiera ocurrido!

—Suelto todo atropelladamente, como si hubiera estado esperando este momento para aliviar mi conciencia y la carga de mis reproches, pero termino de rodillas, con la vista perdida en aquel último recuerdo, que todavía me persigue.

Mi cuerpo no obedece las órdenes de mi mente y no reacciona cuando él se precipita a mi lado y también se arrodilla, en lugar de obligarme a ponerme de pie.

Siento sus manos cobijándome, pero no reacciono al contacto.

Todo es dolor—. Enterré a mi familia verdadera.

Tuve que soportar las disculpas inútiles de tu padre.

Lucía aún tiene pesadillas en las que sueña con tu hermano colándose en su cama… Solo necesito entender…

—Debía ser así, Esther. Tuve fuerzas para moverme de aquella cama inmunda y salí de la casa, pero, cuando llegué a la mía, todo eran escombros y pequeñas llamas que no se habían sofocado.

Tú no estabas, y no tenía fuerzas para buscarte, pero encontré a Bernardo y él me ayudó a llegar a la ciudad.

Allí, un médico, antiguo amigo de mi padre, me curó bajo la promesa de que no le diría nada.

—Intenta conectar con mi mirada, pero yo lo rehúyo.

—No voy a aceptarte con unas cuantas palabras —afirmo apartándome de él.

—¿Me dejarás seguir intentándolo al menos?

—No. Es lo que me dicen mi sentido común y mi orgullo, pero mi corazón me obliga a asentir a regañadientes—.

Una vez más, tardé demasiado en recuperarme de mis heridas, pero, mientras lo hacía, me mantuve al tanto de las noticias.

Me enteré de lo que ocurrió con tu familia, mi amor, y no sabes cuánto lo sentí.

También supe del destino de Ismael, pero tardé un poco más en visitar a mi hermano.

Tenía que reunir la suficiente fuerza de voluntad como para hacerlo.

Necesitaba tiempo… Al igual que lo necesitaba contigo.

—Durante estos meses, he pensado que habías muerto…

El dolor que me produce la palabra hace que me doble en dos.

Marcos me encierra entre sus brazos y ahí permanezco, aspirando el aroma que tanto he añorado, disfrutando del calor que, poco a poco, va relajando cada uno de mis músculos y abriendo mi razón para conseguir aceptar una a una sus palabras y sus disculpas.

—Entiéndeme, te lo suplico —me dice tras depositar un suave beso en mi coronilla—.

No podía venir aquí antes de haber arreglado la situación con mi propia familia.

Debía aceptar que los actos de mi hermano siempre han sido producto de una enfermedad irreversible para perdonarlo.

Después de tantos años, debía aceptar también que mi padre actuó movido por el amor a su familia ante cualquier otra cosa o persona.

Y logré hacerlo en cuanto imaginé lo que habría hecho yo en su lugar.

Si tú hubieras estado en peligro, no habría dudado a la hora de hacer lo que fuera para protegerte de todos y de todo.

Solo en ese momento logré perdonarlos, a los dos.

Y solo con ese perdón me sentí legitimado para buscar el tuyo.

Por favor, perdóname. Por favor, acéptame. Por favor, entiéndeme.

—De acuerdo. Lo entiendo. —Es cierto. Mi mitad racional lo comprende a la perfección, pero hay otra parte de mí, menos racional y sosegada, que quiere proclamar a gritos la injusticia de esta situación, así que lo hago cuando logro apartarme de él y ambos nos ponemos en pie—.

Aunque ahora me dirás que te has mantenido en contacto con mis padres todo este tiempo.

Que ellos sabían dónde estabas y en qué circunstancias.

Que esperaban esta visita y yo soy la única sorprendida.

—Esta vez no hay medias verdades, Esther.

Tus padres están tan sorprendidos como tú de mi presencia aquí, pero sí que he hablado antes con ellos para que nos dejen un poco de intimidad.

—Deja caer los hombros en un gesto de derrota que me parte el alma cuando se dirige a la puerta.

Se detiene unos segundos, esperando probablemente una palabra mía que le haga cambiar la dirección de su camino, pero, al no obtenerla, termina por asentir—.

De acuerdo. Yo también lo entiendo. No volveré a molestarte más, pero creí que, al menos, te debía esta visita.

—¡No, espera!

Lo detengo con la mano en su brazo. Cuando él la mira, frunce el ceño y me dirige una mirada inquisitiva y dolida a partes iguales.

—Es el sello que le regalaste a Mariana, sí —afirmo sin titubeos—. No me censures por querer guardar un recuerdo de ambos. Cuando me lo llevé, creía que estabas muerto.

—De cualquier modo, ella no merece ningún buen recuerdo.

Noto bajo mi mano cómo sus músculos se tensan, pero no pienso cambiar de idea.

—Era mi hermana. Y me la arrebataron. Me la arrebatasteis —recalco—. No me pidas que te comprenda, ni que te perdone, si tú no estás dispuesto a intentarlo al menos con su memoria.

—¡Fue capaz de matar a mi Simón!

—Con esto no quiero justificarla, Marcos. En realidad, no podría aunque empeñara mi vida entera en intentarlo, pero… Todo el mundo se pasa la vida persiguiendo lo que no tiene: fama o riqueza, juventud o amor, una victoria final o una venganza.

—Ella lo tenía todo, Esther. Por Dios santo, ¡me casé con ella! Gozaba de fama, de riqueza, de juventud… ¡No necesitaba ninguna victoria, mucho menos una venganza!

—No tenía amor. Tú no la amabas. Y sí, necesitaba vengar de alguna manera los horrores que la trastornaron cuando era niña.

Él se aparta de mí con una mirada tormentosa y se dirige a la ventana. Sé que mis palabras han hecho mella en su sentido de la justicia, que al menos le hago dudar, porque se gira con los dientes apretados con fuerza.

—¿Asesinando a niños inocentes para que pagaran por los pecados de sus padres? —me pregunta con aspereza—. ¿Ofreciéndolos en sacrificio y, con ello, condenándolos a pasar lo que ella pasó?

—La Mano Negra representó para ella un ideal de justicia, algo a lo que aferrarse para no acabar enloqueciendo.

Me necesitaba, Marcos, pero no lograba encontrarme.

Tomó por válidas las teorías acerca de la conexión mental entre gemelos que había oído y decidió llevarlas a la práctica de la manera más macabra posible.

Da lo mismo. El caso es que funcionó. Que contactó conmigo.

Buscaba su otra mitad, su plenitud, y la encontró. Volvió a tomar mi mano.

—Pero la soltó. Afortunadamente para todos.

Sé que se ha rendido, que ha dejado de lado su ira solo para recuperarme, cuando tira de mí para besarme con el anhelo reprimido de meses, con todo el amor que ha estado guardando para adorarme con él, con furia, con deseo, con libertad…

—¿Cogerás tú la mía, Esther? —me pregunta arrodillándose de nuevo frente a mí.

—No. —Él frunce el ceño, pero no se mueve—. Me acabas de decir que me debías al menos esta visita, pero yo pienso que me debes mucho más.

—Pídemelo, y lo tendrás.

Esta vez soy yo quien se arrodilla frente a él. Tomo su cara entre mis manos y la mantengo así, de forma que pueda ver en el fondo verde de sus ojos la honestidad que siempre he buscado en él y que, ahora lo sé, siempre he tenido.

—¿Me honrarás aceptándome como tu esposa?

—No. —Ahora me toca a mí fruncir el ceño, aunque respiro tranquila al ver su sonrisa—. Tú me honrarás a mí aceptándome, Esther.

—Sí. Claro que sí. Siempre que no sueltes mi mano.

—¿Aunque te pida que nunca más volvamos a hablar de Mariana y de lo que hizo?

—Quedará más allá del mundo de los sueños.

—¿Permaneceremos unidos por encima de todas esas muertes?

—Por encima incluso de la vida. Eso me enseñó Matilde.

Mi madre verdadera. Pagaremos en el infierno por los pecados cometidos, pero hasta entonces…

tenemos una vida por delante. —Lo abrazo y vuelvo a besarlo.

Dejo que enlace mi cintura hasta pegarme a él.

Me zambullo en la inmensidad verde de sus ojos y soy capaz de sonreír por primera vez en meses—.

Hubo un tiempo en el que pensé que el sinsentido de esa vida terminaría por engullirme, pero tú me diste el valor.

—¿Para qué?

—Para ir donde mi mente no quería ir. Para abrir puertas que se empeñaban en permanecer cerradas. Para aceptar tu amor, a pesar de todo. Y para siempre —añado mientras él entrelaza su mano con la mía y, juntos, nos disponemos a dar a nuestros padres la mejor de las noticias.

Así es la vida. El horror nos cambia porque no se puede olvidar.

Esa es mi peor maldición y proviene de la memoria que se ha abierto por completo para mí.

Empezó cuando estuve preparada para aceptar la muerte, para asimilar que esta puede proceder de un ser querido convertido en alguien carente de alma.

Desde ese momento, ya no volvemos a ser los mismos, pero de alguna manera logramos superarlo hasta sentirnos lo suficientemente bien como para seguir adelante.

Muchas veces a lo largo de los meses que permanecí separada de él me pregunté qué era lo que me hacía anclarme a su recuerdo.

Por qué, de entre las miles de razones existentes para aborrecerlo, no encontraba una lo bastante consistente como para hacerlo de una vez por todas, hasta que encontré la respuesta: el amor, que permite entender que cada persona lleva su carga de razones para utilizar un camino u otro, llegado el caso.

En el mío, mi hermana gemela me proporcionó mi verdadera identidad.

Fuimos las dos caras opuestas de una misma moneda.

El bien y el mal, la luz y la oscuridad, el sol y la luna, aunque, ¿quién está en posición de dilucidar a qué parte pertenecía cada una?

En ocasiones, los sentimientos fuertes, como el amor en todas sus vertientes, llevan a las personas a cometer los actos más puros y los más macabros.

Lo comprendo; por eso llevo su sello en mi dedo mientras pienso que nadie está libre de ser juzgado…

Y condenado.