Epílogo. El dios solitario #3
Phoenix quedó inconsciente, pero cuando poco después el fuego empezó a devorar su cuerpo, sintió un pico de adrenalina que le hizo despertar a tiempo para reaccionar, aunque, en contrapartida, el tiempo se dilató de forma extrema para él.
Sufrió una crisis tan fuerte que un solo segundo parecía estirarse durante varias horas en su cabeza.
El aire le antojaba un denso bloque sólido que apenas podía aspirar y que le impedía moverse mientras trataba de huir de las casi estáticas llamas.
Desesperado por la lentitud del tiempo, consiguió aguantar sin perder la cabeza hasta que se encontró corriendo hacia una de las ventanas con la intención de salir por ella atravesándola de un salto.
Desde su punto de vista, tardó semanas en conseguirlo; ni siquiera sabía con exactitud cuántas.
Cuando logró salir de la mansión Goldman, volando lentamente entre una nube de esquirlas de vidrio que desgarraron su piel derretida por las llamas, apenas sabía cómo se llamaba ni dónde estaba; solo era consciente de que debía continuar moviéndose lejos del insoportable dolor que el fuego le infligía.
Una vez en el jardín, rodó por el suelo una y otra vez, observando las casi inmóviles llamaradas que le mordían cada centímetro del cuerpo mientras veía horrorizado cómo su piel burbujeaba bajo la luz carmesí de la combustión y aspiraba aquel hedor a carne chamuscada que le acompaña desde hace meses.
A unos cien metros de distancia pudo ver una de las piscinas que rodeaban la mansión y, exprimiendo cada gota de su voluntad, se puso en pie y comenzó a correr hacia ella hasta que por fin logró alcanzar el agua.
Cuando las llamas de su cuerpo se extinguieron, sintió algo parecido a un alivio momentáneo, pero pocos minutos después se encontró sumergido en el agua, hundiéndose cada vez más hacia el fondo, tratando de impulsarse de nuevo hacia la superficie y ahogándose durante días sin llegar a morir.
Cuando emergió del agua, ya no era él mismo.
Su mente terminó perdiéndose en algún punto de aquel violento y descomunal sufrimiento, transformándolo en algo aún más distinto a un ser humano de lo que ya era, un ser ajeno al tiempo y la realidad.
Sus células aún recordaban haber regresado de la muerte cuando todavía era un embrión que flotaba en un tanque de formol, y quizás aquello fue lo que le salvó y le permitió renacer de sus cenizas por segunda vez.
Nadie, ni humano ni clon, habría podido hacerlo sin pagar el precio de la cordura.
Más de un año después de aquello, Phoenix se detuvo ante un claro en el bosque de Wheeler Springs.
Levantó la fotografía que llevaba en la mano para comprobar más en detalle.
En ella estaban retratados Fred, Abraham y la propia Meredith, a quien en otro tiempo había llamado «madre».
Los tres sonreían orgullosos ante lo que ya comenzaba a parecer una cabaña recién construida a sus espaldas.
Cuando Phoenix comprobó que se trataba de la misma cabaña que se alzaba frente a él en medio del valle, dejó caer la foto al suelo y acometió los últimos pasos hacia su interior, atraído por una siniestra sensación.
En el sótano del cobertizo, tras una puerta de seguridad y al fondo de una sala llena de ingenios mecánicos y exotrajes, le esperaba una máscara expuesta detrás de una vitrina.
Una máscara que parecía susurrar su nombre con aquella agónica sonrisa de miles de dientes y una triste mirada, ansiosa por encontrarse cara a cara con Phoenix. La máscara de X.
Tras un mes hospedados en casa de Alec, pareció que el peligro había pasado para Natalie y Ben. O al menos ya no parecía inminente. Antes de la despedida, Alec le dio a Ben las llaves de uno de sus RouteRover, con el que podrían atravesar el país con comodidad.
—Cuídamelo, ¿quieres?
—No sé cómo puedo agradecerte todo lo que nos estás ayudando —dijo Ben.
—Ya pensaremos en algo —respondió Alec con una sonrisa—. Ahora solo tratad de descansar, os lo habéis ganado. Y si tenéis cualquier problema, no dudes en llamarme.
—Gracias, Alec. Eres un buen amigo —añadió Ben, despidiéndose de él con un fuerte abrazo.
Ya a bordo del RouteRover, Natalie y Ben tomaron la autopista del Pacífico pensando en hacer una parada para visitar a Andrew antes de poner rumbo al norte.
Al llegar a su casa de Malibú, él les recibió cariñosamente y les ofreció tomar algo en el porche, donde se sentaron para charlar.
Y allí, rodeado por las dos personas en las que más confiaba, decidió contar todo lo que le había estado pasando desde la noche del incidente en el Obsidian.
Les contó cómo su percepción temporal se estiró cuando estuvo a punto de morir; cómo durante ese trance se intensificaba el dolor y era incapaz de medir bien el ritmo al que debía respirar para no asfixiarse…
También les contó que tanto a Blitz como al otro joven de pelo blanco que estaba en la mansión de Meredith parecía ocurrirles algo parecido.
—Espera, ¿aquel chico estaba en casa de Meredith? —preguntó Andrew.
—Sí. Y Abraham parecía conocerlo.
Andrew lo pensó durante un instante y sospechó de quién podía tratarse.
—Al morir mi padre, heredé sus acciones de la corporación, lo que me permite estar al día de las deliberaciones de la junta.
Hace unos días recibí un comunicado del administrador de Meredith en el que nos informaban de que sus acciones quedaban en una suerte de suspenso mientras se resolvía su herencia.
Todos pensábamos que Meredith no tenía hijos, pero al parecer su administrador dice que, según los papeles, hay un heredero y está intentando localizarle. Se llama Phoenix. Phoenix Goldman.
—Phoenix… —Al escuchar el nombre, a Ben le vino a la cabeza el recuerdo de su cara, con aquella espeluznante sonrisa—. No sé si se tratará de él, pero te aseguro que no me parece la persona más indicada para ser uno de los grandes accionistas de BETA.
—No lo creo. Además, de ahora en adelante las cosas van a cambiar por allí —dijo Andrew—. No tengo poder de decisión porque solo soy un accionista más, pero tal vez poco a poco pueda acabar con esto desde dentro.
—Sé que harás lo que puedas, Andrew. Ahora solo quiero preocuparme por Natalie y por mí.
—¿Qué haréis?
Natalie miró a Ben, lo que fue suficiente para saber cuál era la respuesta a esa pregunta.
—Descansar —dijo ella.
Terminaron el refresco con una amena charla y antes del ocaso se despidieron los tres con un abrazo.
—Espero volver a veros pronto —añadió antes de que se fueran.
—Y yo. Adiós, Andy. Cuídate.
Finalmente, Natalie y Ben pusieron rumbo al norte en el RouteRover.
Tras cinco placenteros días de viaje, llegaron a un pequeño pueblo portuario en la frontera de Michigan con Canadá, a orillas del Lago Superior.
Aquel era el lago más grande de todo el planeta, una masa de agua tan inmensa que desde donde estaban no se distinguía de un océano.
Allí, como Alec les había dicho, estaba amarrada una lancha de recreo de su propiedad con la que navegaron hasta el muelle de una pequeña isla donde tan solo había un caserón de madera al borde del lago.
Estaba rodeada de vegetación forestal compuesta por altos pinos, cedros y álamos con hojas de un verde vivo.
En cuanto puso un pie en aquella isla, a Natalie le sobrevino una pacífica sensación de calma y tranquilidad.
«El lugar perfecto para sanar», había dicho Dana, y no era mentira.
En el interior de la casa disponían de todo lo necesario para protegerse de las frías temperaturas del invierno.
Había dos chimeneas, una grande en el salón y otra más pequeña en el piso de arriba, dentro de la habitación principal.
Estaba equipada con los sistemas electrónicos suficientes para pasar una buena temporada sin echar de menos la ciudad.
Había televisión, equipo de música, electrodomésticos…
Sin embargo, no había rastro de droides en todo el recinto, lo que los obligaba a cocinar, limpiar, talar leña o atravesar el lago en su parte más estrecha para aprovisionarse en el pueblo más cercano.
Así lo había dispuesto Alec años atrás pensando en que Dana se mantuviese activa en lugar de abandonarse al cuidado de las máquinas.
Era el sitio ideal para descansar y distraer la mente con las actividades más primarias, disfrutando despacio de aquel paréntesis en mitad del mundo.