Epílogo. El dios solitario #2
—Quizás no haya respuesta porque la pregunta es absurda. ¿Qué necesidad tendría de defenderse de nosotros?
—Por pura supervivencia.
—Sí, el instinto de autopreservación. Aunque eso sería atribuirle al Ente una característica animal, y en realidad no sabemos si se rige por estos principios. ¿Crees que el Ente tenía instinto de supervivencia? ¿Tenía miedo o hambre?
—No lo sé.
—Lo que quiero decir es que el error de base al intentar crear una Inteligencia Artificial siempre fue suponer que la inteligencia no es el resultado de la propia condición humana, y que sin dicha condición no es posible crear un ser con el que podamos comunicarnos.
Es tan contradictorio como intentar crear una planta con un páncreas, intestinos y pulmones.
Es un oxímoron; si lo consiguieses, dejaría de ser una planta.
La búsqueda de una IA consciente con la que podamos comunicarnos y convivir es inútil si la despojamos al mismo tiempo de todo lo que necesita para comprender al ser humano y todo lo que le mueve: hambre, frío, dolor, miedo, amor, placer, odio…
y, especialmente, la muerte. Por eso Nyx es diferente.
No solo es una IA, sino que su cerebro está compuesto por materia gris enlazada a un sistema informático.
—¿¡Cómo dices!?
—Tranquilo, no es el cerebro de nadie —aclaró Alec para tranquilizarle—, son solo células cultivadas. Pero Nyx tiene neuronas y células vivas. También tiene un corazón orgánico, e incluso pulmones similares a los nuestros.
Abrumado, Ben miró a Nyx, que estaba sentado frente a él. En ocasiones desviaba la mirada como si se avergonzase un poco de ser el centro de atención.
—A diferencia de la IA y cualquier otra máquina, algún día, dentro de muchos años, Nyx morirá.
Esto le da una perspectiva esencial para mantenerse anclado a la condición humana.
Además, no supone un peligro a gran escala porque no puede replicarse y propagarse por internet, ya que su consciencia reside en la parte orgánica de su cerebro, pero sus procesos mentales están potenciados por una IA de fase 6.
La parte orgánica de su cuerpo lo ancla a la humanidad, lo que le impide convertirse en algo parecido al Ente que despertó hace décadas.
—¿Tienes miedo a morir? —le preguntó Ben al androide.
—A veces… Solo cuando lo pienso demasiado —respondió Nyx—. Pero prefiero sentir eso a no sentir nada. Ni siquiera puedo imaginar lo que sería ser una máquina.
—Alec, esto es demasiado —dijo Ben, abrumado—. Si lo que dices es cierto, has creado una vida consciente. Pueden ejecutarte por esto.
—¿Te parece menos ético que tener hijos sin siquiera saber bien lo que estás haciendo? ¿Preferirías que fuese el Gobierno el que hubiese creado a alguien como Nyx para experimentar con él?
—Claro que no, pero…
—Me gusta existir —dijo Nyx—, y especialmente existir aquí, junto a Alec y Dana. Son como unos padres para mí; no lo cambiaría por nada del mundo.
—Para nosotros, Nyx es alguien con su propia identidad a quien queremos como a uno más de nuestra familia, y eso es posible porque tiene lo necesario para ser humano.
No es omnisciente; no es inmortal; sufre y disfruta de una manera parecida a la nuestra…
Tú mejor que nadie deberías saber que la ética es algo mucho más difuso de lo que nos dictan por ley —argumentó Alec, pidiendo comprensión.
—¿Por qué me cuentas todo esto? Podrías haberme mentido, era un riesgo innecesario.
—Porque quiero confiar en ti, Ben. Necesito hacerlo porque llegado el momento voy a necesitar que sepas todo esto.
—¿Por qué?
—Porque sospecho que todavía hay muchas cosas que no nos han contado.
La muerte de Meredith Goldman causó un enorme shock en todo el mundo, y en especial en Los Ángeles, la ciudad que vio nacer a los Profesionales.
Los comunicadores llenaron miles de horas de contenido con la noticia y desde BETA se le rindió un gran homenaje a la mujer que ayudó al país a salir de la Gran Crisis hacía ya casi cuatro décadas.
Con el paso de las semanas, la ciudad fue recuperando su serenidad habitual: la gente acudía a sus trabajos, los bares se llenaban por las noches y los Profesionales más exitosos continuaron entreteniendo al mundo.
Las cálidas noches de verano propiciaban la vida nocturna, especialmente en el Downtown, donde grupos de jóvenes y turistas borrachos proliferaban en los alrededores de las discotecas y pubs más populares de la zona.
Chloe salió de uno de los clubs más exclusivos de la ciudad acompañada por un hombre con signos de embriaguez con el que comenzó a besarse en la misma puerta del local ante la mirada de todos.
Como siempre, Chloe no dejaba a nadie indiferente, y los chicos apenas podían apartar la mirada.
Llevaba un llamativo vestido blanco, a juego con unos elegantes guantes que le subían hasta el codo y un bonito tocado que le adornaba el cabello.
Tomó de la mano a su acompañante para alejarse del foco de atención y le llevó hasta un callejón oscuro de los alrededores.
Allí, con algo más de intimidad, continuaron besándose y manoseándose.
Aunque el lugar no era todo lo romántico o higiénico que hubiese deseado, aquel hombre había perdido totalmente la cabeza.
No recordaba haber estado tan excitado en toda su vida y no podía dejar de mirar a Chloe, que le parecía la mujer más bella que jamás había existido sobre la faz de la tierra.
Ella le bajó los pantalones y le empujó suavemente hacia atrás, haciéndole caer al suelo y dejándole apoyado contra una pared mientras él no paraba de jadear, dominado por el ansia.
Chloe le obligó a permanecer quieto mientras ella se desnudaba de forma provocativa hasta quedarse solo con los guantes y los tacones.
El hombre literalmente babeaba mirando su cuerpo cuando ella tiró del tocado que llevaba en el cabello, convirtiéndolo en una especie de velo blanco de novia de pequeño tamaño que le ocultaba la cara.
Chloe se sentó sobre él y comenzó a moverse con sensualidad.
El hombre, al que para entonces ya dominaban sus instintos más primarios, se movía acompasado con ella sin siquiera pararse a pensar por qué se había cubierto la cara.
Continuaron haciéndolo cada vez más y más rápido hasta que aquel tipo comenzó a retorcerse de placer.
En ese preciso instante, dos afiladas hojas ocultas bajo los guantes de Chloe se desplegaron a la altura de sus antebrazos y, con un movimiento preciso, le decapitó en mitad de su clímax.
Un borbotón de sangre salpicó el cuerpo desnudo de Chloe y manchó el velo que ocultaba su expresión de éxtasis psicótico.
Aquel vídeo se convirtió en tendencia mundial, superando el Umbral en apenas un día. Así fue como nació una nueva Profesional: el Ángel Caído.
No muy lejos de allí, un joven caminaba por un bosque, rodeado de árboles y una agradable naturaleza fértil y salvaje.
Su rostro era irreconocible debido a las quemaduras que habían derretido su carne, deformándola de forma grotesca.
Avanzaba caminando de forma extraña, con una cojera que compensaba impulsándose con fuerza con la otra pierna, acompañada de algunos movimientos erráticos.
A primera vista, cualquiera habría pensado que aquel tipo acababa de escapar de la unidad de quemados de algún hospital cercano, y bien podría haber sido el caso, pero para él todo había empezado hacía ya mucho tiempo.
Todo comenzó la noche en la que su padre le abandonó en mitad de aquel salón en llamas tras apuñalarle por la espalda, condenándole a una muerte segura.