Epílogo. El dios solitario
Epílogo El dios solitario
Con el paso del tiempo, la noche fue calmándose hasta quedar quieta, convertida en una oscuridad pacífica y agradable. Allí, envuelto en una cálida sensación de ingravidez, Ben por fin pudo descansar.
El tiempo se había vuelto elástico y no supo si lo que transcurrían eran segundos, días o años, pero no le importaba.
Además, allí se fue encontrando con todos los que alguna vez le importaron: Tom, Andy, Ortega, Summers, Whitmore y muchos más, incluso algunos a los que nunca tuvo la oportunidad de conocer, como Rhea, su madre, encarnada en la imagen de una bella joven de cabello blanco y brillante.
Le decía que le quería, luego desaparecía y aparecía otra vez, reconfortándole con una amplia sonrisa, siempre acompañada de cerca por un joven que fue su padre, Seth.
Pero sobre todo, y más que nadie, estaba Natalie.
Acompañándole en cada instante con su presencia y con su voz, diciéndole que pronto volverían a verse.
La voz de Natalie siempre fue un eco perdido en lo más profundo de la oscuridad hasta que un día cualquiera comenzó a acercarse a él. Decía frases sin sentido, pero cuanto más se acercaba, más significado tenían sus palabras.
—Gracias, tomaré un poco … —dijo Natalie una vez.
—Si no os importa, prefiero dormir aquí —comentó en otra ocasión.
—¿Me oyes? —preguntó.
—Parece que está despertando —dijo una voz diferente. Esta vez era la voz de Alec.
La oscuridad se partió por la mitad muy lentamente, atravesada por un haz de luz azul horizontal que poco a poco fue agrandándose, y unas sombras aparecieron delante de él, mirándole.
Sus palabras eran cada vez más comprensibles y empezaron a cobrar sentido, aunque todavía parecían escucharse amordazadas.
—Está abriendo los ojos —dijo Natalie—. ¿Ben?
Cuando por fin los abrió, Benjamin se vio a sí mismo sumergido en un líquido azul que le impedía enfocar la mirada, pero pudo distinguir a Natalie y Alec, que lo observaban a través de un cristal. Estaba flotando dentro del tanque de regeneración de la casa de Alec.
—¿Nos oyes, Ben? —repitió Natalie.
—Sí… —afirmó con debilidad a través de la mascarilla de oxígeno.
Natalie sonrió con lágrimas en los ojos y tuvo que darle un abrazo a Alec para descargar la emoción.
De pronto, toda la paz en la que Ben había estado inmerso fue volviéndose más áspera hasta que el dolor volvió a aparecer, aunque esta vez era mucho más leve y soportable.
Tenía los músculos entumecidos y estaba muy cansado, pero se encontraba bien.
—No te muevas, aún te faltan unas horas —dijo Natalie—. Trata de descansar.
Ben levantó el pulgar y volvió a cerrar los ojos.
Un par de horas más tarde el sistema de soporte vital indicó que el proceso había terminado y el líquido RDL fue descendiendo hasta que Ben puso los pies en el suelo de nuevo. Con ayuda de Natalie y de un droide sanitario, le sacaron y le pusieron una bata.
—Has estado tres días en estasis —explicó Natalie—, casi no lo cuentas. Te han hecho varias intervenciones quirúrgicas y un lavado de estómago. ¿Cuántos Lázarex tomaste?
—No tengo ni idea —dijo Ben con dificultad.
Tras ponerse algo de ropa, subió al piso superior, donde Alec y Dana le esperaban frente al jardín.
Hacía un día radiante y Alec tuvo que prestarle unas gafas de sol a Ben mientras sus ojos se acostumbraban de nuevo a la luz.
Allí, sentados alrededor de unos refrescos junto a la piscina, le pusieron al día.
—Tras estrellar los tres drones de altura contra los droides de presa, nos quedamos a oscuras —contó Alec—.
Tuve que mandar al dron de carga aun a riesgo de que los sistemas de defensa de Meredith lo volaran en pedazos, pero cuando llegó, la mansión ya estaba totalmente en llamas.
Durante un buen rato pensábamos que habías muerto allí dentro, pero de pronto vimos salir a alguien con una mujer en brazos y poco después te vimos a ti.
Te vimos lanzarte sobre él y desmayarte a continuación.
Por suerte, el dron de carga llegó a tiempo, te recogió y te trajo hasta aquí.
Al llegar estabas más muerto que vivo, pero los droides médicos hicieron un gran trabajo contigo.
—¿Ese abrazo… —preguntó Ben confundido— aquello era el gancho del dron de carga?
—¿Abrazo? Te recogió como si fueses un peluche de una máquina de feria. Mientras te traía de vuelta hasta aquí, parecía que se te iba a romper el cuello.
—Ya —dijo Ben con una cierta decepción.
—¿Qué ocurre? —inquirió Natalie.
—No te preocupes, no es nada —minimizó Ben—.
Había alguien más allí, un chico muy extraño con el pelo blanco.
Fue él quien casi me mata. No tenía ningún sentido, era un auténtico monstruo.
No tuve ninguna posibilidad contra él. Jamás había visto nada así.
Tuve suerte, Abraham le pilló por sorpresa y acabó con él.
—¿Blitz?
—No, no era Blitz.
—No han encontrado los restos de nadie más entre los escombros —dijo Natalie—, solo los de Meredith y Abraham, que estaban en el exterior, justo donde te recogimos. Además de todos los vigilantes.
—Estaba dentro de la casa, deberían haber encontrado algo.
—Quizás lo hicieron y han preferido callárselo… Quién sabe. Lo importante es que estás bien.
Alec le pidió a Ben que le acompañase a la cocina para ayudarle a preparar el café y, una vez allí a solas, aprovechó para contarle una mala noticia.
—Por cierto —dijo Alec—, hay algo más.
—¿El qué?
—¿Te suena el agente Harry Ward? Tengo entendido que trabajó contigo en la comisaría.
—Claro, ¿qué pasa con él?
—Han encontrado su cadáver en la habitación de su hotel.
—¡¿Cómo?! —exclamó Ben, sorprendido.
—Ocurrió aquella misma noche. Al ser un agente del ISD, no han dado más detalles, pero, según he oído, le habían decapitado.
Ben palideció al escuchar aquello y tuvo que apoyarse en la encimera de la cocina. Su mirada se perdió en el vacío.
—Mierda…
—Lo siento.
—Era un buen hombre. No merecía un final así.
En ese momento, Nyx entró en la cocina.
—Lo siento, no quería interrumpir —se disculpó educadamente—. La señora Fisher me ha pedido que lleve más refrescos al jardín.
—No te preocupes, Nyx. Adelante —dijo Alec.
Mientras el androide sacaba unas latas de la nevera, Ben lo observó detenidamente, advirtiendo de nuevo algo extraño en su presencia. Por fin se atrevió a decirle a Alec aquello que le rondaba la cabeza desde la noche en la que se conocieron.
—Oye, Alec. Ya no soy policía, pero no deberías tener una IA de fase 6 sin supervisión, es muy peligroso.
El androide se detuvo un instante al escuchar aquello y los miró, dándose por aludido.
—¿Lo dices por Nyx? —observó Alec—. Él no es exactamente una IA.
—¿Qué?
—Nyx, acércate.
El androide obedeció y Ben lo observó más de cerca. Había algo en él, algo que no era artificial ni tampoco humano del todo. Desconcertado, lo miró fijamente a los ojos.
—¿Qué eres tú? —le preguntó.
Nyx miró a Alec, que asintió dándole permiso para hablar con libertad.
—Creo que aún no hay un nombre para lo que soy —respondió—, pero, por resumirlo, soy una inteligencia. Sin más.
—¿Cómo que una inteligencia? No eres humano.
—No, claro que no.
—¿Eres consciente de tu existencia?
—Sí —contestó Nyx sin vacilar.
—¿Y cómo sé que no estás emulando lo que diría un ser consciente?
—¿Y cómo sabría yo que usted no está haciendo lo mismo?
—Esa no es la cuestión.
—Claro que sí. Lo que usted crea o no no depende de mi respuesta, sino de su juicio.
Si respondo que sí, podría pensar que le estoy engañando y que estoy programado para simular consciencia, así que la cuestión es bastante más compleja de resolver.
Yo sé que soy consciente de mi existencia, al igual que usted. Con eso debería bastarnos a ambos.
Benjamin miró a Alec, desconcertado.
—Nyx tiene una parte de IA6, pero es bastante más que eso —aclaró—. No solo se trata de si es consciente o no.
Alec invitó a Ben a sentarse a la mesa de la cocina y le sirvió una copa para explicarle detenidamente de qué iba todo aquello.
—Dime una cosa, Ben. ¿Qué intenciones tenía el Ente que surgió del Despertar?
—Nadie lo sabe.
—¿Y sabes por qué? Porque aquel Ente nunca llegó a comunicarse con nosotros, de modo que apenas sabemos nada de él.
Se especuló mucho acerca del motivo por el que ordenó a todos los androides y robots que se dirigiesen hacia el centro del país, pero todo son hipótesis.
Una de ellas la desarrollamos en el departamento de investigación de mi empresa y la bautizamos como «la paradoja del dios solitario».
—¿Paradoja del dios solitario?
—Consiste en la falsa idea de que el intelecto se encuentra en una única escala ascendente.
Que estar en los peldaños superiores del desarrollo intelectual te permitiría comprender a la perfección a los seres que están en peldaños inferiores, ya que tu inteligencia y tu lenguaje tienen la misma esencia que los suyos con la única diferencia del nivel de desarrollo y complejidad.
Si esto fuese cierto, los humanos podríamos comunicarnos con los peces o las hormigas; quizás no para explicarles por qué nos subimos a nuestros coches todos los días para ir a trabajar, pero sí para darles órdenes sencillas o entender totalmente su comportamiento de un solo vistazo, y no es así.
Solo podemos controlar su comportamiento mediante estrategias o engaños, invisibles para ellos, como cuando usamos un cebo para atraer a un pez.
Quizás ese sea el motivo por el que Dios, si existe, no se comunica con nosotros y se limita a guiarnos con lo que algunos llamarían «señales»; no porque no quiera hablarnos directamente, sino porque sería incapaz de hacerlo.
—¿Adónde quieres llegar con esto, Alec?
—¿Por qué crees que el Ente no se defendió cuando se preparaba el Apagón? Analizando la información que había en ese momento, tuvo tiempo de sobra para hacerlo de muchas formas.
—No lo sé.