El Umbral Capítulo VIII. El final de la escalera #5
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Capítulo VIII. El final de la escalera #5

Benjamin se fue incorporando hasta quedarse de rodillas y con las manos apoyadas en el suelo.

El golpe le había roto al menos una costilla, y un hilo de sangre caía desde su boca.

Sin ponerse aún en pie, comenzó a acelerar su respiración hasta que pudo ver cómo las gotas de sangre ralentizaban su descenso hasta quedar prácticamente inmóviles, suspendidas en el aire entre el suelo y sus labios.

A su derecha vio a aquel extraño joven, que se acercaba corriendo de forma violenta.

Phoenix armó una pierna e inició el movimiento de una patada dirigida hacia la cabeza de Ben, pero este se echó a un lado y usó la inercia del movimiento para levantarle el pie y empujarlo hacia arriba hasta lograr desequilibrarle.

Phoenix quedó suspendido en el aire totalmente en paralelo al suelo, casi flotando según su percepción, momento que Ben aprovechó para darle algunos golpes en la espalda y las costillas mientras estaba indefenso.

Phoenix se zarandeaba, pero, al no encontrar un punto de apoyo, apenas podía defenderse, y justo antes de caer de nuevo al suelo, Ben golpeó la cabeza con un fortísimo puñetazo que le rompió varios dientes.

Ya le quemaban los músculos, y el dolor de sus costillas le habría paralizado si no fuese porque no podía permitirse ni un momento de flaqueza.

De pronto vio cómo Phoenix comenzaba a levantarse cuando apenas había tocado el suelo, casi como si hubiese rebotado.

Sus ojos se movían a una velocidad mucho más rápida que el resto de su cuerpo, buscando los puntos más vulnerables de la guardia de Ben, al que atacó sin que este alcanzase a bloquear los golpes.

Cada impacto que recibía cambiaba de dirección justo antes de que pudiese interponer una defensa, lo que hacía imposible detenerlos.

Para entonces Ben ya había comprendido que aquel chico se movía incluso más rápido que él, pero que no parecía estar tenso ni asfixiarse; de hecho apenas parecía fatigado.

Phoenix le golpeó por todas partes con una combinación de ataques que no parecía tener fin, sin desperdiciar ni un centímetro de sus movimientos y encadenando cada uno con el siguiente como un armonioso baile de la muerte.

En poco tiempo le había roto el pómulo, un diente, el resto de costillas y un brazo.

Ben no tenía ninguna posibilidad contra aquel monstruo.

Mientras era vapuleado, el lento movimiento del corazón de Ben fue convirtiéndose en algo más parecido a un latido, lo que anunciaba el fin del trance neuronal que le permitía seguir el ritmo de la pelea.

Pero antes de que esto ocurriese, recibió un tremendo golpe en la boca del estómago.

Si ya apenas podía respirar, aquel puñetazo terminó por asfixiarlo, y su percepción del tiempo recobró su ritmo normal.

Ben quedó inmóvil en el suelo, cubierto de sangre y sin aliento, casi inconsciente.

Phoenix estaba de pie frente a él, mirándolo maravillado mientras boqueaba aire como un pez en el suelo de la barca del pescador.

Mientras peleaban, le pareció evidente que a Benjamin le pasaba lo mismo que a él: sus ojos se movían muy deprisa, sus reacciones eran casi igual de rápidas e incluso le obligó a cambiar la trayectoria de sus ataques cuando estos ya estaban en curso, algo extremadamente exigente para su sistema muscular. Consiguió hacerle daño de verdad.

—¿Quién eres tú? —preguntó Phoenix, ladeando la cabeza.

Ben, a punto de perder el conocimiento, ni siquiera pudo responderle.

Phoenix recogió del suelo la pistola que había caído con el primer golpe y se dispuso a acabar con él.

Pero antes de que pudiera hacerlo, algo le atravesó el corazón.

A su espalda estaba Abraham, clavándole con fuerza un cuchillo entre las intercostales.

Phoenix trató de moverse, pero cada milímetro de desplazamiento le infligía un dolor insoportable.

—Por un momento he pensado que no conseguiría matarte, chico —dijo Abraham—. Lo siento, pero no pienso dejar que una aberración como tú vaya por ahí con mis genes. Ojalá tu madre me hubiese hablado antes de ti: te habría ahogado con mis propias manos.

Phoenix cayó de rodillas y se desplomó en el suelo al lado de Benjamin, que apenas tenía uno de los ojos entreabiertos.

Lo último que alcanzó a ver fue a Abraham alejándose de allí, caminando hacia la puerta del salón.

Las llamas del vestíbulo avanzaban imparables y una de las paredes ya ardía con violencia.

En cuanto Abraham salió de la estancia, los párpados de Ben se cerraron por completo.

Cuando volvió a abrir los ojos se vio en el salón de la mansión, rodeado de llamas que lo devoraban todo.

Trató de moverse, pero su cuerpo no respondía y el ya insoportable sufrimiento se multiplicaba por diez con cada pequeño gesto.

Ni siquiera sabía cuántos huesos tenía rotos, ni de dónde le salía toda aquella sangre.

Solo sabía que jamás había experimentado algo semejante.

Entre estertores, se llevó la mano a un pequeño bolsillo del chaleco táctico y sacó una bolsita de plástico que contenía varias pastillas de Lázarex, que torpemente dejó caer por el suelo frente a él.

Tomó un puñado como pudo, se las llevó a la boca hasta conseguir tragar algunas y esperó.

Casi había vuelto a desmayarse cuando notó el intenso calor que lo rodeaba y al abrir los ojos vio que las llamas ya casi le habían alcanzado.

Ben puso todo su empeño en levantarse. El dolor ya empezaba a disminuir de forma gradual y con mucho esfuerzo logró ponerse en pie.

Lentamente se dirigió hacia la salida. El dolor se iba reduciendo más y más a cada paso que daba hasta que pronto desapareció del todo, pero era evidente que también comenzaba a perder la sensibilidad en las piernas y los brazos.

Había tomado demasiados Lázarex —ni siquiera sabía cuántos—, lo que significaba que en pocos minutos volvería a desmayarse.

Siguió caminando como pudo hasta la entrada principal, donde estaba el todoterreno calcinado en medio de un cráter en la pared.

A su alrededor caían cascotes en llamas que consiguió evitar hasta que por fin consiguió salir al exterior.

Mientras caminaba con dificultad para alejarse lo máximo posible del incendio, se desplomó sobre el césped del jardín, rodeado de los cadáveres de los vigilantes que él mismo había matado.

La sobredosis de Lázarex seguía su curso y ya apenas podía sentir su cuerpo.

Cuando ya casi había decidido dejarse morir allí mismo, le pareció ver que algo se movía en la distancia, alejándose despacio por el jardín.

Distinguió la espalda de Abraham, caminando con el cadáver de una mujer en los brazos.

Un calor interno se apoderó de Benjamin y le hizo sentir de nuevo las piernas, los brazos y hasta el último de sus dedos.

En un instante, y sin apenas darse cuenta, se vio corriendo a toda velocidad hacia Abraham mientras notaba cómo algunos de los huesos que aún no tenía rotos le crujían y terminaban fracturándose.

Estaba totalmente fuera de control. Cuando al fin le alcanzó, se abalanzó como una bestia sobre Abraham, que soltó el cuerpo de Meredith y cayó al suelo boca abajo.

Subido sobre su espalda y sin mediar palabra, Ben comenzó a golpearle en la cabeza sin parar, sin siquiera sentir que con cada golpe se iba rompiendo cada vez más su ya maltrecho brazo.

Un golpe tras otro fue rompiendo el cráneo de Abraham hasta que solo quedó un amasijo de huesos mojados.

Cuando por fin se detuvo, Abraham había muerto y a Ben no le quedó nada dentro: ni rabia, ni odio, ni alegría, ni satisfacción…

Ni siquiera le quedó la fuerza suficiente para ponerse en pie.

El cuerpo ya no le respondía. Rápidamente comenzó a marearse debido a toda la sangre que había perdido y cayó desplomado sobre su espalda, tendido boca arriba, con la mirada perdida en el cielo nocturno.

Los segundos se estiraron convirtiéndose en horas mientras el sonido del fuego devorando la casa rugía como un trueno sin fin en sus oídos.

El Lázarex le adormeció la consciencia, meciéndole en un placentero limbo en el que sus pensamientos eran espesos y su cuerpo liviano.

Y allí, inerte, una luz comenzó a brillar sobre él, flotando en el cielo.

Del interior de aquella luz apareció un rostro familiar que al principio no reconoció, pero que poco a poco fue tomando forma hasta materializarse en la cara de su amigo Tom, tal y como le vio la última vez con vida.

Benjamin le miró y por fin vio en él la sonrisa por la que tanto había luchado.

Tom descendió hasta él y le tendió la mano y Ben se aferró a ella con fuerza, mirándole con los ojos llenos de lágrimas de felicidad.

Tom tiró de él hasta levantarlo del suelo y le abrazó con fuerza mientras ambos ascendían lentamente hacia el cielo.

—Gracias —le dijo Tom.

Y así, envueltos en un abrazo, siguieron ascendiendo cada vez más y más, envueltos en una luz que se perdió en mitad del cielo nocturno como una estrella más.