El Umbral Capítulo VIII. El final de la escalera #4
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Capítulo VIII. El final de la escalera #4

Sus palabras sonaban con una cadencia errática y una extraña pronunciación, tomándose mucho tiempo para decir algunas vocales y poco para pronunciar otras.

Además, daba la impresión de que no conseguía modular el volumen de su voz de manera normal, estable, y su tono aumentaba o disminuía sin motivo aparente.

—¿Esto es lo que escondías? —preguntó.

—Phoenix… —dijo ella, tratando de calmarse—. ¿Dónde has estado? ¿Por qué hablas así?

—Eso no es asunto tuyo.

Él continuó mirando al embrión completamente fascinado, inclinando hacia un lado la cabeza, tal y como hacía Abraham cuando trataba de comprender algo.

—Este es tu hijo, ¿verdad?

—Cálmate, Phoenix…

—Responde.

—Tú eres mi hijo.

Él la miró y sonrió.

—Ya sabes que eso no es verdad —repuso él con una inquietante y extraña sonrisa.

Meredith no recordaba haberle visto sonreír jamás, y aquella inaudita expresión en su cara le provocó un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.

Había algo en él que no era humano, pero no sabría decir exactamente qué.

Unos extraños dientes asomaban entre sus labios y sus ojos parecían vibrar sin mirar a ninguna parte, aunque en realidad estaban fijos en ella.

Así se mantuvo unos segundos, con el gesto temblando levemente, hasta que Meredith no pudo soportarlo más y comenzó a revelar sus nervios.

—E… es mi primer hijo… —admitió, compungida—, al menos iba a serlo.

—Y yo salí de él, ¿verdad?

—Sí.

—¿Quién es el padre de esto?

Meredith, al borde del llanto, miró hacia las pantallas y lentamente levantó la mano señalando a Abraham, que aparecía caminando hacia el mueble bar del salón principal. Phoenix se acercó y lo miró de cerca.

—¿Quién es?

—Se llama Abraham.

—¿Sabe que existo?

—No —dijo Meredith, mintiendo para no agraviarle aún más.

Phoenix se acercó a la pantalla y le miró maravillado, como si quisiese encontrar similitudes entre Abraham y él, intentando verse reflejado en algún aspecto.

Comenzó a intentar imitar los gestos que hacía al servirse una copa, su manera de apoyar el peso sobre una pierna, su postura…

Meredith estaba atónita: aquel no era el comportamiento al que estaba acostumbrada.

No solo hablaba de forma errática, sino que también se movía de forma inquietante, poco natural.

—Phoenix, ¿estás bien? —preguntó aterrada, temiendo el porqué de ese comportamiento.

—¿Por qué no iba a estarlo?

—¿Te has tomado la medicación? Si no lo has hecho, corres peligro. No puedes estar mucho en ese estado.

Phoenix se volvió, la miró y sonrió de nuevo.

—Así que sabes lo que me pasa.

—¿Cuánto tiempo llevas así?

—No lo sé… Desde que me fui de casa.

—¿Y cuánto tiempo crees que ha pasado desde entonces?

—No lo sé exactamente. ¿Una semana? Dos, quizás.

—Dios mío, Phoenix… Solo hace dos días de eso. Esto es muy peligroso para ti, podrías morir.

—Más mentiras, como todo lo demás.

—Tienes que tomarte la medicación o acabarás perdiendo la cabeza.

—Al contrario. Me he dado cuenta de todo el tiempo que me has robado con esas pastillas.

No tenías ningún derecho. Ni tampoco tenías derecho a traerme al mundo ni a mantenerme encerrado como a un animal.

He estado pensando mucho, ¿y sabes a qué conclusión he llegado?

—dijo sonriendo de nuevo—. Pues que si ya no eres mi madre, no eres nadie.

Al ver en su cara lo que parecía un auténtico monstruo, Meredith se abalanzó sobre el arma que había dejado en la mesa del control de vigilancia y le disparó lo más rápido que pudo.

Pero Phoenix se apartó de la trayectoria de las balas y solo una de ellas logró rozarle la ropa.

Un instante después se lanzó sobre ella y, en lo que dura un pestañeo, ya tenía a Meredith sujeta por el cuello y la mano, impidiendo que volviese a usar la pistola.

Comenzó a apretar con fuerza, levantándola un palmo del suelo.

Meredith no dejaba de patalear intentando zafarse, pero, sin dudarlo ni un segundo, Phoenix le partió el cuello.

Cuando notó el crujido y el cuerpo de Meredith quedó colgando inerte, la lanzó contra una de las estanterías y el impacto derribó varios libros y objetos, que cayeron al suelo junto a ella.

Phoenix se acercó y la miró, deleitándose con la escena.

De pronto se fijó en que al lado del cadáver había una fotografía en un marco que se había hecho añicos y en la que aparecía Meredith de joven junto a Fred y Abraham, los tres sonrientes en una terraza de madera ante una preciosa puesta de sol en mitad de un valle.

Se quedó mirando a su padre hasta que por fin descubrió el parecido que estaba buscando y de pronto recordó que se encontraba en esa misma mansión, a tan solo unos metros de distancia en el salón de la planta baja.

El eco de los pasos de Ben retumbaba por las paredes de aquel lugar repleto de plantas.

Cuando lo hubo explorado, salió por otra puerta, se dirigió al otro lado del recibidor y entró en otra de las salas.

Era una gigantesca estancia con columnas de mármol en uno de los laterales y acabados en madera.

Tenía una zona para el comedor y, al fondo, otro ambiente con varios sofás rodeando una mesa baja frente a una chimenea.

Allí, de pie junto al mueble bar, estaba Abraham de espaldas, sirviéndose una copa con toda tranquilidad.

Al verle, Ben se dirigió lentamente hacia él tratando de mantener la calma, un paso tras otro apuntándole con su pistola.

—Impresionante entrada —halagó Abraham mientras continuaba de espaldas, sin mirarle—. Siendo quien eres, creo que Meredith te habría recibido sin necesidad de montar este numerito.

—No estoy aquí por ella —respondió Ben.

—Ah, ¿no?

—Ya no.

—Entonces supongo que estás aquí por X. —Abraham se giró muy despacio y dio un trago a su copa—. Pues siento decirte que no está aquí.

—Imagino que no puedes llevarlo a cualquier parte —dijo Ben, deteniéndose ante él cuando estuvo a una distancia prudencial—. ¿Cómo lo haces? Es una especie de exoesqueleto, ¿verdad?

—Son varios en realidad, uno nuevo para cada actuación.

Y son extremadamente caros y complejos de diseñar.

Unos son ligeros para descolgarme por el aire; otros, resistentes para soportar los disparos.

El último que usé dispersaba un gas pesado que lo cubría por completo.

John Raymond se cagó encima al verlo. —Sonrió al recordarlo—.

Dedico todo mi tiempo y mi talento a construirlos, así que es una lástima que el público solo vea el resultado final.

El proceso es lo realmente bonito de este trabajo, y la gente no se hace la más mínima idea de lo que cuesta preparar cada truco, cada coreografía…

Pero no quiero darte más detalles: los magos no revelan sus trucos.

—Tampoco es que me interese —soltó Ben.

—¿Sabes? Vi tu vídeo. Me impresionó que acabases tan fácilmente con el Loco. Estaba mayor y en baja forma, pero aun así debía de ser un cabronazo difícil de matar.

—No tanto, la verdad.

—No claro, no para ti. Vi cómo te movías. Solo había visto esos reflejos en Blitz, aunque sin duda él es mucho mejor que tú. En cualquier caso, no me gustaría cabrearos a ninguno de los dos.

—Es un poco tarde para eso.

—Ya… ¿Qué pasó? ¿Maté a alguien a quien querías?

—Eso ya da igual.

Benjamin le apuntó directamente a la cabeza, pero, justo antes de que apretase el gatillo, Abraham reveló uno de sus trucos: bajo la manga con la que sostenía la copa se hallaba oculto un largo y fino cañón pegado a su antebrazo a modo de último recurso.

Llevaba un rato apuntando a Benjamin, esperando el momento adecuado para disparar, y cuando lo tuvo a tiro, flexionó ligeramente la muñeca hacia arriba, derramando el contenido de la copa, pero apartándola de la línea de fuego.

Disparó dos veces, y la primera bala de pequeño calibre le alcanzó en el estómago.

Para cuando llegó la segunda, la adrenalina ya había invadido el torrente sanguíneo de Ben casi por completo y pudo intuir la trayectoria del proyectil para esquivarlo por pocos milímetros.

En el instante en que se disponía a devolver el disparo y acabar con Abraham, apareció Phoenix de la nada y le asestó en el costado una fortísima patada que le propulsó varios metros hacia un lado, de resultas de lo cual se golpeó en la cabeza contra una de las columnas de mármol que había cerca de la pared.

Sorprendido, Abraham contempló a aquel extraño joven de pelo blanco y mirada inquietante e inmediatamente el gran parecido que compartían le hizo deducir de quién se trataba.

Phoenix se le quedó mirando expectante. Parecía nervioso, y solo supo reaccionar con una sonrisa incómoda, pero la percepción temporal alterada en la que llevaba inmerso dos días hizo que el resultado fuese más desagradable que simpático.

—¿Eres Phoenix? —preguntó Abraham.

—Sí —respondió, tratando de mantener aquel intento de sonrisa, más parecida a la de una hiena que a la de un ser humano.

—Gracias… Me has salvado la vida.

—No ha sido nada —dijo, nervioso y adulado.

—Tu madre acaba de contarme todo lo que pasó. No sabes cuánto lo siento. Tendría que haberte conocido antes. —La cara de Phoenix se iluminó al escuchar aquellas palabras—. Tú y yo tenemos mucho de que hablar. Pero primero debes encargarte de él.

—Por supuesto —respondió Phoenix con obediencia marcial.