El Umbral Capítulo VIII. El final de la escalera #3
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Capítulo VIII. El final de la escalera #3

—No lo sé —contestó ella, calmada pero con terror en la mirada—. Pero está aquí, puedo sentirlo.

En ese instante se escuchó un estruendo y se activó el sistema de alarma. Parecía proceder del exterior de la mansión. Las luces de la sala se volvieron de color rojo y se activaron las pantallas del ordenador de control.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Abraham.

Meredith, asustada, corrió hacia el ordenador y puso en pantalla las imágenes de las cámaras de seguridad del exterior. Un coche acababa de atravesar la valla exterior a toda velocidad, llevándose por delante a los guardias que la custodiaban en el puesto de control.

—No lo sé… —dijo Meredith mientras trataba de comunicarse con su jefe de seguridad—. ¿Mitchell? ¿Estás ahí? ¿Qué está pasando?

—Tenemos un intruso, señora Goldman. Nos estamos ocupando. Por favor, no salga de la casa.

Ben condujo por el camino que atravesaba el recinto bajo una lluvia de disparos que impactaban contra el blindaje del todoterreno, en dirección a la entrada de la mansión y a toda velocidad.

Pasó por encima de todos los agentes que se fueron interponiendo y a los que atropelló sin miramientos.

Los droides de presa se desplegaron, transformados en unos impresionantes y terroríficos cuadrúpedos metálicos con fauces dispuestas a inmovilizar a sus objetivos y matarlos si era necesario.

Persiguieron al coche como perros rabiosos, agarrándose a la carrocería y lanzándose contra el parabrisas hasta que uno de ellos consiguió atravesarlo parcialmente.

Ben no se detuvo ni lo más mínimo y siguió atropellando a tantos como podía mientras disparaba repetidas veces a la cabeza del droide que trataba de alcanzarle a través del cristal.

Tras varios volantazos, consiguió librarse de todos ellos mientras se aproximaba a la mansión.

Cuando apenas le quedaban doscientos metros para llegar, sacó de uno de los bolsillos de su chaleco el inyector automático de adrenalina que le había pedido a Alec y se lo clavó en el cuello.

La sustancia le sumió en una crisis que aceleró de forma drástica sus sinapsis neuronales y ralentizó su percepción temporal instantáneamente.

Apenas unos segundos después, el coche atravesó el camino de la entrada y se estampó contra la puerta principal de la mansión a más de ciento cincuenta kilómetros por hora.

La puerta quedó destrozada en el acto y la maltrecha parte delantera del todoterreno, envuelta en llamas, se incrustó en el interior del vestíbulo de la casa.

El resto de los guardias se congregó alrededor del humeante amasijo de hierro y hormigón al que había quedado reducida la puerta principal de la casa y Mitchell ordenó a sus hombres que se acercasen con cautela, apuntando al vehículo con sus fusiles de asalto.

Se fueron acercando más y más hasta que uno de ellos, alertado por algo que pareció moverse en el interior del coche, abrió fuego, imitado a continuación por el resto de los agentes.

Cientos de balas impactaron contra lo que había quedado de la carrocería, agujereándola como un colador en mitad de un ensordecedor estruendo.

De pronto, varios agentes comenzaron a caer uno tras otro, derribados por unos precisos disparos en la cabeza que los sorprendieron desde el flanco izquierdo.

Uno de ellos alertó a los demás para que abriesen fuego en la dirección de donde venían aquellos disparos, pero cuando quisieron darse cuenta ya habían caído seis de ellos.

El resto apenas pudo ver desde dónde los estaban atacando y dispararon caóticamente en aquella dirección.

Ben trataba de contar los tiempos de su respiración, consciente de que en aquel estado debía mantener las inhalaciones y exhalaciones durante mucho más tiempo, pero, aun así, el aire entraba tan despacio en sus pulmones que la sensación de asfixia era cada vez mayor.

Se tomaba su tiempo para apuntar a las partes descubiertas de los agentes, que parecían moverse a cámara lenta, y afianzar cada disparo antes de efectuarlo.

Aprovechaba cada movimiento muscular para rentabilizar su tiempo al máximo mientras posaba su vista en el siguiente objetivo.

Había revelado su posición, así que cuando vio que los disparos de los agentes comenzaban aproximarse a su ubicación, se ocultó tras una esquina de la casa y aprovechó para recargar su arma.

Cuando volvió a asomarse, uno a uno alcanzó a los agentes restantes, con el único inconveniente de que su estado mental y físico cada vez estaba más al límite.

Hacía un rato que había perdido el ritmo respiratorio y ya notaba una fuerte sensación de asfixia.

Cuando acabó con el último, vio a lo lejos a varios droides de presa que corrían directamente hacia él.

No había manera de ocultarse de ellos porque ya le habían localizado de forma inequívoca, así que, haciendo un gran esfuerzo, echó mano de un fusil de pulso eléctrico que llevaba a su espalda.

Pero sus músculos se movían con lentitud y aquellas bestias metálicas se aproximaban.

Consiguió apuntar al droide que estaba más cerca y lo derribó de un disparo, pero inmediatamente tras él había cinco más que no se detendrían ante nada.

Trató de apretar el gatillo un instante después, pero la cadencia del arma no era tan rápida como la de una pistola y debía esperar para poder volver a disparar.

Cuando por fin pudo, tenía a las bestias casi encima.

Un segundo disparo impactó contra el segundo droide, quemó sus circuitos internos y lo derribó.

Un tercero apareció elevándose de un salto ante él, con las fauces abiertas y dispuesto a desmembrarle, pero el fusil se negaba a seguir el ritmo que Ben le exigía.

De pronto, vio que algo descendía del cielo a toda velocidad y se dio cuenta de que era uno de los drones de Alec, lanzados por este manualmente desde el centro de operaciones como una lluvia de meteoritos que pulverizó al resto de droides de presa y los hizo explotar con cada impacto.

En cuanto se dio cuenta de la jugada, Ben intentó que su cuerpo se moviese lo más rápido posible y se lanzó de espaldas, cerrando los ojos para cubrirse de la última explosión, que lo empujó varios metros hacia atrás.

Un tercer dron cayó sobre los androides restantes, volándolos en mil pedazos y dejando un humeante cráter en el jardín de la mansión.

Ben hizo lo posible por levantarse, pero sus músculos le ardían y notaba las venas palpitando a causa de la asfixia.

Entonces se dejó caer de rodillas sobre el césped; pero antes incluso de que sus rodillas tocaran el suelo, comenzó a intentar calmarse con los ojos cerrados.

Estuvo así durante lo que él percibió como unos minutos hasta que lo consiguió, consciente de que en tiempo real solo le habría llevado unos segundos.

En la sala de seguridad de Meredith, Abraham se acercó a la pantalla para observar a aquel tipo que estaba de rodillas en el exterior de la mansión, rodeado de la destrucción y el caos que él mismo había provocado. Parecía estar meditando en mitad de todo aquello.

—¿Pero qué coño…? ¿Ese es Phoenix? —preguntó.

—No, no es él —dijo Meredith, confusa—. No sé quién es.

Abraham se acercó más a la pantalla hasta que estuvo a un palmo de la imagen y le miró con detenimiento.

—Es el tío que mató al Loco, el policía.

—¿¡Cassidy!? —exclamó Meredith, acercándose también a la imagen con asombro.

—Voy a bajar. Quédate aquí y cierra la puerta cuando salga. ¿Me oyes?

Meredith continuaba incrédula sin comprender qué hacía Benjamin Cassidy en su propiedad.

—¿Me has oído, Merry? —insistió Abraham.

—Sí…

Abraham salió apresuradamente de la sala mientras Meredith seguía absorta mirando las pantallas.

Cuando se hubo calmado, Ben volvió a percibir el tiempo de forma normal y aprovechó ese momento para descansar.

Unos minutos después, cuando recuperó el aliento, se puso en pie y se dirigió hacia el boquete que había abierto en la mansión, donde estaban atravesados los restos en llamas del todoterreno.

Al entrar se encontró con el inmenso recibidor, presidido por una enorme y regia escalera y flanqueado en los laterales por varias puertas que daban acceso a distintas estancias de la casa.

Benjamin eligió aleatoriamente una de las puertas y esta le condujo hasta un salón botánico lleno de plantas y cristaleras donde caminó con cuidado explorando el lugar.

A través de las pantallas, Meredith observaba cómo Benjamin inspeccionaba la planta baja mientras veía en la imagen del recibidor a Abraham descendiendo por la escalera hasta la entrada, donde el fuego del todoterreno en llamas comenzaba a extenderse por las paredes.

No se cruzaron por apenas unos segundos.

De pronto, aquel crujido que la atormentaba volvió a sonar a su espalda.

Al darse la vuelta, fue consciente de que había olvidado cerrar la puerta después de que Abraham saliese de la sala.

Corrió para cerrarla apresuradamente con ambas manos mientras rezaba para que no fuese demasiado tarde.

Mientras recuperaba el aliento con las manos apoyadas sobre la puerta, volvió a escuchar aquel crujido en la madera del suelo justo a su espalda.

Cerró los ojos con resignación, se dio la vuelta despacio y al abrirlos de nuevo se encontró con Phoenix, que caminaba tranquilamente por la sala y observaba los objetos que contenía.

Se detuvo al llegar al tanque de formol y lo miró más de cerca hasta que quedó frente al embrión del que él mismo era fruto.

—Llevo tiempo queriendo entrar aquí —dijo con un extraño defecto en el habla que Meredith no había escuchado nunca antes.