El Umbral Capítulo VIII. El final de la escalera #2
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Capítulo VIII. El final de la escalera #2

Abraham colgó el teléfono abruptamente y Meredith se quedó agachada, con la espalda contra la pared y apuntando hacia la puerta de su búnker personal.

A pocos kilómetros de allí, en el aparcamiento subterráneo de Alec, Ben ya llevaba puesto el traje táctico de blindaje ligero y estaba cargando un todoterreno con el equipo que necesitaría para entrar en la mansión de Meredith Goldman, incluyendo la pesada armadura de camuflaje de ondas. Natalie entró en el aparcamiento.

—¿Estás bien? —preguntó él cuando vio su cara de preocupación.

—Nerviosa.

—Ya he hecho esto antes, Nat. Será entrar y salir.

—Lo sé.

Natalie se acercó a Ben y le puso una mano en la cara, acariciándola con cariño mientras le miraba con tristeza.

—Pero que no te maten, ¿vale?

—Claro que no.

Ambos se acercaron cada vez más hasta que sus labios se tocaron. Ben puso todo su empeño en que aquel beso no le supiese a despedida, pero de pronto la voz de Alec los interrumpió desde los altavoces del aparcamiento.

—Benjamin, Natalie —dijo desde el salón—. Venid a ver esto.

Cuando acudieron a comprobar de qué se trataba, encontraron a Alec atento al holograma, que mostraba una camioneta que acababa de ser autorizada para entrar en el recinto de Meredith Goldman.

—Pensaba que no solía recibir visitas —dijo Ben.

La camioneta paró frente a la entrada de la mansión y de su interior salió un tipo que caminó hasta la puerta de entrada.

—¿Quién es?

—No lo sé —respondió Alec—. El holograma no capta suficiente detalle. Dame un momento.

Alec sacó tres fotografías de alta resolución, una por cada dron.

Aunque no eran muy reveladoras, las pasó por un software de reconocimiento facial, pero tampoco dio resultado.

Ben pidió que le mandaran las fotografías a Andrew por si él sabía de quién podría tratarse.

Poco después, Ben recibió la respuesta en un mensaje a su teléfono. Eran solo dos palabras: «Es él».

En el mismo instante en que vio el mensaje, Ben miró de nuevo la enorme pantalla donde aparecían las imágenes aéreas de Abraham y se acercó para verlo mejor, ladeando ligeramente la cabeza. Natalie, al observar su reacción, intuyó lo que ocurriría a continuación.

—Ben, cálmate —le dijo—. Vamos a pensar un momento.

—Es Abraham… —sentenció él.

Ben volvió a reaccionar de inmediato, se encaminó hacia el aparcamiento y se dirigió a paso rápido al todoterreno que aún estaba a medio cargar, seguido de Natalie, que trataba de calmarle para que no actuase impulsivamente.

Ben subió al coche, arrancó y salió a toda velocidad de la mansión de Alec, dejando una buena parte del equipo atrás.

—¡¿Pero qué hace?! —exclamó Alec al salir de la casa—. ¡Se ha dejado la armadura de ondas!

Al entrar en la mansión, un androide de protocolo recibió a Abraham y, como le había indicado Meredith, le acompañó hasta el despacho principal de la primera planta, donde lo dejó solo.

De pronto oyó el sonido de desbloqueo de un mecanismo y vio cómo una puerta oculta en una de las paredes se quedaba ligeramente entreabierta.

Cauteloso, caminó despacio hacia ella y se asomó a su interior.

—¿Merry? —preguntó.

Al asomarse a la sala vio a Meredith frente a la puerta, apuntando con el arma en ristre y asustada.

—Entra y cierra la puerta —ordenó—. ¡Date prisa!

Abraham cerró tras de sí y al volverse se encontró de bruces con ella, que había ido a su encuentro para abrazarle.

—Estás temblando, Merry. —Lo notó cuando la tenía entre sus brazos—. ¿Qué ha pasado?

Meredith explotó en un llanto incontenible y toda la tensión que había acumulado en las últimas horas salió de golpe. Cuando consiguió recuperar un poco el aire, miró a Abraham con los ojos inundados de lágrimas.

—Abe, tengo que contarte algo —le dijo.

Una vez sentados los dos en el sofá, Meredith, todavía con un nudo en la garganta, comenzó a hablar.

—¿Recuerdas aquella noche hace treinta años? Cuando aparecí en la cabaña y tú y yo…

—Claro, jamás la olvidaré.

—Aquella noche me quedé embarazada.

Abraham se quedó petrificado durante un instante.

—¿Cómo dices?

—Me enteré un mes más tarde —continuó Meredith— y no quise decir nada a nadie. Durante dos meses no supe qué hacer. Quería decírtelo, pero…

Abraham estaba abrumado por aquella revelación, casi en shock .

—¿Y qué pasó? —preguntó, con miedo de escuchar la respuesta, fuese cual fuese.

—Lo perdí —respondió Meredith con gesto compungido—.

Perdí al bebé, Abe. Una mañana me desperté y supe que algo no iba bien.

Bajé a la sala de cuidados, me tumbé en la cabina y su corazón ya no latía.

Tuve que extraerlo —confesó entre lágrimas—.

Me tumbé en la camilla de operaciones y el sistema automático se ocupó de todo.

Pero cuando lo sostuve en mis manos, no pude apartarme de él… , era tan pequeño. No pude.

—¿Qué quieres decir?

Meredith pulsó un botón que había en un mando sobre una de las mesitas y frente a ellos emergió del suelo el tanque donde flotaba aquel pequeño feto, perfectamente conservado. Abraham, asombrado, se puso en pie muy despacio, se acercó a él y lo miró de cerca sin mover un músculo de la cara.

—Venía aquí todas las noches —continuó Meredith—. Lo miraba y lloraba. Todas las noches, Abe. No lo aguantaba más, me estaba volviendo loca. Hasta que un día decidí ponerme en contacto con un viejo conocido de Washington: el doctor Melbourne.

—¿El presidente de GenLabs? —preguntó Abraham sin dejar de observar aquel pequeño embrión e intuyendo por dónde podría continuar el relato de Meredith.

—Sí. Unos años antes, el doctor Melbourne me había hablado de una serie de pruebas que se hicieron a principios de los años treinta: el proyecto GÉNESIS.

Según me dijo, lograron clonar con éxito a seres humanos y que estos se desarrollasen plenamente, pero todo se detuvo de forma brusca tras el Despertar y tuvieron que dejarlo a un lado.

A Melbourne le ordenaron retomar la investigación y utilizó los hallazgos para fundar GenLabs, especializada en el cultivo de clones que mantenían en fase embrionaria.

Me contó que, tras la desaparición de los anteriores directores del proyecto, quedaron pendientes algunos problemas asociados al desarrollo de los sujetos.

Su proceso de maduración era mucho más rápido de lo normal, algo que no pudieron solucionar.

Además, los sujetos parecían sufrir una especie de crisis recurrentes, aunque para controlarlas solo necesitaban una sencilla medicación de por vida.

Al principio me negué. Pero unos años después volví a llamarle…

—Dios santo, Merry.

—Tú no sabes lo que es venir aquí todas las noches durante años, Abe.

Ver a nuestro hijo, flotando ahí dentro, tan indefenso…

Era como si intentase decirme algo. Como si me pidiese ayuda al verse atrapado en ese cubículo de cristal.

—Meredith, con lágrimas en los ojos, miraba a aquel embrión como si le estuviese hablando directamente a él—.

Necesitaba saber qué era lo que quería decirme.

Necesitaba abrazarle y que supiese que yo estaría siempre para cuidar de él. Necesitaba salvarle.

Meredith se llevó una mano a la frente y se cubrió los ojos como si tratase de contener el llanto, pero las lágrimas ya caían sin parar por sus mejillas.

—Le dije a Melbourne que no me importaba el dinero que me costase —prosiguió—.

Que no me importaban ni la medicación ni ninguna otra cosa que no fuese abrazar a mi hijo y sacarle de ese tanque.

Me dio su palabra de que todo iría bien y que sería como si nuestro hijo volviese a nacer.

—Apartó la mano de su cara y volvió a mirar al embrión, iluminado por una vaga luz pálida, totalmente inmóvil…

Abraham volvió al sofá para sentarse junto a ella. La observaba, impasible. Estaba furioso, pero al verla en ese estado tan descarnado y vulnerable, se contuvo. Pensó en abrazarla y decirle que no se preocupase, que él se encargaría de todo, pero no lo hizo. Solo se limitó a escucharla.

—Creció muy deprisa; incluso creí que comenzaba a parecerse a ti, y no solo físicamente.

—Ella pareció recordar aquellos momentos y dejó escapar una pequeña sonrisa—.

Era tan callado como tú, y parecía tener mi motivación para conseguir lo que se proponía.

Tenía esa obsesión por montar y remontar cosas que me recordaba a ti, concentrado de forma compulsiva durante horas en su labor…

Pero pronto comprendí que aquello también podría ser peligroso.

Heredó de nosotros nuestros peores rasgos, sin contrapeso, sin experiencias que lo llevasen a comportarse como lo hacía.

Durante un tiempo creía tenerlo controlado con la medicación, e intenté que diese salida a sus peores impulsos de una manera constructiva.

—No iba a mencionarlo —dijo Abraham—, pero me enteré de lo de Fred. Fue él, ¿verdad?

Meredith bajó la cabeza, totalmente hundida. Las lágrimas caían sobre sus rodillas, y unos instantes después pareció asentir, confirmando aquella sospecha.

—Fred descubrió su existencia y se marchó enfadado. Tenía la intención de matarte… No podía permitirlo.

—¿No querías que me matase a mí o no querías que matase a X?

Meredith miró a Abraham con los ojos a flote entre un mar de lágrimas.

—¿Acaso importa?

—Supongo que no.

—Nuestro hijo sigue flotando en ese tanque, hablándome, pidiéndome que lo ayude, atormentándome —dijo ella mirando al feto—. Lo que hay ahí fuera es otra cosa. Es el diablo, Abe.

Abraham llevó la vista al suelo durante unos segundos. Tenía muchas preguntas, pero las espantó de su mente y trató de concentrarse en lo importante. Lacónico, preguntó únicamente lo que consideró que podía serle útil.

—¿Cómo se llama?

—Phoenix —respondió Meredith tras exhalar su último llanto y quedarse con la mirada perdida en las pequeñas burbujas que ascendían rítmicamente en el formol del tanque.

—¿Y dónde está ahora?

—Por eso te he llamado. Está aquí… y viene a matarme.

—¿Aquí? ¿Dónde?