El Umbral Capítulo VIII. El final de la escalera
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Capítulo VIII. El final de la escalera

Capítulo VIII El final de la escalera

Al atardecer del día siguiente, Alec, Dana, Ben y Natalie estaban reunidos en el salón de la mansión dispuestos a planear la incursión a casa de Meredith Goldman.

Vista desde una altura de siete mil metros, la ciudad de Los Ángeles parecía un sistema circulatorio geométrico por cuyas venas corrían luces cálidas y rojas captadas por el dron de alto vuelo de Alec.

Gracias a las diversas tecnologías que abarcaba su conglomerado empresarial, tenía acceso a una gran cantidad de dispositivos modificados con capacidades que solo el Ministerio de Defensa estaba autorizado a utilizar.

Las imágenes se enviaban directamente a la enorme pantalla del salón de Alec, donde todos observaban atentos.

—Es impresionante —expresó Ben, sin despegar la vista de la pantalla.

—Eso espero, porque en este momento estamos violando todas las leyes del espacio aéreo de Estados Unidos —dijo Alec— y no podemos acercarnos más.

Este tipo de dron es invisible al radar, pero sigue emitiendo calor, y estoy seguro de que Meredith tiene todos los sistemas de contraespionaje que podamos imaginar. Pero puedo ampliar la imagen.

La imagen comenzó a ampliarse despacio, acercándose hasta Bel Air y encuadrando finalmente la propiedad de Meredith Goldman.

—¿Es esa la casa? —preguntó Ben.

—Sí —respondió Alec.

En la imagen podía verse un enorme recinto de unos seis mil metros cuadrados en cuya zona sureste estaba ubicada una mansión.

A pesar de la distancia, la definición era bastante buena.

Podía intuirse dónde estaban cada árbol, cada camino y cada agente de seguridad que custodiaba la zona en tiempo real, aunque había muchos elementos que se confundían unos con otros.

—Un momento —añadió Alec—, aún queda una sorpresa.

Un segundo y un tercer drones se posicionaron a una distancia equidistante del primero y activaron el sistema de triangulación.

De pronto, de la propia mesa del salón donde estaban las tazas de café emergió un holograma tridimensional mucho más nítido.

Ahora podía distinguirse casi con detalle todo lo que ocurría en aquel recinto como si de un juego de mesa se tratase.

—Ahora sí que estoy impresionada —dijo Natalie.

—¿Esto es lo que está ocurriendo ahora mismo? —preguntó Ben.

—Tiene un par de segundos de retardo, pero sí —respondió Alec—. La IA reconstruye la imagen a tiempo real basándose en los datos de las tres cámaras y el lídar.

Cuando el mapa ganó en nitidez, pudieron verse algunos a guardias de seguridad que al principio estaban ocultos bajo árboles o techados.

—Hay veinticuatro agentes custodiando el recinto —observó Alec.

—¿Y qué es eso? —preguntó Dana, señalando lo que parecían unos cubos metálicos distribuidos por el recinto de forma geométrica.

—Son droides de presa —aclaró Ben.

—Mierda —suspiró Alec.

—Ahora mismo están en reposo, pero si los sensores de movimiento me detectan, todos esos bichos se activarán y se me echarán encima como perros.

—Aunque solo estuvieran programados para inmovilizar, podrían destrozarte en cuestión de segundos —dijo Alec—.

Es tecnología militar prohibida para la población civil…

Supongo que no soy el único al que le gustan los juguetitos.

Puede que incluso el Gobierno haga la vista gorda con Meredith Goldman. Esto complica las cosas.

—¿Tienes drones de carga? —preguntó Ben.

—Sí, uno. Pero no podría llevarte hasta el tejado de la mansión. Emite calor, ¿recuerdas? En cuanto te detectasen, estarías muerto. Tendrás que entrar a la vieja usanza, por el lado más vulnerable del recinto.

—¿Y qué pasa con esos ciberdóberman? —añadió Natalie—. ¿No se despertarán en cuanto Ben toque el suelo?

—No si se equipa con traje de absorción de ondas, una especie de armadura hecha con acero ferrítico dopado con boro. Los prototipos funcionan, pero pesaría demasiado.

—¿Cuánto? —preguntó Ben.

—Unos setenta u ochenta kilos. Sumados a tu equipo táctico, serían casi noventa.

—Si tengo que recorrer un kilómetro con eso mientras evito a los agentes de seguridad, tardaré horas en llegar a la mansión.

—Con suerte, puede que unas dos horas. Se trata de llegar vivo, Ben.

Benjamin meditó alternativas durante unos segundos, pero no se le ocurría nada mejor.

—Está bien —aceptó resignado.

—Decidido. Puedes entrar por la zona suroeste del recinto, donde parece haber menos vigilancia, y luego te diriges a pie hasta la mansión.

Desde aquí te guiaremos para esquivar a los guardias y mantenerte alejado de los droides de presa.

Cuando llegues a la mansión, quítate la armadura de ondas.

Luego tendrás que buscar un punto vulnerable por donde entrar.

Una vez dentro, localiza a Meredith lo antes posible con el sistema de ultraimagen.

—¿Ultraimagen? —preguntó Natalie.

—Es un dispositivo que permite ver a través de muros poco densos mediante un sónar. La IA interpreta las señales rebotadas y reconstruye la escena al otro lado de la pared. Supongo que lo habréis usado alguna vez en el cuerpo de policía, ¿no, Ben?

—Sí, no hay problema. Entonces le saco la información a Meredith y vuelvo por donde he venido ¿no? —recapituló Ben—. Hecho.

—¿¡Hecho!? —exclamó Natalie—. Lo dices como si fueses a montar en la noria.

—No te preocupes —dijo Alec—. He visto de lo que es capaz Ben. Si creyese que no puede hacerlo, no estaríamos aquí.

Tras repasar los pormenores del plan, Ben apartó a Alec hasta un rincón para hablar con él en privado.

—Tengo que pedirte una cosa más.

—Claro, dime.

—¿Puedes conseguirme estimulantes?

—¿Estimulantes? ¿Qué me estás pidiendo… coca o algo así?

—Pensaba más en algo tipo adrenalina. ¿No tienes algo parecido en la sala de cuidados?

—Es posible. Le preguntaré a Nyx, pero ¿no crees que ya tendrás suficiente adrenalina estando rodeado de una veintena de tíos que quieren matarte?

—Tú consíguemela, Alec.

Aquella noche en la mansión Goldman, Meredith miraba desganada el plato de comida que tenía delante para cenar.

Siempre había disfrutado de un poco de tranquilidad después del trabajo, pero todo había cambiado desde la muerte de Fred, y hacía tiempo que las noches se le hacían cada vez más solitarias.

No solo echaba en falta su compañía física, sino el propio concepto de su existencia en alguna parte del mundo.

Incluso durante los años en los que más distanciados estaban, siempre encontraba algún consuelo al pensar que Fred no estaba demasiado lejos y que, si realmente lo necesitaba, podría levantar el teléfono y hablar con él.

Saberse en el mundo sin la persona que mejor la conocía y con quien más tiempo había compartido su vida le producía una desolación tan inmensa que ni siquiera los fármacos más sofisticados podían aplacar.

Miraba cómo el vino caía desde la botella hasta la copa, rebosándola hasta arriba en medio de aquel inmenso salón.

Apenas tocaba la comida de su plato y bebía continuamente, intentando llenar ese agujero en su pecho, hasta que sin darse cuenta casi había terminado la botella.

De pronto, a su espalda, la madera del suelo crujió como si alguien caminase a pocos metros de ella, lo que le provocó un sobresalto.

Se dio la vuelta, pero allí no había nadie.

De nuevo escuchó el crujido de la madera cerca de la puerta, como si un fantasma caminase por aquel salón.

Meredith se puso en pie, un poco mareada por el vino, y caminó hasta la puerta.

Cuando casi estaba convencida de que aquello solo podía ser producto de su imaginación, volvió a escuchar aquel sonido al fondo del pasillo.

Comenzó a seguir los crujidos hasta que llegó al despacho, donde escuchó que alguien merodeaba en su interior, pero al asomarse por el quicio de la puerta vio que allí no había nadie y empezó a pensar que estaba perdiendo la cabeza.

Asustada, entró en el despacho y deambuló observando cada rincón por si se trataba de algún roedor. De nuevo un nombre cruzó por su mente.

—¿Phoenix? —preguntó en voz alta.

Nadie contestó. Meredith comenzó a caer presa de la paranoia y decidió comunicarse con su jefe de seguridad.

—Sí, señora. Todo despejado —respondió Mitchell.

—¿Se sabe algo de Phoenix?

—No, señora. Seguimos buscándole. ¿Quiere que comprobemos el interior de la casa?

—Sí, por favor. Se lo agradecería.

Tras una exhaustiva revisión, el equipo de seguridad no encontró nada extraño y Meredith les ordenó que redoblaran la vigilancia del perímetro exterior.

En cuanto el señor Mitchell y sus hombres salieron de la mansión, Meredith volvió a quedarse sola, sentada en el escritorio de su despacho, y de nuevo escuchó cómo la madera del suelo crepitaba.

Esta vez alcanzó a ver algo por el rabillo del ojo, una sombra que se movió tan rápidamente que podría haberlo confundido con un defecto de su propio ojo; pero no lo era.

Ella sabía que allí había algo más que la acompañaba.

Comenzó a mirar en todas direcciones y fue presa del pánico.

Se puso en pie, corrió hasta la pared donde colgaba su foto frente a la torre BETA y desbloqueó la apertura de la habitación blindada, donde se encerró a cal y canto, jadeando por el miedo.

Una vez dentro, sacó una pistola que guardaba en una de las mesitas que decoraban la estancia y pegó la espalda a la pared del fondo mientras apuntaba hacia la puerta.

Nadie la siguió, no ocurrió nada y no volvió a escuchar el crujir de la madera.

Apresurada, sacó su teléfono e hizo una llamada.

—¿Meredith? —preguntó la voz de Abraham al otro lado del teléfono.

—¡Abe, necesito que vengas! —dijo Meredith, susurrando aterrorizada.

—¿Qué te pasa? ¿Que vaya adónde?

—A mi casa, ¡por favor! ¡Te necesito!

—¿Pero qué ocurre?

—¡Tengo miedo Abe, por favor!

—Está bien, tranquila. Voy para allá.

—Date prisa, por favor.