Epílogo. El dios solitario #4
Con el paso de los días ambos se hicieron rápidamente con las nuevas rutinas: maratones de series y películas, lecturas mecidas por las hamacas del porche frente al lago, largas caminatas por el bosque de la isla y del continente, paseos en barco y visitas a los pueblos cercanos a un lado y otro de la frontera.
Además, pasaban mucho más tiempo en el dormitorio que sus anteriores ocupantes, lo que les entretenía durante una parte nada desdeñable del día.
Poco a poco parecieron olvidar la tensión de los últimos meses y se relajaron como un nudo aflojándose por el paciente roce del tiempo.
Las noches en la isla eran silenciosas. Demasiado silenciosas quizás.
Ben no tardó demasiado en volver a despertarse bruscamente, cubierto en sudor y con el corazón bombeando a toda velocidad.
A veces Natalie se despertaba también y trataba de calmarlo, pero sabía que lo único que lo relajaba era salir a caminar por los alrededores de la isla hasta que conseguía despejarse y volver a la cama.
Ben insistía en que no se preocupase, y le aseguraba que con el tiempo aquellos sueños se disiparían. Pero no lo hicieron.
Una mañana, en una de sus frecuentes visitas al pueblo portuario que se encontraba a pocos kilómetros del islote, Natalie paró a desayunar un café y un cruasán en una cafetería del centro de la población, compuesto por pequeñas casas de madera de colores rojizos, naranjas y claros.
Había ido a hacer algunas compras y a media mañana decidió parar en aquella agradable cafetería, en la que apenas había tres clientes habituales del lugar conversando en otra de las mesas.
Después de varias semanas, apreciaba ver a más gente para variar, aunque solo fuese para intercambiar algunas palabras en la tienda o simplemente escuchar el bullicio, con cierta nostalgia de la gran ciudad.
En la televisión de la cafetería estaban informando de noticias locales a las que Natalie apenas prestaba atención hasta que de pronto algo consiguió captar su interés.
En la imagen, un presentador tras una mesa narraba la historia de Aegir, un Profesional de la región que acababa de superar el Umbral por primera vez con su último vídeo.
En él, Aegir asesinaba a un pescador al borde del lago de forma cruel y escabrosa.
Aunque había sido grabado hacía más de tres meses, hacía solo seis días que el vídeo había alcanzado la barrera de las visitas que otorgaban el indulto.
El presentador continuó contando que aquella misma mañana el cadáver del Profesional había sido hallado en las inmediaciones de Silver Bay, un pueblo a pocos kilómetros al sur siguiendo la costa del lago.
Tras las primeras investigaciones, la policía averiguó que su auténtico nombre era Peter Calloway, un joven de veinticinco años nacido en el condado de Lake, por lo que toda la comunidad estaba conmocionada.
Los vecinos iban pasando uno detrás de otro por el micrófono del reportero enviado a Silver Bay.
Muchos de ellos aseguraban que le habían conocido, que no imaginaban su doble vida como aspirante a Profesional y que estaban conmocionados por su muerte a manos de un desconocido a quien la policía aún no había logrado identificar.
Hacía un rato que el cruasán de Natalie se estaba quedando frío, suspendido sobre el café y sostenido por su paralizada mano.
Algo le impedía apartar los ojos de la pantalla, y apenas había pestañeado durante el rato que duró aquel reportaje.
Un escalofrío recorrió su espalda y sus hombros cuando se encontró a sí misma tratando de evitar pensar en los largos paseos nocturnos de Ben.
En ese mismo instante, Benjamin se encontraba en el islote, de pie junto a la orilla del lago con el teléfono pegado a la oreja y el ceño fruncido.
—¿Aún no hay noticias? —preguntó.
Al escuchar la respuesta, bajó la cabeza mirando hacia sus propios pies y suspiró con cierta decepción.
—Seguid buscando. Por muy rápido que sea, no puede desaparecer sin más. Puede que no tarde en volver a actuar, y entonces quizás cometa un error y nos proporcione un hilo del que tirar. Mantenme informado de lo que sea, ¿de acuerdo? —dijo Ben llevándose una mano a la frente—. Gracias, Summers.
Ben cortó la llamada y se guardó el teléfono en el bolsillo, devolviendo la mirada al horizonte del lago bañado por el sol de la mañana.
Con gesto inerte, se quedó allí de pie, pensando durante un buen rato.
Una ligera mueca se dibujó en su rostro cuando recordó las palabras que Harry le dijo en los calabozos de la comisaría: «Hay muchas razones para estar en este lado de los barrotes y muy pocas para estar contigo en ese».
Incluso Harry parecía haber encontrado algunas razones para ponerse de su lado poco antes de ser asesinado por Chloe, lo cual no hacía más que confirmar que lo que estaba haciendo era lo correcto.
De pronto notó un frío helado: las olas del lago habían comenzado a crecer y ya le alcanzaban los pies hasta cubrirle los tobillos.
Volvió a mirar al horizonte y supo que ya era demasiado tarde para él.
Aunque lo había intentado durante los últimos meses, no podría continuar mucho más tiempo ignorando una simple verdad: que ya no había vuelta atrás. Había cruzado el umbral.