Año 2038 #5
—¿A Reaper? —preguntó Alec, sorprendido—. Claro, es cierto que no se sabe nada de él desde hace tiempo. Pero todos ellos eran unos monstruos, Ben. No deberías compadecerte de ellos.
—¿Por qué? ¿Porque mataron a muchas personas? A este paso yo también perderé la cuenta de toda la gente a la que he matado. Me asusta en lo que me estoy convirtiendo.
—Pero no eres como ellos. Lo que haces es por un bien mayor.
—Un bien mayor —repitió Ben, soltando una pequeña risa irónica—. Esa es la misma excusa que usó Meredith Goldman para justificar el Umbral, y resulta que fue ella la que creó a X.
—Hay una diferencia entre tú y ella. Meredith Goldman nunca ha estado dispuesta a dar su vida por aquello en lo que creía.
Lo único que hizo fue apostar con las vidas de los demás.
Tú, en cambio, cargas con las consecuencias de tus decisiones.
Tienes las manos manchadas de sangre, y en mi opinión, que seas casi incapaz de soportarlo solo significa que tienes conciencia.
No creo que el Loco ni Reaper hicieran lo que hacían por un bien mayor, sino por el suyo propio.
En cualquier caso, ellos también cargaron con las consecuencias de sus acciones —dijo Alec con calma, dejando que sus palabras se asentaran—.
Los monstruos son ellos, tú solo eres la consecuencia de que existan.
En ese mismo momento, en el jardín, Natalie mojaba los pies en la piscina mientras contemplaba las impresionantes vistas de la ciudad a lo lejos. Poco después apareció Dana trayéndole un refresco, se sentó a su lado y metió también los pies en la piscina.
—Tienes una casa preciosa —elogió Natalie.
—Gracias.
—¿Cómo os conocisteis Alec y tú?
—En una fiesta. Éramos muy jóvenes. Me invitó a una copa y aquella misma noche nos lo estábamos montando en su coche —dijo entre risas.
—Tenéis suerte de haber pasado tanto tiempo juntos.
—Sí, pero no siempre ha sido fácil. Hemos pasado por momentos muy difíciles.
—Dana perdió la mirada entre las ondas que hacían sus piernas al moverse dentro del agua—.
Pensé en dejarle muchas veces, y estoy segura de que él pensó lo mismo.
Si te soy sincera, no sé ni cómo pudimos aguantar, pero al final lo conseguimos.
—¿Y cuál es vuestro secreto?
Dana levantó la cabeza durante unos segundos, pensativa, como si realmente quisiera encontrar la respuesta a esa pregunta, intentando elegir muy bien sus palabras.
—Hacemos muchas cosas juntos —dijo con una sonrisa en la cara.
Natalie la miró con asombro. Parecía liviana como una pluma mientras su mirada se perdía en el horizonte.
Alec llevó a Ben a su garaje, acompañado por el androide Nyx, que los seguía discretamente a poca distancia.
Al entrar, pulsó un botón y el portalón comenzó a cerrarse, aislándolos del exterior.
A continuación introdujo un código numérico en un panel que había junto a una estantería de herramientas.
Automáticamente, un segmento de la pared comenzó a deslizarse hacia un lado dando paso a unas escaleras por las que bajaron los tres hasta llegar a un sótano de inmensas dimensiones.
Allí había un buen número de vehículos de alta gama: motos, jeeps, deportivos, coches clásicos…
Una buena colección de la que Alec se enorgullecía como amante del motor y la tecnología.
Fascinado, Ben curioseaba el interior de algunos modelos mientras caminaban hasta el fondo de aquella suerte de hangar, sin sospechar que aquel no era el motivo de tanto secretismo.
Alec posó la mano en una de las paredes de cemento, recordando el punto exacto donde estaba el escáner dactilar, y una luz que se iluminó bajo su piel confirmó su identidad, desbloqueando una segunda puerta de seguridad en medio del granito.
Al atravesarla, se encontraron en una estancia de menor tamaño pero esta vez repleta de equipamiento táctico y armas.
—¿Pretendes invadir algún país o…? —bromeó Ben, atónito ante aquella revelación.
—Entrar en casa de Meredith no será tan fácil como cuando fuiste a por Beckett. Toda ayuda es poca.
—¿Y pretendes que me lleve un arsenal por si acaso?
—Bueno, quizás no todo —respondió Alec—. Nyx conoce cada equipamiento y cada arma que hay en esta sala. Te ayudará con lo que necesites.
Benjamin miró a Nyx, dudando en hacer la pregunta que le rondaba la cabeza, pero decidió que aquel no era el mejor momento para tener esa conversación.
Los cuatro pasaron el resto de la mañana tratando de relajarse un poco y disfrutar. Comieron en el jardín, charlaron, rieron… Ben no recordaba un día tan normal desde hacía muchos años.
Al atardecer, Alec los llevó hasta una de las habitaciones de invitados para que descansasen.
Allí, a solas y tumbados sobre la cama, Natalie comentó que Dana y Alec le resultaban una pareja muy curiosa.
Parecían mirarse con una complicidad fuera de lo común, como si todo el rato acabasen de tener sexo en el baño y solo ellos dos lo supieran.
Se miraban constantemente, se tocaban, se sonreían…
A Natalie casi le incomodaba estar estorbándolos en su eterna cita romántica.
—¿No te has fijado? —preguntó—. Es como si ocultasen algo.
—La verdad es que no —contestó Ben.
—Para ser inspector, no parece que te fijes mucho en los detalles.
—Bueno, en realidad ya no lo soy —dijo Ben, aceptando aquel hecho con una sonrisa un poco triste.
Natalie se colocó sobre él y le dio un beso. Luego le miró a los ojos y comenzó a acariciarle el pelo.
—Sé que si no te dejo hacer esto, nunca te lo quitarás de la cabeza —le susurró—, pero no quiero que lo hagas.
—Cuando todo acabe, nos iremos tú y yo muy lejos de aquí. Te lo prometo.
—Al menos sé que cumples tus promesas.
De pronto el teléfono desechable de Ben comenzó a sonar en el interior de su mochila. Ben se levantó para cogerlo y en la pantalla vio que se trataba de Andrew.
—Hola, Andy —dijo al responder.
—Hola. Acabo de recibir una llamada un poco extraña de alguien que dice conocerte, un tal Harry Ward. ¿Le conoces?
Harry salió de la comisaría cuando ya había anochecido y se tumbó en su GlidePod con los ojos cerrados mientras este le llevaba de vuelta a su hotel.
Por el camino intentó no pensar. Temía que las imágenes de aquel vídeo en el que X asesinaba cruelmente a los padres de Tom le volviesen a la cabeza, pero no podía dejar de darle vueltas a todo lo que estaba pasando.
Recordó la conversación que mantuvo con Ben cuando aún estaba encerrado en el calabozo de la comisaría y se preguntó si en realidad era él quien estaba en el lado incorrecto de los barrotes.
Al entrar en su habitación del hotel, tiró su pistola sobre la cama, se desabrochó la camisa y fue directo al mueble bar para servirse una copa.
Se sentó en la cama, encendió la tele y se quedó mirando la pantalla sin prestarle atención, perdido en un limbo entre la reflexión y el shock .
De pronto recibió una llamada en su teléfono de un número desconocido.
—¿Diga?
—Hola, Harry —dijo Ben al otro lado.
—Hola. Me alegra oírte, no sabía si te llegaría mi mensaje.
—¿Cómo sabes lo de Tom?
—Decidí hacer una visita a St. Michael’s Home y hablé con el director Collins. —Harry se sentó al borde de la cama y guardó silencio unos instantes, eligiendo con cuidado sus siguientes palabras—. Solo quería decirte que lo siento. Debió de ser muy duro.
Benjamin, sorprendido, se puso en pie y comenzó a deambular por la habitación mientras Natalie le observaba.
—Gracias —dijo finalmente—. Significa mucho viniendo de ti.
—Así que, ¿irás a por X?
—No te ofendas, pero creo que no debería hablar contigo sobre eso.
—Lo entiendo. Esta vez no voy a intentar impedírtelo. Haz lo que tengas que hacer y ya ajustaremos cuentas más adelante.
—Si es un truco para que me confíe…
—No es un truco. Si lo fuese, no te llamaría para revelar mis cartas, simplemente actuaría. No tienes por qué creerme, pero necesitaba decírtelo. Yo tampoco debería decirte esto, pero si necesitas mi ayuda, puedes contar con ella, al menos de momento.
—Te creo, Harry. Y ahora que lo dices, sí que hay algo que puedes hacer.
—Adelante, dime.