El Umbral Año 2038 #4
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Año 2038 #4

—¿Cree que tras cometer un crimen tan costoso alguien iba a desechar el vídeo porque lo presenciase un niño? Cuando hay niños implicados, sencillamente los suprimen de la imagen.

Harry tomó de nuevo la fotografía y volvió a leer la nota que había escrita en la parte de atrás: «Ben. No permitas que esto le pase a nadie más».

—La mente de aquel chico quedó totalmente destrozada.

Los recuerdos y los miedos le torturaban cada día de su vida.

Y era aún peor por las noches. Ni siquiera con medicación era capaz de dormir más de una o dos horas seguidas.

Créame —añadió el director—, si usted o yo hubiésemos presenciado el asesinato de nuestros padres de esa manera, nos habríamos quedado tan destrozados como aquel chico.

Si consiguió aguantar tanto tiempo sin acabar antes con todo, fue gracias a Benji.

¿Y cómo se sentiría usted si desde los diez años se hubiese desvivido por sacar adelante a alguien al que quiere y de pronto un día lo encuentra colgado de una viga del techo?

Sin duda yo también habría ido a por los hijos de puta que le destrozaron la vida.

El director había sido vehemente con aquella última conclusión y se quedó mirando a Harry como esperando una respuesta, pero este guardó silencio.

—De mi boca no oirá condenar lo que hizo Benjamin —sentenció el director—, todo lo contrario. Me alegro de que lo haya hecho.

Aquella mañana, antes de salir del motel con Natalie, Ben había recibido una llamada de Andrew en la que solo le dijo unas pocas palabras: «Reúnete conmigo en el lugar donde te hice la promesa».

Solo ellos dos sabían que aquello ocurrió frente a la tumba de Tom, el mismo día que fue enterrado hacía ya diecisiete años.

Tras finalizar el entierro, al que solo acudieron el director del orfanato, Arthur Collins, y ellos dos, Andrew y Benjamin se quedaron solos frente a la lápida.

Allí fue donde Ben le habló de la nota que Tom le había dejado y en la que le pedía que no permitiese que lo que le había pasado a él volviese ocurrir.

En ese momento, Andrew le prometió a Ben que, si se confirmaban los rumores que sostenían que BETA se involucraba más de la cuenta con los Profesionales, él aprovecharía cualquier oportunidad que tuviese para descubrir la verdadera identidad de X.

Al llegar al camposanto, vieron a lo lejos a Andrew, que los esperaba de pie junto a la lápida.

—¿Natalie? —preguntó Andy, sorprendido al verla.

—Hola, Andy —dijo ella en tono bajo y respetuoso, dado el lugar y las circunstancias—. Cuánto tiempo.

Ambos se dieron un breve abrazo.

—No sabía que os habíais vuelto a ver. Me alegro de verte, Nat.

—Y yo. Siento mucho lo de Fred.

—Gracias.

Andrew miró a Ben y le dio otro abrazo.

—¿Cómo estás?

—Bueno… Medio país me está buscando para pedirme un autógrafo y la otra mitad quiere matarme —bromeó Ben—, pero estoy bien. ¿Y tú? ¿Has averiguado algo sobre lo que le pasó a Fred?

—He estado unos días en la casa de Malibú, y… sí. Le mataron.

—¿Sabes quién pudo ser?

—No estoy seguro de quién apretó el gatillo, pero sé quién dio la orden. Fue Meredith Goldman.

—¿Qué? Pensaba que habían arreglado sus problemas; incluso me contaste que habían vuelto a tener una relación.

—Al parecer tuvieron una discusión muy fuerte acerca de John Raymond.

—¿John…? —murmuró Natalie—. ¿Qué pasa con él?

—También fue Meredith. Ella misma dio personalmente la orden a X.

—¿Meredith sabe quién es X? —preguntó Ben, alterado.

—Sí, y Fred también lo conocía. Es Abraham Hofstein.

En ese instante, Ben enmudeció. Sus pupilas se dilataron como las de un depredador. Incluso el pelo de su cabeza pareció encresparse. Al fin pudo atisbar el final del camino que había emprendido hacía ya diecisiete años.

—¿¡Hofstein!? —preguntó Natalie—. ¿¡El cofundador de BETA!?

—Sí. Siempre fue él. Meredith lo creó de la nada para impulsar todo el sistema del Umbral hace cuarenta años.

Fred trató de disuadirla y consiguió que se apartara durante años, pero Meredith volvió a contactar con él para acabar con Raymond.

Fred estaba muy enfadado con ella. Creo que pretendía delatarla públicamente.

No sé. El caso es que se pelearon. Supongo que ese fue el motivo por el que Meredith le quitó de en medio.

—Dime cómo puedo encontrarla —le pidió Ben, con la mirada inmóvil, perdida en algún lugar de la hierba. Parecía estar pensando ya en cómo mataría a Meredith y cómo mataría a X.

—Dicen que su residencia habitual está en la zona de Bel Air, pero tiene muchas más propiedades por todo el país. Podría estar en cualquier parte.

Sin salir del todo de su estado de shock, Ben se acercó a Andrew y le dio un sentido abrazo.

—Gracias —le dijo al oído—, sabía que lo conseguirías.

—Siento haber tardado tanto. Al menos ya no tendrás que vértelas con Blitz.

—Me temo que ya lo he hecho.

—¿Cómo dices? —preguntó Andy, sorprendido—. ¿Y sigues vivo?

—Tú mismo dijiste que soy un prodigio, ¿no?

—Cierto, pero Blitz lo es aún más.

Ben sonrió.

—Lo sé. En realidad casi me mata, pero ya te lo contaré en otra ocasión. Hay trabajo que hacer.

Después de escuchar al director del orfanato, Harry no pudo dejar de pensar en la historia de Tom.

Al llegar de nuevo a su despacho, buscó inmediatamente el vídeo en el que X asesinaba a sus padres y no tardó en encontrarlo.

Vio cómo X, apoyándose en toda su capacidad para crear una atmósfera de pesadilla, detenía el coche de los padres de Tom en mitad de una carretera desierta.

Durante cinco minutos estuvo jugando con ellos, aterrorizándolos con sonidos y visiones holográficas que no comprendían, creando un hilo argumental que encandilase al público, un relato que enganchase.

Consiguió llevar a aquella pareja hasta el límite de la locura hasta que logró que uno y después el otro saliesen del coche.

Cuando la violencia comenzó, Harry no tuvo estómago para continuar mirando; incluso el sonido de los gritos de horror de la madre de Tom se le hizo insoportable y tuvo que quitar el vídeo.

Pensó activamente que aquel crío, que por entonces no tendría más de nueve años, había visto todo aquello asomado a la ventanilla del coche.

Le habría gustado vomitar, pero por desgracia hacía mucho tiempo que estaba totalmente insensibilizado ante la violencia, aunque al menos en aquel momento fue consciente de ello.

No pudo ni imaginar el trauma que X debió de implantar en la cabeza de Tom durante el resto de su corta vida, y pensó que ni toda la prosperidad del mundo podría compensar el atroz sufrimiento de aquel niño.

Harry miró de nuevo la foto en la que salía Ben abrazando a sus dos amigos; sonreía, a pesar de las circunstancias que ahora conocía.

Luego se fijó en Tom, que apenas transmitía ninguna expresión en su mirada, como si fuese ya un cascarón vacío. A continuación reparó en Andrew.

Andrew viajaba de vuelta a Malibú a bordo de su coche autónomo tras su encuentro con Benjamin.

Su mirada estaba perdida en el mar y en su querida línea del horizonte, que siempre le procuraba una buena dosis de paz.

De pronto recibió la llamada de un número desconocido que respondió por los altavoces del coche.

—¿Diga?

—Hola, ¿el señor Andrew Perkins?

—¿Quién es?

—Soy el agente Harry Ward, del Departamento de Seguridad Interna. Antes de nada, me gustaría transmitirle mis condolencias por el fallecimiento de su padre.

—Gracias. ¿Qué quiere?

—Le llamo en relación con Benjamin Cassidy. Supongo que se habrá enterado de…

—Sí —interrumpió Andrew.

—Lo imaginaba. Verá, estuve trabajando con el inspector Cassidy hasta que el vídeo salió a la luz. Pero lógicamente perdimos el contacto después de aquello. El caso es que necesito hablar con él. ¿Puedo preguntarle cuándo fue la última vez que hablaron?

—Hace años que no hablamos.

—¿Está usted seguro?

—Sí.

Harry notó el hermetismo en las respuestas de Andy y supo que probablemente le estaría mintiendo.

—Entiendo. Pero si por casualidad contactase con usted, ¿podría transmitirle un mensaje de mi parte?

—No creo que…

—Dígale que sé lo de Tom.

Aquello pilló desprevenido a Andrew, que por un instante se quedó confuso.

—¿Cómo dice?

—Solo dígale que siento mucho lo que ocurrió y que me gustaría hablar con él.

—Está bien.

—Se lo agradezco. Y de nuevo, lamento lo de su padre.

Al otro lado, Harry colgó el teléfono, lo dejó sobre la mesa de su despacho y se quedó mirándolo fijamente.

—¿Tu amigo es de fiar? —preguntó Natalie, sentada en el asiento del copiloto mientras Ben conducía atravesando la lujosa Beverly Hills.

—Sí. Me salvó la vida.

Unos minutos después llegaron frente a la valla de la hermosa mansión de Alec.

Aquel sitio lucía mejor a la luz del sol que la noche en la que Ben lo visitó por primera vez, aunque también era cierto que entonces tenía una bala en el abdomen y a duras penas se mantenía con vida, lo que seguramente arruinó su primera impresión.

Alec les abrió la puerta y los recibió junto a Dana en el aparcamiento, donde se hicieron las presentaciones.

Tras un breve recorrido por la casa, Dana acompañó a Natalie a dar un paseo por el jardín delantero mientras Alec y Ben se quedaron charlando en el salón.

—Así que fuiste tú el que mató al Loco —dijo Alec—. ¿Por qué no me lo dijiste aquel día?

—No sabía si podía confiar en ti.

—Claro. Bueno, ¿y cómo fue?

—¿A qué te refieres? Supongo que viste el vídeo.

—Pregunto que cómo te sentiste al matar a ese cabrón.

Ben miró a Alec, preocupado por la respuesta a esa pregunta.

—Mejor de lo que debería —admitió sin atisbo de orgullo—. Lo cierto es que me da miedo todo lo que estoy haciendo, Alec. No me he arrepentido ni una sola vez. Quise matarle cuando le tenía delante y volvería a hacerlo. A él, a Beckett, a Reaper…