El Umbral Año 2038 #3
84%

Año 2038 #3

Rhea no paró de correr. Atravesó calles repletas de gente y calles vacías; parques y carreteras oscuras.

Corrió tanto que casi se olvidó de por qué lo hacía.

Solo le importaba Benjamin, que lloraba desconsolado.

Sin darse cuenta, y ya caída la noche, llegó a South Central, donde las calles parecían totalmente desiertas.

Desde la aparición de los Profesionales, en la ciudad de Los Ángeles se había impuesto una especie de toque de queda tácito en las zonas menos vigiladas como aquella, donde abundaban los rincones oscuros y los callejones.

Rhea no tuvo más remedio que atravesar aquellas calles, aunque encontrarse con un Profesional no estaba entre sus mayores preocupaciones en aquel momento.

Lo que más temía era que se llevasen a su hijo y se encontrase solo y asustado, sometido a toda clase de experimentos lejos de su madre.

Oculta tras las esquinas, vio a lo lejos otro coche —de la misma marca y modelo que el que los había perseguido antes—, buscándolos por las calles del barrio.

Parecía que no se iban a detener jamás. Ágilmente, Rhea cruzaba de una esquina a otra evitando la luz de las farolas cuando apareció un segundo coche que por apenas unos instantes no llegó a verla.

Tras una hilera de vehículos aparcados, Rhea comenzó a llorar abrazada a su bebé.

Estaba a punto de perder la esperanza cuando de pronto, como si de una señal del destino se tratase, vio ante sí un cartel que coronaba la puerta de una antigua iglesia reformada: era un orfanato llamado St. Michael’s Home.

Rhea se apresuró a pulsar ansiosamente el timbre de aquella puerta hasta que la cámara y las luces del telefonillo se encendieron.

—¿Quién es? —preguntó la voz de un hombre.

—¡Por favor! ¡Necesitamos ayuda! —imploró Rhea entre sollozos, tratando de no levantar demasiado la voz.

En ese instante vio las luces de un coche iluminar la calle a la vuelta de la esquina. Sin pensarlo dos veces, besó al pequeño en la cabeza.

—Quédate aquí, cariño, ahora mismo vengo —le dijo entre lágrimas—. Te quiero.

Le dejó frente a la puerta y salió corriendo para centrar en ella la atención de quienes los perseguían.

Consiguió su objetivo porque la siguieron calle abajo sin reparar en el bebé.

Apenas unos segundos después, la puerta del St. Michael’s se abrió y de su interior salió un hombre de unos cincuenta años, que inmediatamente vio al bebé en el suelo frente a él.

Lo tomó en sus brazos y lo acunó, volviendo la cabeza en todas direcciones en busca de quien lo hubiese abandonado allí, pero no había nadie.

El bebé le miró con unos despiertos ojos marrones y el hombre vio una inscripción en el colgante de su chupete.

—«Benjamin» —leyó en voz baja—. Hola, Benjamin. Yo soy Arthur. ¿Dónde están tus padres, eh?

En ese instante, resonaron a lo lejos unos disparos que los asustaron a ambos. El hombre abrazó al bebé con fuerza, entró de nuevo a refugiarse y cerró la puerta del orfanato.

Tras unas averiguaciones, Harry Ward descubrió que la foto que encontró en el apartamento de Benjamin en la que aparecía él de pequeño junto a otros dos chicos se había tomado en el patio del orfanato St. Michael’s Home.

A la mañana siguiente se presentó allí dispuesto a llegar hasta el fondo del asunto.

Llamó al timbre y una joven le abrió la puerta.

—Buenos días —saludó Harry, educadamente.

—Hola. ¿Qué desea?

—Soy el agente Harry Ward, del Departamento de Seguridad Interna —dijo mostrando su placa—. Estoy investigando un caso y me gustaría hacerles unas preguntas sobre un chico que pasó por aquí hace tiempo. Tengo entendido que el director es el señor Arthur Collins. ¿Podría hablar con él, por favor?

—Sí, creo que podrá recibirle. Pase, si es tan amable.

La chica condujo a Harry por el enorme y solemne recibidor.

Aquel sitio era un regalo para la vista.

En el aire flotaba un aroma a madera de pino recién fregada y la luz cálida que entraba por los ventanales creaba una atmósfera que inmediatamente le cautivó.

Subieron por la gran escalera del vestíbulo, salpicada por las luces de colores que entraban a través de una preciosa vidriera.

En ella estaba representada la imagen de una virgen que pareció seguirlos con la mirada hasta que llegaron al primer piso.

Recorrieron un largo pasillo hasta llegar a la puerta del director, donde la chica le pidió que aguardase unos instantes.

No hizo falta esperar mucho. Harry entró al despacho, tan impresionante como el resto del lugar, con techos altos, un robusto escritorio y un ventanal frente al que estaba sentado el director, Arthur Collins, un anciano de aspecto afable que para entonces ya pasaba de los ochenta y cinco años.

—Señor Collins —dijo Harry a modo de saludo.

—Hola, agente… —respondió él, levantándose de su asiento y ofreciéndole la mano—. ¿Cómo ha dicho que se llamaba?

—Harry Ward. Del ISD.

—Ward. Es un placer conocerle. Por favor, siéntese.

—Un lugar precioso —apuntó Harry mientras le tomaba la palabra.

—Lo es. Se remodeló tras la Gran Crisis para acoger a los niños que quedaron huérfanos, que por aquel entonces eran muchos. Un trabajo de reforma espléndido.

—De hecho, el motivo de mi visita es uno de esos niños que pasó por aquí. Benjamin Cassidy.

—Sí, me lo imaginaba. Me he enterado de lo del vídeo. No suelo ver la televisión, pero una de las hermanas me lo contó. Un caso curioso, cuando menos.

—¿Curioso?

—Sí.

—No parece que lo desapruebe.

—Con todo el respeto, agente —comentó el anciano con determinación—, nací a finales de los ochenta del siglo pasado, antes de todo esto del Nuevo Paradigma, así que discúlpeme que esté un poco chapado a la antigua.

Si me dice que uno de los chicos que pasaron por aquí ha acabado con un asesino de masas como lo era ese desgraciado, comprenda que no sea duro con él.

Y puede ahorrarse el discurso de que el Umbral logró bajar los índices de criminalidad porque no estoy para propaganda. Esos serán sus valores, no los míos.

Harry le miró buscando una rectificación a aquella actitud desafiante, pero no la encontró. Aquel anciano estaba dispuesto a sostenerle la mirada todo el día si fuese necesario.

—Que yo sepa, todavía no es ilegal tener una opinión —añadió.

—No, claro que no —dijo Harry, resignado.

—Pues usted dirá. ¿En qué puedo ayudarle?

—Quería saber cómo llegó a parar aquí Cassidy. ¿Sabe qué les pasó a sus padres?

—Fue hace más de treinta años, pero lo recuerdo bien. Una mujer llamó a la puerta, pero cuando salí a recibirla, ya no estaba. Dejó a Benjamin frente al orfanato cuando tan solo era un bebé de apenas unas pocas semanas. Nunca llegamos a saber nada más de aquella mujer ni de su padre.

—¿Pasó aquí toda su infancia?

—Sí. Hasta el día en que cumplió dieciocho años.

—¿Ha vuelto por aquí últimamente?

—No. Hace años que no nos visita.

Harry sacó la foto que encontró en casa de Ben y la deslizó sobre la mesa para acercársela al director.

—Encontré esta foto. He comprobado que el de la izquierda es Andrew Perkins y en el centro está Benjamin, pero no he averiguado nada sobre el chico de la derecha, que no aparece en ningún registro ni base de datos. Me preguntaba si podría ayudarme a identificarle.

El señor Collins se alejó las gafas hasta el borde de la nariz, sujetando la foto a un palmo de su cara para afinar la vista.

—Sí. Es Thomas Wainwright, un chico que estuvo varios años con nosotros. Él y Benji estaban muy unidos. Pobre crío.

—¿Qué le pasó?

—Cuando llegó, era un niño muy atormentado.

Tengo entendido que tuvo problemas con los otros chicos, que no le trataban bien.

Pero Benjamin, y también Andy, lo acogieron bajo su ala.

Sobre todo Benji, que le quería como a un hermano pequeño al que debía cuidar y proteger…

Tom le adoraba. Ben era un poco mayor que él, un año o dos.

Tenía prisa por salir de aquí y comenzar a buscarse la vida para poder seguir cuidando de Tom ahí fuera, pero ese día nunca llegó.

Unos meses después de que Ben se marchase, Tom se quitó la vida en su habitación.

—¿Se suicidó? ¿Por qué?

—Tom no pudo soportar la marcha de Ben. Como le digo, era un chico con muchos problemas.

Lo habría hecho antes o después por mucho que Ben se desviviese por salvarlo.

Aquí le dimos tratamiento, terapias…, pero no pudimos evitar lo que ocurrió.

Nadie podía. El sufrimiento de aquel chico era constante, su alma estaba destrozada.

Estuvo condenado desde antes de poner un pie aquí.

—¿Por qué no aparece todo esto en los registros ni en las actas del orfanato? Las he revisado personalmente y no hay rastro de ese tal Tom ni de lo que le pasó.

—Es el protocolo legal. Los historiales de los menores cuyos padres mueren a manos de un Profesional están clasificados por un tema de protección.

Aunque me temo que la protección no pretende salvaguardar a los niños, sino evitar las represalias que muchos podrían tomar contra los Profesionales si conociesen de verdad las historias de esos huérfanos.

Esa parte no interesa enseñarla en las noticias; parece que todo el mundo hace como si no existiesen.

Harry comenzó a comprender lo que estaba pasando, pero algo no le encajaba. Blitz era demasiado joven para haber matado a los padres de Tom tantos años atrás. ¿Por qué Ben iba tras él?

—¿Quién mató a los padres de Tom? —preguntó Harry.

—El peor de todos: X.

Por fin todo cobró sentido para Harry. Hacía poco había trascendido la noticia de que Blitz se había reunido con X, la única persona en el mundo que conocía su verdadera identidad, y de hecho el gran público lo consideraba su protegido. Ben no iba a por Blitz, sino a por X.

—Tom lo vio todo —continuó Collins—. Estaba delante cuando ocurrió.

—Eso no es posible. Está totalmente prohibido que haya menores implicados en los vídeos.