Año 2038 #2
Mientras hablaba, Oriana preparó una gasa esterilizada con desinfectante y una venda adhesiva y curó la herida del brazo de Ben, que parecía calmarse en brazos de su madre.
—Pero entonces… ¿Qué significa todo eso? —preguntó la doctora Moore.
—Durante los ataques, percibimos el transcurso del tiempo de forma más lenta, aunque lo que ocurre en realidad es que pensamos mucho más rápido de lo natural —le aclaró Seth.
—Todos sus receptores mentales se aceleraban —prosiguió Oriana—, y en un solo segundo, en función de la severidad de las crisis, podían pensar en un montón de cosas, un proceso que a ti y a mí nos llevaría varios segundos o incluso minutos.
Sus cuerpos seguían sujetos a las leyes de la física y a la propia capacidad natural de sus músculos, lo que para ellos se traducía en una auténtica tortura.
Comunicarse a través del habla les resultaba casi imposible; les desesperaban sus movimientos, que ellos percibían como extremadamente lentos, como si estuviesen sumergidos en un líquido muy espeso.
Si se hacían daño, el punto álgido del dolor se extendía tanto que mentalmente les resultaba insoportable y acababan desmayándose; incluso respirar se les hacía casi imposible.
No podían saber cuánto tiempo real llevaban inhalando o exhalando y tenían la impresión de que el aire entraba demasiado despacio en sus pulmones, provocándoles una sensación constante de asfixia.
Ya has visto cómo Ben comenzaba a respirar tan deprisa, y sin embargo para su cerebro esa era la velocidad normal.
—Dios mío… —suspiró la doctora Moore.
—Con el paso de los meses, la mayoría de los bebés comenzaron a sufrir estos episodios de forma más habitual y cada vez más prolongados sin que supiésemos cómo detenerlos.
A veces las crisis duraban unos cuantos minutos o unas horas, y algunos de ellos no consiguieron salir de ese estado y terminaron muriendo debido al deterioro cerebral acelerado.
A muchos los mantuvimos sedados durante semanas hasta poder entender qué les ocurría, y si hubiésemos tardado un poco más en encontrar un remedio, probablemente habrían muerto todos.
En el mejor de los casos, habrían perdido la cabeza después de pasar demasiado tiempo en ese estado, lo que para ellos hubiese supuesto vivir varios años sin apenas ser capaces de moverse, sin poder comunicarse con nadie y constantemente al borde de la asfixia.
—Entonces, ¿qué pasa con Benji? —preguntó Rhea, preocupada.
Oriana miró al bebé. Parecía haber recuperado su estado normal y estaba muy tranquilo.
—Su desarrollo celular es normal y parece que ha superado la crisis por sí mismo de forma inmediata.
Eso es algo que jamás observamos en vuestro caso.
Seguro que tiene algo que ver con el hecho de que Benji no sea un clon puro, sino un hijo biológicamente natural de dos clones.
Es posible que necesite algún tipo de medicación, pero quizás solo sean episodios puntuales y pueda controlarlos de forma orgánica.
Seth trataba de calmar a Rhea, que apenas podía contener las lágrimas del miedo que había pasado. Aquello eran buenas noticias, o al menos no tan malas como las que temían escuchar.
—Habrá que hacerle más pruebas y tener paciencia —concluyó Oriana—. Os daré unos cuantos sedantes por si tuviese una crisis más larga, pero de momento solo procurad que esté tranquilo.
Cayó la noche. Los tres se despidieron de la doctora Moore agradeciéndole su ayuda antes de marcharse a casa.
Ella les deseó suerte y se puso a su disposición por si en cualquier otro momento necesitaban el laboratorio, pero en el mismo instante en que salieron por la puerta, sacó su teléfono apresuradamente e hizo una llamada.
Cuando la atendieron, solo pronunció dos palabras: «Son ellos».
Mientras se dirigían de vuelta a Santa Ana, Oriana comenzó a sospechar al fijarse en un coche que los seguía desde hacía unas manzanas. Para comprobar que no era fruto de su paranoia, hizo algunos giros inesperados, pero el coche no se les despegaba.
—Mierda, Abigail… —murmuró.
—¿Qué pasa? —preguntó Rhea.
—Nos están siguiendo.
—¿Que nos están siguiendo? ¿Quién?
—Lo siento mucho, pero vamos a tener que separarnos otra vez.
—¡¿Qué?!
—¡No hay tiempo! Escuchadme bien. Quiero que hagáis exactamente lo que yo os diga…
Oriana continuó conduciendo con naturalidad hasta que tomó un desvío hacia el norte.
Llegó a una área comercial a la altura de Compton, dio un acelerón y trató de ganarles algo de ventaja a sus perseguidores, que imitaron sus maniobras a gran velocidad.
Cuando llegaron a una zona menos concurrida, se internó por un callejón vacío y angosto en medio del cual efectuó un derrape, maniobrando para que el vehículo quedase encajado y bloqueando el paso.
Rhea y Seth bajaron del coche y corrieron con el bebé en brazos sin mirar atrás, como Oriana les había ordenado.
Cuando el vehículo que los perseguía llegó al callejón, frenó abruptamente al encontrarse con el coche impidiendo el paso y a Oriana parapetada tras él, apuntándoles con una pistola.
Del coche salieron dos hombres que hicieron lo propio y comenzó el tiroteo.
Los disparos retumbaron por las paredes del callejón y llegaron a los oídos de Rhea, como ocurrió la noche en la que escaparon de la colonia.
Continuaron corriendo con el bebé en los brazos de Seth hasta que encontraron un edificio en obras en el que entraron para ocultarse entre los escombros.
Escondidos, procuraron calmar a Benjamin para que no llorase ni sufriese una crisis.
Pasados un par de minutos, por el callejón oyeron unos pasos que cada vez sonaban más cerca hasta que prácticamente los tuvieron encima.
En aquel momento, Seth, al que jamás le habían predispuesto para pelear, miró a su hijo y supo lo que tenía que hacer.
Le dio un beso en la frente a Ben y lo puso en brazos de Rhea, que le miró a los ojos asustada por aquel extraño comportamiento.
—¿¡Qué haces!? —dijo vocalizando en silencio.
Seth cerró los ojos con fuerza y comenzó a respirar a toda velocidad para acelerar su pulso todo lo posible, casi hasta el punto del desmayo.
Pensó activamente en que en cualquier momento tanto Rhea como el bebé y él mismo iban a morir, se concentró en la ansiedad que esto le provocaba y la multiplicó hasta que neutralizó la capacidad de su medicación para controlar sus niveles de estrés.
Finalmente notó el cambio: abrió los ojos y vio a Rhea, casi detenida en el tiempo, mirándole con lágrimas en los ojos.
Haciendo un gran esfuerzo, Seth trató de vocalizar alargando las palabras y manteniendo la proyección de su voz el tiempo necesario como para que Rhea entendiese lo que quería decirle.
—¡C… o… r… r… e…! —exclamó de forma errática pero con toda la claridad de la que fue capaz.
Al ver cómo Rhea comenzaba a moverse lentamente dispuesta a huir, Seth supo que le había entendido.
A continuación se puso en pie para atraer la atención del tipo que los perseguía.
Aquel hombre comenzó a levantar la pistola que llevaba en la mano con intención de apuntar hacia Rhea, quien corría alejándose cada vez más.
Seth reaccionó de inmediato y, forzando los músculos de su brazo para llegar a tiempo, interpuso su mano en la trayectoria de la bala.
Consiguió frenar el proyectil a costa de que su mano quedase completamente destrozada, lo que le provocó un sufrimiento insoportable, a pesar de lo cual no se detuvo.
Corrió hacia su atacante interceptando otras dos balas con su cuerpo, pero, una vez que estuvo a su alcance, aquel tipo no tuvo ninguna posibilidad.
Seth, sufriendo un dolor atroz y al borde de la asfixia, se valió de su rápida capacidad de reacción para arrebatarle la pistola, le disparó en la cabeza y le mató en el acto.
Cuando lo consiguió, comenzó a marearse a causa de las heridas y la pérdida de sangre hasta que su cuerpo dejó de responderle.
Creyó flotar mientras caía lentamente al suelo hasta desplomarse junto al cadáver de su atacante y quedar tendido al lado de este sobre el cemento.
Volvió la cabeza a un lado y a lo lejos pudo ver a Rhea alejándose a cámara lenta con Benjamin en brazos y poniéndose a salvo.
Los pocos segundos que le quedaban se le estaban haciendo eternos, al igual que su dolor, pero aquella última imagen de su familia logrando ponerse a salvo le sacó una sonrisa antes de morir.