El Umbral Año 2038
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Año 2038

Siete años después del Despertar

Un año después, y a pesar de que su edad biológica era de poco más de ocho años, Rhea y Seth ya tenían el desarrollo físico y cognitivo equivalente al de un adulto de veinte.

La crisis económica por la que atravesaba el país se fue suavizando, y la nueva América a la que Meredith Goldman había dado el pistoletazo de salida prometía convertirse en una era de crecimiento y progreso, todavía sin la intervención de la por entonces denostada Inteligencia Artificial.

La capacidad de Rhea para adaptarse, junto con la predisposición para el sacrificio de Seth, los convirtieron en un tándem imparable, y en pocos meses se abrieron paso entre la pujante sociedad que comenzaba a emerger de las ruinas de la anterior.

A base de esfuerzo, consiguieron salir del cuartucho compartido en el que vivieron los primeros meses y se mudaron a una pequeña casita en los suburbios de Santa Ana, al sur de Los Ángeles.

Con frecuencia extrañaban la colonia, en especial a sus compañeros y al doctor Larsson, pero por suerte les quedaba Oriana, con quien hablaban regularmente por teléfono y que velaba por ellos en la distancia.

Pasados unos meses, Oriana consiguió producir la medicación que necesitaban y les enviaba remesas de pastillas ocultas en paquetes que contenían objetos decorativos para su nueva casa, lo que les garantizaba que los episodios asociados a su condición no fueran un problema durante los próximos años.

Pocos meses después, Rhea se quedó embarazada.

La noticia no sorprendió a Oriana, quien, mucho antes que ellos mismos, ya sabía lo que ocurría entre ambos.

Sin embargo, la particular condición de Rhea y Seth hacía de ese embarazo un hito sin precedentes, cargado de incertidumbre.

Estaba tan preocupada que llegó a temer por la vida de Rhea y del bebé que esperaba e, impulsada por esa inquietud, comenzó a llamarlos casi a diario.

El embarazo fue evolucionando con normalidad y, en diciembre de ese mismo año, Rhea dio a luz a un bebé sano de cabello oscuro.

—Dios mío, Rhea. Cuánto me alegro por vosotros —dijo Oriana, emocionada al otro lado del teléfono—. ¿Ya estáis en casa?

—Sí, me han dado el alta esta misma mañana.

—¿Y tú estás bien?

—Estoy cansada, pero muy feliz. Seth nos está cuidando mucho; tendrías que ver cómo sonríe al mirar al bebé. Es tan tierno…

—Ojalá pudiera. ¿Y el bebé? ¿Le has notado algo extraño?

—No. Está sano y parece completamente normal.

—Gracias a Dios.

—Pero aun así me gustaría que pudieras verlo en persona y comprobarlo por ti misma.

—Lo sé, cariño, pero no sé si sería prudente.

—Por favor, Oriana. Me quedaría mucho más tranquila. Necesito saber si es normal o es… como nosotros.

Oriana dudó unos instantes. No podía negarle la ayuda a su querida Rhea, y tenía tantas ganas de verles que finalmente accedió.

—Está bien, déjame ver qué puedo hacer. Dame unos días para asegurarme de que no hay peligro.

—Gracias. Estamos deseando verte.

—Y yo a vosotros. Por cierto, ¿le habéis puesto nombre?

—Sí, nos pusimos de acuerdo enseguida. Se llama Benjamin.

Al escuchar el nombre de su marido, Oriana tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a llorar.

—Es un nombre precioso —dijo con un nudo en la garganta.

—Lo es. Si Benji está con nosotros, es gracias al doctor Larsson y a ti. Por eso necesitamos que vengas, Oriana. Tú eres la única en quien podemos confiar.

—Allí estaré, te lo prometo.

Dos semanas después, y cubierta con un pañuelo y unas grandes gafas de sol, Oriana se presentó ante la puerta de Rhea y Seth, que la recibieron con el bebé en brazos.

Tras los emotivos abrazos, los besos y las lágrimas, llegaron las sonrisas.

Oriana sostuvo todo el tiempo al pequeño Benjamin entre sus brazos mientras Rhea y Seth le contaban todo lo que habían vivido desde que se separaron en aquella estación de autobús.

Ella a su vez les contó sus esfuerzos por sintetizar de nuevo el tratamiento y cómo lo había conseguido gracias al laboratorio que una vieja amiga había puesto en marcha en la ciudad.

—¿Hay noticias de la colonia? —preguntó Rhea con preocupación.

Oriana suspiró y se tomó una momento antes de responder.

—Lo primero que hice cuando nos separamos fue tratar de volver a la colonia.

Sabía que era casi imposible, pero necesitaba saber si Benjamin seguía con vida.

Conseguí convencer a un amigo para que me llevase y nos acercamos todo lo que pudimos para echar un vistazo desde lejos con la ayuda de un dron, pero…

—¿Pero qué? —preguntó Rhea.

—Vimos las casas, el centro de investigación, las barreras… Estaba todo en muy mal estado y no había nadie dentro. Echamos un vistazo en el interior del edificio. Estaba todo destrozado y había restos de sangre en el sótano.

—Dios mío… —suspiró Seth.

Rhea tomó de nuevo en sus brazos al bebé para que la reconfortase, tratando de contener las lágrimas.

—Lo siento —dijo Oriana—. Pero ahora tenemos que centrarnos en Benji; esa debe ser nuestra prioridad.

—Sí —respondió Rhea intentando recomponerse.

—Mi amiga del laboratorio está al tanto de todo y es de mi máxima confianza. Deberíamos llevarle allí para hacerle algunas pruebas. Ya está todo preparado.

Aquella misma tarde, Oriana los llevó al laboratorio de su amiga, la doctora Abigail Moore, un sitio pequeño en un edificio situado en la zona de Lakewood.

Allí sometieron al bebé a una serie de pruebas que corroboraron el funcionamiento normal de sus células, lo que significaba que el crecimiento de Benjamin seguiría un ritmo totalmente natural.

Después llegaron las pruebas encefalográficas para observar su actividad cerebral y los resultados no mostraron nada extraño.

Justo antes de terminar la prueba, Oriana quiso hacer una última comprobación.

—Esperad aquí —ordenó—. Y sobre todo, pase lo que pase, no entréis.

Entró en la sala estanca, donde se encontraba el bebé tumbado sobre la camilla de la máquina de escáner y al que observaban a través de un cristal.

De su bolsillo sacó una aguja y con ella en la mano se acercó a Ben ante la preocupada mirada de Rhea, que observaba la escena compungida.

Oriana agarró un brazo del bebé y, muy despacio, comenzó a clavarle la aguja en el antebrazo.

El bebé empezó a llorar, pero ella no se detuvo.

Con la aguja hundida en la piel del bebé, comenzó a hacer unos leves movimientos circulares para inducirle más dolor hasta hacerle sangrar.

El llanto del pequeño Ben se volvió más intenso, berreando desde el fondo de sus pulmones con un quejido estridente que Oriana soportaba a duras penas en sus tímpanos, angustiada.

Aun así continuó, aumentando la amplitud de los movimientos circulares y apretando más fuerte el brazo del bebé con la otra mano mientras este pataleaba tratando de zafarse.

Rhea, que lo observaba todo al otro lado del cristal del laboratorio, se levantó de su asiento, angustiada y dispuesta a parar aquello, pero Seth la detuvo y le pidió que confiase en Oriana.

De pronto, tras ser sometido a un estrés intenso, Ben comenzó a tener espasmos.

Sus pupilas empezaron a moverse a toda velocidad y su respiración se volvió rápida y ansiosa.

En la pantalla del ordenador pudo apreciarse que sus sinapsis neuronales se habían disparado, tal y como les ocurría a los otros clones de la colonia.

—¡Oriana! ¡Ya Basta! —gritó Rhea.

En cuanto vio la reacción del pequeño, Oriana reconoció los patrones que ya había observado años atrás en tantos otros bebés y se detuvo inmediatamente.

La respiración del pequeño Ben se volvió errática, pues tan pronto se paralizaba como al momento siguiente se aceleraba.

Entonces, entre quejidos cortos y angustiosos, comenzó a escuchar algo parecido a unos estertores.

—¡Abigail! ¡El sedante! —gritó Oriana.

La doctora Moore se levantó apresurada, se dirigió hacia una mesa, abrió un cajón y sacó una jeringuilla que Oriana había dispuesto para aquella eventualidad.

Entró en la sala seguida de Rhea, que se zafó de Seth y acudió corriendo a socorrer a su hijo.

Pero justo antes de que la doctora Moore le entregase la jeringuilla a Oriana, esta hizo un ademán de contención.

—¡Espera! —exclamó, sin dejar de observar al bebé.

Tumbado en la camilla, Benji pareció recuperar el aliento poco a poco, y sus ojos ya se movían con normalidad.

—Dejadle espacio, parece que se está recuperando.

Pasados unos segundos, los estertores entrecortados fueron disminuyendo y de pronto, tras un instante de silencio, volvió a llorar como lo haría un bebé normal.

—Dios mío —dijo Rhea, angustiada y llevándose las manos a la cara.

Benji quedó tumbado en la camilla, llorando por el dolor y la herida de su brazo, pero los espasmos habían remitido totalmente. Oriana salió del habitáculo acristalado y fue a comprobar los resultados de la prueba. Observó con detenimiento las gráficas junto a la doctora Moore y torció el gesto.

—¿Qué significa esto, Oriana? —preguntó Rhea, ya con el bebé en brazos y preocupada.

—Parece que le ocurre lo mismo que a vosotros, pero se ha recuperado él solo. Y muy rápido, en apenas unos segundos.

—Nunca había visto algo así —confesó la doctora Moore, mirando las gráficas del ordenador—. Parece epilepsia pero… no del todo.

—Eso mismo pensamos en la colonia al principio.

Las primeras pruebas mostraban que cuando estaban sometidos a mucho estrés, sufrían episodios similares a la epilepsia, con descargas eléctricas aleatorias y una actividad cerebral extremadamente rápida.

Aunque al principio no lo comprendíamos, más tarde descubrimos que durante esos episodios sus conexiones neuronales seguían un esquema organizado.

Creemos que esto está relacionado con el tratamiento que aplicaron a los embriones, diseñado para acelerar el crecimiento celular de forma controlada.