Año 2037 #2
—No me iré sin él —respondió Rhea.
—¡No podemos sacaros a los dos! Le sacaremos más adelante, junto con los demás.
—¡No me mientas! Sé que si le dejamos aquí, no le volveré a ver, así que si él no viene, yo tampoco me voy.
Oriana, incapaz de negarse, miró a Larsson, que tras un instante asintió resignado.
—Solo tengo dos batas de GenLabs —dijo Larsson.
—Le pondremos una bata de las nuestras, no se darán cuenta.
—Mierda… —refunfuñó para sí.
Llevaron a los chicos a su casa en silencio. Allí les tiñeron el cabello de castaño oscuro y los vistieron con las batas médicas mientras Larsson se ponía el uniforme militar.
Arropados por la oscuridad, llegaron al aparcamiento, montaron en uno de los coches y se dirigieron hacia el puesto de control de la valla, donde había cuatro guardias custodiando el acceso. Larsson enseñó un permiso de salida falsificado que el soldado comprobó con una linterna.
—Está todo en orden, puede pasar —le dijo al encargado de levantar la valla.
—¡Esperen! —exclamó uno de los soldados, que se acercó a la ventanilla del piloto—. ¿Esa bata de dónde es? —preguntó refiriéndose a Seth—. ¿Quién es ese?
—No lo sé —respondió Larsson, manteniendo la calma—, yo solo cumplo órdenes.
—Necesita un permiso especial para el personal de la colonia. ¿Lo tiene?
—Supongo que me lo habrán dado y no me he dado cuenta. Estará con el resto de papeles. Espere un momento.
Larsson se inclinó hacia la guantera, comenzó a revolver unos papeles que había dentro y aprovechó el momento para susurrarle a Oriana:
—Cuando salga del coche, ponte al volante y marchaos de aquí.
—¡No! —exclamó Oriana en voz baja—. ¡No vamos a dejarte!
—Hazlo. Yo estaré bien.
—¡No! ¡Ben! —le insistió entre susurros.
Larsson se excusó ante el guardia diciendo que no encontraba los papeles y que seguramente estarían en una carpeta que se había dejado en el maletero, así que salió del coche y se dirigió hacia la parte de atrás.
Cuando uno de los guardias vio a Oriana intentando pasarse al asiento del piloto, se dispuso a detenerla, pero Larsson se lanzó sobre él, dándole tiempo para que arrancase el coche y huyesen a toda velocidad.
Mientras aceleraba a fondo rumbo a la inmensidad del oscuro desierto que los rodeaba, Oriana comenzó a llorar sin apartar la vista del retrovisor, en cuyo reflejo vio a su marido forcejear con los guardias y aguantar lo suficiente como para darles una buena ventaja.
De pronto, un fogonazo iluminó el puesto de control y un segundo después el sonido del disparo llegó hasta sus oídos, sobresaltándolos a los tres.
Oriana gritó de impotencia sin dejar de pisar el acelerador.
Rota en un llanto desconsolado, apagó las luces del coche mientras seguía conduciendo en línea recta hasta perderse en la oscuridad.
Tras siete horas conduciendo por mitad de la nada, a Oriana aún le caían lágrimas de sus enrojecidos ojos, y Rhea había llorado hasta quedarse dormida en los brazos de Seth, que la mantuvo abrazada para consolarla.
Finalmente llegaron a Blythe, una pequeña ciudad del este de California.
Aparcaron el coche tras un montículo de plantas del desierto a una distancia prudencial para evitar que los pudiesen reconocer y fueron caminando hasta un pequeño motel donde alquilaron una habitación para refugiarse.
Allí cerraron las cortinas y se quedaron en silencio, tratando de descansar.
Durante los días siguientes, Oriana había estado saliendo de la habitación con cierta frecuencia para hacer algunas gestiones con un contacto que tenía en la ciudad.
Les explicó a Rhea y Seth que era demasiado peligroso permanecer los tres juntos y que debían llegar a Los Ángeles, donde podrían perderse entre su nutrida población mientras ella trataría de ayudarles desde la distancia.
Era hora de poner en práctica todo lo que habían aprendido en la colonia sobre el mundo exterior.
—Tomad —dijo Oriana, sacando de su mochila una bolsa llena de pastillas—. Este es un prototipo de vuestra medicación que contiene el mismo compuesto que vuestras inyecciones. Aún no estaba listo, pero funcionará. Debéis tomaros una al día.
—¿Qué hacemos cuando se nos acaben? —preguntó Rhea.
—No os preocupéis, para entonces habré encontrado la manera de aseguraros suministros de forma permanente. De momento tenéis suficientes para seis meses.
—Gracias, doctora Reese —dijo Seth.
—Tranquilo. Y llámame Oriana —respondió ella, dedicándole una sonrisa triste y una caricia en la cara.
Dos días más tarde, Oriana les acompañó hasta la parada del autobús que los llevaría a Los Ángeles. Allí les entregó una mochila que contenía un teléfono y dinero en efectivo.
—Estaré en contacto con vosotros tanto como pueda, pero si necesitáis algo, llamadme por este teléfono y trataré de ayudaros. No olvidéis teñiros regularmente el pelo, y confiad solo el uno en el otro. Tranquilos, todo irá bien.
Cuando llegó el autobús, los tres se despidieron con un abrazo.
Al subir, Rhea trataba de aguantar las lágrimas, consciente de que aquella podría ser la última vez que veía a Oriana, a quien sentía como una madre.
En un último momento de debilidad, corrió de nuevo hacia Oriana y la abrazó, deshecha en llanto.
—Te quiero —dijo Rhea.
—Y yo… —respondió Oriana, cuya voz se quebró a mitad de frase—. Y yo a ti.
—Prométeme que volveré a verte.
—Te lo prometo —aseveró, sujetando las mejillas de Rhea entre sus manos—. Venga, vete, te están esperando.
Oriana miró a Seth, que levantó la mano para despedirse.
—Cuida de ella, por favor —le pidió.
Él asintió con la cabeza y el autobús emprendió la marcha mientras Oriana lloraba al ver cómo se alejaban hacia el horizonte.