Año 2037
Seis años después del Despertar
Las primeras elecciones tras seis años de caos político y derrumbe institucional resultaron en un Gobierno precario e inestable.
De inmediato comenzaron a reconstruir el Estado gracias a los ingresos extraordinarios producidos por BETA y toda la actividad económica que se generó a su alrededor.
Como predijo Meredith, el Umbral sirvió como válvula de escape a la violencia aún latente en todo el país, pues redujo la criminalidad gradualmente.
Esto permitió que los cuerpos de seguridad recuperasen la financiación y se reorganizasen para hacer frente de nuevo al crimen común.
La economía entró en un ciclo virtuoso, y todos los recursos se destinaron a la estabilización social mediante la seguridad, la justicia y la reconstrucción de las infraestructuras digitales.
Fue en ese proceso de revisión exhaustiva de las cuentas cuando en Washington se dieron cuenta de que en los registros había un flujo de transacciones sustanciosas que no aparecían en los presupuestos, ni siquiera en los previos al Despertar.
Tras indagar, dieron con toda la documentación del proyecto GENESIS, y un mes más tarde la colonia recibiría su primera visita gubernamental en siete años.
Un convoy militar llegó atravesando el desierto con una delegación del Gobierno dispuesta a averiguar lo que estaba ocurriendo allí.
La visita causó un gran revuelo entre el personal y los jóvenes clones.
El doctor Larsson y la doctora Reese reaccionaron con diplomacia por el bien de todos.
Recibieron amablemente al delegado del Gobierno y organizaron una reunión con los directores de cada departamento para explicarles a los visitantes lo que había ocurrido durante los últimos años.
El delegado era un hombre cordial que se disculpó por haberlos asustado al llegar acompañado de cinco vehículos militares, y la reunión discurrió en muy buenos términos.
Al delegado le maravillaron los avances que habían hecho en la Colonia Génesis en términos científicos, y aunque les comunicó que no tenían intenciones de reanudar la financiación, se preocupó por que todos los habitantes de la colonia se encontrasen en buenas condiciones y dispusiesen de suficientes recursos.
Tras la visita, se despidió de forma cordial y prometió mantener el contacto para informarlos de las decisiones que se fueran tomando en la Casa Blanca.
Pasaron las semanas y el revuelo en la colonia fue disminuyendo, pues llegaban noticias tranquilizadoras que el doctor Larsson iba comunicando periódicamente al personal.
Al parecer, se estaba sopesando un nuevo plan para financiar la colonia hasta que esta pudiese llegar a buen término en el medio plazo, pero la realidad en la Casa Blanca era muy distinta.
El punto de inflexión que supuso el Despertar y el caos que desató habían servido para disipar el debate sobre el lastre que suponía la jerarquía política, pero el miedo de las élites burocráticas a perder el poder algún día había hecho mella en los despachos.
La esperanza en un futuro brillante impulsado por la Inteligencia Artificial había sido sustituida por el rechazo a todo lo que tuviera que ver con esta.
La nueva Administración sabía que podía aprovechar ese trauma para convertirlo en miedo y exacerbarlo y asegurar así su permanencia en el poder durante algunos años más.
Pero el progreso era inevitable. Antes o después, la Inteligencia Artificial volvería a cobrar protagonismo en el mundo, y por eso los descubrimientos del doctor Tremayne acerca de la neuroplacina y sus aplicaciones no podían desecharse a la ligera.
Como una población sumisa seguía siendo algo deseable para los gobernantes, en octubre de ese mismo año una comisión decidió que el Estado debía tomar el control de Colonia Génesis.
Un nuevo convoy militarizado, mucho más numeroso que el anterior, se presentó sin previo aviso en la colonia y en cuestión de minutos sometió a sus habitantes.
Larsson y Oriana fueron apartados del resto del personal y conducidos al despacho principal, donde al entrar se encontraron a un individuo que se presentó como el doctor Melbourne, director ejecutivo de industrias GenLabs.
Melbourne era un títere afín al Gobierno al que le habían encomendado la tarea de estudiar los pormenores del cancelado proyecto GENESIS y elaborar un informe con sus conclusiones acerca de cuál debía ser el siguiente paso para asegurar los intereses de la nueva Administración.
Oriana y Larsson fueron interrogados acerca de todos los detalles de sus avances durante los últimos años, esta vez con un tono agresivo y coactivo.
Aunque trataron de ocultar todo lo que podría poner en riesgo tanto a los jóvenes como al personal de investigación, Melbourne parecía ir siempre un paso por delante y no se dejaba engañar fácilmente.
Cuando obtuvo suficiente información, ordenó la reclusión domiciliaria de todo el personal.
Las siguientes semanas la colonia pasó a estar regida por un régimen militar.
Melbourne estableció una agenda de trabajo con mano de hierro y obligó a los investigadores a poner al tanto a su propio personal de todos los detalles del proyecto, aparentando unos buenos modales que en el fondo no eran más que una forma de coacción veladamente agresiva.
Los días transcurrieron sin sobresaltos reseñables bajo aquel estricto régimen.
El personal científico no daba problemas y los jóvenes clones actuaban con la docilidad que los caracterizaba debido a la neuroplacina.
Cuando Melbourne comprendió que la causa de aquella obediencia era la propia incapacidad de los clones para rebelarse, decidió poner a prueba los resultados del proyecto permitiendo la movilidad interna de los habitantes de la colonia y concentró la vigilancia en el personal científico.
Al personal docente se le permitió continuar impartiendo clases supervisadas a los jóvenes para que los ánimos se mantuviesen calmados mientras se desentrañaban todos los secretos de la neuroplacina.
Un día, Oriana se dirigió al despacho principal para entregar unos informes que le habían sido requeridos.
Cuando estaba cerca de la puerta, oyó a Melbourne hablando en voz baja con otro hombre.
Se detuvo para escuchar la conversación, y aunque no pudo entender claramente todo lo que decían, le bastó para alarmarse: «peligro», «clausurar el proyecto», «sin cabos sueltos» fueron algunas de las expresiones que pudo entender.
Esa misma noche, ya en su casa, Oriana tomó a Larsson del brazo y lo llevó al cuarto de baño.
Una vez allí, abrió la llave de la ducha y le indicó que se metiera con ella bajo el agua para evitar que los escucharan hablar a través de los micrófonos que con toda probabilidad habrían instalado en su casa.
—Tenemos que sacarlos de aquí —dijo Oriana susurrando al oído de su marido al borde del llanto.
—Ya lo hemos hablado, cariño. Es imposible con todos esos militares dando vueltas por ahí. ¿Cómo piensas sacar a setenta y dos personas sin que las vean? Ni siquiera hay suficientes coches.
—¡Van a matarlos!
—¿Qué?
—¡He escuchado a Melbourne! Dicen que van a clausurar el proyecto y que no quieren testigos. ¿Qué crees que harán con ellos, Ben?
Larsson deseaba poder decirle a su mujer que estaba exagerando y que probablemente no serían tan drásticos, pero algo en su interior le decía que aquello era justo lo que pretendían hacer.
Si todo salía a la luz, sería un escándalo descomunal con consecuencias imprevisibles.
El exterminio era la solución más fácil, rápida y segura.
Al fin y al cabo, nadie más sabía que la colonia existía.
—Es imposible sacar a todos, pero quizás podamos sacar a Rhea —dijo Larsson.
Oriana cerró los ojos con fuerza, negándose a aceptar la realidad, pero, por mucho que le doliese admitirlo, su marido tenía razón. Tuvo que llevarse la mano a la boca para contener el llanto. Finalmente asintió, aceptando la dura realidad.
A la mañana siguiente, Oriana fue a la casa donde vivían Rhea y otras tres chicas y se ofreció a acompañarlas dando un paseo hasta el instituto, vigiladas en todo momento por algunos guardias de GenLabs que patrullaban las calles.
Por el camino se quedó hablando con Rhea en voz baja mientras las otras tres se adelantaban.
—¿Qué está pasando? —preguntó Rhea, consciente de que algo no iba bien.
—Vamos a sacarte de aquí.
—Oriana, cuéntamelo todo, por favor.
—No te preocupes por eso. Es solo que el doctor Larsson y yo no nos fiamos de Melbourne. Pensamos que este ya no es tu sitio.
—¿Y qué pasa con los demás?
—Los demás están más integrados. Hablaremos con Melbourne para que puedan salir lo antes posible. Pero tú eres especial, Rhea —dijo mirándola con una sonrisa triste—. Ya estás lista para salir ahí fuera.
Rhea le devolvió la mirada, y aunque vio en sus ojos un gesto de miedo, la idea de ver el mundo exterior la estimulaba.
—Pero… ¿cómo? ¿Cuándo? —preguntó.
—Estamos en ello. Mientras tanto, obedece a todo lo que te digan y no des problemas.
El doctor Larsson pasó todo el día estudiando cómo sacar uno de los coches del convoy militar a través de la vigilada valla de acceso a la colonia.
Había observado que una vez a la semana entraban y salían vehículos para hacer los relevos del personal de GenLabs, y que a los guardias les resultaría imposible memorizar las caras de todos los que pasaban por el control.
Se las ingenió para robar las llaves de uno de los vehículos, un uniforme militar y un par de batas de GenLabs de la lavandería.
La noche siguiente, Oriana y Larsson fueron a reunirse con Rhea bajo la ventana de su casa, pero al llegar se encontraron con algo imprevisto. Rhea les esperaba en el punto indicado, pero Seth también estaba con ella.
—¿Qué haces aquí, Seth? —preguntó Oriana al verle.