Año 2036
Cinco años después del Despertar
La doctora Oriana Reese aceleró el paso cuando vio que su reloj marcaba las nueve menos cinco.
Se había quedado dormida y llegaba tarde a las revisiones rutinarias.
Por el camino le dio los buenos días a un par de colegas de investigación que la saludaron al verla pasar frente a sus casas aquella soleada mañana.
Los años habían pasado pacíficamente en la colonia, al margen del caos del exterior, y los cuarenta expertos del equipo de investigación habían hecho de aquel sitio su propio hogar.
Durante los momentos más duros del Apagón y los años posteriores de la Gran Crisis, el dinero había perdido todo su valor, por lo que subsistieron agotando prácticamente todas las reservas de comida.
Consiguieron transformar una de las instalaciones de la colonia en un gran invernadero y, gracias al excepcional trabajo del Departamento Genético, desarrollaron una gran variedad de semillas transgénicas de las que obtuvieron una considerable cantidad de alimentos.
Tras los meses más duros, y extremando las precauciones y la discreción, se las arreglaron para importar suministros desde ciudades cercanas gracias al comercio con medicamentos que producían dentro de la propia colonia, de modo que llegaron a desarrollar una microeconomía comunal altamente eficaz.
Daban casi las nueve de aquella mañana de abril cuando Oriana entró al complejo principal, un antiguo instituto de secundaria reconvertido en centro de investigación avanzado que se encontraba en el corazón de la colonia.
Se dirigió apresurada hasta una de las salas de control de la segunda planta, donde la esperaba Rhea, una adolescente que sonrió al verla entrar.
—Perdóname, Rhea, me he quedado dormida —dijo Oriana mientras dejaba su bolso en la mesa.
—No te preocupes, yo también acabo de llegar —respondió cariñosamente.
Rhea era una jovencita guapa y alegre, pero, al igual que muchos de sus compañeros, llamaba la atención por un defecto en la pigmentación de su cabello.
Siendo un bebé, fue la primera en sufrir episodios prolongados de lo que en un principio parecían ataques epilépticos, y cada vez que padecía uno de aquellos ataques, su cabello se encanecía un poco más hasta llegar a quedarse totalmente gris.
En cuanto el equipo médico observó estos episodios, se le practicaron todo tipo de pruebas y Oriana descubrió que aquello se debía a los acelerantes del crecimiento, que afectaban a las conexiones sinápticas de las neuronas disparando el deterioro de los capilares.
Por suerte, el hiperdesarrollo celular restablecía los bulbos capilares con rapidez impidiendo que este se cayese, pero, tras un ataque que se prolongó durante horas, el cabello de Rhea quedó completamente blanco.
Oriana se puso a trabajar con el equipo médico y en pocas semanas desarrolló un compuesto con el que consiguieron estabilizar los episodios espasmódicos de los bebés afectados.
Rhea fue la primera que recibió con éxito el tratamiento, lo que después evitó que muchos otros llegasen jamás a convulsionar.
Oriana pasó aquellos días con el corazón en un puño; pasaba horas y días sin despegarse de la pequeña Rhea, mirándola y acariciándola, aterrada ante la posibilidad de que sufriera otro de aquellos espantosos ataques.
Desde entonces no pudo evitar sentir predilección por ella.
De los cien embriones clónicos iniciales solo sobrevivieron ochenta y siete.
Con el paso de los años tuvieron que llorar la pérdida de otros quince niños más hasta que lograron estabilizar los efectos secundarios del crecimiento acelerado, lo que dejó a la colonia habitada por setenta y dos clones diferentes entre sí.
Aunque biológicamente no tenían más de seis años, su apariencia era la de adolescentes de quince.
—¿Qué tal esta semana? —preguntó Oriana—. ¿Has notado algo fuera de lo normal?
—He tenido episodios leves —respondió Rhea.
—Bien, pues vamos con la prueba.
Oriana colocó sobre los ojos de Rhea un visor que reproducía imágenes a gran velocidad mientras unos diodos captaban su actividad neuronal.
Al mismo tiempo, ajustaba la dosis de una medicación que le administraba por vía intravenosa atendiendo a unos parámetros que aparecían en su ordenador.
Tres minutos después, la prueba finalizó.
—Bien, ya puedes quitarte el visor —dijo Oriana.
—¿Qué tal ha ido?
—Casi perfecto, solo he tenido que ajustarte un poco la medicación. Esperemos que se reduzcan esos episodios.
—Genial.
—Y por lo demás, cuéntame. ¿Qué tal te va?
—Muy bien. Esta semana en clase de Historia hemos estado hablando mucho de los «cisnes negros».
—Ah… Nassim Taleb.
—Sí. Por lo visto el Despertar ha cambiado todas las previsiones de futuro, y nos han mandado un trabajo en el que tenemos que especular qué ocurrirá en los próximos cincuenta años.
—Bueno, eso es algo complicado. Supongo que todo depende de que no nos sorprenda otro evento como ese.
—Casi no he podido dormir pensando en ello; estaba muy inquieta. Sigo encontrándome extraña desde hace algunos meses. Esto de la adolescencia es difícil de gestionar.
—Es normal, ya lo sabes. Estáis experimentando muchos cambios —dijo Oriana, tratando de reconfortarla con una caricia en la cara—, pero pasarán muy pronto, te lo prometo. Y ya sabes que estoy aquí para ayudarte con lo que necesites.
—Lo sé.
—Qué rápido crecéis —suspiró—. A veces imagino lo que hubiese sido conocerte fuera de aquí.
—Y yo —respondió tímidamente—. No te preocupes, estoy bien. Hay un chico que me está ayudando mucho.
—¿Un chico? ¿Quién?
—Seth.
—Es bueno que os apoyéis entre vosotros. Y… ¿te gusta Seth? —preguntó Oriana con una mirada cómplice.
—¿Qué? ¡No! Solo somos amigos.
—¡Vale, vale! —rio—. Me alegro de que tengas un amigo como Seth. Es un buen chico, aunque bastante tímido.
A diferencia de sus compañeros, Rhea no parecía estar tan afectada por las dosis de neuroplacina que se les suministraron a todos en su etapa embrionaria.
Los chicos y chicas de la colonia eran llamativamente dóciles en distintos grados: no cuestionaban las normas, estaban predispuestos a la convivencia y tenían un pronunciado sentimiento de grupo.
Sin embargo Rhea era algo más díscola. No acataba las órdenes de forma acrítica y tenía sus propios planes para cuando saliese de allí.
Desde el principio, el doctor Larsson insistió en que se les explicase a los niños toda la verdad sobre su origen y los experimentos que intentaron hacer con ellos, y todos lo comprendieron y lo aceptaron de forma ejemplar.
Pero no Rhea, que en ocasiones se sentía triste o enfadada por la injusticia que se había cometido con ellos.
Aun así, era una chica bastante alegre, algo que Oriana apreciaba mucho más teniendo en cuenta que su buen carácter no parecía ser fruto de la manipulación genética, sino un rasgo personal y genuino.
Aquella resistencia que su genética natural había opuesto a la neuroplacina le parecía un fenómeno inesperado y lleno de belleza, pues, aun siendo un clon, encarnaba lo más maravilloso de la esencia humana: el libre albedrío.
Al terminar la prueba, Oriana se quedó mirando a Rhea mientras esta se alejaba por el pasillo en dirección a su clase.
De pronto se fijó en que a mitad de camino la esperaba Seth, otro adolescente con el cabello casi tan blanco como el suyo.
Intercambiaron unas palabras que Oriana no pudo escuchar y desaparecieron al doblar la esquina.
Aquella misma mañana, tras revisar los resultados semanales de los chicos, Oriana fue al despacho de su marido, el doctor Larsson.
—¡Vaya! —exclamó Larsson al ver los resultados—. Parece que lo estamos consiguiendo.
—Sí. Con suerte el año que viene no será necesario ajustar más las medicaciones y podremos comenzar la fabricación de comprimidos. Sería una gran noticia para ellos, les daría mucha más libertad no tener que ponerse inyecciones diarias.
—Puede que no sea la única buena noticia.
—¿A qué te refieres?
—Parece ser que ahí fuera comienza a estabilizarse la situación. Por primera vez desde el Despertar se empieza a hablar de elecciones democráticas.
—¿Elecciones? —preguntó Oriana, ilusionada—. ¡Por fin! Pues para el año que viene los chicos ya tendrán un desarrollo equivalente a jóvenes de casi veinte años.
—Lo sé —dijo Larsson con gesto preocupado.
—¿Qué piensas?
—Aún no estoy seguro. Deseo tanto como tú que salgan de aquí, pero debemos ser prudentes.
La neuroplacina aún les afecta demasiado, y necesitan normas, reglas, certezas…
Pero fuera de aquí todavía impera la ley de la jungla, y no me parece un lugar seguro para ellos.
Pero quién sabe… Avanzan tan rápido que quizás dentro de poco nos hagan cambiar de opinión.
—Creo que Rhea ya está lista.
—Rhea es un caso distinto.
—Hoy la he visto hablando con Seth —le contó Oriana—. Creo que le gusta.
—¿Cómo que le gusta? —tanteó Larsson, un poco alarmado—. ¿Como una chica a la que le gusta un chico?
Oriana se rio al ver la reacción de su marido.
—¡Claro que sí! No sé hasta qué punto, pero de momento no he visto ese comportamiento en ninguno de los demás.
—Habrá que empezar a vigilarlos…
—¿Vigilarlos? —preguntó Oriana tras soltar una carcajada.
—Bueno, ya sabes a qué me refiero… hay que ayudarles a manejar ciertas situaciones. Esto es nuevo para todos nosotros.
—Sé lo que querías decir; es solo que por un momento parecías un padre protector.
—Así que Seth, ¿eh?… Tendré que tener una charla con ese jovencito —bromeó Larsson.
Oriana continuó riendo a carcajadas.