Capítulo VI. La justa medida #6
El señor Mitchell recorrió los pasillos de la mansión Goldman que conducían al despacho de Meredith, apesadumbrado por llevarle malas noticias y determinado a complacerla pese a todo.
Llevaba tantos años trabajando como su jefe de seguridad personal, siendo testigo de la soledad que acarreaba el poder, que sentía las preocupaciones de su jefa como propias.
Incluso el sonido de sus nudillos contra la puerta parecía adulador.
—Adelante —dijo Meredith desde el interior del despacho.
Mitchell se acercó ceremoniosamente hasta la mesa de escritorio tras la que ella atendía sus asuntos.
Desde que Fred desapareció, una visible desolación la rodeaba allá donde fuera.
Parecía ausente, como un fantasma atormentado vagando por su propia mansión.
Cuando Mitchell estuvo a un metro del escritorio, se detuvo, y con firmeza pero sin perder la calidez, le comunicó la noticia.
—Señora Goldman, ha ocurrido algo —informó Mitchell—. Alguien atacó a mis hombres cuando transportaban a la señorita Higgins para el interrogatorio.
Meredith levantó la mirada.
—¿Cómo? ¿Y la chica?
—Se la han llevado. No sabemos dónde está.
—¿Sabemos quién ha sido?
—La cámara del coche quedó prácticamente inutilizada, pero la complexión del sujeto encaja con la de Benjamin Cassidy.
Meredith se llevó la mano a la frente para masajearse, cerrando los ojos.
—¿Hay noticias de Phoenix? —preguntó.
—Todavía no hay rastro de él, señora.
—Está bien —suspiró ella—. Amplíe el personal y continúe la búsqueda. Necesito que algo salga bien de una maldita vez.
—Sí, señora. Le juro que los encontraremos.
—Gracias, Mitchell. Puede irse.
Tras una leve reverencia con la cabeza, Mitchell se volvió y emprendió el camino de salida. Pero justo antes de marcharse, Meredith añadió algo que lo obligó a detenerse.
—Y Mitchell, recuerde. Si encuentran a Phoenix, no intenten nada. Solo infórmeme.
—Sí, señora.
Cuando se quedó sola, Meredith se reclinó en su asiento, observando el techo con frustración.
En momentos así, siempre había podido contar con Fred, que sabía cómo manejar las situaciones con más calma o, al menos, lo fingía lo suficientemente bien como para tranquilizarla.
Pero ahora estaba sola, y eso la hacía sentir al borde del abismo.
Se levantó de la silla con cierta urgencia y caminó hacia una de las paredes laterales.
Allí colgaba una imponente fotografía suya con la torre BETA de fondo el día de su inauguración.
El marco de la imagen, que parecía fijado a la pared, se abrió como una puerta oculta revelando una pequeña pantalla.
Meredith deslizó un dedo por la superficie, registrando su huella dactilar, y al instante una luz verde parpadeó y ella se inclinó para alinear su ojo con el escáner de retina.
Justo cuando estaba a punto de completar el proceso, un crujido seco resonó desde la entrada de su despacho y un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Miró a su alrededor, pero no vio nada fuera de lugar.
—¿Hola? ¿Señor Mitchell…? —preguntó en voz alta.
Era imposible que nadie estuviese allí dentro con ella y, sin embargo, no conseguía quitarse esa sensación de que no estaba completamente sola.
Su mirada recorrió cada rincón del despacho, pero allí solo flotaba una liviana atmósfera de quietud.
De nuevo, sintió un escalofrío y atravesó su mente un nombre que tenía miedo de pronunciar.
—¿Phoenix…?
Silencio. Uno de los silencios más abrumadores que jamás había sentido.
Pensó que quizás estaba perdiendo la cabeza tras tantos días sin apenas hablar con nadie.
Tratando de recuperar un poco de serenidad, respiró hondo y colocó su ojo frente al escáner de retina, que finalmente confirmó su identidad.
Una puerta oculta y camuflada como si fuese una parte más de aquella elegante pared se abrió ante ella, dando acceso a una estancia contigua, a modo de habitación del pánico.
Meredith entró en aquella sala, generosa en espacio y cuyas paredes sostenían centenares de libros y objetos personales, testimonio silencioso de una vida de secretos cuidadosamente guardados.
En el centro de la sala había un sofá de cuero negro envuelto en la suave luz de las lámparas, que acentuaban una inquietante tranquilidad.
Al fondo había un equipo informático compuesto por varias pantallas que contrastaban con el estilo clásico del resto del salón.
La puerta de la estancia se cerró a su paso y Meredith respiró aliviada.
Se dirigió hacia el mueble bar, se sirvió una copa de vino y se sentó en el sofá.
A su lado, sobre una mesita auxiliar, había una foto enmarcada donde se los podía ver a Fred y a ella de jóvenes.
La tomó con cuidado en sus manos. La nostalgia la invadió cada vez más y de nuevo las lágrimas comenzaron a brotar de sus temblorosos ojos.
Pensó en las decenas de veces que podía haber tomado mejores decisiones para no estar donde se encontraba, en ese momento de su vida.
Quizás la peor de esas decisiones la había tomado hacía casi quince años.
Frente a ella, dentro de un pequeño tanque de formol incrustado en la pared, estaba aquel vestigio de su mayor error: un pequeño feto que flotaba pacíficamente en el líquido y al que Meredith nunca llegó a poner nombre.