El Umbral Capítulo VI. La justa medida #5
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Capítulo VI. La justa medida #5

—Creo que en el ISD son todos una panda de capullos. —Harry se permitió unos segundos para ver si aquello llevaba a algún sitio—. Pero antes de irse, Ben me dijo que tú eras buena persona. Y por lo poco que le conozco, creo que tenía razón.

—Quizás por eso decidieron mandarme de convivencias a esta comisaría —bromeó Harry con una sonrisa cansada.

—¿Puedo preguntarte por qué habéis registrado el apartamento de Ben?

—¿Cómo sabes si lo he registrado? Eso es confidencial.

—Lo sabe todo el mundo, Harry. Esto es una comisaría, no somos idiotas.

—Ya.

—¿No se supone que Ben ya ha pagado su deuda con la sociedad?

—Sí, pero es algo más complicado que eso…

—Si me lo permite —interrumpió Sophia—, no creo que sea complicado. Creo que las reglas no son las mismas para todos. Un Profesional es más valioso para el Estado que cualquiera de nosotros. Al fin y al cabo, aporta más, ¿verdad?

—Sí, pero eso ya lo contempla la ley. Al haber matado a un Profesional, Ben no recibirá los beneficios que su vídeo haya generado en compensación por las pérdidas que ha provocado al bien común. Pero no estoy para discusiones políticas, Summers. Así son las cosas. Si quieres decir algo, dilo.

—No me gusta que me engañen, Harry, y creo que a ti tampoco, pero llevas tanto tiempo al otro lado de la mesa que has olvidado de qué va todo esto realmente.

¿Cuánto hace que no visitas a una familia para decirles que lo sientes y que no puedes perseguir al asesino de su padre, de su hijo, de su esposa…

? Tenéis la cabeza tan metida en vuestro propio culo que habéis olvidado las consecuencias reales de esta mierda.

—Cuidado, Summers —advirtió Harry.

—Lo siento. Solo quiero decir que quizás te hayas acostumbrado a que el ISD juegue con otras reglas, y no me parece justo.

Ben ha cumplido con la ley y merece el mismo trato que cualquiera.

Pero al parecer esto nunca ha ido de justicia, sino únicamente de dinero.

Perfecto, muy bien, pero entonces tengan la decencia de decírnoslo a la cara.

—Es suficiente, Summers. Retírese.

—Sí, señor —respondió ella recuperando el trato respetuoso.

Justo antes de cerrar la puerta tras de sí, se detuvo un instante con gesto reflexivo.

—Solo una cosa más —añadió—. Intente ponerse de este lado por un momento. Comprenda los motivos por los que Ben ha hecho lo que ha hecho. No tiene nada que perder, y si lo consigue, puede que lo encuentre.

Cuando Sophia salió del despacho, Harry se quedó en silencio.

Se puso en pie, contempló aquella pila de cajas que le habían traído del apartamento de Ben y se decidió a abrirlas una por una.

Tras cuatro cajas sin encontrar nada que llamase su atención, dio con un anuario de St. Michael’s Home, un orfanato del sur de la ciudad.

Lo abrió por una página al azar y una foto cayó al suelo.

Harry se agachó para recogerla y vio que en ella aparecían tres chicos, uno de ellos un poco más mayor y otro que parecía ser Benjamin a los doce o trece años, rodeando con los brazos a los otros dos.

En el reverso de la foto había una frase escrita a mano que Harry procedió a leer en silencio.

«No permitas que esto le pase a nadie más», decía.

Un nombre sellaba la nota en la parte de abajo: «Tom». Harry buscó en el anuario y encontró la foto académica de Andrew y de Benjamin, pero nada sobre aquel otro chico.

Natalie fue despertando lentamente en el asiento del copiloto.

Aún se encontraba muy débil cuando vio que a su lado estaba Ben, conduciendo en mitad de la noche por la interestatal 10.

Las luces de la ciudad de Los Ángeles resplandecían en el retrovisor.

Ben había imaginado que, al verle, Natalie se enfurecería y le reprocharía su engaño, pero en cambio se incorporó poco a poco en el asiento y se quedó mirando por la ventanilla sin decir una palabra.

—¿Qué tal te encuentras? —preguntó él, tratando de romper el silencio.

Natalie no respondió. Parecía estar débil, y su mirada dejaba traslucir un aire de derrota.

—Esos hombres… —dijo con la voz aplacada—. ¿Quiénes eran?

—No estoy seguro. Puede que trabajasen para BETA… o quizás para el Gobierno. No lo sé.

—¿Qué querían?

—Creo que utilizarte para dar conmigo.

Natalie guardó silencio.

—Lo siento, Nat —añadió.

—Estoy muy cansada.

Ben pensó que sería mejor dejarlo estar por el momento. Habían sido unos días muy duros para ella y tenía derecho a un momento de tranquilidad.

Poco después tomaron el desvío de la Ruta 62, atravesaron Yucca Valley y Twentynine Palms, donde la civilización se disolvía en la oscuridad del desierto, y durante casi una hora continuaron entre el viento de las áridas colinas.

Aparecieron a lo lejos las luces de un motel perdido en mitad de la carretera y Ben pensó que ya se habían alejado lo suficiente como para tomarse un descanso.

Mientras Natalie le esperaba dentro del coche, aún con la mirada perdida, Ben sacó una mochila del maletero y entró en el motel para pedir una habitación. Al llegar al mostrador, el recepcionista se quedó mirándole unos instantes hasta que finalmente le reconoció.

—¿Es usted…? Cómo se llamaba… —murmuró para sí—. ¿Cassidy?

Al atisbar cierta ilusión en la cara del recepcionista, Ben decidió interpretar el papel que mejor podía ayudarle en aquella situación.

—Me temo que sí.

—¡Lo sabía! —dijo el tipo estrechándole la mano—. ¡He visto el vídeo varias veces esta mañana! ¡Es un placer conocerle! Me alegra que haya parado en mi motel. ¿Qué puedo hacer por usted?

Ben aprovechó la situación para pedirle que no le hiciera el rutinario escáner facial tras prometerle que, si por la mañana no encontraba un enjambre de periodistas en la puerta, le recompensaría con el triple de lo que costaba la habitación. El recepcionista accedió al trato de muy buen grado.

La habitación no era nada del otro mundo, aunque razonablemente grande, cómoda y limpia. Al llegar, Natalie se tumbó en la cama apoyada contra el respaldo y puso la televisión, mostrando poca disposición a hablar.

—¿No vas a decirme nada? —preguntó Ben.

—No me apetece.

—Por favor, Natalie…

—¿Quieres hablar? Muy bien —espetó ella, airada—. ¿Qué eres? ¿Un Profesional?

—No.

—¿Entonces qué coño hemos visto todos esta mañana en ese puto vídeo?

—Estaba en la cárcel. Tuve que publicarlo para que me soltaran.

—¡Claro! Todos tenemos algún vídeo por ahí matando a alguien por si nos meten en la cárcel —soltó con tono sarcástico.

—¡Ese tío era un monstruo, Nat! ¡Un psicópata! ¿Sabes a cuánta gente ha asesinado el Loco a sangre fría? Creía que los odiabas tanto como yo.

—¡Yo no voy por ahí matándolos! ¡Esa no es la manera de cambiar las cosas! ¡Por eso me metí en política, por eso John hacía lo que hacía!

—¿Y qué tal te ha ido, eh? —increpó él, alterado—. ¿Qué tal le fue a Raymond?

Natalie se quedó unos instantes en silencio y le miró, dolida.

—Al menos John no mentía —respondió a modo de reproche.

—Ah, ¿no? Tú misma dijiste que tenía dos caras.

—No me mentía a mí —añadió.

Ben se quedó en silencio.

—Lo siento, Nat. Pero soy yo quien sigue aquí.

Natalie apretó los labios y se secó una escasa lágrima que le caía por la mejilla.

—Necesito ducharme y no verte durante un rato —dijo ella, dando la conversación por concluida.

—Está bien. Yo iré a por algo de cenar.

Mientras Ben esperaba a que se imprimiese una pizza en la máquina de recepción, el tipo del mostrador se le acercó con su teléfono en la mano.

—Disculpe, señor Cassidy —dijo con timidez—. ¿Le importaría que nos hiciésemos una foto? Le prometo que no la publicaré.

Ben salió del motel para comerse una porción de pizza mientras perdía la vista en la oscuridad del desierto.

Al volver a la habitación, encontró las luces apagadas y a Natalie tumbada en la cama y dándole la espalda.

Ben dejó sobre la mesa la caja de pizza que le había llevado para que cenase algo, se quitó la ropa y se acostó junto a ella en silencio.

Ninguno dijo una sola palabra. Pasados unos minutos, Ben casi se había dormido cuando escuchó la voz de Natalie en la oscuridad, susurrando.

—Si quieres que me quede contigo, vas a tener que contármelo todo… Necesito saber por qué haces esto.

Ben contuvo la respiración un instante. Hacía años que ni siquiera se planteaba la idea de sincerarse por completo con alguien, pero desde que Natalie reapareció en su vida, a menudo había fantaseado con contárselo a ella.

Ahora que por fin había llegado el momento, los nervios le quemaban las entrañas y sentía que no estaba listo.

Aun así, tragó saliva, exhaló y comenzó a hablar.

—¿Recuerdas lo que te conté de mi amigo del orfanato? Aquel chico que murió.

—Sí… no recuerdo su nombre.

—Se llamaba Tom. No llegué a contarte toda la historia.

A la mañana siguiente, Natalie despertó con los primeros rayos de sol del día. Al ver que estaba sola en la cama, se inquietó y se incorporó con rapidez, pero enseguida vio a Ben, sentado junto a la ventana y mirando atentamente hacia la carretera.

—¿Qué haces ahí? —preguntó ella.

—Buenos días —repuso con una sonrisa templada—. Nada, solo vigilaba. Tienes café en la mesita.

Natalie se volvió, agarró la taza y le dio un pequeño trago. Le alegró comprobar que Ben aún recordaba cómo le gustaba el café, con solo unas gotas de leche que apenas lo aclaraban.

—Gracias —dijo sonriendo—. Bueno… ¿y ahora cuál es el plan?

—He hablado con un amigo y nos ha ofrecido su casa para ocultarnos unos días. Está a unas horas de aquí.

—¿Y luego?

—No lo sé, ya lo pensaremos.

De pronto le llegó un mensaje a un teléfono desechable y Ben lo leyó en silencio.

—Haremos una parada de camino —dijo.

—¿Una parada? ¿Para qué?

—¿Te acuerdas de Andy?